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31/12/10

Fin de año

Se va un año largo, intenso, lleno de emociones y descubrimientos. Hice las Américas, descubrí la paz de los bosques de Nueva Inglaterra, volví a Murcia, me traje conmigo el sosiego y la calma (aunque a veces se me olviden en el cajón), redescubrí la música, descansé, trabajé, viajé, escribí, me divertí, reí y amé, y lo sigo haciendo (todos los días). Pero 2010 también se llevó a grandes amigos. Y en 2010 seguí añorando a quienes perdí hace ya más tiempo. Las risas estuvieron siempre atravesadas por las lágrimas, y en cada lágrima, sin embargo, afloró una posibilidad de futuro. Nada nuevo, pero todo sorprendente. La vida sigue y seguirá igual. Igual de hija de puta, pero también igual de maravillosa.

27/12/10

Piratería expandida

Hay un cuento de Italo Calvino, “La oveja negra”, que habla de un país donde todos eran ladrones. Un país en el que todo iba bien hasta que llegó un hombre honrado que, al no querer robar, desestructuró y desequilibró una economía fundada en el libre intercambio y la mutación constante de la riqueza. Entre otras cosas, esta historia nos habla de cómo toda ley es contextual y debería fundarse a partir del consenso de la mayoría. Las leyes, igual que las prácticas éticas, deben partir de la experiencia y no imponer un orden restrictivo que convierta a la excepción en norma. Eso es, sin embargo, lo quiere hacer la Ley Sinde, restringiendo la libre circulación de contenidos en Internet a través del privilegio de la excepción.

Cuando todos somos tratados como delincuentes o piratas, lo que hay que cambiar es lo que entendemos por piratería y delincuencia. Las transformaciones estructurales y tecnológicas introducen también cambios de mentalidad. Sin embargo, aquí parece que nada de esto se ha entendido. Con la invención de la imprenta, los copistas de libros vieron su hegemonía restringida. Y seguro que muchos habrían querido que las imprentas cerrasen o que, en todo caso, tuviesen un ritmo de impresión lento y acomodado a las posibilidades de la copia manual. Afortunadamente, esto no fue así, aunque se perdiese un trabajo y una tradición. Lo que ocurrió fue una revolución, un cambio fundamental en la historia de Occidente que modificó todas las estructuras conocidas. Hoy vivimos en una revolución si cabe mucho mayor. Y no podemos seguir legislando con la cabeza –y el bolsillo– anclados en el pasado.

Sin duda, necesitamos una regulación, sobre todo para que no se lucren las que se están llevando el pastel (que son las operadoras y algunas webs que reciben publicidad), pero lo que no se puede pretender es castrar todo un mundo de posibilidades democráticas. Es necesario repensar el sistema de propiedad intelectual y buscar modos alternativos de retribución por producciones culturales. Si hay gente haciendo negocio con películas, música y libros (esto menos, la verdad), quizá los productores culturales tendrían que tomar ejemplo aquí del enemigo y buscar maneras semejantes de comercio de sus productos. Lo que queda a la vista con las nuevas tecnologías es la plusvalía absoluta que queda en los antiguos modos de producción y distribución. Un libro electrónico o una película se puede vender por 1 euro y es un negocio rentable. No se puede pretender, como hacen las editoriales, o el iTunes de Apple, que alguien pague 12 euros por un libro electrónico (3 menos que en papel) o 3'99 euros por alquilar una película. Eso se llama "querer hacer negocio", y querer ganar mucho dinero. Un libro electrónico no tiene los costes de producción, distribución y almacenaje de un libro físico, igual que una película o un disco. Habría, por supuesto, que cambiar los modos de comercio. Las nuevas tecnologías nos llevan hacia economías diferentes que transforman los sistemas establecidos. Esto sería lo deseable. Y son muchos los que apuestan por eso. El problema de todo esto es que, aunque nos digamos todos progresistas y democráticos, todavía estamos anclados en regímenes de singularidad y de comercio que están desapareciendo.

