30/4/11

Deporte agónico

En Elogio de belleza atlética, el pensador alemán Hans Ulrich Gumbrecht observa la necesidad de valorar el sentido estético del deporte y su contribución necesaria a nuestra experiencia de conocimiento del mundo. Frente a un “régimen de significado” –el de la razón–, Gumbrecht sostiene que el deporte pertenece al “régimen de presencia”, una modalidad de experiencia sensorial que está en el mismo lugar que la música o el arte. Una experiencia que, además, nos habla de la potencia de lo humano y de la posibilidad de franquear los límites del cuerpo. Según esta visión, el deporte tiene más que ver con el areté griego que con el agón, ya que más que el aniquilamiento del otro, lo que se pretende es la superación de los propios límites del deportista.


Esta visión del deporte como virtud, como superación de las propias capacidades, se encuentra, sin embargo, en crisis en el momento presente. Y es que el deporte contemporáneo, bajo la presión de del espectáculo y de la economía, ha comenzado a derivar peligrosamente hacia el agón, hacia la necesidad de mostrar la superioridad manifiesta ante el otro, casi como si se tratase de un enemigo más que de un adversario. Sin duda, el fútbol es un ejemplo paradigmático de todo esto. Y lo que estamos viviendo estos días con tanto Madrid-Barça, aún más. El terreno de “juego” –nunca hay que olvidar que se trata de eso– se ha convertido en un campo de batalla, y desde los medios se contribuye a propagar esta imagen bélica. Se habla de los jugadores como si fueran guerreros, de los entrenadores como grandes generales. Música de gladiadores y alusiones a una batalla final. Lo único que falta es morir en el campo. Nada bueno puede salir de eso.

[Publicado en La Razón, 29-04-11]

25/4/11

Paradójica satisfacción

Entrar en la librería. Encontrar en la mesa de novedades Cuaderno [...] duelo. Esbozar una sonrisa. Ver el pequeño montoncito elevado sobre la gran pila de 1Q84, la última novela de Murakami. No dar crédito. Observar cómo una chica bellísima se acerca a la mesa y toma el libro entre sus manos. Esconderse detrás de una estantería y mirar fijamente cómo lee la contraportada. Sentir, momentáneamente, que escritor y libro son la misma cosa. Disfrutar en silencio. Acercarse entonces, como quien no quiere la cosa, y ponerse a mirar también los libros de la mesa. Encontrarse allí Bélgica, el último libro de Chantal Maillard. Abalanzarse sobre él como si a uno le fuera la vida en ello. Abrirlo y comenzar a emocionarse. Saber que allí está lo que Cuaderno [...] duelo hubiera querido conseguir. Escritura. Escritura absoluta. Olvidar entonces la presencia de la chica bellísima. Pagar y salir de allí con el libro debajo del brazo. Mirar por el rabillo del ojo y advertir que la chica ha dejado el libro en su lugar y se ha acercado a Chantal Maillard. Experimentar una contradictoria y paradójica satisfacción.

24/4/11

El amor, el amor

Vuelvo momentáneamente a Roland Barthes. Releo Fragmentos de un discurso amoroso y me adentro en El discurso amoroso, que recoge las notas del seminario que dictó entre 1974 y 1976 en la École des hautes études en sciencies sociales. Me encuentro aquí figuras nuevas no incluidas en el célebre primer libro. Como no podría ser de otro modo, vuelvo a caer fascinado por la prosa de Barthes. Y me conmuevo con muchas de las frases que salpican las más de seiscientas páginas del libro. Algunas son para tatuárselas por todo el cuerpo y no borrarlas jamás.

"Soy asimétrico con respecto al mundo".

"Mil parásitos se alojan en mi voz y la extenúan: patino sobre mi propio discurso".

"Sólo reescribo, hasta el infinito: no sabría a quién desear, no sabría qué hacer, sin libro para guiarme. Siempre encuentro un libro que da cuerpo (lenguaje, anécdota, emoción) a mi deseo".

"Cuando llega, la plenitud destruye el tiempo: quédate un poco más, momento tan bello (…) Sueño con una época que hubiera dejado atrás su sentido, sueño con un placer inscrito –y no circunscrito–, con una hora que quede fuera del círculo de las horas".

