30/10/10

Paranoia artística (¿Arte o cosa? II)

La semana pasada hablaba aquí de lo fácil que es confundir el arte contemporáneo con cosas que no son arte. Esta semana me gustaría seguir reflexionando sobre esta cuestión, pero moviéndome hacia el otro extremo: el de las cosas que no son arte y que sin embargo pueden parecerlo. La cantidad de eventos artísticos que están teniendo lugar en Murcia en las últimas semanas parece haber provocado en muchos murcianos una especie de paranoia artística que les hace ver obras de arte por todos lados. Ya son bastantes los que han confundido cosas tiradas por el suelo con instalaciones, o mendigos durmiendo con performances, aunque quizá lo más llamativo fue lo sucedido a algunos visitantes extranjeros de Manifesta, que, al pasar por delante del juzgado y ver allí la que había montada en torno al concejal Berberena, creyeron que todo se trataba de una gran performance y estuvieron un buen rato esperando a ver qué sucedía.

Que estas cosas nos ocurran a los aficionados al arte, que estamos algo sugestionados, todavía tiene pase. Pero lo verdaderamente extraño es que la paranoia haya llegado a otro tipo de sujetos que nada tienen que ver con el entorno artístico. El otro día, sin ir más lejos, escuché a dos policías una conversación que jamás habría creído posible en Murcia. Ante un coche mal aparcado cerca del Antiguo Edificio de Correos, un agente le preguntaba al otro: “–oye, ¿tú sabes si esto es alguna performance de esas?” “Que yo sepa, no”, le respondió el otro. “Pues entonces se va a comer una multa del quince”. Es curioso, pero parece que se nos ha despertado una nueva manera de mirar a lo que nos rodea. Y bien pensado, esa es la pretensión del arte moderno desde un principio: mirar de nuevo al mundo para habitarlo de un modo diferente.

Santiago Sierra, Obstrucción de una vía con diversos objetos, Limerick, Irlanda, marzo de 2000.

[Publicado en La Razón , 29/10/2010]

29/10/10

Estados semanales

De un tiempo a esta parte, con esto del microbloggig FTT (facebook, twitter y tuenti) ya casi no escribo aquí. La vida semanal se puede resumir en estados de facebook. Triunfo de lo infraordinario –Perec dixit–:

- Después de toda una vida utilizando Office by the face, por fin he comprado una copia legal. La versión 2011 de Mac. Me da hasta no se qué abrir la cajita amarilla. Por primera vez, voy a acabar un texto en software legal. Hasta ahora todos mis escritos han sido piratas.

- Mira que yo soy merengue con ganas (defectos que tiene uno), pero en estos casos ni el corazón dividido ni nada: murcianista hasta la médula. Qué alegría más grande nos han dado los chavales. Y qué cabreo más grande tienen que tener los chicos maravilla.

- Adiós al pulpo Paul. No sabemos si supo predecir su muerte. Ahora habrá que rescatar a Paco Porras del olvido y acostumbrarse a no pasar de cuartos.

- Fantástico el Tricicle. Hacía tiempo que no me reía tanto. Garrick es un espectáculo redondo. Y los últimos sketches en homenaje a los treinta años son de romperse el estómago riendo. Y sin decir ni pío.

-Hoy en clase he hecho el peor chiste de mi vida. Hablando sobre el expresionismo alemán: Sí, Die Brücke... como Jesulín.

-Intentando poner orden en el caos a lo Indiana Jones: en busca del "arjé" perdido.

-Chuck Norris se da de baja de Vodafone con una sola llamada.

- Acabo de jubilar mi viejo iMac blanquito. Se había vuelto perezoso y lento. El nuevo es más rápido y potente, pero yo siempre echaré de menos su blancura minimalista y seductora. Bye bye my dear.

24/10/10

¿Arte o cosa?

