30/7/11

Save our Bodies

Leyendo sobre la corporalidad, encuentro algunas ideas reveladoras en Paul Virilio. A pesar de su conservadurismo, el francés suele dar el clavo en muchas cuestiones centrales. Y su defensa apasionada del cuerpo frente a lo virtual me resulta más que pertinente en estos momentos:

"Hay que volver a bailar. Hay que recuperar el cuerpo. No es una cuestión de moral, sino de corporalidad. Reconquistar el cuerpo mediante la palabra, el baile, la asociación, mediante todo lo que hace cuerpo (...). En el origen de nuestra civilización europea, en el judeo-cristianismo, en los Griegos y los Romanos, está la negación del cuerpo en beneficio del espíritu. Toda nuestra cultura ha consistido en limitar el cuerpo en favor del espíritu. Hasta el horror de los campos de concentración tiene que ver con esa voluntad de eliminar lo corporal. Hoy en día, nos enfrentamos a la necesidad opuesta: rehabilitar el cuerpo."

"La invención del siglo XX es el S.O.S. lanzado en 1912 por el Titanic, el "Save our Souls", "salvad nuestras almas". La invención del siglo XXI es el S.O.B., "Save our Bodies", "salvad nuestros cuerpos", unos cuerpos amenazados por lo transgénico y las grandes manipulaciones."

[Paul Virilio y Enrico Baj, Discurso sobre el horror en el arte, Madrid, Casimiro, 2010, p. 34]

28/7/11

Descubrir

Leyendo sobre la obra de Bernadí Roig, me doy cuenta de que tenemos mucho en común. Veo sus obras, leo sus escritos y observo que estamos en el mismo lugar, al menos en un sitio cercano. Es curioso el modo en el que uno encuentra interlocutores perfectos sin haberlos buscado. Siempre me había parecido interesante su trabajo, pero nunca había profundizado lo suficiente en él. Lo había tenido delante de mis narices y nunca había advertido que estábamos hablando de lo mismo. A veces, los textos de encargo son la oportunidad perfecta para adentrarse en lugares que, de otro, modo apenas veríamos desde la lejanía. Me ha ocurrido con la obra de Jean Fabre y ahora me pasa con Bernardí Roig. Y la pregunta que no ceso de hacerme es siempre la misma: ¿por qué no habría mirado yo aquí antes? Y es que en Bernardí están todas mis referencias centrales: Berhnard, Beckett, Blanchot, y también algunos de los problemas que me han preocupado, especialmente la cuestión de la visión y la mirada. Todo ahí, concentrado, en una obra inteligente y llena de potencia visual. Más vale tarde que nunca, pienso. Y trato de conformarme. Pero parece que uno nunca llega a tiempo a donde debería haber llegado. Porque ahora ya estaba yo caminando hacia otro lugar, y veo que en el sitio en el que estaba había mucho más de lo que había visto. Y no sólo eso, sino que me había perdido lo más relevante. Eso me hace ahora volver la mirada. E intentar escribir un texto con el cuello torcido, mirando hacia atrás como Orfeo en busca de Eurídice. Sólo espero que mi mirada no cause que nadie tenga que volver al Averno.

27/7/11

Borrador

Acabar el primer borrador de tu novela y darte cuenta de que está plagado de todas las cosas que criticas en la literatura. Tópicos, ñoñerías, mal desarrollo, falta de profundidad, falta de ritmo, saturación de datos, falta de intensidad. Querer arreglarlo y darte cuenta de que no tienes las armas necesarias para cambiar nada. Ser consciente que hasta para escribir bodrios es necesario oficio y tiempo, mucho tiempo, y mucho oficio. Estar tentado a dejarlo. Resistir a la tentación. Volver a ser tentado. Escribir un post chorra como este intentando exorcizar algo que no sabes muy bien lo que es. Tomar aire, remangarse y meterse en faena, y sentir que hay que ponerse a fondo a trabajar la cosa si se quiere algo medianamente digno. Temer que ni aun así haya solución posible.

