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25/11/10

The one you love

Ayer volví a poner en clase Sick. Vida y muerte de Bob Flanagan, supermasoquista, la película de Kirby Dick sobre la vida (y sobre todo la muerte) de este artista excepcional. No volveré a hablar aquí de lo que me parece la obra de Flanagan. Me sigo ratificando en lo que dije un post anterior. Lo que sí me gustaría decir es que, de nuevo, me he vuelto a emocionar tremendamente con la película. Más allá de las imágenes impactantes (como la de la performance Nailed, en la que en primer plano vemos a Flanagan clavarse el pene en un tablón de madera), la emotividad está en la coherencia y autenticidad de Bob, y en su manera de afrontar la enfermedad y la muerte. Y en el modo en el que la muerte al final, después de haberla esperado tanto, se vuelve totalmente incomprensible: I don't understand, dice Flanagan. Pero sobre todo los ojos se me volvieron a humedecer al escuchar al final de la película la voz de Bob recitando "Why?" (su fundamento ético) sobre el fondo de imágenes de su infancia. La última frase me ha retorcido por dentro.
"Why? Because it feels good,
because it gives me an erection,
because it makes me come,
because I'm sick,
because there is so much sickness,
because I say "Fuck the sickness."

(...)

Because it is an act of courage,
because it does take guts,

because I'm proud of it,
because I can't climb mountains,

because I'm terrible at sports,
because no pain, no gain,
because spare the rod, spoil the child,

because you always hurt
the one you love.

18/11/10

Coge el dinero y corre

No he dicho aquí nada del "caso Santiago Sierra". Son varios ya los que me han dicho que me posicione sobre lo que opino acerca del desplante que Sierra hizo al Gobierno tras la concesión del Premio Nacional de las Artes. Copio aquí lo que publiqué en el periódico la semana pasada y le añado un comentario para ampliar algunas cuestiones:

"Las semana pasada se le concedió el Premio Nacional de las Artes Plásticas a Santiago Sierra, un artista cuya obra, sin duda alguna, es una de las apuestas más arriesgadas, incisivas y problemáticas del panorama artístico contemporáneo. Sierra trabaja siempre poniendo en jaque al sistema, pero manchándose las manos: explotando, remunerando y utilizando a seres humanos para sus obras, exactamente igual que lo podría hacer cualquier empleador contemporáneo. Su obra, por tanto, reproduce –y hace visible– situaciones que tienen lugar todos los días. Cuando me enteré de la concesión del premio, intuí enseguida que Sierra iba a aprovecharlo para “afrentar” a un gobierno que parecía no haber sido consciente de a quién premiaba. En efecto, Sierra rechazó el premio y montó un escándalo, acusando al sistema de amiguista y querer “acogerlo” dentro de una comunidad a la que accedía con este pago “por servicios prestados”. La jugada, si uno lo piensa bien, es perfecta para el artista. Su obra es reconocida públicamente, pero su carácter –y caché– de artista “político” crece al rechazar el premio. Y el gobierno también gana en cierto modo, ya que es respondido con este gran escándalo mediático que, sin embargo, legitima el premio en su propio rechazo. Lo que yo me pregunto es si la postura de Sierra ha sido coherente con su arte, que pretende reproducir el sistema sin situarse fuera de él, sin ser, como es habitual en el arte político, el bueno de la película. Quizá habría sido mucho más consecuente con esa lógica rechazar el premio, pero quedarse con los 30.000 euros. Sierra debería haber seguido la máxima, menos ética –él nunca lo ha sido– de “coge el dinero y corre.”

[Publicado en La Razón, 112/11/10]

Comentario:

Cuanto más lo pienso, más claro tengo que el rechazo no ha sido consecuente con su obra.Pero no pienso, como muchos, que también debería haber rechazado el trabajo en el Pabellón de la Bienal (aunque como él mismo ha observado se trataba de un trabajo –remuneración– y no de un premio), sino que debería haber aceptado el dinero del Ministerio. Aceptar el dinero no significa –como él sabe– aceptar las condiciones. Lo que no puedo comprender de ninguna de las maneras es que Sierra haya caído en algo tan burdo y fácil como la identificación entre gobierno y poder, y diga, sin sonrojarse, frases como: "nunca daré la mano a cómplices de la barbarie bancaria y militar". ¿Desde cuándo el mundo del arte, del que Sierra participa vorazmente, está alejado de esos lugares de poder que contribuyen a la barbarie? Ya en los años setenta artistas como Robert Morris se dieron cuenta de que el arte era cómplice de la guerra y la barbarie, que el artista no era alguien puro, sino una parte más dentro del sistema. Yo había pensado –y por eso la obra de Sierra me interesa– que Santiago era consciente de esta impureza, que sabía que no hay un afuera desde el que se pueda hablar con las manos limpias. Pero ahora resulta que nos ha salido ético y puro. Quizá eso, desde un punto de vista social, habría que valorarlo (un no bajarse los pantalones ante el reconocimiento), pero desde luego no es nada consecuente con su obra, al menos tal y como yo la he entendido. La carta enviada es de una ingenuidad absoluta. Quiero pensar que se trata de una performance perversa y que está jugando con todos nosotros. De lo contrario, ese reclamo de la postura ética y la integridad moral –viniendo de un artista como Sierra, al que admiro profundamente– me retuerce por dentro.