La semana pasada escribía aquí que para ver el arte contemporáneo es necesario aprender los códigos con los que está realizado y conocer el mundo que rodea a las obras, que ya no nos vale con la mirada, y que a una obra de arte hay que hacerle una serie de preguntas que nos dan la clave de su significado: por qué, cómo, de dónde, con qué intención… Si no hacemos eso, corremos el riesgo de que confundir las cosas. Y escribo esto porque esta semana alguien ha colado una obra de arte “falsa” en Manifesta. Me he podido enterar gracias a la foto de un amigo en Facebook. Pero lo que me ha sorprendido no es que la artista, Flora Debord (nótese la alusión situacionista), colase la obra, sino que alguien se percatase de ello. Según me cuentan, fue uno de los guardias de seguridad quien lo advirtió: aquello no le sonaba demasiado. Un diez para él. Yo no me habría dado cuenta. Y es que en el mundo del arte contemporáneo cualquier cosa puede llegar funcionar como obra de arte. Pero que algo pueda funcionar como arte en un contexto y una situación determinada no tiene nada que ver con que sea mejor o peor. Y esto es fundamental: debemos comenzar a manejar una definición neutra del término arte y a quitaros de la cabeza esa idea según la cual al nombrar a una cosa como arte le damos una serie de valores y cualidades superiores al resto de las cosas. Estamos aquí ante dos sentidos que a veces se confunden: uno clasificatorio y otro evaluativo. Decir de algo que es arte es clasificarlo dentro de una categoría de cosas. Decir que es mejor o peor es entrar en el ámbito del juicio crítico. Y para eso hay que pedirle a la obra los papeles.

[Publicado en La Razón, 22/10/10]

17/10/10

Saber ver

Estos días son muchos (varios miles ya) los que se acercan a ver las obras expuestas en las numerosas sedes de Manifesta. Hay algunos que sólo van a ver los espacios recuperados (como el antiguo edificio de Correos o la Prisión de San Antón), pero la mayoría llega para contemplar las obras que allí se exhiben. Y la sensación con la que salen bastantes espectadores es la de no entender del todo aquello que tienen delante de los ojos. Hoy me gustaría dejar claro que esta sensación de frustración, que ocurre también ante gran parte del arte contemporáneo, se debe esencialmente a una confusión respecto al arte: la creencia de que podemos situarnos frente a una obra de arte y, sin hacer ningún tipo de esfuerzo, ésta se abre inmediatamente ante nosotros. Y no es así, ni mucho menos.

Pasearse por las salas mirando las obras como quien mira escaparates, buscando algún tipo de revelación, es lo mismo que entrar en una biblioteca y dedicarse a observar los lomos de los libros. Evidentemente, uno no entiende nada. Para comprender un libro hay que abrirlo y leerlo. Y con el arte ocurre lo mismo. El problema es que, por lo general, no estamos familiarizados con el lenguaje en el que se nos habla. Pero para eso están precisamente los guías y los mediadores, para contarnos aquellas cosas que no se ven y poder así disfrutar de lo que se ve. Ése es uno de los puntos fuertes de Manifesta, la puesta a disposición del público de un gran número de herramientas educativas que ayudan (de verdad) a comprender el arte. Desde aquí animo a todo el mundo a visitar las exposiciones. Pero animo aún más, si cabe, a escuchar, a abrir los oídos, a leer, a dejarse enseñar, a volver a aprender.

[Publicado en La razón, 15/10/10]

12/10/10

Resurrección

Después de quemar la cruz, el pescador encontró entre las cenizas el esqueleto de una pequeña paloma. Del otro cuerpo no quedaba resto alguno.

10/10/10

Comenzando Manifesta

Estos días han vuelto a ser de locura. El jueves se inauguró Manifesta 8 en Murcia y, entre una cosa y otra, no he parado en casa. Aún no he podido ver todas las sedes, pero lo cierto es que me está gustando bastante lo que estoy viendo. Por supuesto, hay de todo. Hay obras prescindibles, como pasa en los grandes eventos, pero también hay obras muy buenas y proyectos realmente serios y trabajados. En las próximas semanas iré dando aquí buena cuenta de algunas de las reacciones a las obras, eventos y exposiciones.

De momento, lo único que puedo decir es que me siento un privilegiado. Con independencia de lo conveniente o no que pueda resultar este evento «en este lugar-en este momento» (eso sería otra discusión, que también podemos llevar a cabo en este no(ha)lugar), lo cierto es que, hablando desde un punto de vista egoísta, tener Manifesta en Murcia es todo un privilegio para los profesionales y los aficionados al arte contemporáneo. Pienso estos días sobre todo en los alumnos de Bellas Artes que acaban de comenzar la carrera y se encuentran, así de sopetón, con un «monstruo» como Manifesta en su Región. Probablemente aún no sean conscientes de lo que eso significa, pero tener tres meses para ver obras, para asistir a seminarios y conferencias, para observar de cerca una bienal de arte importante... es una oportunidad que nadie debería perderse. Ningún aficionado al arte, ningún estudiante de Historia del Arte, ningún artista, ningún galerista, ningún profesional del mundo del arte de la Región debería dejar pasar de lado el evento. Y todos deberían intentar sacar ventaja de esto, aprovechar al máximo la situación (cada uno en su ámbito). Espero que sea así. Aunque tengo, por supuesto, mis dudas. En Murcia, mover a la gente de su sillón es algo que cuesta horrores. A mucha gente (a muchos «profesionales», digo) todo se la trae al fresco. Y lo que puedan venir a decirles artistas de fuera les interesa tres pepinos. Abundan aquí los agoreros, los descontentos con todo, los que, por supuesto, antes de ver nada, ya están en contra de todo. A ellos incluso yo les diría que no dejen pasar la oportunidad, que tener un evento de este calado en una ciudad como Murcia es algo que sucede muy pocas veces (por no decir que probablemente ninguna más).