24/7/11

Morralla

El verano es tiempo de relax, de playa y siesta, pero también de cultura, de libro y museo. Y eso es bueno. Al menos, eso creemos. Pero hay que decirlo ya: ni leer libros ni ir a un museo es algo en sí mejor o peor que apedrear perros. Es tan sólo una actividad. Lo importante es leer “buenos” libros y ver “buen” arte. Hay que comenzar ya a hablar de calidad y no confundir cosas. “Libro” es un formato. Pero hay libros sublimes y hay libros terribles, libros que nos elevan y libros que atontan. Hoy nos contentamos con el mero hecho de que la gente lea, sin más. Y con el arte pasa igual. Que vayan a los museos, que vean arte y cultura, como si todas las cosas que están en los museos –o en el espacio simbólico del arte– fueran buenas y relevantes. Pero los museos –igual que las estanterías de las librerías– están también llenos de morralla, de obras absolutamente prescindibles que no aportan nada. Y no sólo los de arte contemporáneo, sino también los museos del pasado. Uno se asoma al Prado y al Louvre, y junto a los grandes maestros encuentra pinturas y esculturas realmente bodriosas e infumables. El verano, con sus viajes, es un tiempo propicio para descubir bodrios artísticos y para leer libros que son a la literatura, como ya dijo Stephen King de su obra, lo que MacDonald’s es a la gastronomía: pura basura. Y sin embargo, de vez en cuando nos apetece una hamburguesa. Hay que comer de todo, como decía aquél, pero también hay que tener claro que todo no es igual y que cuando nos referimos genéricamente a las cosas corremos el peligro de hacer creer a la gente que está en el Bulli cuando en realidad se está comiendo unos torreznos.

[Publicado en La Razón, 22/07/11]

22/7/11

Vanguardia popular

Anoche me escapé un ratito a La Mar de Músicas a escuchar a Ludovico Einaudi. Y me gustó, aunque lo encontré un poco cansino, la verdad. Cada vez que lo escucho, a él, o a Wim Mertens, o a George Winston, o a Michael Nyman, o incluso a Philip Glass, siempre acabo con la misma sensación: esto está bien, me gusta, pero podría haberlo hecho yo. Y no sé si eso es bueno o malo. El mal llamado "minimalismo musical" –mal llamado, porque entre Einaudi y Terry Riley o Steve Reich hay un abismo– siempre me produce esta sensación extraña. Pero en el caso de Einaudi se acentúa incluso aún más, porque, con diferencia, es el más evidente de los compositores de esta manera de hacer.

Una estructura armónica fácil (tres o cuatro acordes) y variaciones sobre ellos hasta la extenuación. En esto, más o menos, Mertens, Nyman, Glass y Einaudi comparten lo esencial. Pero desde luego, creo que incluso ahí, en lo mínimo, en el "Sota, Caballo, Rey", hay distancias. Y el italiano está lejos del belga, del inglés y del americano. Glass sí que parte del minimalismo histórico, lo populariza y lo exprime hasta el agotamiento. Es, si se puede decir así, el más genuino de todos. Y eso aunque parezca siempre igual. Porque es cierto que uno escucha cosas de los setenta y cosas de la semana pasada y parece que seguimos en el mismo lugar, con las mismas repeticiones, arpegio para arriba, arpegio para abajo. Aun así, las armonías son mucho menos evidentes, las variaciones están trabajadas para que nunca las cosas lleguen a ser esperadas del todo. Siempre hay una nota, una pequeña, que rompe la evidencia de la progresión, y eso activa la escucha y hace, al menos para mí, que Glass esté un peldaño por arriba del resto de los minimalistas populares.

Pasa lo mismo con Nyman. Su neobarroco ruidoso es también singular. Aunque, desde luego, musicalmente siga en el mencionado "sota-caballo-rey", la energía, expresividad, y el sentido de explosión musical que uno tiene después de escuchar sus composiciones también lo elevan del resto. Además, el conocimiento de la historia de la música y el trabajo con la "cita culta" lo sitúa en otro lugar. Mertens, en cambio, está más lejos de ellos, pero aun así, con cuatro cosas, ha logrado crear melodías (por decir algo) que realmente son pegadizas a través de la repetición. Y sobre todo, concisas y precisas. Repetitivo, sí. Simple, sí. Pero también efectivo. Y esto es algo que hay que pedirle a una música que se basa en la ausencia de riesgos armónicos y contrapuntísticos.

