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27/10/11

Zombis antisistema

La segunda temporada de la serie The Walking Dead se ha convertido en una de las sensaciones del Otoño y, con ella, los zombis han vuelto a estar de actualidad. A diferencia del fantasma, que es un alma desencarnada, el zombi es un cuerpo sin alma. Es pura carnalidad animal, sin recuerdos, sin memoria y sin pensamiento. Y con un solo cometido: satisfacer su pulsión de alimentación. Una pulsión que, sin embargo, es humana y no animal –según Freud, los animales no tienen pulsiones, sino necesidades e instintos–. Por mucho que coma, el zombi nunca está satisfecho, siempre tiene un hambre voraz. Su deseo nunca puede ser colmado.

El zombi de The Walking Dead, además, como su nombre indica, es un caminante. No para quieto en ningún lugar. Es un sujeto nómada que siempre se está moviendo de un lado para otro, como si hubiera entrado en algún tipo de loop del que ya no puede salir. Hoy, en cierta manera todos vivimos como esos zombis. Vamos de un lado para otro y a veces ni siquiera sabemos por qué lo hacemos. Sólo nos movemos, seguimos con nuestras rutinas y no pensamos en el porqué de todo ello.

Pero sin duda, lo que más llama la atención de estos zombis es su pulsión vandálica y destrozona. No sólo es que ellos vayan hechos adefesios, con la ropa hecha jirones, como los zombis del célebre vídeo de Michael Jackson, es que ahora parece que encuentran una cierta satisfacción en hacerlo todo trizas. Y esto me hace pensar que en el fondo los zombis son antisistema, como los jóvenes de los disturbios de Londres, como los encapuchados de Roma, elementos que retornan a nuestro mundo para frustrar el estado del bienestar, destrozándolo todo y tocando donde más duele: el brillo de la mercancía.


25/10/11

Lección de Anatomía

Seguimos con las clases breves de historia de la imagen.

Rembrandt van Rijn, Lección de Anatomía del doctor Tulp, 1632. La herida abre cuerpo a la mirada. Luz exterior que ilumina la escena. Luz de la razón. Inicios de la mirada médica. Ya no es el cuerpo de Cristo, sino el de un humano cualquiera. Cuerpo anónimo. Pura carne, pero aún con dignidad.


Lección de Anatomía 2.0. La mirada ha sido sustituída por la foto. La explicación ha sido desplazada por la comunicación instantánea. Una imagen vale más que mil palabras. Una foto más que mil descripciones. Ya no hace falta hablar. "Mira, Gadafi muerto. Aquí, delante de mí, ese cabrón. Aquí, como una puta escoria".

[*Adenda: Imagen multiplicada. Espejos digitales. Es la imagen de una imagen.]

Lecturas recomendadas:

Michel Foucault, El nacimiento de la clínica. Una arqueología de la mirada médica. México, Siglo XXI, 1966 [1963].

Lisa Cartwright, Screening the Body: Tracing Medicine's Visual Culture. Minneapolis, University of Minnesota Press, 1995.

21/10/11

Gadafi y ETA. El zombie y el fantasma

Dos imágenes valen más que dos mil palabras.


La imagen contemporánea. Imagen informe, barroca, movimiento, cámara al hombro, visualidad pura. Lo obsceno, la carne, el zombie.


La imagen anacrónica. Composición clásica, reposo, forma cerrada, distanciamiento. El velo, el secreto, el fantasma.