2/10/10

Regresando a la actividad

Con el comienzo de las clases, todo se ha ralentizado. Ha comenzado la vida social y, muy a mi pesar, he tenido que salir de la madriguera. Inauguraciones, conferencias, exposiciones... vamos, trabajo, que me ha apartado de mi pequeño paraíso artificial de lectura y escritura. Desde hace una semana no he podido apenas leer una novela. La última que acabé fue Mi amor desgraciado, de Lola López Mondéjar (Siruela). Me encantó. Una novela terrible que cuestiona y pone en jaque las ideas sobre el amor materno y los límites entre el odio y el amor. En cuanto tenga tiempo haré una reseña como Dios manda. Pero ahora, todo se ha acelerado de nuevo, aunque yo intento mantenerlo ralentizado.

La novela está abandonada ya casi dos semanas. Otros compromisos de escritura me requieren. Escribir sobre la ética del comisariado para una importante revista internacional me está quitando el tiempo que tenía dedicado a mi entretenimiento. Ahora me he tenido que volver a poner con textos clásicos de ética y aplicarlos a la labor del comisario transcultural. Pero estoy disfrutando. Sobre todo me está fascinando de nuevo Simon Critchley (La demanda infinita. La ética del compromiso y la política de la resistencia). Es un texto lúcido, claro y posicionado. Se podrá o no estar de acuerdo con él (yo de momento lo estoy), pero lo cierto es que Critchley mantiene una posición clara respecto a la ética y a la política. Por otro lado, también conferencias y comunicaciones varias me llevan por otros temas a los que ya estaba tardando en volver. En breve recuperaré a Benjamin y retomaré mi investigación de Williamstown, que se había quedado en el aire durante el verano.

Aunque lo que más me atrae ahora es de nuevo la música. Hace dos semanas me lié la manta a la cabeza y acabé comprándome un sintetizador Korg M50. Siempre había soñado con tener algo así. Y como últimamente, siempre que puedo, no me privo de los sueños e intento no dejar las cosas para otro momento (no vaya a ser que no llegue), pues decidí hacerme con mi soñado objeto de deseo. Aunque intento que no me coma todo el tiempo, lo cierto es que es una maravilla y que se me van las horas frente al teclado intentando hacerlo funcionar (cosa que no es, ni mucho menos, fácil).

Ahora me ha dado por la música electrónica. Y, con un amigo, nos hemos enfrascado en un proyecto musical: B-Clara (no me preguntéis de dónde viene el nombre que no lo sé). De momento sólo hay un tema producido (I cry), raro de narices, y varios por venir. Y la verdad que es con lo que más disfruto (junto, claro está, a esa novela que cada vez más se queda sin tiempo de escritura). Hace dos semanas el tema sonó en La Yesería, uno de los bares por los que ciertos jueves nocturnos me dejo caer, y la emoción que sentí al ver que la gente lo bailaba y sobre todo no se percataba de que aquello no pertenecía a la secuencia lógica de canciones allí programadas (The Ting Tings, Jamaica, etc.) fue indescriptible.

Y el lunes comienzo de nuevo la esgrima. Después de casi tres años de parón, vuelvo a las pistas a servir de sparring y de blanco evidente para los tiradores de Murcia. Pero no me importa perder aquí. Lo importante es, más que nunca, participar y llegar a casa lleno de cardenales. Eso sí, la broma me ha salido por un pico, porque después de tres años he tenido que comprarme de nuevo la equipación. Ocho tallas menos de chaqueta y 6 de pantalón, las correspondientes a los 35 kilos que he perdido estos últimos años. Espero que con esa pérdida de volumen y, en consecuencia, de superficie de estocada, pueda mejorar mi mejor marca y salir del último puesto de la federación regional, que mantengo a mucha honra.