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28/9/11

Una cosa hecha

Casi in extremis logro terminar la novela y registrarla. Trescientas páginas de devaneos artísticos y migratorios. Por supuesto, aún le queda bastante en repasos y reformulaciones. Pero en lo sustancial, está lo que puede ser el libro. Al final, han podido más las ganas de quitármela ya de encima y cambiar de tercio que las obsesiones de perfección. He asumido que no es lo que yo hubiera querido que fuera y ya está. Le daré aún mil vueltas, y seguro que puede llegar a mejorar, pero en cualquier caso seguirá sin ser esa gran idea que tenía en la cabeza y que se ha quedado en lo que mis capacidades narrativas han podido dar de sí (más bien poco). La cosa es que, una vez terminada, y aun sabiendo que no es lo que había pensado, y que desde luego no soy Vila-Matas ni Houellebecq, ni siquiera Antonio Gala o Boris Izaguirre, ahora toca defenderla a capa y espada. Y empezar a creer una vez se ha descreído. Esta es la única manera, supongo, de ofrecerla a editoriales o convencer a algún agente, creyendo que, a pesar de los pesares, la cosa merece la pena.

Lo que está claro es ahora hay que dejarlo todo reposar y dejar pasar un tiempo que permita mirarla con distancia. Y sobre todo, escuchar los comentarios de los primeros lectores del manuscrito. Ansioso estoy por conocer algunas reacciones. Uno no tiene ningún tipo de distancia frente a lo que escribe. Y un proyecto así, que ya lleva tiempo en la cabeza, es imposible saber cómo ha quedado todo y si las cosas que uno ha visto e imaginado pueden ser al menos esbozadas en la imaginación del lector.

Pero, vamos, que da mucha alegría, más alegría que incertidumbre, poner el punto final (aunque se sepa que hay que volver cien veces) y llevar la obra al registro (aunque se sepa que esto no sirve de demasiado). Comenzar a acabar ya es una buena noticia. Y lo es sobre todo porque, al final, uno se demuestra, que, con independencia del resultado, ha sido constante y ha podido finalizar algo. Lo más curioso de todo es que, en el momento de entregar la novela en el registro, casi antes de salir de allí, ya ha dejado de interesarme lo que he escrito y he comenzado a pensar en el ensayo sobre arte contemporáneo y temporalidad que quiero empezar a escribir en Cornell. Quizá sea cierto que uno acaba de escribir para seguir escribiendo.

25/9/11

El libro o la vida

En Una vida absolutamente maravillosa, Enrique Vila-Matas reúne algunos de sus mejores ensayos de los últimos veinte años, casi todos en torno al universo de los libros. Frente a la idea extendida de que la literatura nos aparta de la vida y que quien lee o escribe se pierde la verdadera experiencia vital de habitar el mundo, Vila-Matas siempre ha apostado por el libro como otra manera de experimentar las cosas. Una manera diferente, es cierto, pero no por eso menos intensa. Porque leer, como escribir, también es vivir.

Los mundos que creamos mientras escribimos, o los que imaginamos mientras leemos, existen realmente y tienen efectos en el mundo físico y tangible. Condicionan nuestras vidas, penetran en nuestras acciones y construyen nuestros pensamientos. Este libro de Vila-Matas, como toda su obra, nos enseña a amar la literatura, y a confiar en la utopía de un mundo regido por las letras. Como señala al final de “Escribir es dejar de ser escritor”, si pasásemos la vida leyendo o escribiendo nos mataríamos menos: “nada menos agresivo que un hombre que baja la vista para leer un libro que tiene en sus manos”.

Lo que está claro es que uno acaba la lectura de estas pequeñas joyas vila-matasianas con unas ganas tremendas de leer y hasta de escribir. Y eso incluso a sabiendas de lo difícil que, más allá de la apariencias, es la escritura. Al menos, la buena escritura. Porque por mucho que uno imagina historias, cuando se pone a escribirlas la cosa cambia. Escribir bien es difícil, tanto como jugar bien al fútbol. Desde la grada, las jugadas se ven a la primera, pero correr la banda durante todo el partido ya es algo distinto. Y uno acaba siempre con la lengua fuera.