13/11/10

El lenguaje herido

De nuevo vuelvo a dejar de lado este no(ha)lugar. Ha sido una semana intensa, con mil cosas, pero también ha sido un tiempo para encontrarse con amigos a los que hacía tiempo que no veía. En Madrid parlamenté de Walter Benjamin en el Congreso de estética y creo que más o menos la cosa salió aceptable. Volví a ver allí, aunque fuese de refilón, a algunos colegas. Al final, esto de los congresos es una excusa para volver a encontrarse. Cada vez es lo que más me importa, la afectividad, el encuentro con amigos, el estar rodeado, aunque sea momentáneamente, de buena gente.

De Madrid a Barcelona, y de Walter Benjamin a José Luis Brea. Esto ha sido mucho más difícil. De hecho, creo –estoy convencido– que es la conferencia más difícil que he dado en mi vida. ¿Cómo hablar sobre un amigo y un maestro? ¿Y cómo hacerlo articulando la distancia que posibilite la enunciación? Difícil. He comenzado con valentía, entrando con un texto poético sobre la distancia y la potencia del lenguaje, creyendo que así, de algún modo, con el texto, sin mirar nunca a nadie a los ojos, podría aguantar. Pero conforme avanzaba en la lectura, conforme levantaba la vista, conforme era consciente de que estaba hablando de alguien tan cercano como José Luis, he sentido progresivamente el peso de lo real, y las palabras han ido desarticulándose, el lenguaje ha comenzado a espesarse y apenas he podido balbucear algunos de los argumentos que quería exponer. Las palabras –aquellas que había escrito y repasado– se han vuelto extrañas, y mi propio lenguaje se me ha demostrado como ilegible. He pasado en un día de la elocuencia y la solvencia al hablar de Benjamin al balbuceo y el tartamudeo al hablar de Brea. Ni siquiera en las preguntas o en los comentarios me he sentido a gusto. Era como si el lenguaje no me perteneciese. En todo momento me he visto desde fuera, como si el cuerpo que hablaba y se enredaba una y otra vez en las mismas cosas no me perteneciese. Incluso después, incluso ahora, sigo sin dar del todo el habla. Es extraño, tremendamente extraño. Desde luego, me he dado cuenta de que aún no estoy preparado para hablar sobre ciertas cosas, y que la distancia aún es imposible. Como decía en la charla, en el combate entre el lenguaje y la experiencia, la palabra siempre queda herida. La mía ha sido hoy una palabra tambaleante, sangrante, enmudecida, que ha querido proclamar una y otra vez la admiración y la amistad, y que lo ha hecho, pero no a través de la elocuencia, sino del balbuceo de un niño.

A pesar de todo, ha sido un día muy importante. Hablar de José Luis es difícil, pero sobre todo es necesario. Por eso hay que agradecer la magnífica iniciativa de la Asociación Catalana de Críticos de Arte. Hay que comenzar a intentar poner las cosas en su sitio, a tomar consciencia del alcance de sus propuestas, de la belleza de su lenguaje, de la potencia de su discurso, del verdadero lugar que ocupa en la historia de las ideas, en la teoría de la cultura. Brea ha sido nuestro Benjamin. Como sugería Pep Agut, pertenece sin duda a la estirpe de estos grandes pensadores. El tiempo nos irá dando la razón.

Por otra parte, estos días, he vuelto a leer sus textos y me he dado cuenta de que estaban llenos de ideas que yo había creído mías. Sabía que mi modo de entender el arte y el mundo era deudor en muchos aspectos de su obra, pero no sabía en qué medida. Y me he sorprendido al encontrarlo ya todo allí de un modo u otro. Cosas incluso que yo creía que eran creencias subjetivas totalmente particulares. Es como si los detectives de Inception las hubiesen puesto en mi cabeza y yo las hubiese in-corporado. Esto me frustró en un primer instante –al mismo tiempo que hizo crecer mi admiración–, pero en seguida comencé a comprender que esa es la magia del pensamiento, el modo en el que las ideas viajan, se transmiten, casi como un virus, se incorporan, se transforman y se metabolizan, convirtiéndose en verdadera potencia de transformación, en fuerza de acción. Estoy seguro de que cuanto más lea sus textos más cuenta me daré de que las ideas que he metabolizado estaban ya –de un modo otro– en su pensamiento, y en su escritura. Creo que aún no somos conscientes de todo el trabajo que nos ha legado y sobre el que debemos seguir trabajando, volviendo a leer, volviendo a comprender, volviendo a llegar a ese lugar que siempre está llegando. Nuestra tarea debería ser, de algún modo, la de "comenzar a llegando".

