31/8/10

Posturas establecidas

A principios del siglo XX, Aby Warburg observó cómo a lo largo de la historia era posible atender la presencia de una serie de gestos que se repetían en las representaciones visuales. Pinturas y esculturas, con independencia de su contenido, ofrecían un catálogo limitado de actitudes y poses estereotipadas en las que se mostraba inconscientemente todo un sistema cultural. Esos gestos mínimos repetidos que en ocasiones pasan desapercibidos, y que también interesaron al psicoanálisis, hablaban de la personalidad del sujeto individual y, sobre todo, de lo que éste había adquirido culturalmente. Revelaban las ideas, las creencias, los órdenes… el complejo entramado que conforma una cultura. Los gestos y las poses nos muestran quiénes somos y dónde estamos.


Hoy esas poses reveladoras siguen vigentes. Y operan sobre todo en el ámbito de la autorrepresentación de los individuos, la manera en la cual nos presentamos ante el otro. Si uno echa una ligera ojeada a las fotografías de Facebook o de cualquiera de las redes sociales, se encontrará una serie de poses limitadas que se repiten constantemente. Las más sorprendentes sin duda son las gesticulaciones y poses pseudopornográficas de un gran número de adolescentes femeninas. No hay perfil de Facebook o Tuenti que no cuente con su típico beso con lengua (o el acercamiento “para-lesbiano”) entre amigas (el beso Madonna-Britney Spears es quizá uno de los epítomes de la serie). Una “imagen epocal” que siempre va acompañada de una miradita seductora hacia la cámara. Y es que lo importante no es el beso, sino la conciencia de representación, el mirar a cámara para que la supuesta transgresión de la norma se haga efectiva (el de Madonna y Spears es precisamente la excepción que confirma la regla; ellas son profesionales y no les hace falta mirar). Este conato de transgresión, si uno lo piensa bien, en el fondo es todo lo contrario: una afirmación de un sistema cultural regresivo en el que la mujer actúa como si fuese una fantasía masculina, mostrándose como objeto de deseo ante el ojo de un hombre, pues está claro que la cámara, aún hoy, en pleno siglo XXI, sigue siendo un objeto con un género claro y determinado. De nuevo, bajo las formas de la supuesta liberación nos volvemos a encontrar repetidos los mismos roles, las mismas actitudes, que afirman, una y otra vez, el orden establecido.

[Publicado en La Razón, 27/08/10]

25/8/10

Escuchar, perder melodías

Siguiendo con el catálogo de olvidos, confusiones y alteraciones de la realidad en el que vivo sumido últimamente, en las últimas semanas me ha pasado algo particularmente extraño. Un día, tocando el piano, esbocé una melodía y me quedé enamorado de ella. Era como si, por fin, hubiese encontrado la melodía perfecta que tanto había buscado. La repetí tantas veces que la hice mía, la interioricé hasta soñar varias veces con ella. Melancólica, triste, emotiva... era la melodía perfecta para el cortometraje cuya música tenía que componer. Pero había algo en esa perfección que no me cuadraba. Algo en la melodía me era demasiado familiar. Pero no sabía qué. ¿Y si no era mía? ¿Y si yo la había escuchado en algún lugar? Empecé entonces a revisar todas las bandas sonoras a lo que aquello me sonaba. El paciente inglés, todo Morricone, todo Alberto Iglesias, El cartero y Pablo Neruda, yo que sé, cientos de lugares donde aquella melodía podría haberse originado. Escuché uno por uno todos los discos que tengo en itunes, pero no había nada que me recordase siquiera lejanamente a la melodía. Incluso en mi perfil de Facebook pedí ayuda a mis amigos, para que me dijeran si les sonaba de algo. Nadie me contestó (tampoco sé si alguien se lo tomó en serio). Por supuesto, también toqué la melodía delante de womahn en infinidad de ocasiones, con cientos de variaciones, pero ella tampoco sabía decirme nada. No sabía si la música le sonaba porque me la había escuchado tocar más de cien veces, o le sonaba de antes. Así que, con el tiempo, no demasiado convencido, decidí que la música, en el fondo, era mía. Y que debía aceptarlo. Me sonaba precisamente porque era mía. Y esto me hizo acordarme de inmediato uno de mis chistes preferidos:

- Oye, tu cara me suena.
- Claro, soy tu hermano.
- No, de otra cosa, de otra cosa.

