Translate

29/8/11

Ni súper, ni ocho

Supuestamente se trataba de la sensación del verano, la vuelta al cine de aventuras de los ochenta y el homenaje a la tecnología de las cámaras Super 8. Sin embargo, desde mi punto de vista, la película de J.J. Abrams resulta un fiasco doble. Primero, la historia. Para conseguir la vuelta al cine tipo Los Goonies o E.T., lo que hace Abrams es coger todo lo que funcionaba de las películas de niños de los ochenta y ponerlo junto. Y, claro, como él es un maestro de la narración, pues aquí funciona. Es una película entretenida y con la que se pasa un buen rato. Pero ya está. Un director como él no puede caer en esa regresión y convertir su película en un pastiche llenó de clichés por todos los lados.

Ahora bien, lo que es más indignante es el «juego» con el Super 8. La película pretende mostrar la nostalgia por un medio y una tecnología que ha formado el imaginario de toda una generación. Sin embargo, aparte de lo anecdótico, en la película no hay lugar para el potencial de las cámaras Super 8. No tienen poder alguno de enunciación. Allí quien manda son los medios obscenos de Hollywood. La secuencia del accidente del tren está grabada con una tecnología que hace enmudecer al cine anterior. Despliegue de medios y de dinero, mucho dinero. No hay ninguna escena en la que se haya dejado hablar a la Super 8, que acaba siendo una simple cosa de niños, como la película del final. El mensaje que subyace es que con las tecnologías obsoletas uno esboza una sonrisa, pero con lo que realmente se acojona y disfruta es con la tecnología avanzada de la industria del espectáculo. Y esto es ser tramposo.

[Publicado en La Razón, 26-08-2011]

22/8/11

El instante de la escritura: una lectura (benjaminiana) de Patricio Pron

[Publicado en Salonkritik, 21/06/2011]

“Articular históricamente el pasado no significa conocerlo 'tal y como ha sido'. Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro”. El comienzo de la sexta tesis sobre la historia de Walter Benjamin alude claramente a la fugacidad con la que aparece la posibilidad de conocer el pasado. Una posibilidad que se abre en un momento y desaparece para siempre. La historia se nos manifiesta en un instante. Y ese instante corre el peligro de desaparecer para siempre y no volver jamás a ser mostrado. Porque la imagen del pasado “pasa de largo velozmente”, y el pasado “sólo es atrapable como la imagen que relumbra, para nunca más volver, en el instante en el que se vuelve reconocible” (Tesis V).

Ese instante fugaz tras el que desaparece la posibilidad de conocimiento, ese instante oportuno, sólo puede ser percibido si el historiador se siente convocado en él, si se siente apelado y llamado por el pasado. Y es que “la imagen verdadera del pasado es una imagen que amenaza con desaparecer con todo presente que no se reconozca aludido en ella” (Tesis V). Ante la imagen del pasado, el historiador ha de sentirse tocado, punzado, atravesado y movilizado incluso físicamente. La imagen dialéctica benjamiana funciona de modo muy semejante a como lo hace el punctum en la fotografía según Barthes, atravesándonos y tambaleándonos porque “reconocemos” algo nuestro que está en la imagen, algo que está allí y que debería estar aquí, una familiaridad extraña muy cercana al unheimlich freudiano. Es así como ha de tomar el historiador consciencia del pasado, sintiéndolo presente, tangible, espeso, real, igual que el recuerdo de la magdalena en Proust, una imagen que no es una mera imagen visual, sino una imagen-tacto que logra movilizar todo el cuerpo, que nos eriza la nuca al abrir el tiempo. Una imagen que actúa en el presente, y que demuestra que el pasado no es totalmente pasado, sino que se encuentra latente, vivo, denso, perceptible en el presente. Una imagen lo que lo revive. Una remembranza o, mejor, una recordación, que despierta lo que pudiera estar dormido.

[Seguir leyendo el artículo entero... en Salonkritik]

16/8/11

Impaciente

Llevo prácticamente una semana encerrado en mi habitación sin parar de escribir. Desde que regresé del balneario, y tras acabar el texto sobre Bernardí Roig, me he sumergido por fin con tiempo en la novela y estoy disfrutando como un crío. Está claro que estas cosas hay que tomarlas a tiempo completo. En una semana de enclaustramiento he avanzado más que en meses de escritura salteada. Pero sobre todo estoy sintiendo por fin que el mundo del que escribo toma forma, se va espesando y no me deja un momento libre en mi cabeza. Me tiene totalmente absorbido y obsesionado.