Pero llegamos a Einaudi, y a toda una legión de pianistas del estilo, que van desde la cosa New Age de Suzanne Ciani, hasta la ñoñada de Lito Vitale, y que trabajan sobre los mismos presupuestos. Simpleza, repetición, armonías facilonas y evidentes... Y quedan, la verdad, a veces demasiado cansinos. Porque no encuentro una palabra que mejor describa casi dos horas de concierto de estas cosas. Y de esto, también es cierto, no se libran los demás. Porque dos horas de Glass pueden ser para cortarse las venas. Pero al menos, Glass y Nyman, e incluso Mertens, no son tan esperables como los otros, que acaban llegando a la nota que uno espera que lleguen, que hacen la progresión de la melodía de modo tan previsible que ya está en el oído del público desde el momento en el que empieza. La sorpresa, la escucha activa, aunque sea en cantidades mínimas, es una cualidad esencial de la música.

Yo no soy crítico musical. Me gusta la música, siempre me ha gustado. He estudiado algo. Y de un tiempo a esta parte me ha dado por tocar el piano y componer también alguna cosilla. Y, lo confieso, todo me sale según ese "minimalismo" (que, como digo, no tiene nada que ver con el de verdad). Por eso, cuando estoy en algún concierto de estos compositores siempre tengo esa impresión de que la cosa no es tan difícil, que esa música se hace, por decirlo mal y pronto, con la punta de la p... ¿Que ya lo querría hacer yo así?Por supuesto. Faltaría más. Pero yo no lleno auditorios, ni espero llenarlos nunca. Y sobre todo, no tengo el convencimiento de que estoy haciendo nada sublime ni superior.

A veces, cuando uno lee un libro y ve claramente cómo está hecho, o ve una película, y nota a la legua las costuras, o escucha algo, y se le ven los huesos de modo tan fácil y evidente, uno –sobre todo si dedica a ello o medio entiende del asunto– entra en un estado extraño en el que disfruta, porque las cosas que funcionan, funcionan, pero al mismo tiempo cree que podría haber hecho eso perfectamente, y esto rompe algo la ilusión del disfrute. Sobre todo cuando las obras, como es el caso, no pretenden mostrar claramente la estructura, ni mostrar su artificialidad –sí que ocurre así con Glass– sino que intentan crear la ilusión de que aquello está bien y que es así, porque no hay otra manera en la pudiera ser. Y es entonces cuando a mí se me cae todo, cuando percibo que aquello pretende algo que no puede lograr. Y eso es todo lo contrario del minimalismo de verdad, que tenía como principio mostrar claramente la estructura y romper con la ilusión de totalidad, con la idea de que la obra es una cosa superior inaccesible.

Pero nada de eso hay en Einaudi, que es tan sólo un señor que –igual que otros tantos, y ahí me incluyo también– compone una música fácil que entra bien. Música vaselina, la podríamos llamar. Aun así, como digo, yo lo escucho, me gusta y, en ocasiones, logro disfrutar. Pero hay que tener siempre las cosas claras y saber qué lugar ocupa cada uno. Einaudi juega en la dimensión del best seller, del cine comercial, de la comida rápida. Es, como decía Mario Perniola de Nyman –aunque para mí Nyman está más allá–, "vanguardia popular". Kitsch pseudoclásico. Pero, bueno, tras los sesenta quedó claro que a todos, en el fondo, nos gusta el kitsch. Y que no hay nada malo en ello. Pero, eso sí, no confundamos las cosas.