Aquí, ante esta música, yo no podía sino repetirme: "oye, esa melodía me suena. Claro, la has compuesto tú. No, de otra cosa, de otra cosa". Y entonces también recordé la escena de La muerte en Venecia (la de la película de Visconti, no la de la novela) en la que Gustavo Aschenbach no reconoce (o no quiere reconocer) su propia música tocada por otro al piano.

Como quiera que sea, la cosa es que me convencí de que la música era mía. Pero hace dos días, mientras leía, y tras programar mi itunes para una sesión aleatoria de toda la música que tengo allí, una melodía me sacó inmediatamente del libro. Allí estaba la música que tanto había buscado. Miré a la pantalla del ordenador y descubrí entonces a Ryuichi Sakamoto, con su pelo blanco y brillante, tocando extasiado "The Sheltering Sky". Quedé conmocionado. Era la misma melodía. No parecida, ni semejante, sino exactamente igual, como si la hubiese copiado a conciencia tras varias horas de trabajo. Por alguna razón que aún no logro adivinar, la música, que había escuchado apenas una vez, se me había metido por la puerta de atrás y se había asentado en mi cerebro, como un déjà vu, pero auditivo. Lo grave es que yo la había tomado como algo mío, y si no llega a ser por esa casualidad de volver a encontrarla, en breve la melodía habría estado campando a sus anchas por las pantallas de los cines, a la espera de ser denunciada por cualquier fan de Sakamoto.

Después de reflexionar un poco, la cosa incluso llegó a asustarme. ¿Y si todas las demás melodías que he compuesto hubiesen también entrado así? ¿Y si me pasase lo mismo con la escritura, con los personajes, con los argumentos, con las historias, con las voces, con los tonos, con los estilos...? ¿Y si todo me hubiese sido inducido de esa manera? Entonces, por supuesto, se me vino a la cabeza Origen, la película de Nolan, y la manera en la que una idea, un sentimiento, es inoculado, como un virus, y luego se extiende por todo el cuerpo. Y pensé por unos momentos que alguno de esos detectives del sueño me había metido la melodía en la cabeza y me había hecho pensar que era mía. Alguien, sin duda, había manipulado mi subconsciente. Luego descarté la idea (quien sabe si también inducido por la idea de descartarla) y simplemente di las gracias a la divina providencia y al azar objetivo por haber resuelto la situación antes de que la cosa fuese a más. Intuyo que tal y como sucedió todo, con ese convencimiento, si la música tarda algo más en aparecer probablemente me habría planteado emprender acciones legales contra Sakamoto por plagiar mi composición.

En cualquier caso, lo que queda claro es que ahora he perdido mi melodía. Me han quitado algo que yo creía mío. Si no hubiese vuelto a escuchar nada más, habría vivido con la ilusión de haber compuesto esa música.

En el post anterior escribí que leer, de alguna manera, es perder memorias. Ahora debo escribir que escuchar, sin lugar a dudas, no es otra cosa que perder melodías.

Leer, perder la memoria

Últimamente no hago sino perder la memoria. Creo que la mezcla de la pulsión lectora de estos días con el insoportable calor murciano (que no hay humano que lo resista) me está achicharrando las neuronas. Si viajar es perder países, o teorías (como diría Vila-Matas), leer es perder memorias, o al menos para mí, ahora, en estos días. En estos días en los que pierdo el reloj, las llaves, los bolígrafos, las cartas, el dinero... En estos días en los que por las mañanas me enjabono y me aclaro en la ducha varias veces (cinco es mi record, aunque nunca puedo recordarlo) sin darme cuenta de ello. También me dejo el frigorífico abierto, el ordenador encendido, las luces del coche encendidas o las llaves de la moto puestas. Esto último ya me ha pasado en más de una ocasión y, milagrosamente, no ha habido consecuencias. Aunque lo de esta vez más grave: la moto, nuevecita y aparente, toda la noche, en plena calle, con las llaves en el contacto, a la vista de todos. Demasiado fácil, seguro que han pensado los ladrones. Y no se han atrevido a montarse, arrancar y salir corriendo.