Sin duda esa es la palabra: obsesión. Y, visto lo visto, creo que sin eso no hay literatura. Y en mi caso, esa obsesión tiene que ir acompañada de concentración temporal. Día, tarde y noche, a todas horas, pegado al teclado del ordenador, repasando una y otra vez, volviendo a los párrafos sin cesar, recomponiendo historias, espesando argumentos, dando voz a los personajes... Eso es algo que yo no puedo hacer poco a poco a lo largo de temporadas. Necesito hacerlo de seguido. Sé que, de lo contrario, la cosa nunca acabará. Porque luego empieza el curso, y las clases, y las conferencias y los artículos... y la concentración disminuye y lo que había sido un mundo denso, vivo y absorbente, se convierte en un pequeño rumor que se hace escuchar sólo de vez en cuando.

Supongo que cada cual tiene su manera de escribir. Yo, sin duda, prefiero la escritura-grito, de sprint, que la de escritura-susurro, de maratón. Hay algo que me define por encima de todas las cosas: no tengo paciencia. Ninguna.

8/8/11

Regreso (descansado y leído)

Ya he vuelto. Y, como cabía esperar, el mundo no se acabado. Al menos, no del todo, porque el calor que hace en Murcia sólo se explica si se han dejado abierta la puerta de alguno de los siete infiernos. Qué disparate. Ni dormir se puede. Con el fresquito que hacía en en Alhama de Aragón, que teníamos incluso que taparnos por las noches. Pero bueno, el calor es lo suyo en estas fechas. No me voy a quejar después de la semana de relax que he pasado y que me ha venido de maravilla. Semana de no hacer absolutamente nada. Sólo descansar, tumbado al sol frente a un lago termal, leyendo, bañándome y comiendo. Comiendo mucho y bien. Y es que la mayoría del tiempo la hemos pasado en La Gastroteca del Gran Hotel Cascada, intentando descifrar algunos de los platos del chef, como el kebab deconstruido o Cosmopolitan gelatinado, una maravilla absoluta.

Por si me aburría, me fui cargado de literatura y monté en el hotel una minibiblioteca. Womahn decía que se me había ido la mano, y supongo que la limpiadora también se asustaría un poco al ver junto al albornoz y el gorro de baño aquella montonera de libros. Mucho era para una semana. Pero al final, entre baños calientes, aquatermas, masajes neurosedantes y termaspas, me he metido entre pecho y espalda casi la totalidad de la mercancía que me había llevado (tres se han quedado en el tintero).

Comencé con una cosa ligerita: Sin identidad, de Didier van Cauwelaer, un thriller que se lee rápido y que me interesaba para ver cómo planteaba una serie de giros para una cosita que quiero escribir. Es corto, se lee de un tirón y bueno, disfruta uno. Lo curioso es que acaban de hacer una película del libro, protagonizada por Liam Neeson con el mismo título. Bueno, mejor, han reeditado el libro con el título de la película. Porque el título original era La doble vida de Martin Harris. La cosa es que la película, que por curiosidad vimos una noche, cuando acabé el libro, se parece lo justo al libro. Cambian el argumento casi por entero y reformulan toda la trama. Vamos, que por poco no tienen que pagar ni siquiera por la adaptación. Yo me imagino en la piel del escritor, tirándome de los pelos y acordándome de la madre de alguien. Después del tiempo que uno se pasa para formular y estructurar la trama, viene un guionista y en tres tardes le da vuelta. Y lo peor es que le queda mejor que a ti. Una putada.

Después de este libro, que se lee en una tarde y poco, seguí con la literatura breve. Y leí Sin sangre, de Alessandro Baricco. Hacía tiempo que no leía nada del italiano. Me gustó Seda, y sobre todo, Novecento. Y también Oceano Mar. Pero desde entonces, aparte de dos ensayos, uno sobre la música y otro sobre la postmodernidad, había dejado de lado yo a este escritor. Y de nuevo fue muy placentera su lectura. Una tarde agradable y emotiva me hizo pasar, con su lenguaje pausado y cadencioso, con sus imágenes y dilemas morales fundamentales.

También me gustó La ciudad feliz, de Elvira Navarro. Aunque después de La ciudad en invierno, era muy difícil escribir algo tan intenso y perturbador como aquellas historias de niñas que aún en ocasiones me martillean la cabeza, lo cierto es que este libro, también breve, y también compuesto de historias (en este caso, dos), ha logrado satisfacer las expectativas que había puesto en él. He de decir, también es cierto, que me ha gustado mucho más la segunda parte (la relación entre una niña y un vagabundo) que la primera (la vida en torno al restaurante chino Ciudad Feliz vista por los ojos del pequeño Chi-Huei). Pero en los dos textos, como también ocurría en su primer libro, Elvira logra entrar la mente infantil de un modo que pocos autores contemporáneos –quizá con la excepción de Andrés Barba y su magistral Las manos pequeñas– han sabido hacer, recreando y transmiéndonces su perplejididad, su inocencia, pero también su perversidad y temeridad.

