Translate

30/1/11

Regresando

Las aguas regresan a su cauce y vuelve la normalidad. Sin embargo, en todo regreso y toda vuelta, como ya he escrito aquí en alguna ocasión, siempre permanece una falta, algo que no se recupera del todo. La pérdida –la de un ser querido, la de una idea, la de una creencia (la de la creencia en la especie)– nunca se subsana; siempre se mantiene latente. La posibilidad de que eso que ha regresado vuelva a esfumarse en cualquier momento acecha por todos los rincones como un fantasma, y es algo con lo que uno debe aprender a convivir. Un escepticismo radical, una desconfianza que ha de ser equilibrada con una mínima creencia. Una ironía, una distancia, una risa fría ante las cosas. Entiendo ahora la risa de los personajes de Beckett o de las esculturas de Juan Muñoz. Una risa a medio camino entre la ataraxia y el estupor. Noto que mi humor se congela y se resquebraja. Me miro al espejo y observo que, con las emociones fuertes de estos días, me han salido más canas en la barba. Tengo la sensación de haber envejecido algunos años. De haber observado cómo el tiempo se espesa y, después, se resquebraja. Un aprendizaje. Un gran aprendizaje. La vida es también esto. Y todo lo demás. No tengo muy claro con qué quedarme.

27/1/11

Conclusión

Después de estos días de tensión, he estado pensando seriamente en desaparecer de Internet. He abandonado momentáneamente Facebook y estaba decidido también a dejar el blog. Las cosas que he oído o leído me han quitado las ganas de estar aquí, exponiéndome públicamente, mientras otros, escudados en la cobardía del anonimato, llenan de porquería y ruido la red. Además, por momentos, he tenido incluso la sensación de que parecía necesario pedir perdón por cada palabra que decía o escribía, como si me debiese a algo o alguien, como si representara algún partido o ideología, como si fuese algún cargo público que tuviese que guardar alguna corrección política.

Por todas estas razones, había pensado en quitarme de en medio. Pero hoy, cuando me disponía a borrar el blog y darme de baja en facebook, cuando iba con la cabeza baja y achantado, me he preguntado que por qué debería callarme, por qué debería dejar de hablar. Y me he dado cuenta de lo siguiente:

1. Este espacio no se debe a nadie. No es un periódico. No está subvencionado por publicidad. No lo paga nadie. Es mi espacio personal que gestiono como me viene en gana. Así que puedo escribir de lo que quiera
2. No voto a ningún partido, y tardaré muchísimo en volver hacerlo (probablemente nunca). Me la suda el PP y el PSOE, y también IU, y, si acaso, medio respeto a UPyD, pero tampoco me representaría. Así que no tengo compromisos políticos de ningún tipo.
3. No ocupo ningún cargo público; ya lo hice (con más o menos éxito) y espero nunca jamás volver a hacerlo. Así que no peligra mi cargo por lo que diga, ni necesito someterme a nadie.
4. No represento a ninguna asociación. Si en alguna ocasión lo he hecho, ya nunca más nadie habla por mí, ni yo por los demás. Así que sólo hablo y escribo por mí mismo, como Miguel Á. Hernández-Navarro, profesor de Historia del Arte de la Universidad de Murcia.

¿Miguel Á. Hernández-Navarro? ¿El cuñado del Pedro Alberto Cruz? Pues sí, el mismo. Haga lo que haga, escriba lo que escriba, trabaje lo que trabaje, parece que en esta región pasaré a la historia como el cuñado del consejero. Así es que mejor será asumirlo con naturalidad. Y tener claro que otras cosas hay peores, como no tener familia, o no haberla conocido, o no estar seguro de ello. Además, si hay gente que cree que todo lo que he conseguido en la vida ha sido gracias a que me casé con la hermana de la mujer de Pedro, pues qué le vamos a hacer. Tontos y gilipollas los hay desde que el mundo el mundo, e intuyo que los seguirá habiendo hasta el fin de los días.