[Publicado en La Razón, 22/09/2011]

20/9/11

Eso o nada

Sigo enfrascado en la novela, sin apenas tiempo para otra cosa. Quiero dejarla acabada y registrada antes de partir para Ithaca, pero veo que no hay manera. Y sobre todo, que cansa, mucho. Cansa darse cuenta de que uno no escribe como le gustaría escribir, y que, a la hora de la verdad, el fracaso es la única perspectiva. Hay días que uno se levanta y piensa que lo que acaba de escribir es muy bueno. Pero enseguida cambia de opinión. Y cae en la cuenta de que no sólo no es muy bueno, sino que es malo hasta decir basta. Entonces echa mano de Beckett y de Rumbo a peor y piensa eso de "Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor." Pero no es ningún consuelo. Porque el fracaso duele. Y no deja de ser un puto fracaso. Y comprende uno entonces a los escritores Bartlebys, y quisiera dejar de escribir. Pero luego llega la vanidad y se interpone y pretende ganar la batalla. Y uno se da cuenta de que sigue escribiendo por mera vanidad, por poder publicar al fin la novela y verse en los escaparates y en la mesa de novedades aunque sean dos días, y no porque lo escrito merezca la pena. Pero entonces llegan días como este en los que uno cree que sería mejor dejarlo todo antes de que sea demasiado tarde. Aunque ya haya escrito trescientas páginas, aunque le haya dado más de veinte vueltas a la historia.

Ahora, que todo está a punto de acabarse, cuando se vuelve a poner el punto y final del tercer borrador, uno se da cuenta de que todo es basurilla. Quizá no más basura que otras cosas publicadas y leídas, pero sí basura comparada con lo que se había imaginado. Y llega el dilema. ¿Qué hacer? ¿Seguir puliendo la basura hasta que reluzca sin dejar de ser basura y se convierta en basura brillante? ¿O dejar que la basura siga siendo basura y que se pudra en el cajón del olvido?

Realmente no lo sé. Hay días que pienso que más vale eso que nada. Y otros, como hoy, en los que pienso que más vale nada que eso.

10/9/11

Amazon is coming

Amazon llega a España el próximo 15 de septiembre. La noticia ha pasado inadvertida, pero supone una revolución absoluta en el mercado del libro. La venta de libros on-line no acababa de despegar en este país, y quizá por eso Amazon ha ido dejándonos para el final, implantándose antes en Francia, Alemania o incluso Italia. Hasta ahora en España sólo opera medianamente bien Agapea, a la que falta fondo, y los servicios on-line de algunas librerías tradicionales, a los que faltan servicios. Y en estas llega Amazon, con un fondo editorial extraordinario y con unos servicios de envío y unos tiempos que pocos van a conseguir igualar.

Como comprador de libros y asiduo de Amazon desde hace más de una década, me alegro muchísimo del desembarco –quizá mi bolsillo, no tanto–. Pero reconozco que si la iniciativa funciona, acabará siendo un grandísimo varapalo para las librerías tradicionales, sobre todo para las más pequeñas. Pero aquí no hay peros que valgan. Las cosas están cambiando. Y no saber adaptarse a los cambios, te deja fuera.

Esto por no hablar del libro electrónico, que será lo que acabe transformándolo todo. Con Amazon y su Kindle en España, supongo que las editoriales irán poco a poco abandonando Libranda, esa plataforma on-line formada por los grandes grupos que da vergüenza ajena. Y cuando esto suceda, pongamos un plazo de dos años, podremos decir por fin que eso del e-book ya es algo serio, aunque llegaremos con más de cinco años de retraso a lo que está sucediendo en medio mundo. Lo que está claro es que Amazon ha llegado. Y que su llegada sirva para dinamizar o para dinamitar el sistema sólo depende de que el resto se ponga las pilas o acabe claudicando.

[Publicado en La Razón, 9/9/11]

2/9/11

Septiembre

Ya se ha acabado lo bueno. La tranquilidad del verano, la concentración, el aislamiento, la sensación de que uno puede leer y escribir sin ser interrumpido... todo llega a su fin con el puñetero septiembre. De todos modos, con la que está cayendo, no me voy a quejar. Afortunado soy de tener trabajo y que además trabajar en lo que me gusta. Además, este año he concentrado todas las clases en el segundo cuatrimestre, y en el primero me voy de Visiting Scholar a la Universidad de Cornell, a Ithaca, a la de Nueva York, no la de Ulises, aunque también está bien lejos y no sé cómo llegaré. En tres semanitas, cruzaré de nuevo el océano para intentar aislarme una vez más y seguir investigando y escribiendo. Esta vez, sin embargo, me temo que el aislamiento será menor que en el Clark Institute. Ithaca es también una ciudad pequeña en torno a una universidad, pero intuyo que habrá algo más de vida que en Williamstown, donde había una calle, tres restaurantes y un cine en el que ponían películas muy raras. Eso sí, frío hará el mismo o más. En la ribera al lago Cayuga tiene la pinta de hacer una rasca que me va a hacer olvidar –y echar de menos– el agosto murciano.