29/3/11

Dichoso

La vida lo había tratado bien. Era el hombre más feliz sobre la faz de la tierra. Por eso cogió el cuchillo, lo hundió en su estómago y destrozó sus entrañas, temeroso de que aquella ilusión acabara por desvanecerse.

26/3/11

Impasibles

Ya no había soldados en la ciudad. Los tanques estaban vacíos. Ningún avión sobrevolaba ya los edificios. Habían pasado varios días desde que sonaron por última vez los antiaéreos. Sin duda, la paz había llegado a aquel lugar. Y, sin embargo, nadie salió a la calle para celebrarlo. Todos continuaron con sus rutinas, como si aquella última luz sobre el cielo no hubiera conseguido mostrarles la esencia destilada del género humano.

[Publicado originalmente en El coloquio de los perros]

19/3/11

Unión

Las dimensiones de la catástrofe de Japón son tales que difícilmente podemos hacernos una idea real de lo que ha sucedido. Las imágenes que hemos visto de la destrucción contribuyen de hecho a esta imposibilidad de imaginar el desastre. Imágenes que nos recuerdan a las de las películas de catástrofes naturales donde lo humano apenas es representado. La gran ola, las casas cayendo, los barcos hundiéndose, la fuerza de la naturaleza destruyéndolo absolutamente todo… pero, paradójicamente, ni un solo cuerpo. Sorprende –para bien– el pudor del pueblo japonés, velando los cuerpos, quitándolos de la vista. Sorprende, también, las pocas tragedias individuales que se han contado. Por supuesto, las hay, como en todos los lugares. Pero lo que vemos, lo que se transmite, es la unión del pueblo japonés. Incluso los trabajadores que arriesgan su vida para enfriar el núcleo de la central nuclear son trabajadores anónimos. Son individuos, claro está, pero sobre todo son pueblo. Qué alejados estamos del sentido heroico de Occidente, donde la fama consiste en la individuación, en la diferencia respecto a los demás y nunca en la unión con el otro. En Japón, el heroísmo es entendido como la fusión con la tradición. La propia ritualización de la vida cotidiana tiene que ver con eso, con el sentido de que en cada cosa hay una condensación del mundo. Y cuando tanta gente ha muerto, cuando los pueblos han sido destruidos y prácticamente borrados del mapa, aferrarse a la fuerza de la tradición, a los ancestros, confiar que en cada acto de la vida está todo presente, no sólo sirve para seguir viviendo, sino también para construir, de nuevo, un futuro.

[Publicado en La Razón, 18/03/2011]

14/3/11

Pornografía y ficción

Acabo de ver A Serbian Film, la polémica película por la que el director del Festival de Sitges ha sido imputado por exhibición de pornografía infantil. Lo confieso, se me ha quedado un mal cuerpo que no puedo con él. La escena de la violación al recién nacido es desagradable a más no poder. Y hay otras muchas que no le van a la zaga y han conseguido revolverme el estómago. La película es un disparate, una obra repulsiva y terrible, pero, desde luego, de ahí a ser catalogada de pornografía infantil va un largo trecho. Es una película gore, no una snuff. Es decir, es ficción, no verdad. Es tremendamente desagradable, pero no deja de ser una película. Una obra que, además, se muestra en un contexto propicio para este tipo de filmes, el Festival de Sitges. Nadie está obligada a verla. No es pornografía: no se distribuye como tal, no se muestra como tal, no se produce como tal. Nadie es violado, ni violentado. Es tan sólo una historia. Otra cosa, claro está, es la utilización que cada uno pueda dar a las imágenes. Pero ante eso poco se puede hacer.

Cualquier imagen es susceptible de ser usada como pornografía, desde una foto de comunión hasta un vídeo de familia. Son los peligros que tiene lo visual. Pero la prohibición de ciertas imágenes –sobre todo cuando éstas circulan en ámbitos no aptos para todos los públicos– nos lleva peligrosamente hacia un talibanismo visual cercano a la iconosclastia, algo ciertamente peligroso. Y hablando de peligros, mucho más pernicioso –y, desde luego, más pornográfico– es lo que se ve todos los días y a todas horas en televisión bajo la forma de la telerrealidad. Eso sí que habría que mirarlo con cuidado.

[Publicado en La Razón, 11-03-11]

11/3/11

Insignificantes

Y hoy la tierra se revuelve por dentro. Veo las imágenes y, por un momento, tomo conciencia de lo insifigantes que somos. Y me parecen entonces ridículas todas las cosas.

7/3/11

Tres años

Hoy hace tres años. No hay olvido que consiga olvidar el origen. No hay palabra que consiga apresar la ausencia. No hay caricia que consiga reemplazar el tacto de una madre. Aunque el tiempo haga flaquear la memoria, aunque los años endurezcan las palabras, aunque la experiencia abra el cuerpo. Hoy hace tres años. Y no son muchos ni pocos. El tiempo se vuelve insignificante. Y yo la sigo perdiendo todos los días. En cada recuerdo que se archiva, en cada lágrima que no se derrama, en cada palabra que ya no se escucha.