20/7/11

In the mood for Bernhard

Preparando un texto sobre Bernardí Roig, vuelvo a Thomas Bernhard y me doy cuenta de que nunca tenía que haberme ido de allí, sobre todo porque me está costando volver. Bernhard ha sido una lectura central de estos años. El malogrado, Helada o Maestros Antiguos son pilares básicos de mi formación como lector y, sobre todo, de mi visión del mundo. Sin embargo, estos días, cuando volvía a Berhnard después de haberlo dejado durante algún tiempo –demasiado–, he constatado que no era tan fácil volver a caer en sus garras. Leer El italiano –uno de los textos básicos para el trabajo sobre Bernardí–, después de haberme metido en el cuerpo estos meses dosis altas de literatura contemporánea, está siendo una experiencia de reajuste. Estoy teniendo que poner mi organismo en modo "angustia" y no acabo de hacerlo funcionar del todo. Me está pasando igual con Klossowski, Bataille o Blanchot, también referencias cercanas, que el cuerpo tiene que ponerse a tono y no hay manera. Quizá sea que estos días de verano tengo yo el cuerpo revoltoso y juguetón y no me apetece el fango, aunque sepa y tenga claro que el fango es mi terreno natural. Por eso Bernhard, mi querido Bernhard, que tantas noches me ha privado del sueño, me ha pillado literalmente a contrapié. Por supuesto, enseguida entra uno al trapo. Pero me ha sorprendido cómo lo que, en principio, creía natural en mí, me está resultando tan impostado. Supongo que será cuestión de tiempo. A fuerza de invocar el desgarro pasado, la herida comenzará de nuevo a sangrar. De momento, apenas estoy viendo las cicatrices.

17/7/11

Un hojita se suelta de un árbol

En el tren de vuelta de Madrid, otro momento perfecto para la toma de intimidad de con los libros, leí de un tirón Una belleza vulgar, de Damián Tabarovsky (Caballo de Troya). Había escuchado algo acerca de este autor, sobre todo varias reseñas sobre su Literatura de izquierda (Periférica) pero nunca había tenido la oportunidad de leer nada. Y el libro me sorprendió tanto que, desde la primera frase, no pude dejar de leerlo. Un libro sin aparente argumento. Una hoja que cae y es llevada por el viento –dos hojas, por momentos–. Durante esta caída, el autor presenta una cartografía de lo que ocurre –de algo de lo que ocurre– en una calle argentina. Aparentemente no pasa nada. Pero no cesan de ocurrir cosas. Eso es la vida, parece querer decir Tabarovsky, aunque al final escriba que no quiere decir nada, que esto no es una alegoría de nada, que simplemente la hojita cae y nada más. Una nueva sublimidad, de los pequeños movimientos. Movimientos que, según el punto de vista, pueden ser inmensos. Lo micro y lo macro, lo que parece que no se mueve y, sin embargo, no cesa de moverse.

Me ha parecido, sinceramente, magistral. Y lo escribo pulsando fuerte sobre el teclado, como si estuviera gritando, aunque no utilice negrita o mayúsculas. Y no lo hago porque el autor tampoco lo hace. Porque el autor escribe "como si nada". Pero la experiencia de lectura que uno obtiene es de "como si todo".

Tanto el acto casi intrascendente –vulgar, por jugar con el título del libro– de la hoja que cae como la radiografía constante de personajes y lugares de la calle, están realizados con una sabiduría tras la que es posible advertir un discurso articulado sobre el mundo y la literatura. Uno entresaca de allí mucho de teoría de la literatura, de teoría del arte o incluso de filosofía. Es un discurso tremendamente informado, del más alto nivel teórico. Una teoría que sirve casi de sutura, de pegamento entre el viaje de la hojita, que parece que es lo único que se mueve, y el movimiento parado de lo que sucede en la calle y en los edificios. La hoja y las estampas de la calle son imágenes que se activan a través de la reflexión, a través de una mirada que, casi literalmente, es dialéctica, en el sentido otorgado por Walter Benjamin. Un Benjamin que parece estar latiendo detrás de mucho de lo escrito en el este libro. En algunas ocasiones, esa presencia toma casi el valor de cita o guiño, como en este pasaje, que no he podido dejar de subrayar y releer durante minutos:

"Flotan las hojitas en el resplandor del futuro como si se hubieran multiplicado, o tal vez, desdoblado. ¿Hacia dónde van? Adonde están ya admitidas. Se dirigen a su origen, que es el futuro, el porvenir, el relato de una potencia. Ahora sí, vuelve el viento. Era hora. Flotan las hojitas en el remolino del tiempo que no avanza, de la historia que no progresa, del reloj que no marca la hora, del freno de mano que no funciona. Ya es demasiado tarde para suponer que un ángel se va a tornar ante la catástrofe para redimirla, para recuperar la memoria de los vencidos (aquí ya no hay vencidos: todos ganan, y eso es lo terrible)[págs. 70-71]."