20/10/11

Hacia el fin

Hoy es un día histórico. A la noticia del final del régimen de Gadafi –y su muerte– se ha sumado la del cese de la violencia por parte de ETA. Más allá de otras consideraciones, son noticias por las que merece la pena brindar –menos por la muerte de alguien, aunque sea Gadafi, que por el fin de las muertes de tantos–. Así que ya mañana habrá que reflexionar sobre todo ello con detenimiento, pero hoy hay que celebrar. Muchos dirán eso de no echar las campanas al vuelo. Pero creo que sí es para echarlas, y mucho. Mañana quizá haya que tirárselas en la cabeza a más de uno, pero hoy simplemente celebremos. Celebremos de modo agridulce, sin olvidar a las víctimas, sin olvidar estos años. Pero no pretendamos que el escepticismo lo tire todo por tierra. No es el final, pero es un paso tremendamente importante para el final. Es algo muy grande. Mucho más que la copa de Europa y el ascenso a primera división. Y si no lo celebramos y le damos a la noticia la importancia que merece, si nos quedamos viendo Telecinco y seguimos con lo nuestro como si nada hubiera pasado, es que realmente estamos todos fuera de juego.

14/10/11

Extraña familiaridad

Dos semanas en Ithaca y aún estoy aterrizando. Y por otra parte tengo la sensación de haber aterrizado hace ya mucho tiempo. Es extraño, todo me parece familiar, como si hubiera estado viviendo aquí toda la vida. No tengo la sensación de estar lejos en ningún momento. Es como si todo lo hubiera asumido demasiado pronto. Y, al mismo tiempo, precisamente por eso, por esa sensación de estar aquí desde hace siglos, de no percibir nada extraño y de haberlo naturalizado todo antes de lo previsto, creo que aún no he llegado del todo. Suele ocurrir a veces. Cuando uno asume las cosas enseguida, en el fondo se deja algo sin llenar, un espacio, un tiempo de extrañamiento que es necesario para adecuarse a la novedad. Pasa lo mismo que con el duelo. Es necesario un tiempo para asumir la pérdida. Una transición que, si no se lleva a cabo, luego acaba pasando factura.

Aquí tengo la sensación de no haber hecho el duelo del viaje. Y esa familiaridad excesiva de las cosas ahora me comienza a resultar extraña. Es a eso, sin suda, a lo que Freud llamaba "das unheimlich", lo siniestro o, mejor, la inquietante extrañeza. Esa extrañeza de lo conocido, pero también esa familiaridad de lo desconocido.

En Ithaca me resulta siniestro que nada me extrañe, que camine por la universidad de Cornell como si fuera la de Murcia, que aparque la bici frente a la Society for the Humanities como si estuviera en mi calle, que agarre por la mañana el vaso de cartón de café americano y que ya no lo suelte hasta mediodía, como si fuera lo más natural del mundo. Una naturalidad que sólo se vuelve artificial y distanciada cuando me pongo a pensar en lo que estoy haciendo, cuando trato de verme desde fuera y observo como si fuera un extraño. Pero eso, que por lo general en mí es habitual, la curiosidad antropológica, el mirar desde fuera las cosas como si uno no perteneciera a ellas, aquí me cuesta más trabajo que nunca. Es curioso, pero en este lugar siento que es más fácil estar dentro que fuera, y tengo que hacer un esfuerzo tremendo para dar un paso atrás y ver el marco de la escena. No sé, será cosa del Feng Shui y de que con tantos arroyos y cataratas por todos los lados, sea más fácil seguir la corriente, y dejarse llevar y fluir, como el Tao, sentirse parte de un todo y no pararse a pensar en cada momento qué está uno haciendo aquí.

