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31/12/11

Fines y principios

Acaba el año. Ha habido de todo. Bueno y malo. Mi balance es positivo. No me puedo quejar. De hecho, no puedo pedir más. O no debo. Sobre todo si miro a mi alrededor y veo cómo está el patio. Así que este año mis deseos serán para los demás. Porque conozco a muchos que están jodidos. Muy, muy jodidos. Espero que el año que viene les vaya a todos mejor. Que a algunos les vaya por primera vez la cosa bien. Para mí no deseo nada más. Si acaso, que esto dure así algún tiempo. Pero si no lo hace, ya ha sido mucho más de lo que había imaginado. Gracias a todos y feliz 2012.

26/12/11

Tecnologías de segunda mano II (El cine como ruina y el museo como hospital)

Originalmente en Salonkritik

En la primera entrega de este texto, hablaba de la Selectric 251, la máquina de escribir anticuada que, en el mundo tecnológicamente avanzado de Fringe, sirve como herramienta de comunicación entre los dos universos paralelos de los que habla la serie, incorporando una especie de aura que convierte la tecnología en “médium” y la sitúa en el dominio de lo mágico y lo esotérico.

Otra máquina de escribir obsoleta, también encontrada en una tienda de objetos de segunda mano, en este caso en Vancouver, es la protagonista de Rheinmetall / Victoria 8 (2003), una de las piezas más célebres del artista canadiense Rodney Graham. En la obra, las imágenes de la Rheinmetall –un loop de 10’50’’ filmado en 35 mm en el que aparecen diversos planos de esta máquina de escribir alemana de los años treinta– conviven con el artefacto del que emergen las imágenes, el Victoria 8, un proyector italiano de 1961 que tiene una presencia material en la sala y que dialoga a varios niveles con la propia imagen que proyecta.

La película muestra una serie de primeros planos de la máquina de escribir. Planos en los que nada se mueve y que podríamos confundir con fotografías de no ser por el sutil, casi imperceptible, movimiento de la proyección, así como por el sonido del paso de los fotogramas, que nos hace conscientes de que, en efecto, no estamos ante una imagen fija, sino ante una imagen movimiento. Movimiento que se ve confirmado cuando, en un momento determinado, un nube de polvo blanco que emerge de la nada comienza a caer como una nevada sobre de la máquina de escribir y acaba cubriéndola casi por completo.

Escribe Rodney Graham que, cuando encontró la máquina, tuvo la sensación de que nadie jamás había escrito una sola palabra con ella. Estaba en su caja, flamante, inmaculada “como si hubiera estado perfectamente preservada en una cápsula del tiempo” (Graham 2004, 154). Descartada de la línea del tiempo, abandonada y dejada a un lado del curso del progreso, la máquina mantenía, sin embargo, toda su potencia absolutamente intacta. Era pura promesa. Un objeto sin ningún tipo de memoria de uso, pero al mismo tiempo cargado de futuro. La obsolescencia se presentaba allí de modo radical. Un objeto muerto antes de haber comenzado a respirar.

En los diez minutos que dura el film, Graham condensa la supuesta vida del objeto. Los primeros planos muestran la máquina en su caja original. Después, se presenta el objeto desde todas las perspectivas, casi como un catálogo de los diversos planos del objeto, mostrando la potencia y la promesa de ese objeto que nunca ha sido utilizado. Y por último, el objeto es devorado por el tiempo, representado por el polvo que lo arrasa y lo sepulta. El objeto, pura potencia, pura promesa, se convierte entonces en ruina. Y el artista escenifica este arruinamiento del objeto visibilizando a través del polvo algo que ya estaba ahí, aunque no era tan fácil del percibir: el paso del tiempo.


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23/12/11

Nostalgia de paralaje

Después de tres meses en Ithaca, regreso a casa, como los turrones El Almendro, por Navidad. Y es ahora, al regresar, cuando comienzo a sentir que realmente me he ido. Ahora, cuando estoy aquí, percibo la pequeña escisión de no haber llegado del todo, quizá porque tampoco me había ido nunca del todo. Es curioso, lo que se deja atrás se hace presente cuando realmente se abandona, y lo que vuelve, se aleja al regresar.