Lo triste es que sea precisamente el mundo de la "cultura" (supuestamente progresista y democrático) el que abandere la lucha en favor de la propiedad (privada) intelectual. Eso demuestra que las industrias culturales son eso, industrias. Y que la cultura, en el fondo, no es sino un producto más del espectáculo del entretenimiento. Eso ni es bueno ni es malo, sino que es una realidad. Que esto de la cultura comprometida es sólo una milonga, un barniz que da brillo a una economía especulativa que es plusvalía pura, igual que la del arte (que sería para otro post, porque es, con mucho, la más perversa de todas). Lo que ocurre aquí es que los actores y cantantes pierden su parte del pastel. Y aquí los que más pierden son los que más tienen. Porque no nos engañemos, los verdaderos interesados son los que viven muy bien de esa plusvalía. Intuyo que Alejandro Sanz seguirá teniendo esta Navidad para comprar el pavo, y a Javier Bardem no le faltará para las langostas. Que sean los de las mansiones en Miami y los Ferrari en la puerta los que nos acusen a los demás de piratas es algo que habría que pensar con detenimiento. Y que, luego, esos mismos (con la misma cara de víctima) critiquen la expansión del capitalismo y aboguen por un mundo justo sin pobreza ni diferencias es algo que ya acaba tocando las narices.

24/12/10

Hostias, una performance, no me jodas

En un post anterior, comenté aquí el estado de paranoia artística que se había instalado en Murcia con Manifesta, donde cualquier cosa de la calle era susceptible de ser confundida con una obra de arte. Otro de los efectos colaterales de esta extensión del arte a la vida cotidiana es también la naturalización de lo excepcional y la asunción del lenguaje artístico como lenguaje común. Es decir (en cristiano), que ya a nadie le extraña encontrarse manifestaciones artísticas en plena calle, y que ya cualquiera maneja la terminología del arte contemporáneo con una propiedad sorprendente.

Un ejemplo de esto que digo sucedió ayer, en la Plaza del Cardenal Belluga, en el curso de la acción "40 minutes standing", del artista suizo Thomas Zollinger. La acción consistía en estar 40 minutos de pie ("de pie plantón", como se dice en murciano) siendo consciente del espacio y sin hacer nada. Una especie de interrupción en el ritmo cotidiano a través de la parada improductiva que frena el flujo cada vez más rápido del tiempo moderno. Para la acción, Zollinger contó con varios voluntarios, entre ellos, un servidor. Bien, pues el caso es que mientras estábamos de pie, parados, casi como estatuas, un camión de ingeniería urbana del Ayuntamiento intentó cruzar la plaza y no pudo hacerlo. Se paró justo detrás de mí, y desde el interior del camión pude escuchar una frase que hizo que casi se me saltasen las lágrimas de emoción: "hostias, una performance, no me jodas." Acto seguido, el conductor se bajó y esperó a que la cosa acabase, asumiendo todo aquello como lo más normal del mundo. La naturalidad con la que pronunció el término "performance" me pareció ayer la verdadera obra de arte del día. Esa sin duda fue la acción más rompedora. Por un momento, tuve la sensación de estar viviendo en el pueblo de Amanece que no es poco o en CiudadK. Las cosas, desde luego, están cambiando. O como dijo una señora mayor que paseaba a su nieto: "mira, estos señores están haciendo una obra de arte. Por lo menos no hacen daño a nadie".

19/12/10

Filtraciones ficcionales

En un reciente artículo sobre Wikileaks, se pregunta Umberto Eco por qué han hecho tanto daño las filtraciones de la web si es algo que ya se ha publicado de otra manera o que corre de boca en boca ya desde tiempo atrás. Y sostiene que el verdadero escándalo no está en la información en sí, sino en su repetición pública y, sobre todo, en la puesta en evidencia de los fallos de seguridad en el sistema de la diplomacia americana. Desde luego, esto es así en cierto modo (aunque no exactamente la cuestión de la publicación), pero sobre todo lo es en el primer punto de su argumentación: que lo que dicen los papeles de Wikileaks es algo que ya todos, más o menos, habíamos imaginado. Y esto es lo que me parece más curioso, porque algunas de las filtraciones (y no me refiero a las banales) son tremendamente graves. Perversiones extremas (tráfico, extorsión, chantaje, manipulación) que, sin embargo, no nos sorprenden en absoluto.