4/10/11

Casas de citas

Llevo prácticamente dos días haciéndome con los programas de gestión de bibliografía para la investigación. Yo utilizaba Zotero, pero aquí he descubierto Refworks, que funciona mucho mejor, aunque no es gratuito. También estoy empezando a utilizar en serio Endnote. Una maravilla para las citas y las referencias bibliográficas. El problema de todo esto es que al final la investigación se convierte en algo cuantitativo, en una acumulación de citas que no lleva a ningún lado. Como decía en el post anterior, hay demasiada información disponible. Prácticamente está todo. Y esto, que en principio es fantástico para un investigador, puede acabar mandando al traste todo si no se utiliza correctamente, y sobre todo con mesura. Porque los textos corren hoy el peligro de convertirse literalmente en "casas de citas". Las herramientas académicas digitales contribuyen a eso. Es muy fácil llenar un texto de referencias y acabar no diciendo nada nuevo. En la investigación en Humanidades esto es un gran peligro. Y tal y como están las cosas, caminamos hacia un modelo cuantitativo heredado de las ciencias experimentales, pero también de las ciencias sociales (casi más culpables de esto), que cercena la creatividad y que, al final, cuestiona la investigación cualitativa. Quizá es el momento de reivindicar de nuevo la potencia de la escritura, del pensamiento y la reflexión, frente a la saturación del dato y la cita. Y todo esto, teniendo claro, por supuesto, que manejar información es imprescindible y necesario, y que es fundamental haberse hinchado a leer antes de escribir una línea.

1/10/11

En Ithaca, más leer y menos fotocopiar

Me he vuelto a aislar del mundo del mundo otra vez y me he escapado unos meses a Ithaca, invitado por la Universidad de Cornell para investigar un tiempo tranquilo sobre el arte contemporáneo, el tiempo y la cuestión de la obsolescencia. Ahora, después del tiempo de concentración en la novela –que reposará un rato hasta nueva orden–, me centraré en lo académico y en volver a leer otra vez con calma y sosiego a Benjamin y compañía.

Antes, salir a investigar era otra cosa, al menos en el ámbito de las humanidades contemporáneas (algo diferente sería ir a consultar archivos donde hay cosas específicas...), y se pasaba uno el tiempo de la estancia frente a la máquina de fotocopias, vulnerando todos los derechos de autor habidos y por haber, porque aquellos libros y artículos no los iba a volver a ver uno en la vida. Recuerdo mis estancias durante la tesis y la pulsión de fotocopia que tenía por aquel entonces. Irse a investigar era irse a fotocopiar libros y artículos y a desmantelar bibliotecas. Pero volvía uno igual de tonto, más o menos.

Hoy ya prácticamente –y aún
con demasiadas excepciones, claro– tenemos todo al alcance de la mano. Muchos de los libros y documentos que hay en la biblioteca de Cornell están accesibles de un modo u otro. Eso sí, verlos todos juntitos acojona y da la medida de lo poco que sabe uno y de lo que hay que leer. Tal y como están las cosas, en una semana o dos, como mucho, se puede hacer el trabajo de recopilación. Y lo verdaderamente interesante es comenzar a leer, reflexionar y escribir. Y, sobre la marcha, ya buscar las cosas que vayan saliendo. El tiempo que se tiene aquí, sin clases, ni compromisos de ningún tipo, es un regalo que no se puede desperdiciar solo recopilando cosas para otro momento que nunca llega –porque, no nos engañemos, las cosas que se archivan se quedan para siempre en el cajón de las estancias; todavía tengo libros fotocopiados en francés para empapelar París y no me han servido de nada.

Antes fotocopiaba uno cosas “por si acaso”. Pero eso ya no tiene sentido hoy. La investigación se hace en tiempo real y no para un futuro que nunca se hace presente. Mi estancia en el Clark Institute me sirvió para volver a apreciar la necesidad de trabajar con calma y sin presiones, pensando más en el presente que en el futuro, más en el proceso que en el resultado. Allí me di cuenta de que es mejor leer un libro que fotocopiar doscientos. En la investigación contemporánea en humanidades, la información ya no es el valor principal. Lo importante es lo que se hace con ella. Cómo se filtra, cómo se procesa. Y para eso se necesita tiempo. Y también quitarse de la cabeza muchas cosas, liberar espacio de memoria para que ese proceso tenga lugar. Eso es lo que espero conseguir aquí, en la Ithaca de Ulises, con un frío que amenaza ya con llegar, rodeado de libros, cataratas y bosques.