30/11/11

La moda que viene

Y cierro la serie de esta moda filosófica con lo que más se llevará en "la comunidad que viene".

29/11/11

Culture Industry. Impossible is Nothing

Para hacer frente a la crisis de la Industria Cultural, nada mejor que equiparse como manda la dialéctica negativa.


Just think it

Y entre twittería y twittería, mientras acabo las reseñas de Exitbook y uno de los capítulos del libro sobre el arte y la obsolescencia, se me ha ocurrido esta idea para una camiseta. En cuanto vuelva, me la hago. Y por supuesto, llevaré los complementos a juego. Hegel, Marx y Lacan es lo que mejor le viene si te gusta lo retro.

#novelascutres

Como Twitter es un lugar sin memoria y todo se pierde, dejo aquí algunas de las twitterías que el otro día me mantuvieron entretenido un rato.

El talento de Mr. Proper
El de Camarón
Juego de Trenas
Está lento de lo demás
El beso de la mujer de Azaña
Iiiii iii iiii
Bouvard y Pacoche
A Jerez de la Frontera, al lado del Sol
El viaje horizontal
El retrete de Dorian Gray
Pereira no se sostiene,
El miedo del portero al saque de banda
Ciudad de metacrilato
La lavadora, instrucciones de uso
Tokio Fado (Lisboan wood)
Confesiones de una careta
Los amigos de Pascual Duarte
Rinconete y Asperger

20/11/11

Tecnologías de segunda mano I (Fringe y los límites de la melancolía)

Originalmente en SalonKritik

"Frente al temor de quedar pese a todo a la zaga del espíritu del tiempo y a ser arrojado al montón de barreduras de la subjetividad desechada, es preciso recordar que lo renombradamente actual y lo que tiene un contenido progresista no son ya la misma cosa. En un orden que liquida lo moderno por atrasado, eso mismo atrasado, después de haberlo enjuiciado, puede ostentar la verdad sobre la que el proceso histórico patina." –Th. W. Adorno, Minima moralia.
Selectric 251

En A New Day in the Old Town, el primer episodio de la segunda temporada de Fringe, el cambia-formas Lloyd Parr usa por primera vez la Selectric 251, una máquina de escribir que, a través de un espejo, parece tener la capacidad de comunicar los dos universos paralelos que articulan la serie. Este “telégrafo cuántico” –como lo califica Walter Bishop en otro episodio– parece funcionar casi como un chat analógico en el que el papel hace las veces de pantalla: el usuario escribe un mensaje y la máquina teclea sobre ese mismo papel el mensaje de respuesta.


Según el dependiente de la tienda de segunda mano en la que se encuentra el artilugio, la Selectric 251 –en realidad una IBM Selectric II, fabricada en 1971– es un modelo que no existe, al menos en nuestro universo, por lo que se intuye que proviene del “otro lado.” Más adelante, en el capítulo quinto de la cuarta temporada (Novation), encontraremos otra máquina de escribir que funciona de la misma manera (chat analógico sobre papel), aunque esta vez sin espejo, y con un modelo, una Hermes 3000 portátil –como la utilizada por Kerouac–, que sí existe en nuestro universo.

La presencia de estos dispositivos retro es una de las constantes de Fringe, una serie donde la tecnología más avanzada convive con residuos tecnológicos del pasado reciente –especialmente de los años setenta– que, a pesar de su aparente obsolescencia, no sólo siguen funcionando perfectamente sino que parecen conducir a lugares por los que la tecnología más avanzada no ha sabido transitar.

Como ha observado Jorge Carrión, la serie –entre otras muchas cosas– plantea una genealogía de la tecnología contemporánea en el ámbito de la psicodelia: “Internet fue pensado por consumidores de LSD que trabajaban para el MIT, la Universidad de Berkeley y el Departamento de Defensa.”Y este origen retorna en el presente tanto a la manera del trauma –en el caso de las “víctimas” de los experimentos, como sucede con la agente Olivia Dunham– como del complejo de culpa –el del científico Walter Bishop–, pero sobre todo retorna a través de la resurrección y reactivación de los dispositivos que fueron descartados y desplazados tiempo atrás. Tecnologías cuya potencia fue cortada en un momento determinado y sin embargo sigue estando latente.

La tecnología obsoleta vuelve ahora para intentar solucionar los problemas que ella misma creó –el resquebrajamiento del equilibrio entre universos, la inestabilidad de la vida psíquica del propio Walter– y que parece que sólo pueden ser arreglados por un retorno al origen. Como espectros, o mejor, como zombis, estos objetos muertos vuelven a la vida. O, por formularlo en términos benjaminianos, estos objetos y tecnologías dormidas, despiertan de su letargo y regresan al mundo presente. Un regreso que produce conflictos, pero también da lugar a convivencias y mezclas extrañas con la tecnología más avanzada, como si se reunieran ahora temporalidades, potencias y desarrollos distintos que no pueden anudarse del todo.