"Tu boca, una vez más, ya que todo está perdido para siempre".


Y yo, desde este no (ha) lugar, quisiera poder estar leyendo este libro eternamente.

21/4/11

Escritura automática

Como sucede desde hace algún tiempo, vuelvo a comenzar un post diciendo «tengo el blog abandonado». Y la verdad es que es así. El trabajo, las clases, los textos, pero también la música o el tiempo libre, me dejan poco tiempo para la escritura; o mejor, para la escritura lúdica, porque la verdad es que no hago otra cosa que escribir. Desde que me levanto hasta que me acuesto. Escribir textos rápidos para el periódico, escribir tweets para tweeter, escribir sms, escribir estados de facebook, escribir comentarios en estados de facebook, escribir las clases que doy, escribir las conferencias, escribir los artículos, escribir los ensayos, escribir prácticamente todo menos aquello que realmente me gustaría, eso que uno siempre pospone y que nunca debería hacer: la escritura creativa.

Siento que últimamente la mayoría de las cosas que escribo son mera composición de palabras. Uno le va pillando el truco a esto de juntar palabras y juntar ideas, y al final la cosas salen así, como mera juntura, como un puro tricotar. Mucha gente no lo nota, y al final parecería que todo está bien si se logran entregar las palabras justas en el tiempo justo. La escritura se convierte en algo cuantitativo. Un texto necesito para tal exposición, revista o lo que sea. Mil palabras. 15 de mayo como fecha tope. Falta decir «stop». Y es que la cosa realmente parece un telegrama. «No te preocupes, lo tendrás para entonces». Y la maquinaria comienza a funcionar. Y sin saber muy bien cómo, al final el texto acaba estando.

Como digo, parece que la gente no lo nota –o quizá sea que nadie lee nada y que todos miran para otro lado–, pero uno sí que se da cuenta de que aquello no ha salido bien y, sobre todo, que no ha puesto el alma en lo que hacía. Algunos de mis últimos textos han sido así, no lo puedo evitar. Textos sin alma. Quizá sean profesionales porque cumplen su cometido. Pero se parecen demasiado a una escritura automática. Una escritura continua que no cesa. Algo de eso hay. Uno acaba un texto (el que sea –un ensayo, un artículo, una crítica...–) y antes de que pueda respirar, ya tiene que escribir el siguiente; la mayoría de las veces, sobre algo completamente diferente. A veces me imagino esto como una condena olímpica, una especie de Sísifo de la escritura, alguien que quiere acabar de una vez por todas de escribir, pero que nunca consigue hacerlo del todo. El reverso de un Bartleby. Una escritura que no acaba de acabar, que siempre se repite, y que cada vez, a través de la repetición, se hace más profesional y más diestra, pero que va perdiendo el alma, las ganas, el espíritu. Así, con el tiempo se convierte en una escritura perfecta que casi llega a emanciparse del escritor, que acaba estando ya absolutamente abatido por el continuo repetirse del escribir.

No sé. A veces se imagina uno estas cosas. Se las imagina incluso cuando un Jueves Santo, al advertir que tiene el blog abandonado desde hace demasiado tiempo, intenta juntar algunas palabras para llenar el espacio de un post y hacer como que está detrás de un «no (ha) lugar» del que parece haberse alejado desde hace algún tiempo. Entonces, en lugar de hablar de lo que quería hablar (de cómo los Jueves Santos de ahora ya no son como los de antes) y poner en juego su melancolía característica que se acentúa en las fiestas y en los tiempos rituales, confía ahora en la escritura y la deja sola ante el peligro, encomendándole la difícil tarea de decir algo acerca de alguien que ya ha dejado de estar ahí.

16/4/11

Suicidio

En “El escritor creativo y la ensoñación”, sostiene Freud que un escritor es aquel capaz de convertir en universal la imaginación personal. La clave del arte de la escritura será, para el psicoanalista, comunicar aquello que es la experiencia subjetiva de tal modo que sea imaginable por el otro. El éxito de una obra está en la capacidad de transmitir en el ámbito de lo común y compartido aquello que es experimentado exclusivamente por el individuo.