He pensado en todo antes de borrar el blog y quitarme de Internet, antes de callar y entrar en el ámbito de los Bartlebys 2.0. Y por primera vez lo he visto todo claro. Claro y meridiano: aquí no me debo a nada, ni a nadie; tengo libertad absoluta para decir lo que pienso y lo que quiero. Nadie me paga la hipoteca, nadie paga mis impuestos, no le tengo que guardar pleitesía a nadie, ni a Valcárcel, ni a Saura, ni a Zapatero, ni a Rajoy, ni al director del Reina Sofía, ni al del MoMA, ni a Obama, ni al Papa, ni al mismísimo Cristo Redimido.

O lo que es lo mismo: que en este blog voy a escribir –y perdón por la expresión, pero es lo más poético que tengo a mano– lo que me salga de los santísimos cojones. Eso sí, con mesura, respeto y responsabilidad.

Y lo haré como Miguel Ángel Hernández Navarro. El cuñado, sí. Pero también –y sobre todo– el hijo de Juan Antonio e Isabel, agricultores y gente humilde de la huerta de Murcia, que se dejaron la piel para que su crío pequeño fuese a la Universidad. Por ellos, que ya no están, voy a escribir aquí lo que me dé la real gana. Y por ellos también, los que me dieron nombre y apellidos, voy a firmar y dar la cara en cada una de las palabras que salgan de mi teclado. Aquí, en este “No(ha)lugar” que no se debe a nadie más. Y al que no le guste, que no mire. O, mejor, que le vayan dando.




26/1/11

Tantas cosas

Me alegro tremendamente del éxito de la manifestación de ayer. Espero, sinceramente, que los sindicatos lleguen a un acuerdo con el Gobierno y que el recorte de sueldos y, sobre todo, lo más increíble e intolerale, de derechos se replantee y se puedan buscar soluciones a una situación que nunca se debería haber producido. Desde un principio, como he dicho aquí, estoy en contra de esos recortes, y caigo del lado de los afectados. No me cansaré de repetirlo. Con lo que no he estado de acuerdo es con ciertas estrategias de protesta que considero fuera de lugar y que ya he comentado en varios sitios. Por eso me alegra tanto que ayer triunfase el civismo y también la creatividad. Lo único triste es que para llegar a una manifestación ejemplar y multitudinaria como la que ayer llenó la Gran Vía hayan tenido que pasar tantas y tan desagradables cosas. Tantas y tan desagradables... en todos los sentidos.

23/1/11

Columna SalonKritik: La responsabilidad de la palabra

Para una ética del decir –pero también del escuchar

“En un tiempo en que nuestro discurso se ha vuelto tan polarizado –cuando tenemos demasiados deseos de culpar por todo lo que aflige al mundo a quienes piensan diferente de nosotros– es importante hacer una pausa por un momento y asegurarnos de que nos hablemos de manera que cure, no de manera que hiera.” Estas son algunas de las palabras pronunciadas por Obama tras los sangrientos incidentes sucedidos en Tucson, Arizona. Más allá de la demagogia que uno quiera encontrar en cualquier discurso, y de los juegos de poder y entresijos de la alta política, lo cierto es que estas frases entran de lleno en dos de los problemas centrales de la vida pública y del uso del lenguaje en sociedad. En primer lugar, la fuerza de la palabra y su capacidad para producir realidades y causar efectos; y en segundo, y relacionado con la potencia performativa del decir, la imperiosa necesidad de un tiempo de reflexión antes de cualquier acto de habla. A estos dos puntos me gustaría sumar un tercero, también urgente y preciso: la necesidad de una ética de la recepción y de una escucha activa y comprometida. Si las palabras pueden herir o curar, y si, desde luego, hay una responsabilidad en el que tiene la capacidad del habla y se encuentra en el lugar de enunciación, también hay, y aún no tengo claro si en el mismo nivel –esto sería algo a debatir–, una responsabilidad –no siempre traída a este juego del decir– en el receptor de la información.

