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26/2/11

Arte truño

Intensa semana de conferencias. Lunes, martes, miércoles y jueves. Y cada una de su padre y de su madre. Las reacciones han sido de lo más variado, pero parece que nadie ha quedado indiferente. Especialmente el martes, que hablé de las formas del trauma en el arte contemporáneo y que dediqué casi una hora a hablar del excremento, produciendo algún que otro acceso de asco en el público.

La verdad es que ya tenía gana de decir en una conferencia: "el arte contemporáneo está lleno de mierda". Y comenzar una tras otra a analizar obras de mierda, desde surrealismo a Wim Delvoye, pasando, por supuesto, por Manzoni, David Nebreda, Paul McCarthy o Santiago Sierra. Reconozco que en algún caso la cosa pudo ser desagradable, pero el caso es que lo que empezó como una broma para poder decir finalmente que había dado "una conferencia de mierda", acabó por mostrarse como una vía más que productiva de análisis del arte contemporáneo. La relación de la mierda con lo real lacaniano y lo abyecto es evidente, pero incluso más fructífero es su análisis a través de la economía, de la idea del non-olet, la relación entre la mierda y el dinero, y la mierda como lo real del capitalismo. El arte como mierda que no huele.

Paul McCarthy, Complex Shit, 2008

Para hacer la cosa divertida, utilicé algo que le he escuchado en alguna ocasión a Fernando Castro y que es una verdad como un templo. La tendencia al color mierda de las formas de arte en la infancia. La mezcla de colores en pintura o en plastilina acaba siempre en el color mierda. No importa que juntes verde con rojo o amarillo, o azul fluorescente. Es lo mismo. Hay un momento en el que se llega al color mierda. Y de allí no se puede salir. Cuando la plastilina alcanza el color mierda, ya no hay salida. Es igual la cantidad de color que pongas. No way out. La mierda permanece y uno no se la puede quitar de encima.

Mandar a la gente a la mierda es, en principio, mandarla bien lejos, y mandarla al peor de los lugares. Sin embargo, la mierda está bien cerquita. La mierda nos rodea. Y por mucho que queramos escaparnos de ella, siempre vuelve, una y otra vez. Así que el análisis escatológico es una vía legítima y fructífera de análisis del mundo. Una sociedad se puede conocer según su actitud ante la mierda. Ya Slavoj Zizek mostró algunas diferencias en los modos de tratar con la historia y la memoria en Francia, Alemania y EE.UU. a través del análisis de la forma de sus inodoros.

Está claro que hay que volver la mirada hacia la mierda. Mirarla con detenimiento, acercar nuestras narices y olerla con esmero. Quizá así podamos a realmente llegar a entendernos. El arte, creo, ha sabido perfectamente comprender esto. Y por eso ha sido de los primeros en cargarse en los pantalones.

21/2/11

(Ar)cosas

Me dicen algunos amigos que escriba sobre Arco y que les cuente lo que vi. Y a mí, si os digo la verdad, no me apetece nada. Arco me cansa, como me cansan todas las ferias de arte. Y me cansa porque no voy a comprar nada. Y entonces me aburro. Quizá vaya siendo el momento ya de que nos demos cuenta de que Arco no es un lugar para ver cosas. Allí se va a comprar, y ya está. El problema es que todavía seguimos confundiendo churras con merinas, y creemos que aquello es una exposición. Y nos pegamos el viaje padre a Madrid y perdemos las rodillas y la espalda echando horas y horas de viacrucis por los pasillos para acabar diciendo: "pues nada nuevo bajo el sol".

Yo, lo confieso, voy a Arco a encontrarme con la gente, a ver a los amigos que hace tiempo que no veo y, para qué negarlo, a correrme alguna fiestecilla que otra. Pero no a ver arte. Porque, desde luego, no es el lugar. Es curioso que haya gente que en todo el santo año no entra a una galería de arte y luego agarra el bus a Madrid a ver Arco. ¿Por qué? Porque hay que ir. Porque allí, aunque no compremos obras de arte, parece que compramos lo que Bourdieu llamaba "capital simbólico". Es decir, que hay que ir para estar en la pomada.

Luego, es cierto, lo que se ve por los pasillos sirve para hacerse una idea de lo que se vende y lo que se lleva. Es curioso que Arco siempre coincida con la Pasarela Cibeles. Son la misma cosa. Cuestión de tendencias. Especulación pura y dura. Decoración. Pero más grave en el caso del arte, que a veces pretende ser lo que no es. Al menos los diseñadores de Cibeles no son cínicos e hipócritas y no dicen que quieren cambiar el mundo con sus trajes.