Parece ciertamente que estuviésemos curados de espanto, o que hubiésemos visto ya esa película. Y esta es la clave, que todo es demasiado peliculero. Se dijo del atentado de las torres gemelas que ya lo habíamos visto antes en la ficción y que eso atenuaba su impacto porque lo situaba dentro de una misma secuencia de imágenes que imponían sobre la realidad un imaginario ficcional. Las filtraciones de Wikileaks se encuentran también dentro de esa secuencia espectacular. Más que a la realidad, responden a un modelo fílmico. Es imposible pensar en todo lo que está sucediendo sin atender a nuestro imaginario construido por las películas de espías y de conspiraciones globales. Desde luego, parece claro que hoy es la realidad la que imita a la ficción.

[Publicado en La Razón, 17/12/10]

14/12/10

Cosas, textos y música

Parece ser que la maratón de textos, conferencias y ponencias varias va llegando a su fin. Estas cuatro semanas pasadas han sido de aúpa, aunque, si me pongo a pensar, es posible que otros años haya estado incluso peor.No sé cómo lo hago, pero lo cierto es que los noviembres y los diciembres siempre vienen cargaditos de trabajo. Al menos, este año parece que la navidad –y toco madera– puede ser más tranquila que en otras ocasiones.

Creo que he hecho en estos dos meses el trabajo de todo el año. Y no exagero. En total han sido: tres textos de catálogo (dos de ellos largos, largos), dos artículos para revistas importantes (con la responsabilidad que conllevan), tres reseñas largas, cuatro conferencias (dos de ellas, al menos, parecidas), dos comunicaciones, aparte, claro está, de la columna semanal de La Razón, algunos textos eventuales y, por supuesto, las clases de la universidad, dos asignaturas este cuatrimestre que se llevan su tiempo.

Con todo este trajín, desde el 1 de octubre no toco la novela. Me he apuntado a un curso de escritura creativa y en estos tres meses apenas he podido hacer nada con fundamento. Sólo escribir algún ejercicio en los ratos libres entre texto y texto. Tampoco he vuelto a la esgrima. Ahí tengo el traje nuevo muerto de risa. Y unas ganas terribles. Y, por supuesto, he parado casi por completo el ritmo de lectura de novelas. Me he tenido que concentrar en la lectura de ensayos para los textos que iba escribiendo. Y apenas tres novelas han caído en estos últimos meses. Ya las comentaré («Nada es crucial», de Pablo Gutiérrez, es una obra maestra). Se me van almacenando libros y libros por leer. Paul Auster me espera en una semana.

Lo único que no he abandonado del todo ha sido la música, aunque tampoco he podido dedicarle todo el tiempo que me hubiese gustado. Me compré un sintetizador Korg M50 y aún sigo intentando hacerlo sonar, después de leer las casi 500 páginas del manual de instrucciones. Ahora, a la vejez, me ha dado por el pop (o como quiera que se llame sea esa música que es más fácil que la de Rachmaninov, pero que se pega más). B-Clara sigue ensayando todos los martes. Ya llevamos casi diez canciones. El ritmo de composición es frenético. La calidad ya es otra cosa. Yo, que me creía transgresor y destroyer, resulta que para eso de la música pop he salido un ñoño de narices. Estoy poniendo música a algunos poemas del bebedor de lágrimas y a algunas cosas de Infraleve y Demasiado tarde para volver. Letras depresivas y músicas facilonas. Una mezcla entre un Win Mertens venido a menos y una Casa Azul que no llega a ser tienda de campaña descolorida. Aun así, me lo paso en grande y no lo cambio por nada.

Y, por si fuera poco, ahora a los Ginger Lynss se les ha averiado el teclista y me ha dado por tocar con ellos. Sólo hemos ensayado una vez, y su música no tiene nada que ver con lo que yo tengo en mente, pero, de nuevo, me lo he pasado genial y casi se me caen las manos al suelo de tanto tocar. Un subidón de adrenalina en toda regla.