Sin duda, son las tesis sobre la filosofía de historia las que aquí se encuentran replicadas, retorcidas. La esperanza de Benjamin en la revolución, en la posibilidad del freno del tren de la historia para partir de nuevo, en la parada del tiempo ejemplificada por los revolucionarios disparando sobre los relojes de París, la redención del ángel de la historia... parece ya imposible. Imposible porque ahora todo ya es lo mismo. Para el narrador de este libro, ya no se pueden cumplir, como quería Benjamin, las promesas del pasado: "La caída no es por lo que pudo ser y no fue, sino por lo que nunca fue, por lo que nunca llegó a ser, lo que nunca se concretó, lo que jamás existió". Es en la insignificancia, en lo pequeño, en lo mínimo, en lo único en lo que es posible poner la esperanza, en lo imperceptible. La literatura debería partir de eso que no se ve para encontrar sus paradojas, para abrir lo mínimo y activarlo. Pero eso, al final, como dice Tabarovsky, son solo palabras. "La realidad es completamente diferente (siempre la realidad es completamente diferente). Apenas pasa que una hojita cae de un árbol y no mucho más".

16/7/11

Libros en la intimidad

Como no podía ser de otro modo, de Madrid volví cargado de libros. No sé cómo lo hago, pero cada vez que entro en las librerías madrileñas se apodera de mí una fuerza extraña que me convierte en un individuo peligroso a la caza del libro perfecto. En esta ocasión, la caza se llevó a cabo entre La Central del Reina y la Antonio Machado del Círculo de Bellas Artes. Creo que me he fundido, una vez más, las vacaciones en libros.

Hay un momento de estas compras de libros que es con el que más disfruto, el del examen minucioso sobre lo que he comprado. Leer otra vez las contraportadas y solapas, hojearlos y ojearlos, mirar con cuidado los índices y comenzar a leer los primeros párrafos de cada uno de los libros. Durante los viajes, para mí el lugar perfecto es el aseo de la habitación del hotel. Por alguna razón, después de comprar me entran ganas de disfrutar de un momento de soledad en wáter. Y ya sea simplemente para sentarme o para hacer uso del excusado, el caso es que me fascina meterme allí con las bolsas de libros y comenzar a mirarlos uno por uno, a quitarles el plástico, la etiqueta del precio... Es como el comienzo del empollamiento –casi literal– o como la entrada directa en el ámbito de la intimidad. Porque nada es más íntimo que compartir aseo. No quisiera verme yo en el papel de estos libros. Un desconocido los compra, se los lleva corriendo, los mete a una habitación sin ventanas y se baja los pantalones delante de ellos. Tremendo.

Este primer contacto con el libro es también como una degustación, un
primer sorbo, para saber cómo saben, si están dulces o salados. En alguna ocasión, algún libro se apodera de mí en esta primera aproximación y me quedo encerrado en el aseo por más tiempo del debido. Luego, tras varias horas, se me acaban durmiendo las piernas y me entra un dolor terrible y un hormigueo insorportable que sólo puedo aguantar tendido en la cama sin moverme durante unos minutos. Habría que escribir algún día sobre esas pequeñas parálisis momentáneas en las que uno cree que va a perder la movilidad para siempre.

Otra cosa de llevarse los libros el primer día al aseo es que también puedes utilizarlos de papel higiénico si te vieras apretado. De momento, nunca me ha pasado. Y no porque no encontrase candidatos, sino porque siempre he pensado que ese papel tiene que rascar mucho y limpiar poco, sobre todo el papel satinado de los libros de arte. Mejor no imaginárselo.

Lo que está claro es que, por alguna razón, todos los libros que compro en los viajes, antes de entrar en las estanterías de casa, han pasado por el aseo de un hotel. Eso está bien decirlo para todos los que tienen libros míos prestados. Que sepan que, de algún modo, ese libro que ahora adorna sus mesitas de café ha compartido un momento de gran intimidad conmigo, y que ha estado expuesto a cosas sobre las que es mejor no pensar.