Esto es lo que ocurre –y de qué modo– con “Suicidio”, de Édouard Levé (451 Editores) , una de las mejores obras que he leído en los últimos tiempos. Un pequeño libro que se lee a breves sorbos, poco a poco, teniendo que levantar la vista para asumir lo terrible de cada una de las afirmaciones. Este texto magistral, el último del escritor francés, fue entregado a la imprenta dos días antes del suicidio real del escritor, que contaba en ese momento con cuarenta y dos años.

Uno lo lee buscando el verdadero motivo de una muerte tan trágica como esta. Pero allí no encuentra nada, ningún detonante, nada anormal. Tan sólo una vida corriente, no demasiado gris, no demasiado brillante. Una vida como cualquier otra que, en un determinado momento, finaliza drásticamente. Y quizá eso sea lo más descorazonador. Que uno espera que la gente se suicide por motivos importantes y aquí se da cuenta de que a veces lo hace por lo contrario, porque no hay motivos importantes. Porque todo es igual, porque en el fondo, no importa mucho si estamos o no estamos. El éxito de Levé es comunicar esa experiencia personal de normalidad terrible a través de una belleza que duele. Su fracaso, sin duda, es haber pasado de la escritura a la acción.

[Publicado en La Razón, 15-04-11]

12/4/11

Nausicaä

La editorial Nausicaä ha renovado su página web. En ella ya se puede comprar directamente Cuaderno [...] duelo y descargar las primeras páginas. No tengo suficientes palabras de agradecimiento para todos, en especial para su director.




9/4/11

Desastres sublimes

La semana pasada reflexionaba aquí sobre la relación entre las imágenes que se mostraban de los bombardeos de Libia y algunas imágenes abstractas del arte moderno. Por lo que se ve, la columna causó algo de confusión y algunos pensaron que de lo que hablaba era de los bombardeos como obras de arte. Por supuesto, nada que ver con la intención original, que precisamente caminaba hacia el lugar contrario: considerar las obras de arte como parte del mismo régimen visual que produce las imágenes militares.

Por otra parte, la relación entre las imágenes de la catástrofe y las imágenes artísticas no es, ni mucho menos, nueva. La idea romántica de lo sublime como belleza de la catástrofe y poesía de lo terrible ya ponía en juego la posibilidad de la emoción y la catarsis (de elevación positiva y transformadora del espíritu) a través de imágenes del desastre. Cuando, después del 11-S, el músico Karlheinz Stockhausen, sugería que la imagen de las Torres Gemelas cayendo era una Gesamtkunstwerk, una obra de arte total, en realidad seguía esta misma lógica.

Un pensamiento sobre las imágenes, presente en gran parte del espectáculo contemporáneo, que solo es posible a través de la introducción de la distancia. Y eso ya lo sabía Kant. La catarsis y la admiración de la catástrofe sólo puede suceder si el espectador está a salvo, es decir, si no es parte integrante –física o afectiva– de lo que allí sucede. Por eso seguimos viendo una cierta poesía en la fuerza incontrolable de la naturaleza, en las imágenes terribles del desastre, porque no nos va la vida en ello, porque la sangre no nos salpica. Porque, en realidad, todo aquello no nos «afecta».

[Publicado en La Razón, 9-4-11]

6/4/11

Cuaderno [...] duelo

Queridos lectores de este No (ha) lugar:

Estáis todos invitados a la presentación de Cuaderno [...] duelo, que tendrá lugar el jueves 7 de abril (es decir, mañana) a las 20h en el Museo de Bellas Artes de la ciudad de Murcia. El libro está publicado por la editorial murciana Nausicaä y la imagen de portada es un dibujo de Javier Pividal.

En la presentación intervendrán Lola López Mondéjar (escritora y psicoanalista) y Antonio Parra (escritor y profesor de la Universidad de Murcia).



