Ya he vuelto. Y, como cabía esperar, el mundo no se acabado. Al menos, no del todo, porque el calor que hace en Murcia sólo se explica si se han dejado abierta la puerta de alguno de los siete infiernos. Qué disparate. Ni dormir se puede. Con el
fresquito que hacía en en
Alhama de
Aragón, que teníamos incluso que taparnos por las noches. Pero bueno, el calor es lo suyo en estas fechas. No me voy a quejar después de la semana de
relax que he pasado y que me ha venido de maravilla. Semana de no hacer absolutamente nada. Sólo descansar, tumbado al sol frente a un lago termal, leyendo, bañándome y comiendo. Comiendo mucho y bien. Y es que la mayoría del tiempo la hemos pasado en La
Gastroteca del Gran Hotel Cascada, intentando descifrar algunos de los platos del
chef, como el
kebab deconstruido o
Cosmopolitan gelatinado, una maravilla absoluta.
Por si me aburría, me fui cargado de literatura y monté en el hotel una
minibiblioteca.
Womahn decía que se me había ido la mano, y supongo que la limpiadora también se asustaría un poco al ver junto al albornoz y el gorro de baño aquella montonera de libros. Mucho era para una semana. Pero al final, entre baños calientes,
aquatermas, masajes
neurosedantes y
termaspas, me he metido entre pecho y espalda casi la totalidad de la mercancía que me había llevado (tres se han quedado en el tintero).
Comencé con una cosa
ligerita:
Sin identidad, de
Didier van
Cauwelaer, un
thriller que se lee rápido y que me interesaba para ver cómo planteaba una serie de giros para una cosita que quiero escribir. Es corto, se lee de un tirón y bueno, disfruta uno. Lo curioso es que acaban de hacer una película del libro, protagonizada por
Liam Neeson con el mismo título. Bueno, mejor, han reeditado el libro con el título de la película. Porque el título original era
La doble vida de Martin Harris. La cosa es que la película, que por curiosidad vimos una noche, cuando acabé el libro, se parece lo justo al libro. Cambian el argumento casi por entero y
reformulan toda la trama. Vamos, que por poco no tienen que pagar ni siquiera por la adaptación. Yo me imagino en la piel del escritor, tirándome de los pelos y acordándome de la madre de alguien. Después del tiempo que uno se pasa para formular y estructurar la trama, viene un
guionista y en tres tardes le da vuelta. Y lo peor es que le queda mejor que a ti. Una
putada.
Después de este libro, que se lee en una tarde y poco, seguí con la literatura breve. Y leí
Sin sangre, de
Alessandro Baricco. Hacía tiempo que no leía nada del italiano. Me gustó
Seda, y sobre todo,
Novecento. Y también
Oceano Mar. Pero desde entonces, aparte de dos ensayos, uno sobre la música y otro sobre la
postmodernidad, había dejado de lado yo a este escritor. Y de nuevo fue muy placentera su lectura. Una tarde agradable y emotiva me hizo pasar, con su lenguaje pausado y cadencioso, con sus imágenes y dilemas morales fundamentales.
También me gustó
La ciudad feliz, de
Elvira Navarro. Aunque después de
La ciudad en invierno, era muy difícil escribir algo tan intenso y perturbador como aquellas historias de niñas que aún en ocasiones me martillean la cabeza, lo cierto es que este libro, también breve, y también compuesto de historias (en este caso, dos), ha logrado satisfacer las expectativas que había puesto en él. He de decir, también es cierto, que me ha gustado mucho más la segunda parte (la relación entre una niña y un vagabundo) que la primera (la vida en torno al restaurante chino Ciudad Feliz vista por los ojos del pequeño
Chi-
Huei). Pero en los dos textos, como también ocurría en su primer libro,
Elvira logra entrar la mente infantil de un modo que pocos autores contemporáneos –quizá con la excepción de Andrés Barba y su magistral
Las manos pequeñas– han sabido hacer, recreando y transmiéndonces su
perplejididad, su inocencia, pero también su perversidad y temeridad.
Después
, me intenté sumergir en
Thomas Pynchon.
La subasta del lote 49. Nunca había conseguido entrar en
Pynchon e intenté hacerlo con esta novela, regalo de un amigo para ver si podía llevarme al redil
pynchoniano. Y seguramente me pilló mal o con el paso cambiado. Pero el caso es que se me atragantó y no me logró interesar nada. Perdí el hilo enseguida y las historias periféricas me despistaron enseguida. Tendré que darle otra oportunidad. Sin duda.
Para resarcirme, entré en otro americano. Don
DeLillo. Y esto sí que fue grandioso.
Ruido de fondo. Creo que he leído muy pocos libros (ahora no sabría decir cuántos, pero menos de diez seguro) mejores que este de
DeLillo. Quisiera dedicarle en otro momento una atención especial y escribir algo como Dios manda. Porque es una novela total. Absoluta. Me faltan adjetivos y palabras para describir el ejercicio
literario de este autor. Yo había leído
Body Art,
Punto Omega, y
Contrapunto. Todos me habían gustado. Pero ninguno llega a la altura de
Ruido de fondo. Es, sin duda, una novela de época. Si alguien pregunta "qué ocurría en los ochenta" –y sigue ocurriendo en gran parte hoy– en el mundo occidental, uno puede contestar dando a leer este libro. El miedo, el acecho de la catástrofe, el ruido de fondo de la tecnología, de la vida moderna, pero también el de la
amenaza de la muerte... los temas que siguen hoy siendo centrales. Desde luego, después de leer algo así, te planteas si seguir escribiendo, o si comenzar a escribir novela; porque te apabulla, te anula, te deja a la altura del betún. Uno acaba la lectura y se da cuenta de que llegar a esos niveles es algo reservado a unos pocos. Y entonces entiende eso de "gran literatura", y se da cuenta de que el resto podremos llegar a escribir algún libro, pero poco más. Escritores de ese nivel, de esa altura, hoy se pueden contar con los dedos de la mano.
Después de
DeLillo, y para no quedarme así con la impresión de no tener nunca ya más la intención de ponerme a escribir, leí algo más de andar por casa, aunque también
buenísimo, al menos en mi opinión:
Snuff, de
Chuck Palahniuk. Me lo pasé genial. Hacía tiempo que no me reía tanto con una novela. Carcajadas y carcajadas, pero de lo animal que es
Palahniuk. El argumento es ya para quedarse sentado: una actriz
porno va a intentar lograr un
record manteniendo sexo con 600 hombres en un mismo día. A partir de ahí, y de las divagaciones de cuatro protagonistas (tres actores que esperan su turno y la asistente de rodaje), la trama comienza a
espesarse y al final llega a ser incluso sorprendente. Pero lo mejor del libro, sin duda, aparte del humor negro, verde y de todos los colores de
Palahniuk, es su sagacidad para analizar el lugar de la industria del sexo en el mundo contemporáneo y
globalizado. Una crítica incisiva y fulminante al capitalismo y a la cultura de consumo que está debajo del
individualismo contemporáneo. Es decir, el tema central de
Palahniuk desde
El club de la lucha.
En resumen, que aparte de bañarme y tocarme lo que no suena, he podido leer algo esta semana. Y lo más importante, que he regresado con unas ganas tremendas de trabajar y escribir, y eso que es 9 de agosto. No sé si, como decía el del chiste, tumbarme de nuevo y esperar a que se me pasen.