15/7/11

La pregunta infinita

Como intuía en el post anterior, la conferencia de hoy era peligrosa, aunque al final la cosa no ha sido tanto por el aburrimiento –que también habrá habido algo de eso– sino por la "polémica" de las propuestas. A mi buen amigo Fernando Castro, el organizador del evento, la cosa le ha parecido demencial. Mientras ponía a caldo la intervención, más de uno en la sala hacía gestos como diciendo "dale fuerte que se le merece, por insensato". Y es que parece que plantear una ética del comisario a través de las propuestas de Simon Critchley sobre la ética del compromiso no ha sentado demasiado bien. De algún modo, mientras escribía el texto, intuía yo que la cosa iba a traer cola, que lo que planteaba era una paja mental importante. Aunque no imaginaba que tanto. Luego, he intentado responder, aunque defenderse ante Fernando siempre es difícil, por no decir imposible. Aun así, creo que la respuesta ha aclarado las cosas, y a pesar de que no lo he convencido, he podido salir medio airoso del asunto. Desde el público, también alguien me ha echado un capote y la sensación no ha sido tan trágica como parecía en un principio. Nunca se conferencia a gusto de todos. Y mejor es a veces estas reacciones radicales que la pura indiferencia.

Lo que está claro es que hablar de ética es siempre un problema. Hoy me acusaban de laxo y casi utópico y, sobre todo, de no creerme lo que decía. Argumentaba que el comisario debía responder a un triple demanda ética (la de la obra, la del público y la de la institución) y articularla contextualmente. El problema parecía ser que todo quedaba en abstracto y que, al final, lo que proponía eran cosas que nadie podría hacer.

Ya publicaré el texto con detenimiento, pero el caso es que, como digo, hablar de ética siempre es un problema. Porque la salida de las preguntas siempre es difícil. Y uno tiene dos riesgos: o parecer ñoño o parecer fascista. Si se dice lo que "se debe" hacer, uno puede caer en creerse en posesión de la verdad y en ser autoritario. Si se apuntan vías de salida de compromiso, como he hecho yo hoy, el peligro es quedar como utópico. Es siempre la pregunta infinita. Y es también siempre la respuesta imposible.

Un prójimo y un jabalí

Hoy viernes, a las 10h, en el Círculo de Bellas Artes, soltaré un conferencia que intuyo que aburrirá a las cabras. Eso lo sabe uno incluso antes de que se produzca. Leyendo lo que he escrito, yo mismo me he amuermado. Pero ya es demasiado tarde. No hay vuelta atrás. La ética del comisario. Una reflexión infumable sobre la responsabilidad curatorial que me ha quedado excesivamente abstracta. Quizá como lectura pueda salvarse, pero como charla creo que no va a ser resistible. Y menos un viernes a las diez de la mañana, siendo, además, la última jornada de un ciclo que dura ya dos semanas.

En fin, ya veremos cómo acaba la cosa. Si veo que cunde el sueño y los ronquidos, siempre puedo contar la anécdota de este viaje a Madrid, que nos ha retrasado el tren dos horas y pico. Y es que ayer, a la altura de Agramón, el tren atropelló a un jabalí que se cruzó en la vía y el impacto fue tal que la máquina quedó totalmente inhabilitada. Tuvimos que esperar allí en medio de la nada hasta que unos autobuses nos llevaron a Albacete, donde nos pusieron un AVE, y aquí hay que decir que RENFE tuvo un detalle, y la tripulación, excepcionalmente, se portó con gran profesionalidad.

Lo realmente interesante de todo esto, y lo que sí que merece la pena reseñar, es que durante las apenas dos horas de espera e incertidumbre, uno acaba haciéndose amigo del pasaje. Y tras el viaje, nos ha faltado darnos los teléfonos. Está claro que en las situaciones difíciles el sentido de comunidad se agudiza. Si esto ha ocurrido hoy, que no era casi nada, me imagino el sentido de unión, de pueblo, de humanidad que tiene surgir después de una catástrofe de verdad. Es una pena que la cosa tenga que ponerse chunga para que reconozcamos en el otro a un prójimo.

9/7/11

Reading dead

Cosas que tienen muy poco sentido y que solo pasan en julio. Estar un sábado por la tarde, disfrutando tranquilamente de la lectura de Butes, el magnífico libro de Pascal Quignard, y de repente, sin saber muy bien por qué, salir disparado hacia la FNAC a comprar una novela de zombies. Llegar allí y comprar directamente Feed, de Mira Grant, una señora que cree firmemente en el Apocalipsis zombie. Y ha escrito un libro que tiene una pinta espantosa, pero, por alguna oscura razón, estoy deseando leer. Casi tanto, como que vuelva Walking Dead, una serie de muertos vivientes a la que, al principio, no le vi la gracia .