Os copio aquí el texto de la contraportada:

Cuaderno [...] duelo es un ejercicio literario sobre la posibilidad de la palabra frente a la muerte del otro. Situándose en la herencia de una escritura reflexiva a medio camino entre la narrativa y la filosofía —en la que puede intuirse la presencia de autores como Beckett, Blanchot o Bernhard, pero también de Bataille, Nancy o Rosset—, los cuatro textos que componen el libro proponen un viaje desde la autobiografía hasta la f ...icción, pasando de lo más concreto y real —la muerte de la madre y del padre— hasta la abstracción más absoluta —las divagaciones de un personaje perdido en un laberinto o una reflexión sobre el arte y las imágenes a propósito de Cézanne—. Un viaje entre realidad y ficción que es también un viaje entre la experiencia y la escritura a través del duelo. Un duelo compuesto por cuatro textos que son parte de un mismo rompecabezas cuya solución sólo es posible fuera de campo. ¿Cómo puede escribirse lo impensable? ¿Cómo puede la palabra dar cuenta de la experiencia dolorosa? Sólo a través de una juntura amorfa, de un espacio vacío, de un decir frustrado, de una puntuación suspendida cuyo significado se nos escapa una y otra vez.

4/4/11

Ram_trip: De la nueva historiografía a la literatura trastornada


Publicado originalmente en Salonkritik


“El mundo de las últimas cosas, ahora convertidas en imagen” (José Luis Brea)

“Un lugar en el que el tiempo se expande elásticamente sin dejar de ser un solo tiempo” (Agustín Fernández Mallo)


En una serie de artículos recientes, Ernst van Alphen ha acuñado el término “nueva historiografía” para referirse a la inclinación de un gran número de artistas visuales contemporáneos a trabajar sobre la historia y el pasado. Como un paso más dentro de las poéticas del archivo y la reflexión sobre la memoria –cuestiones centrales del arte en los noventa y principios del nuevo siglo–, esta actitud pretende activar el pasado a través de la actualización de lo histórico mediante un trabajo de “postproducción” de la realidad heredada. De este modo, los artistas trabajan como historiadores en el sentido benjaminiano del término: como traperos de la historia, reuniendo fragmentos y construyendo –nunca reconstruyendo– un nuevo vestido –un nuevo presente– con los “desechos de la historia”.

Sin lugar a dudas, esta actitud ante la historia constituye uno de los centros de tensión en torno al que se arremolina toda una faz del arte contemporáneo. Una tendencia que supone un paso más en las estrategias de trabajo sobre la memoria, pero también sobre la realidad dada. Es el lugar, podríamos decir, en el que se dan la mano el arte de la memoria y el arte de la apropiación. Y lo hacen para dar lugar a una construcción del tiempo que parte tanto del montaje y la postproducción de realidades previas –ready mades históricos– como de un sentido particular de la historia en tanto que tiempo abierto y activo que se proyecta en el presente con una presencia tangible y material.

Entre las varias vías de trabajo con la historia, Mark Godfrey, otro teórico de estas prácticas, ha llamado la atención sobre lo que él denomina “performances históricas”: estrategias de reactualización y reactivación del pasado a través de la reelaboración de acontecimientos singulares. Se refiere Godfrey a obras como The Green Line (2004) de Francis Alÿs, en la que, a través de una caminata por Jerusalén dejando tras de sí un rastro de pintura verde, el artista belga recrea de modo irónico y poético la línea dibujada en 1948 por Moshe Dayan para delimitar los bordes del Estado de Israel. Se trata de formas de conmemoración, de recuerdo, que ya no tienen que ver con el monumento o con la memoria osificada, sino con la activación del pasado, poniendo de nuevo la realidad en circulación, sacándola al registro de lo visible, visualizando algo que, “de hecho”, afecta al presente. Recordar, por tanto, como re-mover, re-hacer, re-elaborar, pero nunca para re-construir o para re-producir, sino para problematizar y tambalear la artificialidad del tiempo-presente, mostrando la porosidad de los diversos estratos del tiempo, poniendo en contacto –y en colisión– tiempos y lugares diferentes.