Cuando regresé de mi periodo en Williamstown me ocurrió exactamente lo mismo. He leído hoy lo que escribí entonces y creo que sigue sirviendo para describir ese trastorno de la distancia que hace que las cosas se alejen a medida que se acercan, como esa sensación óptica que uno tiene cuando va en el tren y el paisaje parece fracturarse entre lo que se quede atrás y las cosas que se resisten a abandonarnos. A esa ilusión óptica se la suele denominar "paralaje". Quizá tengamos que llamar entonces a esa nostalgia que uno siente al regresar "nostalgia de paralaje":


Creo que era Vila-Matas quien sugería que hay varias formas de volver y que la mejor de todas es, sin duda, no partir. También se podría decir lo contrario: que hay muchas maneras de quedarse, y que la mejor de todas, probablemente, sea regresar. Y es que cuando uno regresa a casa tras un largo período de tiempo, parece que no llega a regresar del todo. Hay algo que queda varado para siempre, a medio camino entre el lugar en el que se está y el lugar en el que se ha estado. Si uno lo piensa bien, toda partida es una pequeña pérdida. Una pérdida minúscula que, en cierto modo, adelanta esa gran pérdida a la que todos tememos. Toda despedida es una puesta en escena (por lo general, inconsciente) de la transitoriedad y fugacidad de la existencia. Decimos adiós porque sabemos de la posibilidad de no volver a encontrarnos. Toda nuestra vida está articulada en torno a la dialéctica presencia / ausencia, estar y no estar. Ya lo advirtió Freud al observar a su nieto jugar con una bobina de hilo que tiraba lejos para luego recuperarla: allí / aquí, lejos /cerca. La alegría del reencuentro trae siempre consigo la posibilidad de la pérdida. Por eso, en todo regreso hay un componente melancólico. Uno siempre vuelve con el rostro entristecido. No importa que se llegue al Paraíso, no importa que apenas se deje nada atrás, la melancolía nos viene a buscar, y se esconde tras los abrazos y las sonrisas. Todo volver, por tanto, es también un quedarse. Y todo reencuentro, en el fondo, no es sino la constatación de una pérdida irreparable.

Por cierto, regresé.

18/12/11

Los peligros de lo cool

En sus trabajos sobre la modernidad, Walter Benjamin escribía acerca de la potencia crítica de lo pasado de moda y las energías revolucionarias contenidas lo anticuado. Frente al ritmo de sustitución de la mercancía, lo obsoleto –el objeto sin el brillo de la seducción– revelaba la verdadera cara del capitalismo, la promesa incumplida de felicidad. Hoy, más de setenta años después, esa fascinación por lo anticuado como herramienta crítica a al progreso sigue estando presente. Sin embargo, en la era del capitalismo avanzado, el mercado ha integrado lo pasado de moda como una moda más, y lo obsoleto ya no es expulsado para siempre del tiempo, sino que regresa ahora bajo la forma de «lo retro», cargado de la nostalgia de un tiempo perdido, pero situado en la punta de lanza de una industria que capitaliza las emociones y las reconvierte en energía necesaria para que el sistema funcione.

Como señala Thomas Frank en La conquista de lo cool, lo anticuado se transforma en lo más moderno. Lo retro es lo más hip. Una modernidad que se presenta como resistencia a la mercantilización de la experiencia, pero que al final no es sino una estrategia de distinción en el sentido observado por Pierre Bourdieu. Un deseo de diferencia, una cuestión de clase. De este modo, lo retro renueva el brillo de la mercancía. Un brillo ahora satinado, apagado, cercano, cuya ilusión ya no está en el deslumbramiento sino en su ocaso, en la posibilidad de abrazarlo, nostálgicamente, como una mascota abandonada. Es la institucionalización de lo alternativo, que ya no es alternativo a nada, sino que es una forma alternativa de lo mismo. Es decir, por hablar en otros términos, que lo indie acaba convirtiéndose en "mainstream aburguesado."

Esta es una de las maneras en la que la contracultura, según la visión de Frank, se transforma en una parte perversa del capitalismo contra el que pretende luchar.

Esta semana, curiosamente, la portada de Time está dedicada a «The Protester», que para esta revista ha sido sin duda el personaje del año. Los indignados, los anónimos, los revolucionarios de Tahrir, de Wall Street… han sido, desde luego, los protagonistas del año. Han conseguido reactivar la conciencia política y nos han hecho pensar en la posibilidad de alternativas y modos de resistencia ante los poderes establecidos. De eso no hay duda. Pero la manera en la que aparecen en la revista es un síntoma de que, el cierta manera, ese sistema contra el que pretenden luchar ya ha ideado la estrategia perfecta de asimilación de la protesta: la moda.