Me está pasando como al Nathan Zuckerman de Sale el espectro (la magnífica novela de Philip Roth que acabo de leer y disfrutar), que tiene vacíos de memoria y necesita escribir para recordar. Espero que la cosa no vaya a más y que el alzheimer me respete al menos hasta la vejez. De lo contrario, me veré en breve como el protagonista de Memento, la película de Christopher Nolan, escribiéndome en el cuerpo cuál es mi coche y lo que debo hacer cada mañana, o como Michael Scofield, el hermano listo de Prison Break, tatuándome en la espalda el plano de la prisión de Fox River (en mi caso, el del Mercadona de Ronda Sur). Y siguiendo por ese camino, no sería descabellado acabar como Jerome, el personaje de Ewan McGregor en The Pillow Book, convirtiendo todo mi cuerpo en un libro donde escribirme todos los días. El libro de la memoria. Superficie, al menos, no me faltaría. Un Moleskine XXL. Eso así, algo agrietado, desvencijado y con las hojas amarillentas.

22/8/10

El comienzo de la lectura

Como dije en el post anterior, en mi semana inmersión acuática del verano he seguido con la pulsión lectora del verano. Y allí, por supuesto, allí he disfrutado hasta lo insospechado con El comienzo de la primavera, la novela de Patricio Pron (Mondadori, 2008, XXIV Premio Ciudad de Jaén de Novela), que me ha acompañado los primeros días de estancia. Si hace unas semanas hablé aquí de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, y escribí que era el mejor libro de relatos que había leído en todo el año, de esta novela no puedo decir menos. Es el libro que había estado esperando para leer durante mucho tiempo. Audaz y valiente, inteligente, elegante, y trazado con un magisterio al que muy pocos escritores pueden aspirar (menos aún considerando la juventud de Pron). En los tiempos que corren, en los que algunos escritores (y sobre todo algunos editores) menosprecian al lector creyendo que es necesario poner notas al pie para explicar quién es Stephen Hawking (cuyo nombre lo reconoce hasta el procesador de textos, que no lo subraya en rojo) o explicar quiénes son los benedictinos, encontrarse con un libro como El comienzo de la primavera, que requiere un lector atento y que se atreve a desplegar un bagaje conceptual e histórico con la profundidad, seriedad y rigor que lo hace Patricio Pron, acompañado de una de las prosas más sutiles, contenidas y equilibradas que se puede leer hoy, es un motivo de esperanza para el futuro de la literatura.


Pron recorre la historia de Alemania a través de la filosofía. O recorre la historia de la filosofía alemana reciente (la gran filosofía del siglo XX) a través de la historia del país, de sus memorias y de sus olvidos. Al entrecruzar la época y el pensamiento, las circunstancias y los conceptos, el autor reconstruye (o construye, mejor) el panorama filosófico de Alemania a través de lo personal y subjetivo, mostrando que las ideas son inseparables de las personas y de los contextos que habitan esas personas, y de las circunstancias y problemas que las rodean.

Esta novela es muchos libros. Es un libro de historia (la historia de Alemania, la historia política, pero también cultural). Es un libro de filosofía (donde se da un repaso, sólo apto para iniciados -por fin- a la filosofía del círculo de Heidegger, pero también a grandes cuestiones de la tradición filosófica). Es al mismo tiempo una crítica mordaz a la filosofía académica, a la relación de la filosofía con las instituciones de poder y a los peligros de estas relaciones. Y es, en última instancia, un libro de intriga: todo lo anterior está articulado alrededor de una búsqueda, la que emprende el joven argentino Martínez en pos del filósofo Hans-Jürgen Hollenbach (supuestamente cercano a Heidegger), cuyas reflexiones sobre «el principio de discontinuidad» pretende traducir al castellano. La investigación sobre el paradero y la vida de esta figura oscura y escurridiza de la filosofía alemana se aprovecha para ir, poco a poco, construyendo un mundo poblado por personajes complejos y contradictorios que nos hacen conscientes que nunca somos uno solo, y que las fronteras entre lo que somos y lo que podríamos ser bajo ciertas circunstancias son lábiles e imperceptibles.