Seguir leyendo en Salonkritik

22/1/11

Decepción

Durante esta semana son muchos los que han aludido a la necesidad de moderar el lenguaje de los políticos y de los medios de comunicación. Como yo mismo he escrito estos días, es necesaria otra manera de hacer uso de la palabra, otro tono, otra manera de hacer las cosas que enfatice lo común y que no demonice al contrincante. Una política sin odio, un lenguaje que cure. Confieso que lo he pensado y seriamente he creído que algo así era posible. Pero tras meditarlo un poco más, me ha vuelto el pesimismo y he comprobado que, como decía el filósofo, “está la cosa muy mala”. Pero no sólo por la clase política, de la que ya desconfiaba, sino por la condición humana, en la que aún mantenía alguna creencia.

Lo que he podido leer y escuchar estos días, en Internet, en los pasillos, en las calles, me ha decepcionado hasta a un punto que no creía posible. Estaba convencido de que los bárbaros eran pocos, pero que hacían mucho ruido. Sin embargo, tristemente, he caído en la cuenta de que la barbarie vive en el centro mismo de la civilización, y que no es tan fácil identificarla. El odio y el rencor, la miseria humana y la indignidad están a la orden del día. Supongo que será mi percepción parcial y afectada de los hechos, pero el caso es hoy estoy triste y decepcionado. Decepcionado con los hombres y escéptico ante el futuro. Desde luego, de lo que dan ganas es de coger un avión e irse a la isla de Perdidos. Quizá entonces los bárbaros ganarían la batalla y todo se iría al traste. La cosa es que no sé si tengo, visto lo visto, el cuerpo para guerras.

18/1/11

Podemos ser mejores

Después de tres días intensos desde la agresión a Pedro Alberto, sigo instalado en la consternación y la incredulidad. Afortunadamente, y esto es lo más importante, Pedro descansa ya en casa y progresivamente va curándose de sus heridas, aunque intuyo que habrá algunas que no se ven que tardarán mucho en sanar. Espero también, por supuesto, que la policía logre capturar a los agresores –supuestamente hay algo, pero sólo supuestamente– cuanto antes y que todo se esclarezca enseguida. Es necesario volver a la normalidad.

Me parece demencial el circo que se ha montado con todo esto. Lo único que tengo claro es que a mi amigo le han partido la cara y no lo han matado de milagro. Y que aún tengo el estómago descompuesto y no puedo conciliar el sueño. Por lo demás, hay muchas cosas lamentables que están ocurriendo estos días. Son tantas y tan tristes que de momento no tengo las fuerzas necesarias –ni tampoco la cabeza en condiciones– para analizarlas con detenimiento.

Me da asco que, a estas alturas, la gente se la coja con papel de fumar y nadie se atreva a decir las cosas como son. Por supuesto, los responsables directos son los energúmenos que agredieron. Pero la culpa también está en toda una manera de hacer política, basada en la polarización y la objetualización del enemigo, al que se le convierte en objeto fóbico –por uno y otro lado– y se le arrebata su humanidad. Es más fácil insultar, increpar y suscitar el odio si olvidamos que la gente también ama. Qué falta nos hace recuperar al “adversario” y dejar de lado al “enemigo”. Qué necesario es comenzar a entender la política como un juego y no como una guerra.

Me repugna profundamente que nadie haya dicho aún que hay que bajar el tono, que la política no puede ser tan agresiva y violenta, y que, de lo contrario, esto se nos va a ir de las manos del todo –de momento ya se nos ha ido “hacia” las manos– y vamos a acabar en algo que no quiero ni imaginar. Como ha dicho Obama ante el disparate de Tucson: “tenemos que usar el lenguaje de manera que cure, no de manera que hiera… Creo que podemos ser mejores”.

Me indigna también la mezquindad de los políticos de todo signo que utilizan un acto asqueroso para fines políticos. Unos aprovechan para sacar rédito, otros tiran balones fuera y no se hacen responsables de la parte que les toca. Y entre todos contribuyen a que la mierda siga creciendo y creciendo. A este paso acabaremos todos sepultados por la porquería.