4/11/10

Columna SalonKritik. Tiempo-cero/experiencia-cero.

[Originalmente en Salonkritik]

Toda producción cultural está sometida a una lógica del tiempo que le retira a medio plazo su fuerza transformadora, absorbida por el sistema general de organización de los mundos de vida –en tanto forma institucionalizada. […] Es necesario transformar radicalmente la forma contemporánea de la cultura si se pretende que recupere su poder simbólico, de organización y transformación de los mundos de vida. Es tarea del programa crítico combatir con todas las armas posibles el proceso de sistemática banalización y depotencialización simbólico de la cultura. -José Luis Brea.

Últimamente, se compara una y otra vez la literatura con las artes visuales. Este nuevo y remozado Ut pictura poesis está, sin duda, dando lugar a uno de los debates más fructíferos del panorama teórico contemporáneo. Partiendo de esa relación creciente, en este breve texto quisiera llevar el debate otro aspecto en el que la comparación que también podría resultar interesante: la experiencia de la lectura de la obra literaria y la experiencia de la contemplación de la obra visual. La tesis que me gustaría defender aquí, es que en el mundo contemporáneo estos dos niveles son totalmente incomparables, pues mientras que seguimos leyendo los libros, hemos dejado ya de contemplar –de leer– las obras de arte. Como digo, aún seguimos leyendo libros, entendiéndolos mejor o peor, pero completando un proceso de lectura que, por lo general, es el requerido por el autor. Aunque ninguna lectura satisface la expectativa del autor –y aquí deberíamos aludir a la estética de la recepción y a las nociones de lector ideal–, y aunque, por supuesto, cada lectura está condicionada por un contexto y una historia, y hay lecturas más informadas que otras; aunque todo esto ocurra en el ámbito de la literatura, hoy a nadie –a muy pocos, la verdad– se le ocurre decir que ha “leído” un libro, y menos hacer una crítica literaria, si tan sólo lo ha hojeado por encima. Esto, que no es sino de sentido común, apenas sucede en el ámbito de las artes visuales, donde el tiempo requerido para la contemplación de la obra es mayor que el tiempo del que muchas veces disponemos para verla.

En un mundo saturado de estímulos y actividad, como el presente, apenas hay tiempo para ver las obras de arte con el detenimiento y profundidad que sería necesario. Si uno lo piensa bien, la experiencia que tenemos en un museo, en una bienal, en una exposición de arte, se parece mucho más a la experiencia de hojear un libro que a la experiencia de leerlo. Llegamos a la exposición, deambulamos entre las obras y, con las mismas, salimos hacia otro lugar. Eso recuerda bastante a lo que uno hace en una librería ante la mesa de novedades. Mira la portada de un libro, lee el título, si le interesa algo, lee la contraportada y la solapa, en ocasiones incluso lo abre y lee la primera frase, y hasta puede llegar a leer un fragmento o alguna página que otra si dispone de tiempo. Esa experiencia ante el libro, por supuesto, no es la experiencia de la lectura. Si uno tiene verdadero interés en el libro, lo compra y lo lee en casa con tranquilidad. Lo que ocurre en gran parte de las exposiciones de arte contemporáneo –pero también de arte en general– es que ese segundo momento después de hojear el libro, el momento de lectura, no existe o progresivamente ha sido suprimido por un déficit de tiempo. Evidentemente, estamos ante diversos modos de existencia de los objetos –modos alográficos y autográficos en el sentido propuesto por Gerard Genette– y no podemos llevarnos la obra de arte a casa –aunque cada vez más esto sea puesto en cuestión con el vídeo y otros formatos artísticos en los que lo autográfico es ya apenas un residuo fantasmático de un tiempo que ya no es el nuestro–. Como digo, no se trata de que no leamos la obra porque no podamos llevarla a casa sino porque no tenemos tiempo material para hacerlo. Se ha comprobado de varias maneras que el tiempo medio que uno está ante una obra de arte no es superior a los dos minutos, llegando a los diez en los casos extremos, y al mero vistazo, la ojeada, en la mayoría de las ocasiones... Seguir Leyendo

1/11/10

Recordación

Por la noche soñó que lloraba. A la mañana siguiente, las lágrimas le habían tapiado los ojos, y ya nunca más pudo despertar.