Después, me intenté sumergir en Thomas Pynchon. La subasta del lote 49. Nunca había conseguido entrar en Pynchon e intenté hacerlo con esta novela, regalo de un amigo para ver si podía llevarme al redil pynchoniano. Y seguramente me pilló mal o con el paso cambiado. Pero el caso es que se me atragantó y no me logró interesar nada. Perdí el hilo enseguida y las historias periféricas me despistaron enseguida. Tendré que darle otra oportunidad. Sin duda.

Para resarcirme, entré en otro americano. Don DeLillo. Y esto sí que fue grandioso. Ruido de fondo. Creo que he leído muy pocos libros (ahora no sabría decir cuántos, pero menos de diez seguro) mejores que este de DeLillo. Quisiera dedicarle en otro momento una atención especial y escribir algo como Dios manda. Porque es una novela total. Absoluta. Me faltan adjetivos y palabras para describir el ejercicio literario de este autor. Yo había leído Body Art, Punto Omega, y Contrapunto. Todos me habían gustado. Pero ninguno llega a la altura de Ruido de fondo. Es, sin duda, una novela de época. Si alguien pregunta "qué ocurría en los ochenta" –y sigue ocurriendo en gran parte hoy– en el mundo occidental, uno puede contestar dando a leer este libro. El miedo, el acecho de la catástrofe, el ruido de fondo de la tecnología, de la vida moderna, pero también el de la amenaza de la muerte... los temas que siguen hoy siendo centrales. Desde luego, después de leer algo así, te planteas si seguir escribiendo, o si comenzar a escribir novela; porque te apabulla, te anula, te deja a la altura del betún. Uno acaba la lectura y se da cuenta de que llegar a esos niveles es algo reservado a unos pocos. Y entonces entiende eso de "gran literatura", y se da cuenta de que el resto podremos llegar a escribir algún libro, pero poco más. Escritores de ese nivel, de esa altura, hoy se pueden contar con los dedos de la mano.

Después de DeLillo, y para no quedarme así con la impresión de no tener nunca ya más la intención de ponerme a escribir, leí algo más de andar por casa, aunque también buenísimo, al menos en mi opinión: Snuff, de Chuck Palahniuk. Me lo pasé genial. Hacía tiempo que no me reía tanto con una novela. Carcajadas y carcajadas, pero de lo animal que es Palahniuk. El argumento es ya para quedarse sentado: una actriz porno va a intentar lograr un record manteniendo sexo con 600 hombres en un mismo día. A partir de ahí, y de las divagaciones de cuatro protagonistas (tres actores que esperan su turno y la asistente de rodaje), la trama comienza a espesarse y al final llega a ser incluso sorprendente. Pero lo mejor del libro, sin duda, aparte del humor negro, verde y de todos los colores de Palahniuk, es su sagacidad para analizar el lugar de la industria del sexo en el mundo contemporáneo y globalizado. Una crítica incisiva y fulminante al capitalismo y a la cultura de consumo que está debajo del individualismo contemporáneo. Es decir, el tema central de Palahniuk desde El club de la lucha.

En resumen, que aparte de bañarme y tocarme lo que no suena, he podido leer algo esta semana. Y lo más importante, que he regresado con unas ganas tremendas de trabajar y escribir, y eso que es 9 de agosto. No sé si, como decía el del chiste, tumbarme de nuevo y esperar a que se me pasen.

1/8/11

Missing

Sí, amigos, lo sé, aún me quedan cosas por acabar. Hay textos que aún no entregado y me esperan con urgencia, papeles de la Aneca que están a medio rellenar, informes de tesis por entregar, cuestionarios por responder, reseñas por redactar; la exposición está parada y todavía no tengo claro las obras que hay que fotografiar para el catálogo y las que no, ni siquiera he tenido tiempo de escribir el texto de introducción y los institucionales, hay facturas que se me ha pasado pagar, no sé si acabé del todo las guías docentes, tengo varios mails importantes que contestar, algunas llamadas de teléfono que debería hacer cuanto antes... Cientos de cosas requieren mi atención. Y todas parecen ser muy importantes. Pero lo siento. Lo siento de verdad. Hoy me voy de vacaciones. Me pierdo durante una semana. La única de vacaciones reales en todo el año. Es 1 de agosto. Hasta la semana que viene estaré desaparecido. Desconectaré el móvil, no miraré el mail y no me conectaré a Internet. Me recluiré en un balneario a leer tranquilamente y a relajar el cuerpo y el espíritu. Así que cierro a cal y canto el chiringuito. Si el próximo lunes el mundo sigue en pie, continuaré con mis tareas. Si ha desaparecido, tampoco habría tenido mucho sentido seguir haciendo nada. Ahora me toca descansar, que ya va siendo hora.