El hacedor (de Borges), Remake, el último libro de Agustín Fernández Mallo (AFM), es un ejemplo paradigmático de cómo este trabajo con la historia y con la memoria acontece también en el ámbito de la literatura. De hecho, no es descabellado entenderlo como parte de esa de “nueva historiografía” tal y como ha sido establecida por van Alphen, como una manera de construir el presente a través del pasado, una reconsideración y relectura de la historia –social, política, pero también artística y literaria–. Y, aun más, quizá haya que hablar de este libro como una forma de literatura “prepóstera” en el sentido entendido por Mieke Bal en su Quoting Caravaggio: Contemporary Art, Preposterous History. Una forma que revuelve y trastoca el tiempo, que lo pliega y lo retuerce, pero también una forma ilógica, absurda e incluso irreverente. Y es que el término inglés “preposterous” tiene precisamente esos dos sentidos: uno temporal, de inversión de la cronología; y otro, relacionado con la irracionalidad y la locura, que es el de uso común. Cuando Bal ser refiere a la “preposterous History” lo hace utilizando la polisemia del vocablo. Por eso quizá sea necesario traducir su formulación según lo ha hecho Remedios Perni, como “historia trastornada”: tiempo revuelto y desorientado. Tiempo desviado o, mejor, desquiciado.

A pesar de su título, y de su propuesta, El hacedor de AFM no es un remake, al menos en el sentido tradicional del término, ese dado por Frederic Jameson en su célebre estudio sobre la posmodernidad. Jameson advirtió que el pastiche y el remake eran estrategias claves del cine –pero también del arte– postmoderno, que reproducía y replicaba modelos e historias establecidas. Recientemente, Jorge Carrión ha observado cómo esta tendencia también es central en el campo literario, y ha definido el remake de AFM como “reescritura artesanal y actualización histórica y tecnológica”. En este sentido, más que con un remake, nos encontramos con una reelaboración total. Lo que hace AFM con Borges no es exactamente un remake, sino una actualización. Es, ciertamente, una recontextualización de Borges. En algún caso concreto, como ocurre con “Del Rigor de la Ciencia” –el célebre cuento sobre el mapa de que ocupa todo el territorio–, AFM apenas introduce una palabra –Google Earth– para cambiar todo el sentido del cuento, que directamente replica del original, como el “Pierre Menard, autor del Quijote” –por cierto, uno de los textos fetiches del arte de la apropiación; introducido en la edición fundacional de Brian Wallis, El arte después de la modernidad–. Pero salvo este ejemplo de recontextualización y mínima postproducción, el resto de El hacedor de AFM es un texto que difiere absolutamente de El hacedor de JLB, pero en todo momento lo “trae al presente”, lo “hace suyo”, lo activa y lo dota de la fuerza necesaria para ser efectivo en el mundo contemporáneo.

La relectura que hace AFM de Borges es, de este modo, una actualización histórica. Una actualización preposterior: trastornada y absurda, en el sentido temporalmente subversivo del término. En particular, la “realización” del viaje de Robert Smithson por los Monumentos del Río Passaic, me parece una de las formas más lúcidas y certeras de traer al presente el sentido último de la obra de Smithson. Un “hacer presente” que, sin duda, pertenecería a eso que Godfrey llamó “performances históricas”. Volver a hacer el viaje, pero ahora sin la necesidad de ir al lugar físico. AFM vuelve a realizar el viaje, pero lo hace desde la imagen, a través de Google Earth, sentado frente a la pantalla del ordenador, experimentando una modalidad contemporánea del viaje, pero también apuntando el camino para un nuevo arte de la cartografía. Una cartografía afectiva y una nueva experiencia del viaje que denomina “psicoGooglegeografía”.

El viaje de Smithson era el de un renovado flâneur de la contemporaneidad. Igual que Walter Benjamin observaba los pasajes parisinos como las catacumbas de la modernidad, Smithson ve en las ruinas industriales del mundo contemporáneo un tiempo mítico, percibiendo las excavadoras como dinosaurios, observando cómo el tiempo se condensa y se retuerce. Los monumentos de Passaic aparecen así como una ruptura con el tiempo-presente y una introducción de un tiempo extraño que se ajusta mejor al tiempo de los sueños tal y como lo definió Freud. Tiempo condensado y alterado. Tiempo conflictivo en el que la cronología pierde su sentido. El pasado en el presente. O, mejor, el presente como pasado. Tiempo ruinoso.