Lo único que me ha sorprendido de Arco para bien este año es que haya desaparecido la moqueta de los pasillos. Sin lugar a dudas, este ha sido el salto cualitativo más relevante desde hace muchos años. Esa moqueta que ha deglutido a generaciones de progres y gafapastas (entre los que incluyo) ha pasado a mejor vida. Y los cuerpos lo agradecen.

Y, por último, me llama la atención que en Arco (pero también en otras ferias de este año) apenas haya vídeo. Por supuesto, alguna pantalla se encuentra uno por las esquinas. Pero mucho menos que otros años. Es curioso que ese mismo formato que desaparece de las ferias sea el que pueble las bienales y grandes exposiciones de arte contemporáneo (véase el ejemplo de Manifesta, que como alguien dijo, cabía en un pendrive). Fácil de transportar, instalar, más barato y menos problemático que la pintura o la escultura. Pero difícil de vender (más difícil que la pintura, la escultura o, incluso, que la fotografía).

Visto lo visto, es posible entonces sacar como conclusión que hay un nuevo factor (aparte de los obvios) para explicar fácilmente a los alumnos la diferencia entre bienal y feria. Si hay mucho vídeo, es bienal; si no, feria. Fijo.

18/2/11

Apenas un párrafo

Apenas tiempo para escribir en estos días de ARCO. El justo para decir que me reafirmo en lo escrito en el artículo anterior. Y que cada día tengo menos cosas en común con mucha de la gente del arte. Sin duda, me quedo con los libros, si es posible encerradito en algún bosque perdido en las montañas de Nueva Inglaterra. Qué nostalgia de Williamstown. El año pasado por estas fechas ya estaba yo en las nieves de Massachusetts, rodeado de libros y escribiendo con tranquilidad. Cuando pienso en el desfase, la banalidad, la tontería y el cinismo del mundo del arte (de un tipo de mundo, y de un tipo de arte, por supuesto), me parece por momentos que estoy en el lugar erróneo. Y pienso entonces en este no (ha) lugar. Y me desahogo durante unos minutos. Unas líneas. Apenas un párrafo.

15/2/11

Lujo

Hace unos días se inauguró en la Fundación Banco Santander Espíritu y espacio, la exposición de las obras de la colección “Sandretto Re Rebaudengo”, que cuenta con lo más granado del panorama artístico internacional contemporáneo: Damien Hirst, Douglas Gordon, Cindy Sherman, Maurizio Cattelan y otros muchos. No veo el momento de llegar a Madrid para acercarme a contemplar algunas de las obras más sugerentes de los últimos años. Una exposición como esta, nos trae algunas piezas maestras, pero también nos hace pensar en el papel que ocupa el arte en la sociedad actual. Un papel doble, como discurso social y como mercancía de lujo. En una entrevista, la propietaria de la colección decía que lo que le interesaba del arte era sobre todo su implicación política con el mundo y su toma de conciencia de las injusticias que nos rodean. Es decir, lo que cuentan las obras. Pero, detrás de eso, hay algo muy diferente: lo que las obras son, que no es otra que el “patrimonio” de unos pocos que pertenecen a una clase privilegiada que puede permitirse estos objetos de lujo.

Precisamente, hace una semana Boris Groys, uno de los pensadores más lúcidos e incisivos del momento, afirmaba en una conferencia en Barcelona que “Gucci y Damien Hirst hacen lo mismo: objetos de lujo.” O lo que es lo mismo: que en el fondo, la belleza del arte es como la de un Ferrari, que lo vemos pasar por la calle y lo admiramos, pero que al final quien va montado dentro es el que se lo puede permitir. Cuando se nos llena la boca con la palabra “arte” y pensamos en cultura o sabiduría, debemos tener bien claro que, al mismo tiempo, y con mucha más razón, deberíamos también pensar en lujo, privilegio, propiedad privada, desigualdad y todo lo que esto conlleva.

Esta semana es la semana del mercado del arte. Arco, Art Madrid, Just Madrid... Confieso que, aunque me dedico a esto, sigo sin entender algunas cosas. Quizá por eso este año el curso de máster que me ha tocado impartir sea el de "Mercado del arte." En las cuatro semanas que dura, intentaré llegar a alguna conclusión, hacerme una idea de lo que verdaderamente supone el arte y la cultura en nuestra sociedad y su verdadera relación con la economía (no sólo la simbólica; que al final no es más que un señuelo). Problablemente no pueda llegar a otra cosa que a darle la razón a Benjamin y a afirmar que "no existe documento de cultura que no sea, a su vez, documento de barbarie".