En cualquier caso, esta tarde, para aprovechar el viaje, de camino a la caja he comprado también una serie de libros de todos los colores cuya lógica tampoco acabo de comprender:

El túnel
, de Ernesto Sábato;
Deseo de ser punk
, de Belén Gopegui;
Sin sangre
, de Alessandro Baricco;
Snuff
, de Chuck Palahniuk;
Acceso al comportamiento
, de Antonio Doñate;
Viaje de invierno, de Amelie Nothomb;
Ruido de fondo, de Don DeLillo.

Y todo esto pasa después de que anoche devorase compulsivamente Contrapunto, de DeLillo. No sé cómo he podido dejar pasar esta pequeña joya sobre Bernhard, Gould, Monk, la música y la literatura. Y también después de que haya disfrutado con la lectura Los ingrávidos, de Valeria Luiselli, y que siga haciéndolo con Bélgica, de Chantal Maillard y con los cuentos de Antes de las jirafas, de Matías Candeira.

Y, por supuesto, después de haber degustado tres libros absolutamente centrales sobre los que escribiré aquí con más detalle las próximas semanas: Alma, de Javier Moreno; Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra; y El espíritu de los padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron. Aunque parezca una coincidencia, en todos ellos, como en el de Luiselli o incluso como en Bélgica, nos encontramos con un recuento de las cosas, con una vuelta a pensar el origen, con un ajuste de cuentas. Como dice el personaje de Los ingrávidos, allí hay "formas de recordar el futuro".

Pero eso ya lo contaré. Ahora sólo importa que estaba leyendo un texto sublime como el de Quignard y he acabado comprando una novela de zombies y cenando un doble cheese bacon en el Burger King. Y que no alcanzo a entender la razón de todo esto.

8/7/11

Mantra

Por fin, en varios días, logro sentarme de nuevo al ordenador algo más relajado. Aunque la actividad sigue siendo frenética, hoy, después de mucho tiempo, me encuentro con un día sin nada que entregar para el día siguiente. Julio todavía será un mes lleno de cosas todos los días y de textos y fechas límites para cumplir, pero al menos la inmediatez del "de un día para otro" se ha tomado un descanso por un momento. Siempre me lo monto fatal. Acabo una cosa y al día siguiente tengo que entregar la otra, y así sucesivamente, de modo que nunca tengo la tranquilidad de ponerme a hacer nada. Y el acostumbrarme a esa rutina, hace que los proyectos a más largo plazo vayan quedando siempre pospuestos. Está la novela, que nunca logro sentarme el tiempo necesario para darle el empujón que le falta; está el libro sobre Benjamin y las tecnologías de segunda mano, que también debería acabar ya; está también el libro sobre la noción de antivisión en el arte contemporáneo, que sólo me falta juntar los artículos ya publicados y darles una coherencia; y más cosas así que siguen estando en el estatus de proyectos. Pero los textos y las cosas de urgencia nunca me dejan sentarme con la tranquilidad necesaria.

Si todo va bien, este verano, este agosto, después de lograr acabar varias cosas aún por entregar, podré dedicarme de verdad a la novela y juntar también los textos para el libro sobre la antivisión. Y, también si todo va bien y algunas cosas se cumplen, durante el primer cuatrimestre, que me gustaría pasarlo en Estados Unidos, podré dedicarme, ya de una vez, a acabar el libro sobre Benjamin y las tecnologías obsoletas.

Como he hecho otros años –y alguno he cumplido–, me prometo, desde ya, cerrar el chiringuito de las cosas menores y de encargo. Hasta que no acabe lo que tengo entre manos, no acepto absolutamente nada más. Lo escribo aquí porque así al menos parece que, al hacerlo visible, le doy una cierta fuerza a las intenciones. Y lo mismo, hasta consigo creérmelo. Pero es fundamental. Nada más hasta que estén acabados esos proyectos. Nada más. Nada más. Nada más. Nada más. Nada más. Me lo repito a mí mismo porque sé de mi debilidad. Pero debo hacerlo. Voy a hacerlo. Sólo lo necesario, sólo lo necesario. Tengo que volver a la concentración del tiempo pasado en el Clark Institute. Trabajo serio y ninguna distracción. Distracción de trabajo, digo. De las otras, por supuesto que seguiré teniendo. Series, películas, cafés y copas. Vamos, lo que viene a ser vida, que a veces parece que a uno se le olvida.