[Seguir leyendo el texto en Salonkritik]

14/11/11

Fin del mundo

Al final, el viernes pasado el mundo no acabó y parece que tendremos que esperar a 2012, como dice el calendario Maya y más de un agorero, para que la cosa explote del todo. En cualquier caso, lo curioso es que esta serie de fantasías apocalípticas, que se repiten insistentemente desde hace unos años –aunque nunca se han ido del todo–, coinciden hoy con un momento en el que, en efecto, la posibilidad de un futuro mejor parece no existir o directamente es negada. La crisis económica ha puesto de manifiesto una percepción de la contemporaneidad como un tiempo sin resolución posible.

Precisamente uno de los centros de debate de la filosofía contemporánea tenga que ver con esta ausencia de prognosis y falta de creencia en un futuro por venir. Después de la Modernidad, que privilegió el progreso y utopía, y de la Posmodernidad, que se encerró en el complejo de culpa y se quedó anclada en la revisitación del pasado, la Contemporaneidad se muestra como una época de presentismo radical. Una época preocupada por un presente que parece estancado y sin solución. Un presente continuo, dilatado –lento presente, como escribe Hans Ulrich Gumbrecht, que gira sobre sí mismo y al que no se le prevé salida alguna. No hay solución posible para lo nuestro. El mundo, como en la última película de Von Trier, se nos viene literalmente encima.

La propia ciencia ficción ya no imagina futuros utópicos, sino que –amparada en la física especulativa y la teoría de cuerdas– se centra en la exploración de universos paralelos, como ocurre en Fringe, Terra Nova o incluso en Perdidos, realidades alternativas a un mundo que parece haber agotado sus posibilidades de mejora.

Quizá hoy, como ha señalado Enzo Traverso, estén surgiendo las nuevas utopías. Movimientos como el 15M, con todas las contradicciones que uno quiera encontrarle, son el caldo de cultivo para la creencia en un futuro posible, para una solución de ese tiempo estancado del que parece que no podemos salir. "Juventud sin futuro", "No hay pan para tanto chorizo", "Lo llaman democracia y no lo es"... son lemas que en cierta manera están llenos de presentismo, de constatación de la realidad. Pero una constatación que, sin embargo, llama a la movilización, a la posibilidad de un cambio, una utopía que parte de la constatación de una posibilidad. Y si esa posibilidad es posible, quizá entonces no estemos del todo perdidos. Lo que está claro, en cualquier caso, es que es el momento –sigue siendo, nunca se ha ido– de revivir la llama de la utopía –sea esta cual sea– y comenzar seriamente a pensar cómo cambiar las cosas. No sea que lo de 2012 al final vaya a ser verdad y nos vayamos todos al final a tomar por donde amargan los pepinos.

13/11/11

Cena de gala

Siguiendo con Adorno y la actualidad de sus microensayos de Minima Moralia, no puedo evitar transcribir un pasaje de cena de gala, que describe a la perfección el sentido de la cultura burguesa como cultura de consumo:

"Cena de gala. (...) Como la clientela de la sociedad de masas desea estar inmediatamente a la última, no puede dejar escapar nada. Así como el aficionado del siglo XIX era capaz de asistir sólo a un acto de la ópera por su actitud un tanto bárbara de no permitir que ningún espectáculo pudiera acortar el disfrute de su cena, con el tiempo la barbarie actual, a la que se le ha privado del recurso a la cena, no puede de ningún modo saciarse con su cultura. Todo programa debe seguirse hasta el final, todo best-seller, debe leerse y toda proyección ha de presenciarse, mientras dure en la brecha, en las salas principales. La abundancia de las cosas consumidas indiscriminadamente se vuelve funesta. Hace imposible orientarse en ella, y así como en los monstruosos almacenes hay que buscarse un guía, también la población, ahogada en ofertas, espera al suyo.” (Minima Moralia, 117-118)

Encrucijada

Rebuscando en Minima Moralia, me encuentro esta cita de Theodor Adorno de hace sesenta años:

"Ninguna obra de arte, ningún pensamiento tiene posibilidad de sobrevivir que no conlleve la renuncia a la falsa riqueza y a la producción de primera calidad, al cine en color y a la televisión, a las revistas millonarias y a Toscanini. Los medios más antiguos, los que no se miden por la producción en masa, cobran nueva actualidad: la de lo marginal y la de la improvisación. Sólo ellos podrán eludir el frente único del trust y la técnica. En un mundo en el que hace tiempo que los libros no parecen libros, sólo valen como tales los que no lo son. Como en los comienzos de la era burguesa tuvo lugar la invención de la imprenta, pronto llegará su revocación por la mimeografia, el único medio adecuado, discreto, de difusión." (Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada. 1951. Madrid, Taurus, 1999, p. 48).

La cosa da que pensar. Hoy estamos en esa misma encrucijada.