La imagen de portada muestra al «protester» con el rostro cubierto con un pañuelo como si fuera un tuareg o un bandolero, con la mirada penetrante, desafiante y seductora. Es la iconografía romántica de la resistencia, la misma bajo la que, en otro momento, se presentó también al terrorista –ahora ya completamente desublimado y nada fashion–. Pero hoy el terrorismo ya no es cool. Lo que realmente vende es la revolución. Y hay allí todo un imaginario que capitalizar. El capitalismo ya no es una exterioridad, una fuerza antagónica a la que oponerse, sino que se ha inoculado en nuestro organismo como un virus mutante del que es prácticamente imposible desprenderse. El éxito de un movimiento como el 15-M dependerá, por tanto, no sólo de la lucha contra un afuera, sino también de la resistencia a aquello que lo constituye en su interior. Convertirse en algo cool y fashion es un peligro que acecha por todos los rincones. Tomar distancia, no creérselo, e idear estrategias de ruptura –o de aprovechamiento consciente– de esta asimilación por parte del sistema es uno de los retos de las revoluciones contemporáneas, casi tan difícil o más como el de intentar plantar cara. La resistencia, por tanto, ya no será una oposición para intentar derribar algo, sino un intento de proponer una diferencia inasimilable, o algo que al final acabe atragantándose.

15/12/11

Pensamientos de marca II

Siguiendo con las tonterías que se me ocurren de vez en cuando, aquí os dejo más pensamientos de marca para que los utilicéis como queráis.

Conduce tu inconsciente


El vaquero infinito

La televisión Real


La leche más abyecta

8/12/11

Kindle sorpresa

No sé cómo lo hago, pero cada vez que me vengo de estancia a los EE.UU., acabo llevándome de vuelta un cachivache electrónico. La otra vez fue el iPad. Ahora, el nuevo Kindle de Amazon, la versión touch que no se puede comprar en España. A priori, parecería que con el iPad, cualquier lector de libros electrónicos no tendría demasiado sentido. Sin embargo, después de tener el Kindle durante una semana, me he convencido de lo contrario: la comodidad de lectura que ofrece la pantalla, la ligereza, la integración con los contenidos de Amazon –para los que somos asiduos de la tienda–... merece la pena.

Más de uno ya me ha preguntado que ahora qué es lo que uso, el iPad o el Kindle. Y la respuesta que doy es: cada cosa tiene su cosa. Y cada cosa sirve para lo suyo. El iPad lo sigo utilizando –aparte, por supuesto, de sus utilidades como entretenimiento (juegos, música, películas...)– para trabajar especialmente en la lectura de Pdfs. Dos programas me han hecho la vida profesional más fácil: iAnnotate Pdf (para trabajar con archivos pdf, anotarlos, subrayarlos y quedarte con las citas) y Papers, que es una especie de librería que se integra con el programa para Mac. Estas dos aplicaciones son, con diferencia, lo que más uso, y lo que hacen el iPad una herramienta de trabajo muy potente y con muchas posibilidades para la vida académica.

Al Kindle uno no le puede pedir eso. Con muy pocas excepciones (por curiosidad alguna revista y algún ensayo he descargado), el Kindle lo voy a usar sobre todo para leer novelas. Es, en este sentido, un dispositivo unidireccional. Aunque permite tomar notas, tampoco uno se puede emocionar con eso. Lo que sí es más útil es el diccionario integrado que puede ser reemplazado por uno bilingüe. Para leer en otro idioma esta es la aplicación que siempre he soñado. No entiendes una palabra, pulsas sobre ella y tienes la traducción. Eso es lo que sigo esperando que incorpore algún día iBooks, la aplicación de lectura de iPad. No creo que sea tan difícil.

Por supuesto, lo ideal de la muerte sería tenerlo todo integrado en el dispositivo perfecto. Y es que, al final, uno acaba acumulando trastos por todos los lados. Y la mochila portátil acaba pesando tres quintales entre ordenador, iPad, Kindle, iPhone, cables, y algún moleskine con su lápiz por si hay un apagón y es necesario escribir algo en algún lugar. Y por supuesto, un libro físico por lo que pudiera pasar. Supongo que en algún momento, y no creo que tan, tan lejano, veremos estas cosas implantadas en la piel o integradas de alguna manera en los cuerpos. No sé si me gustará ese futuro. Supongo que al menos podremos disimular los kilos de más diciendo que son Gigabites de memoria o que nos hemos pasado un Tera con la dieta. Miedo me da.


3/12/11

Pensamiento de marca

Por alguna razón que se me escapa, he pasado la semana sin poder conciliar el sueño. En los momentos de delirio, no he podido evitar que continuasen viniéndome a la cabeza estas imágenes de "pensamiento de marca".

La moda más multitudinaria



La que hace hablar al subalterno


El mundo soñado sin catástrofe



Y lo que más se lleva en la casa del ser