[Publicado en La Razón, 11/02/11]

10/2/11

Delirio y cordura

Los días pasados con Mieke Bal estuvieron llenos de conversaciones en torno a la locura. Su película, Una larga historia de locura, daba para eso. Hablamos de Remo Bodei y de Las lógicas del delirio, o de Pier Aldo Rovatti y de La follie in poche parole. Tanto estos pensadores italianos como Mieke Bal, sin saberlo, habían llegado a la misma conclusión, que la locura es la última frontera del sujeto. Y sobre todo que los locos no están tan locos, ni los cuerdos, tan cuerdos. De hecho, como sostienen Bodei y Rovatti, la civilización tal y como la entendemos sólo existe a través de pequeñas dosis de locura. Si nos tomásemos, como hacen los locos, las cosas al pie de la letra, sería imposible una vida en comunidad. Los únicos que realmente se toman en serio el lenguaje son, paradójicamente, los locos, los que no han podido aceptar del todo el orden de lo Simbólico. La película de Bal, entre otras cosas –especialmente, la relación entre violencia y locura: la violencia como una de las causas de la locura–, abunda en esa idea de la relación entre razón y delirio. Y, del mismo modo que intuye Remo Bodei, deja patente que hay una lógica en la locura, y una locura en la razón. Como dice Rovatti, la locura es necesaria en pequeñas dosis. Si no acabaríamos volviéndonos locos del todo.

Es curioso que, después de tantas conversaciones en torno a la locura, esta semana me haya sumergido en la lectura de un libro que, en principio, está al otro lado del espejo: Teoría de la cordura (y de los hábitos del corazón), de Higinio Marín, uno de los pensadores españoles más incisivos, y uno de los mejores maestros y amigos que uno puede tener. El próximo viernes, a las 20h, en la Biblioteca Regional de Murcia, estaré en la presentación de este libro que, en cierta manera, resume muchas de las preocupaciones de Higinio durante los últimos años. Le dedicaré un post como Dios manda, porque lo merece, pero, desde ya, os animo a leerlo con entusiasmo. Es una cartografía afectiva del mundo y de algunos temas centrales de lo que podríamos llamar "humanidad": la memoria, la piedad, el cuidado, la hospitalidad, la erótica, el pudor, la intimidad, la esperanza, el origen o el perdón. Y todos bajo la rúbrica de "la cordura", un término que Higinio entiende en toda su complejidad semántica: como un acorde, como un tono, un acuerdo de interpretación del mundo, una manera compartida de ver las cosas... o lo que es lo mismo, un "hábito del corazón".

De algún modo, entre la locura preposterior y trastornada de los personajes y los modelos históricos de Mieke Bal y esta teoría de la cordura es posible encontrar hilos conductores y lugares de contacto. Y es que, desde luego, para amar, para perdonar, para tener esperanza, para acoger al otro... no basta con la razón. Quizá la cordura en tanto que "hábito del corazón" no esté, al final, tan alejada de esa pequeña dosis de locura que "afecta" la razón.

6/2/11

Anonimato

En estas semanas, por varios motivos, la cuestión del anonimato en Internet ha sido uno de los temas sobre los que han girado algunas de las discusiones en este blog. En uno de los últimos post, concluía yo que iba a hablar aquí con nombres y apellidos, dando la cara y siendo responsable de las palabras escritas, frente al uso irresponsable del anonimato, que alimenta el rumor y el ruido. Algún comentario a este post sugería que los únicos que reclaman la visibilidad pura son los regímenes policiales y casi me venía a acusar de cierto fascismo por rechazar la fuerza del anonimato y reclamar un mínimo de civismo en el uso responsable de Internet. Desde luego, nada más alejado de mi postura que reclamar una docilización de los individuos y una transparencia absoluta.

El anonimato es una posición, y en sí misma no es buena ni es mala. De hecho, puede ser una opción de cobardía e irresponsabilidad, o puede ser una postura vital encomiable y una posición política relevante y efectiva. Esto último es lo ocurre, por ejemplo, con el colectivo “Anonymous”, cuyo símbolo más conocido es la máscara del protagonista de “V de Vendetta”, que ya ha protagonizado toda una serie de protestas y movilizaciones importantes contra la autoría y contra la opacidad de gobiernos e instituciones. Como ha señalado agudamente Fernando Savater (y recordaba algún comentarista del blog), Anonymous reclama una transparencia absoluta del mundo y, sin embargo, se instala en una oscuridad e invisibilidad del sujeto demandante, alterando las lógicas contemporáneas de mostración/ocultación. En un momento en el que los individuos nos hacemos más transparentes y exponemos nuestra intimidad a través de la Red, Anonymous solicita la estrategia de la invisibilidad.