Y se me revuelve el estómago al pensar en la incompetencia de ciertos medios de comunicación, rastreros, indocumentados, amarillistas y, sobre todo, irresponsables. No han cesado de poner imágenes de la casa del consejero, con el número de la puerta, del buzón, el nombre de su esposa. Si los agresores han tenido algún problema para encontrarlo, ahora cualquiera lo tendrá mucho más fácil. También han escrito el nombre y apellido del testigo de la agresión y hasta el lugar en el que trabaja. Y, antes de que la policía tenga un culpable fehaciente, se han saltado la presunción de inocencia con el sospechoso y ya han puesto su nombre y su imagen en todos los medios. Una barbaridad detrás de otra. Desde luego, estos periodistas no saben lo que están haciendo. Tremendamente vergonzoso.

Afortunadamente no todo es malo. Durante estos días he comprobado que aún siguen existiendo seres humanos con cabeza y corazón. Las condenas sin paliativos al acto y la empatía que se ha sentido en las visitas, en los amigos, pero también en muchísimos comentarios, en muchísimos lugares, han logrado emocionarme. No me da vergüenza reconocerlo: durante estos días no he parado de llorar. No soy de lágrima fácil, pero creo que no he llorado menos que cuando murió mi madre. Ayer intenté examinar el porqué de este llanto incontrolado y constante. Y me di cuenta de que, desde luego, hay algo de rabia, de impotencia, de miedo, y también, por supuesto, de tristeza. Pero incluso más que eso, he comprobado que las lágrimas surgen de la emoción tras haber sentido el abrazo de la solidaridad y la fuerza de la amistad.

Quizá esto sea lo único bueno que se pueda sacar de estos días, que muchos, aunque sea momentáneamente, hemos sido capaces de poner entre paréntesis lo que poco que nos diferencia para hacernos fuertes en lo mucho que nos une.

Eso sí, hijos de puta, bárbaros y energúmenos ofuscados por el odio y el rencor sigue habiendo. Y, desgraciadamente, no son tan pocos como yo creía.

16/1/11

Palabras como puños

Sigo sin dar crédito a lo que ha sucedido en Murcia. Es lamentable al lugar al que hemos llegado. Pero el caso es que se veía venir. De las palabras a los puños hay un camino muy corto. Y el odio de las lenguas acaba engendrando violencia.

Ayer por la tarde, tres energúmenos, al grito de “sobrinísimo hijo de puta” agredieron brutalmente al Consejero de Cultura Pedro Alberto Cruz y le rompieron, literalmente, la cara. Afortunadamente, la operación ha salido bien, y parece que Pedro se va a recuperar pronto, aunque las secuelas a todos los niveles tardarán en desaparecer. De todos modos, hoy podríamos estar hablando de algo muy, pero que muy grave.

A nivel personal, estoy muy jodido y cabreado. Pedro es uno de mis mejores amigos, y me gustaría echarme a la cara a los hijos de puta cobardes que lo han agradedido, para cagarme en sus muertos, escupirles y pisotearles yo a ellos la cara. Eso es lo que me pide el cuerpo, no otra cosa. Pero no sé si por desgracia o por fortuna, no todos somos iguales. Y la violencia no es lo mío. Así que lo único que puedo esperar que sean detenidos pronto y la justicia actúe sobre ellos.

Sin duda, los culpables directos de la agresión son los que han pegado con sus puños. Pero también, y de eso no tengo la menor duda, hay otros culpables indirectos, que son aquellos que han ido contribuyendo progresivamente a crear este clima de crispación y odio.

Hace dos días, curiosamente, escribía aquí, en mi columna de La Razón, que, aunque estaba en profundo desacuerdo con los recortes del Gobierno Regional a los funcionarios –ya que, entre otras muchas cosas, me afectaba en casa–, no pensaba ir a una sola manifestación porque la cosa se estaba saliendo de madre y se había ideologizado, manipulado y violentado todo en extremo. Lo que ocurrió ayer es la prueba palpable de esa violencia que se ha ido generando desde varios lugares.