3/7/11

Ideas

Para un texto sobre el paisaje y la locura, me adentro en la obra de Remo Bodei. Leo casi de un tirón Paisajes sublimes, una obra reciente sobre la relación entre el paisaje y la idea moderna de lo sublime como desbordamiento de la belleza. Releo también Las lógicas del delirio: razón, afectos, locura. Y me vuelve a fascinar la obra de este pensador italiano. Su claridad, su manera de poner las cosas en su sitio, entrando en Freud y otros psicoanalistas aparentemente casi sin esfuerzo pero con una lucidez tremenda.

En este pequeñito libro sobre la locura, redescubro algunas ideas que habían estado pululando por mi mente estos últimos años y que ahora ya sé de dónde vienen. Muchas veces, uno lee algo y lo toma prestado. Y con el tiempo lo va modulando y transformando hasta que se lo queda en propiedad. Me suele ocurrir a menudo. Me pasa con la música, con las ideas o con los argumentos para cuentos o novelas. Cada vez que se me ocurre algo, tengo que comenzar a pensar de dónde proviene. A veces, identifico claramente la fuente y dejo de lado la idea. Pero cuando no encuentro el origen, comienzo a pensar que es algo mío y me lo quedo. Luego, como me ha sucedido ahora con Las lógicas del delirio, ocurre que puedo encontrar al padre biológico de la idea –al menos a algún familiar directo– y me resisto a dejar partir aquello que creía mío. Y es que aunque uno no sea el padre, ha educado y alimentado la criatura, la ha convertido en alguien de la familia. Aunque no tenga la misma sangre, sí que tiene la misma historia. Y, además, las ideas no pertenecen a nadie. Están ahí. Uno las adquiere, las toma de alguien que a su vez las tomó de otro lugar, las modifica, las transforma y las vuelve a poner en circulación.

Las ideas son como cadáveres exquisitos en perpetuo estado de mutación. Uno actúa sobre ellas, pero ellas siguen su curso a través de un largo viaje lleno de meandros, saltos, regresos, nuevas partidas, olvidos y reencuentros.

2/7/11

Good bye Facebook

En mi intento de desengancharme de la red y de comenzar una dieta digital absolutamente necesaria, esta semana he desactivado mi cuenta de Facebook y he abandonado –ya no sé si para siempre– la comunidad digital en la que pasaba horas y horas de mi vida. Confieso que el abandono ha sido absolutamente traumático. Y es que, aparte del lógico mono que sufre todo enganchado a una serie de rutinas, la perversión de la última pantalla antes de desactivar la cuenta de Facebook, me ha dejado ciertamente trastornado.

Después de haber dejado claras las razones que te llevan a la desconexión –y de que, por supuesto, Facebook trate de convencerte dándote opciones para que lo pienses mejor–, antes del último paso –del último click–, aparece una pantalla con las fotos de perfil de algunos de tus amigos y Facebook te dice que te echarán de menos. Amigos que están a la vuelta de la esquina y con los que podrás tomar copas cuando quieras, o amigos que ni siquiera conoces físicamente. Todos llorarán tu partida, parece decirte el programa. Falta la música de violines.

Abandonas entonces Facebook con la sensación de haber traicionado la confianza que había sido puesta en ti. Se trata de un suicidio digital. De hecho, existe una aplicación en Internet concebida precisamente para que el abandono sea más fácil y menos doloroso: «Web 2.0. Suicide Machine». Estamos, sin duda, ante una forma refinada de control y manipulación de las emociones. Facebook es el estado más avanzado de lo que Fernández Porta ha llamado capitalismo emocional. Una última fase del capitalismo que ataca lo más vulnerable y peligroso: el mundo de los afectos.

[Publicado en La Razón, 1/7/11]