Los términos de la lucha política están cambiando. En lugar de buscar una visibilidad como pretenden teóricos como Rancière, para quien la política se produce en el reparto de lo sensible –en la igualdad de los sujetos en términos visuales–, hoy, cuando todos somos excesivamente visibles –y, por tanto, controlables y fácilmente dominables–, el anonimato se convierte en un arma de la lucha política. Y la red de redes es, sin duda, el territorio privilegiado para esa estrategia. Las protestas de Túnez y de Egipto han demostrado la fuerza de Internet y del anonimato. Es una pena que esta potencia política, se desperdicie en la irresponsabilidad de otros muchos internautas para los que el anonimato no es más que una excusa para tirar la piedra y esconder la mano, para propagar rumores, insultar, banalizar, hacer ruido y, en definitiva, contribuir a desactivar la verdadera fuerza de la colectividad sin forma de la nueva multitud.

2/2/11

Casualidades

Después de la tempestad, la calma vuelve poco a poco. Estoy pasando unos días agradables con Mieke Bal, mientras preparo La última frontera, una exposición sobre sus trabajos visuales sobre la migración y la locura que inauguramos mañana jueves a las 20h en la Fundación GarcíaJiménez . Mieke, con su fuerza, inteligencia y generosidad vuelve a sorprenderme. Conversadora infatigable y enciclopedia andante, uno no deja de aprender de ella en cada momento. Una persona que, a su edad, sigue leyendo sin parar, y no se ha quedado anquilosada en su estatus de "vieja gloria", sino que se renueva constantemente, incorporando nuevas estrategias de escritura y nuevos modos de comunicar y producir conocimiento. En dos semanas recibe el premio del College Art Association, que viene a ser algo así como el Nobel de los historiadores del arte, y sin embargo continua con su modestia y su apertura, tomando referencias, apuntando todos los nombres que aparecen en las conversaciones, incorporando argumentos, transformando sus puntos de vista... dialogando sin cesar para seguir construyendo su edificio teórico.

Su último libro, Of what One Cannot Speak, es toda una joya. Una reflexión sobre la relación entre el arte y lo político a partir de la obra de la artista colombiana Doris Salcedo. Apenas he acabado de leer la introducción y ya estoy fascinado con la manera en la que Mieke aborda la obra de esta artista y con el modo en que, a través de una lectura detenida en obras concretas, examina problemas fundamentales del arte contemporáneo. Todo un ejemplo de lo que debe ser un trabajo de historia del arte. Espero que pronto alguien lo traduzca al español. Sinceramente, merece la pena.

En la exposición de la Fundación García Jiménez hay una obra sobre la migración en Murcia, Un trabajo limpio, un vídeo que se grabó hace tres años con motivo de la exposición Estéticas migratorias, que comisarié con Mieke en varios lugares de Europa. En este vídeo, aparece mi madre durante unos segundos, no más de cinco, acompañada de la chica boliviana que la cuidaba. Cada vez que veo el vídeo y me encuentro con esta imagen, se me saltan las lágrimas. El punctum del que hablaba Barthes, ese que te tambalea y te punza, aquí es incluso mayor, porque la imagen se mueve y parece viva. Una imagen fantasmagórica que, sin embargo, está llena de vida.

Ayer, en la rueda de prensa, los fotógrafos hicieron varias fotos de Mieke frente a algunos de sus vídeos. Y hoy, he quedado tremendamente sorprendido al encontrar la fotografía del periódico La opinión. De entre todos los vídeos y todos los momentos posibles, por un azar de esos que harían temblar al mismo Auster, la imagen que aparece de fondo es precisamente la de mi madre, esa imagen que me hace llorar, pero también que me recuerda fugazmente su vida.

En algún lugar he escrito que Mieke es mi madre intelectual. La casualidad ha querido que esta superposición de imágenes –preposterous: absurda y temporalmente trastornada–me haga creer eso aún con más fuerza.

Y hablando de casualidades y modelos intelectuales, mañana, a la misma hora que inauguramos la exposición, Enrique Vila-Matas da una conferencia en un encuentro de literatura en Molina. Otro modelo intelectual a seguir que, en esta ocasión, me vuelvo a perder. Hay momentos en los que a uno le gustaría desaparecer. Y otros, como ahora, en los que le gustaría ser dos y poder dividirse. Desafortunadamente –o no–, es más fácil lo primero que lo segudo.