8/11/11

Artes y ciencias

Una de las cosas que siempre me han sorprendido de las películas americanas sobre la universidad es la manera en la que parecen estar estructurados los estudios. Eso de que la chica salga de clase de física teórica y se meta corriendo en la de literatura francesa del siglo XIX para acudir después a un seminario sobre el amor en el arte medieval del sur de Asia; eso, a mí siempre me ha puesto de los nervios y me ha llevado a hacerme una y otra vez la misma pregunta: ¿pero qué narices estudia esta gente? ¿Qué carrera es esa en la que uno elige las asignaturas al tuntún?

Es curioso que haya tenido que venirme aquí para enterarme por fin de que la cosa es realmente así. El estudiante americano, excepto en algunos casos específicos como Derecho o Medicina, se gradúa en artes liberales –Arts & Sciences– y ya más tarde se especializa en algo concreto. Supuestamente el plan Bolonia de las universidades europeas tiende hacia ese modelo. Pero no llega ni de lejos. En España a nadie se le pasa por la cabeza que un estudiante de matemáticas se matricule en Estética Romántica. A priori, parece que no tiene mucho sentido. Y sin embargo, si uno lo piensa bien, la intersección de la ciencia con las letras es realmente productiva en términos de creatividad.

Aquí lo tienen claro. Y cuanto más avanzada es la universidad, más contaminación hay entre las disciplinas. Emociona que parte de la bibliografía del posgrado en Ciencias Espaciales de la Universidad de Cornell –por mencionar sólo un ejemplo– se componga de libros de ciencia ficción. Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, o por supuesto, Carl Sagan, uno de sus más insignes profesores, que dejó claro, antes de morir, que el material más preciado de la ciencia es la imaginación.

[Publicado en La Razón, 4-11-11]

4/11/11

Escribir, perder historias

Es curioso lo rápido que se olvida uno de las cosas, o lo rápido que pasa página. Antes siquiera de haber recibido una respuesta (positiva; porque esta gente no responde si es que no) de editores o agentes, ya me he comenzado a olvidar por completo de la novela que, con todo el esfuerzo del mundo había conseguido escribir. En el momento en el que imprimí los casi 300 folios, y aun sabiendo que había miles de cosas que podía mejorar –si supiera, claro está–, la cosa ya dejó de tener sentido. Y ahora, si digo la verdad, hasta me da igual que se publique o no. Yo ya he conseguido lo que quería. Acabarla. Saber lo que pasaba, contar una historia. El resto no importa demasiado. A mí me da de comer otra cosa.

Lo curioso es que, durante el tiempo en el que la estaba escribiendo, no dejaba de pensar en los posibles lectores, en la gente que querría que la leyese, en lo que podía gustar o no gustar, en enviarla a premios, a editoriales de prestigio... era una manera de mantener la ilusión. Pero fue acabarla y todo se desvaneció. Aunque seguiré insistiendo, por supuesto. Ya no es para mí algo vital que se publique.

Justo en el momento en el que acabé, el libro dejó de importarme. Y comencé a pensar entonces en otra historia. Una historia en la que estoy ahora y que no me quito de la cabeza. Quizá es que para que una historia entre otra tiene que salir. O al revés: la historia nueva tira a la basura todo lo anterior. Probablemente los personajes del mundo de ciencia ficción que he comenzado a trazar han echado por la fuerza a los artistas y a la gente del mundo del arte que habitaba la anterior novela. Parece que los extraterrestres borramemorias han podido con los artistas transgresores.

Y ahora comienzo a pensar otra vez en posibles lectores, en todos los que podrán leer la novela de ciencia ficción, en lo necesario y vital que sería que la leyeran... Pero intuyo que, si algún día logro terminar este nuevo proyecto (cosa que ahora dudo y que en cualquier caso va para muy largo), ese mismo día otros personajes y otra historia vendrán a desahuciar a los habitantes de Letheia y me dará lo mismo que alguien la lea o no. Quizá en el fondo esa necesidad de buscar lectores posibles, de pensar en editoriales o premios, sólo sea una estrategia de la mente para hacer la historia llegue a su fin. Porque al final es de lo único que se trata, de saber qué ocurre con esos personajes que comienzan a poblar tu mente, qué les pasa, adónde van, por qué han llegado ahí. Y sobre todo, cómo saldrán de ahí.

Si viajar, según Vila-Matas/Pessoa, es perder países, quizá escribir sea perder historias. Quizá uno escribe para alejarse de ellas, para quitárselas de encima. Como si panal de abejas cayera sobre ti y tuvieras que apartarlas todas a manotazos. Aunque por lo general la cosa suele caer más adentro, y el procedimiento se parece más a una operación, la extirpación de pequeños trozos de metralla repartidos por todo el cuerpo. El proceso es lento y en ocasiones incluso tedioso. Y sólo hay una oportunidad para seguir con vida: escribir.