Hoy hace tres años. Y hoy transcribo aquí el principio de mi cuaderno de duelo. Lo he revisado mil veces y parece que al final verá la luz. El destino ha querido que, precisamente hoy, acabe la última revisión antes de enviarlo a imprenta:

En la habitación oscura, H. abre un cuaderno. Allí, con los ojos aún enrojecidos, logra escribir:

A veces es necesario comenzar por el final. Siempre, quizás. No hay otra manera de hacerlo.

Por eso comienza ahora que todo ha acabado, ahora que, sin embargo, nada aún ha empezado. Comienza hoy. En realidad, ayer. Comienza ayer. Un día después. Un día y un año. Escribe esto hoy, pero debería haberlo hecho ayer. En realidad, mucho antes. Debería haberlo escrito mucho antes. Piensa esto hoy, pero debería haberlo pensado antes. Hoy es demasiado tarde. Miente. Ayer. Ayer también habría sido demasiado tarde. Antes de ayer, incluso. Y hace algunos meses. Siempre. Demasiado tarde para pensar, demasiado tarde para actuar, demasiado tarde para recordar, demasiado tarde para escribir. Como ahora. Demasiado tarde.

H. se ha sentado frente al cuaderno con la intención de recordar. Recordar. Siempre se trata de eso. Recordar un tiempo que no ha tenido lugar. Un tiempo que ya ha acabado. Un tiempo que H. ha dejado pasar. Un tiempo sobre el que hoy, un año y un día después, H. decide escribir.

Entonces intenta imaginarlo todo, recordarlo todo, escribirlo todo. Desde el principio. Desde el final. Desde el principio del final. Desde el momento en el que todo se detuvo. Desde el instante en el que todo, sin embargo, comenzó a ir demasiado rápido.

En ese momento se frenó el tiempo. Y allí quedó estancada una parte de él. La otra comenzó a correr. Y decidió no pararse jamás. Por eso escribe esto ahora, para intentar frenar la escisión del tiempo, para intentar encontrar el punto en el que todo se partió para siempre.

Trazar otra vez la misma distancia. La distancia de la partida en la que quedaste partido. Partida que no supiste ganar y que habrás de repetir una y otra vez. Para volver a perder. Para volver a partirte.

2/3/11

Algunos libros

En estas semanas de locura conferencial y textual apenas estoy teniendo tiempo para leer novelas. Aun así, algo voy leyendo de cuando en cuando, en las noches isomnes y en los entreactos de más de diez mintuos. De las últimas cosas que he leído, me quedo, sin duda, con La nueva taxidermia, el último libro de Mercedes Cebrián. La primera de las dos novelas cortas que componen esta obra es magistral, una reconstrucción de los espacios de la memoria realmente perturbadora. También la segunda parte merece la pena, aunque no me ha llegado a convencer tanto. Y hablando de "segundas partes", también he podido leer Segunda parte, de Javier Montes. Eso de segundas partes nunca fueron buenas no se cumple aquí. Es un libro escrito con una prosa envidiable. De todos modos, me sigo quedando con Los penúltimos, su primera novela. La historia me resulta mucho más atractiva, aunque es cierto que este último libro parece mejor resuelto, y que hay ciertos párrafos para enmarcar. Para enmarcar también es Constatación brutal del presente, de Javier Avilés. Es lo primero que leo de este autor en formato impreso. Su blog, El lamento de Portnoy, es de lo mejor que uno se puede encontrar en la blogosfera. Este libro nace precisamente de la intersección entre ese mundo y el mundo de la literatura. Y es de los libros más valientes y libres que he leído en tiempo. Una destrucción absoluta de la literatura. Un "no va más" que, sin embargo, se lee de un tirón y con una intensidad increíble. Intensidad que proporcionan las palabras y el ritmo de la narración, y no lo narrado. Es casi literatura abstracta. La última literatura que se puede hacer antes de callarse para siempre. Difícil seguir adelante después de esta literatura salvaje. Y, por último, hablando de salvajismo literario, debería dar mi opinión también sobre Las teorías salvajes, el libro de Pola Oloixarac que he finalizado estos dáis. Confieso que aquí no seré imparcial. Me enamoré del libro desde la solapa. Un ser angelical como el que aparece en la foto sólo podría escribir algo bello. Pero me equivoqué absolutamente. Nada de belleza angelical hay en el libro. Las teorías salvajes es un libro crudo y salvaje. Lleno de teorías e historias. Un mapa de la subjetividad contemporánea, penetrada (en todos los sentidos) por las nuevas tecnologías, la filosofía, las teorías y los cuerpos. Es una interesección del texto con el cuerpo. El lugar de contacto y de fricción entre lo inmaterial abstracto de la teoría y la crudeza baja del cuerpo. Casi un materialismo bajo, que diría Bataille. Yo, lo confieso, he quedado absolutamente enamorado de Pola Oloixarac (en todos los sentidos). Y no me importa ponerme a sudar cuando pronuncio su nombre.