Desde luego, y eso hay que decirlo muy, pero que muy alto, la gran mayoría de los manifestantes pacíficos que reclaman sus derechos de modo democrático no tiene que ver nada con esta agresión. Tengo muchísimos amigos y familiares que se han manifestado pacíficamente defendiendo lo suyo. Ellos, por supuesto, condenan este acto de violencia. No hay que culpabilizar ahora, como también algunos pretenden, a los funcionarios, ni aprovechar este hecho brutal para hacer política. Pero tampoco se puede pretender, como otros muchos parecen querer hacer ya, lavándose las manos y haciéndose las víctimas, separar esta agresión del clima de crispación política que se está produciendo en esta región de un tiempo a esta parte. Un clima al que contribuyen –casi por igual– políticos, sindicalistas y también periodistas y medios de comunicación.

Como todos hemos visto, durante estas últimas semanas un gran número de esos manifestantes –algunos también dirigentes y convocantes– han enarbolado pancartas con lemas y proclamas que no pueden ser calificadas sino de violentas. Frases que conducen al odio, efigies tachadas e incitaciones a actos vandálicos como el lanzamiento de huevos o el insulto y la injuria. Y, lo más sangrante de todo, el acoso personal de los gobernantes en el ámbito privado. Es cierto que éstos energúmenos quizá sean unos pocos –pocos bastantes, diría yo–, pero van los primeros, llevan las pancartas y son los que le ponen los títulos de crédito a la película de la manifestación. Unos títulos de crédito en los que se puede leer exactamente lo mismo que ayer gritaron los que agredieron a Pedro Alberto.

Cualquiera con dos dedos de frente sabe que la violencia también está en las palabras y las imágenes. No todos los manifestantes (ni mucho menos, ya lo he dicho y no me cansaré de repetirlo) tienen la culpa de esto (si no hubiera sido por estos imbéciles quizá yo también habría estado). Pero sí –rotundamente sí y sí– todos y cada uno de los que llevaron un cartel con la cara del consejero y una pancarta en la que ponía “sobrinísimo”. Todos y cada uno de los que repetían las proclamas con odio y rencor. Todos ellos, los que portaron, los que gritaron y los que rieron, son cómplices de la agresión. La violencia está en las palabras y está en las imágenes. De la voz al puño no hay más que una frontera muy lábil. Unos ponen la diana y otros atacan con las manos. La irracionalidad está en ambos. Y la violencia también.

Otra manera de hacer política y de manifestarse es posible. Una manera civilizada. Las elecciones están cerca. Los que no estén contentos con las medidas tomadas por el gobierno tienen las urnas para opinar. Y tienen la palabra para el diálogo y la negociación. Pero no para el odio y la violencia. Porque las palabras, como armas que son, las carga el diablo.

El chocolate del loro

No estoy en absoluto de acuerdo con los recortes del gobierno Valcárcel, por mucho que pueda entender las razones que llevan a efectuarlos. Me duele el bolsillo, pero me duele si cabe, mucho más, el recorte de derechos. Es cierto que quizá esos “privilegios” se habían adquirido de modo ficticio sobre un estado de bonanza artificial. Pero la sensación de quiebra de la creencia en la consecución de mejoras continuas es innegable. Aun así, tocándome de lleno, no iré a una sola manifestación. Me parece que las protestas están tomando un giro ideológico preocupante, con proclamas violentas y personalizaciones extremas y denunciables. Y luego, la cabeza de turco que han buscado, Cultura, me parece irrelevante. Vamos, como si el ínfimo presupuesto de cultura respecto a las demás consejerías fuese el causante de la crisis. Una carretera vale más que cuarenta Manifestas.