En cuanto el próximo sábado dé la última conferencia y entregue el último texto, prometo que hasta bien entrado el 2011 (con la salvedad de una cosa ya comprometida, y las clases, faltaría más), me dedicaré en exclusiva a la música y a la ficción.

12/12/10

El fin de la mediación

Entre las cuestiones que pone sobre la mesa el caso Wikileaks, se encuentra la de la suspensión de toda mediación entre el dato y el lector. Wikileaks puentea a los medios tradicionales de difusión de información y pone las cosas todas juntas al alcance del receptor. Este fin de la mediación es también el fin del periodismo tal y como lo entendemos. Y es que una de las cosas básicas que caracteriza al periodismo es la conciencia de que la información debe ser seleccionada. La propia selección ya es ideológica. Pero lo contrario sería un caos donde cualquier cosa tendría el estatuto de noticia. El periodista debe mantener ahí un equilibrio ético. Con el caso Wikileaks esta función clave del periodismo está siendo desmantelada. Y lo más grave es que en muchos medios tradicionales que se hacen eco del fenómeno esta falta de criterio de selección se ha convertido en moneda común.

En la portada de algunos periódicos “comprometidos” se reproduce, por ejemplo, ese archivo de cotilleos internacionales poniéndolo todo al mismo nivel, tanto las ventas de armas entre países “enemigos” como las miradas esquivas de Pepiño Blanco al dar la mano. En estos medios se produce, sin embargo, una falsa sensación de transparencia o de ausencia de mediación. Porque desde luego la mediación siempre está, aunque se presente bajo la imagen de la arbitrariedad. Lo curioso es que todo está supuestamente a nuestra disposición. Ya no habría noticia, ni novedad. Pero los periódicos lo han entendido de modo diacrónico y temporal. Y cada día nos salen con una cosa nueva que ya no es tan nueva. La mediación y elección de la información se han convertido ahora en temporización y dosificación.

[Publicado en La Razón, 10/12/10]

11/12/10

Seis

Seis años viviendo con womahn (más otros seis de previa). Felicidad, amor y complicidad. No podría imaginarme otra manera de vivir.
Aunque, a veces, parezcamos dos, en realidad somos uno.
Uno-con-el-otro.

4/12/10

La paparazzización difusa

La figura del paparazzi es una de las más controvertidas del “periodismo” contemporáneo. Su función es acechar al famoso para fotografiarlo cuando éste menos se lo espera. Durante los años ochenta y los noventa, estos fotógrafos de la vida privada tuvieron su momento de gloria. Sin embargo, con la democratización de las tecnologías de comunicación, su importancia ha disminuido y su función se ha extendido a todos los lugares de la vida cotidiana: hoy todos vamos cargados con nuestros móviles y cámaras digitales dispuestos a fotografiar a cualquiera que se nos cruce en el camino. Los famosos ahora tienen que andar con cuidado; están controlados en todo momento. Las estrellas de cine ya no pueden salir a la calle sin maquillaje, porque cualquiera puede fotografiarlas y hacer circular las fotos por Internet.

Asistimos a una suerte de paparazzización del mundo, una prisión panóptica para famosos. O, peor, para todos. Porque hoy, aparte de ser todos paparazzis, también somos todos famosos. La proliferación de redes sociales como Facebook o Tuenti ha hecho que cualquier persona anónima se pueda convertir en personaje público. Igual que les sucede a los famosos, hoy ya nadie puede hacer excesos. Siempre hay alguien cámara en mano dispuesto a etiquetarnos en Facebook y hacer que nuestro impúdico comportamiento se publicite y aparezca en la red a la vista de todos. Esa “pulsión de etiquetado”, de “fotografiar y compartir” hace que debamos tener mucho cuidado a la hora de comportarnos en el espacio público. Un espacio que ahora se ha expandido a cualquier lugar en el que una cámara cerca, aunque sea una cena en la casa de la abuela. El panóptico 2.0. ha llegado. A partir de ahora tenemos que andarnos con “ojo”.

[Publicado en La Razón, 3/12/10]