Smithson percibió las ruinas de su presente. ¿Cómo serán las ruinas de nuestro tiempo? En Homo Sampler, Eloy Fernández Porta ha hablado con lucidez de la sensación siniestra que tendríamos al enfrentarnos a la obsolescencia de la cultura de masas contemporánea: Ur-Pop o Ikea Sumergida. AFM nos habla ahora de otro tipo de ruina, la ruina digital. ¿Cuál es la modalidad de la ruina en el universo de Google Earth? ¿Cómo se olvida en la era de la imagen del mundo?

Escribe Borges en el texto original de “Mutaciones” –el que Fernández reelabora para su reactualización del viaje de Smithson–: “Cruz, lazo y flecha, viejos utensilios del hombre, hoy rebajados o elevados a símbolos; no sé por qué me maravillan, cuando no hay en la tierra una sola cosa que el olvido no borre o que la memoria no altere y cuando nadie sabe en qué imágenes lo traducirá el porvenir”. Esta es la pregunta que intenta responder AFM con su viaje. El porvenir ha llevado las ruinas de la contemporaneidad a las grietas del código binario.

Fernández Mallo actualiza el viaje de Smithson, como también lo hace con otra serie de viajes y momentos célebres. Recorrer lo recorrido, emular el célebre viaje del escritor, del artista, revivir la experiencia del acontecimiento… es parte de la experiencia nostálgica moderna. En este caso, sin embargo, la experiencia no es puro remake nostálgico y fetichista, sino actualización. Y eso es lo realmente relevante. Porque lo que hace AFM es darle sentido al viaje de Smithson y reactivarlo. No repetirlo paródicamente, sino, en cierto modo, darle su sentido último –un sentido en sí mismo contradictorio y paradójico–, casi como si estuviese trabajando en “acción diferida”.

El remake, por tanto, no como farsa o parodia –como decía Hegel que se repetía la historia–, sino como cumplimiento, como revitalización, como verdadera puesta en juego de la memoria. Memoria que, por supuesto, acontece ahora como Memoria RAM, memoria de proceso, de flujo constante, que moviliza y ofrece energía a la memoria muda y desconectada del archivo ROM. Ésa es la memoria que hace presente El hacedor de AFM, procesando –en todos los sentidos del término– El hacedor de JLB.

Viaje en el tiempo. Viaje tiempo a través. Viaje de la imagen. Viaje en la memoria. Ram_Trip, habría que escribir. Y volver a recordar entonces, también en modo ram, a otro JLB.

2/4/11

Punto y línea sobre el plano (de Libia)

En La guerra del Golfo no ha tenido lugar, Jean Baudrillard hablaba por primera vez de la guerra televisada, del modo en el que el combate contemporáneo se llevaba a cabo más en los medios que en el terreno real. Observaba que la capacidad de simulacro de los medios de masas contemporáneos había llegado a ser tan eficaz que incluso era posible fingir una guerra, hasta el punto de que las imágenes mostradas no tenían por qué coincidir con las del conflicto real. La televisión creaba y producía la guerra.

Veinte años después, la capacidad de los medios para producir simulacro ha ido en aumento. Y las imágenes que nos llegan de la guerra de Libia, como muchas de las que ya recibimos desde Irak, son imágenes absolutamente abstractas. Abstracción pura que recuerda a las composiciones suprematistas de Malevich o a las pinturas de Kandinsky. Luces en el cielo, movimientos de puntos en un radar, cruces, dianas, objetivos que se desplazan, y casi ningún sonido.

Ayer, en varios telediarios, mostraron la visión de la guerra desde un avión de combate. El titular decía: “Así se ve la guerra desde el cielo”. Así muestra la guerra el imaginario militar, cabría decir. Y es que la manera en la que los sistemas de visualización militares representan el combate –su manera de dar imagen a las cosas– tiene una historia concreta que se gesta en la racionalidad moderna. Una historia y una ideología relacionada con la eliminación absoluta de la subjetividad del enemigo, que se convierte en un mero dato. En esas imágenes no hay cuerpos, no hay sangre, no hay víctimas. En el radar, sólo hay números, cifras… puntos y líneas sobre un plano.






[Publicado en La Razón, 1/3/2011]