Uno puede estar más o menos de acuerdo con cómo se gestionan los recursos culturales, o puede compartir o no las prioridades de actuación de la consejería de cultura, diciendo que quizá en lugar de enfatizar en el arte contemporáneo se ponga el acento en la consolidación de tradiciones tan murcianas como la cría de petirrojo común, el silbo de la acequia o lo que uno quiera, pero lo cierto es que cultura, como cualquier consejería, tiene lo que tiene, y se gasta en función de eso. No se pueden mezclar churras con merinas. Los que creen que recortando en cultura se puede subir el sueldo a los profesores o se pueden contratar a más médicos es que no se han enterado de la misa la mitad. No nos engañemos señores. Cultura es, aquí y en Saigón, el chocolate del loro.

[Publicado en La Razón, 13/01/11]

10/1/11

Feliz Normalidad

Parece que va volviendo la normalidad. Con la vuelta al trabajo, se han ido las fiebres y también los sueños mortecinos (que siguieron repitiéndose algunos días después de la anterior entrada). En la agonía han caído algunas novelas excepcionales y otras no tanto. En esta Navidad pude leer lo último de Paul Auster (Sunset Park), que me ha gustado bastante. No es una obra maestra, pero desde luego muestra que Auster es un contador de historias como no hay otro igual. También me ha fascinado Punto Omega, de Don DeLillo. Una reflexión sobre el tiempo llena de frases que deberían esculpirse en los muros de los edificios. He leído también una novela fantástica que me ha parecido interesante: Mujer abrazada a un cuervo, de Ismael Martínez Biurrún. Me ha gustado menos que su anterior obra, Rojo alma, negro sombra, pero aun así es tremendamente recomendable. No lo tengo tan claro con Fin, de David Monteagudo, que, sin embargo, leí casi de un tirón y me tuvo enganchado un día sin salir. A pesar de esto, el final me parece tremendamente fallido y me suena a traición del pacto con el lector. Aun así, creo que hay que leerla. Pero sin duda, la novela que más me ha gustado de todas las que han caído esta Navidad ha sido Agosto, octubre, de Andrés Barba. La tenía guardada para una ocasión especial en la que pudiera dedicarle tiempo. Y no ha defraudado las expectativas. Ya había disfrutado (y me había quedado con mal cuerpo) con Las manos pequeñas. Pero ahora me ha llegado a emocionar realmente en algunos momentos. Hasta ahora, Agosto, octubre es la mejor lectura del 2011. Cierto es que apenas ha comenzado el año. Pero como marca a batir no está nada mal.

6/1/11

Año viejo

Estoy convencido de que el 2011 va a ser especial. Y es que la manera en la que ha empezado, al menos para mí, ha sido rara, rara, rara. Llevo desde el día de nochevieja con un catarro monumental que no me deja salir de la cama. Una fiebre continua durante siete días que me tiene el cuerpo hecho cisco. Y no hay manera de bajarla, tome lo que tome.

Pero lo raro rarísimo del asunto es que, también desde nochevieja, en cuanto me duermo (noche, siesta o cabezada) comienzo a soñar con todos mis difuntos. A veces están todos juntos (todos, mis padres, mis vecinos y la tía de mi madre) y a veces aparecen por separado. Y todos son conscientes de que han resucitado. Pero también saben que se trata de un momento fugaz, y enseguida comienzan a morir. Una segunda muerte que, en esta ocasión, es sin drama, como si aceptasen con resignación lo que se les viene encima. Y yo, mientras tanto, los miro y me pregunto por la necesidad de repetir ese trance, de resucitar tan brevemente para volver a morir.

No sé qué significan esos sueños (casi mejor no saberlo), pero lo cierto es que entre la fiebre y los muertos, el año nuevo ha llegado como un año viejo. Comienza una década y yo vuelvo a la década pasada, cuando aún no los había perdido a todos. Es como si estuviera hilando un capullo de seda con mis memorias. Espero salir de ahí con fuerzas renovadas. Lo que ya no sé es si el exoesqueleto y las alas de mariposa me sentarán demasiado bien.