He leído esta novela mientras releía otros dos libros sobre los que en su momento pasé demasiado deprisa, La máquina de Joseph Walser, de Gonçalo Tavares, y Panóptico, de Ricardo Menéndez Salmón. Obras maestras ambos libros. Leídos de nuevo, he disfrutado si cabe mucho más que la primera vez. Libros breves, pero contundentes. Textos que son como un latigazo, una intervención en la conciencia, y una exploración de cuáles son los límites de la condición humana: hasta dónde debe uno mirar hacia otro lado y conservar su mundo, y hasta dónde puede uno hundirse en el fango para llegar al conocimiento de las cosas. No he podido evitar que estas lecturas condicionasen mi experiencia de El comienzo de la primavera. Y mientras leía las páginas escritas por Pron, veía cruzarse por allí, una y otra vez, a Joseph Walser y a Westenra, los personajes de Tavares y Menéndez Salmón. Y este entrecruzamiento, lejos de pervertir la lectura, la enriquecía y la hacía más compleja. Pero también, al mismo tiempo, este entrecruzamiento me hacía consciente a mí mismo de ser prisionero un cierto «principio de discontinuidad» y de la imposibilidad de ir más allá de las circunstancias, y del azar, y de lo contingente. Y me dejaba claro que en el fondo toda experiencia lectora es arbitraria. Y por eso, mientras pensaba esto, me decidí a escribir esto otro:

«Hay momentos en los que, tras encadenar un gran número de lecturas, uno pierde la noción de lo leído y comienza a confundir personajes, tramas y argumentos de entre todos los libros. Es lo mismo sucede con las películas, que después de ver muchas seguidas (con tres es suficiente) los personajes se nos mezclan y comenzamos a verlos en historias que no les pertenecen. Esa sensación en la que, por lo general, se arma un lío de tres pares de narices y que se acentúa después de un atracón, se encuentra en el fondo detrás de cada una de nuestras experiencias con el arte y la cultura. Y es que, si lo pensamos bien, todo nos recuerda a algo. Todos los personajes remiten a estereotipos que ya conocemos, todas las tramas ya las hemos experimentado en alguna ocasión de una manera u otra. Así, todo funciona como una serie de expectativas que se frustran o se cumplen. Es decir, algo que ya sabemos y que se nos completa (reafirmándolo o contradiciéndolo). No hay, por tanto, experiencia lectora o fílmica (ni tampoco musical), que sea autónoma. Detrás de cada libro/película/música hay mil libros/películas/músicas. Y detrás de cada lectura/visionado/escucha hay también mil lecturas/visionados/escuchas. Y eso que ocurre en la ficción ocurre también en la realidad. Ninguna oración, ninguna sensación, ninguna experiencia es autónoma, todo depende de un contexto que siempre es variable, y sobre todo personal e intransferible. Cuando le decimos algo a alguien, siempre entiende algo más de lo que le decimos, un algo más que remite a una experiencia que nunca podemos conocer del todo. De ahí que al final nunca logremos entendernos.»

17/8/10

Agua, libros y GPS

Después de una semana de relax intenso en Alhama de Aragón, debería llegar a casa como nuevo, con las pilas cargadas y con ganas de trabajar. Pero por lo que se ve, el cuerpo no ha podido resistir tanto placer y se ha venido abajo. Ya sabía yo que tanto baño termal y tanto masaje acaba pasando factura. La biología se acostumbra enseguida a lo bueno y en cuanto se mete entre pecho y espalda seis horas de coche, se queda para el arrastre. Pero eso fue ayer. Hoy ya doy el habla (y la escritura). Y salvo ese proceso de ajustamiento a la realidad, lo cierto es que la semanita que hemos pasado en el Gran Hotel Cascada (que yo no cesé de llamar Hotel Gran Cascada, y alguna razón tenía) ha sido lo más parecido a la incursión en el Paraíso terrenal que he tenido en mucho tiempo. Agua y lectura. Libros y baños. Y comida de diseño. Y mucho descanso. Y por supuesto, otras cosas que no se pueden contar pero que suceden en los balnearios cuando uno va acompañado.


En mi inmersión acuático-lectora, junto al lago han ido cayendo libros memorables de los que daré cuenta más detallada en siguientes entradas. Patricio Pron (El comienzo de la primavera), Ricardo Menéndez Salmón (Panóptico), Sergio Pitol (Los mejores cuentos) y Roberto Bolaño (Los detectives salvajes; sí, lo confieso: aún no había tenido la oportunidad de leerlo con tranquilidad, y me queda aún un poquito para acabarlo) han sido mis compañeros entre baño y baño. Y luego, al final, para desengrasar un poco la maquinaria, una revisitación de Pérez Reverte (El club Dumas), que tampoco he logrado acabar allí.

Agua curativa, tranquilidad, fresquito, albornoz perpetuo... la verdad es que ha sido el plan perfecto para una semana de relax. Una semana en la que también han surgido argumentos para relatos y novelas varios. El balneario decimonónico daba para mucho. La atmósfera entre el lujo y la decadencia me llevaba por momentos a La muerte en Venecia y la novela centroeuropea. Pero también había momentos Agatha Christie en los que uno podía imaginar asesinatos en las termas y conspiraciones varias. Aunque sin duda el momento-novela de la semana sucedió durante el regreso. Un thriller protagonizado por el inefable Tom-Tom, el GPS Asesino que quiso perdernos por los montes de Castellón.

En un momento del viaje, después de parar a tomar algo justo a la entrada a la provincia de Castellón, por alguna razón que desconocemos, el GPS nos llevó a un pueblo perdido de la mano de Dios. En lugar de regresarnos a la autovía, el Tom-Tom nos condujo por una carretera sin nombre hacia la ladera de una montaña, a un camino perdido por el que nos daba miedo seguir. Conforme avanzábamos por aquel camino estrecho y lleno de baches, comenzamos a elucubrar que probablemente por allí no había salida a autovía alguna. Pero desde luego el GPS no parecía estar equivocado. Nos llevaba a un lugar concreto. Fue entonces cuando el terror se apoderó de nosotros y comenzamos a desconfiar de todo aquello. Quizá el GPS nos estaba conduciendo allí deliberadamente, y en cuanto nos perdiéramos definitivamente, varios empleados de Tom-Tom vendrían a apalearnos, violarnos, robarnos y quitarnos el coche. Imaginamos esto, pero también se nos vino a la cabeza que al final de aquel camino probablemente encontraríamos un cementerio de coches perdidos, y que entonces el GPS en lugar de darnos indicaciones comenzaría a amenazarnos y a reírse de nosotros, diciéndonos que íbamos a morir en aquel paraje. Pensamos en ese momento que el GPS se parecía demasiado HAL 9000 de 2001 y que para salvar nuestras vidas lo mejor iba a ser apagar el aparato, hacer caso a nuestra intuición y dar la vuelta. Y eso fue, creo, lo que nos salvó, quizá no de la muerte ni de esas tonterías que habíamos imaginado, pero sí desde luego de quedarnos sin gasolina en medio de la sierra, sin cobertura en el móvil y con las ruedas del coche pinchadas. Vamos, una aventura. Sin duda aquí hay un thriller. GPS Asesino: la ruta de la muerte.

8/8/10

Hacia el dolce far niente

En efecto, Mariana y los comanches es una gran novela. Y Ednodio Quintero, un gran escritor. El juego literario y el juego amoroso que propone este libro me ha devuelto las ganas de escribir y de sacar del cajón una cosa que tengo esbozada desde hace algunos años. Quizá sea momento de recuperarla ahora, aunque tendrá que esperar como poco una semana. Y es que mañana salgo para Zaragoza a recluirme siete días en un balneario. Es algo que he pensado hacer muchas veces, pero que siempre, por alguna razón inesperada, he tenido que posponer para un futuro incierto. Ahora, en esta racha que llevo en la que el "para otro momento" comienza a realizarse, me he tomado en serio el asunto del descanso veraniego, y en lugar de realizar un viaje de esos de los que luego uno tiene que recuperarse, estas vacaciones voy a explorar las vicisitudes del dolce far niente y, sobre todo, a adentrarme en la práctica del noble arte de tocarme las partes bajas. Un toqueteo en el que, por supuesto, me acompañará womahn, que en el fondo ha sido la que ha perpetrado el plan. Y junto a womahn también vendrán conmigo algunos libros y el ipad. Lecturas relajadas para una semana de desconexión. Una semana en la que intuyo que no navegaré demasiado por Internet. Así que, a no ser que me entre el vértigo bloggero, hasta la semana que viene este no (ha)lugar permanecerá tal y como lo dejo ahora, limpito y aseado, pero sin nada nuevo que contar.

6/8/10

El otro momento es ahora

La verdad es que esto ya va a ser vicio. No puedo dejar de leer. He emprendido una batalla contra la estantería y estoy poco a poco poniéndome al día de todo aquello que dejé para otro momento. Parece que ese "otro momento" es ahora. Por primera vez en tiempo soy consciente de que he vuelto a por algo que dejé para más adelante. Por lo general esas cosas se quedan ahí para siempre y uno ya no vuelve, sino que sigue acumulando libros para un momento futuro que nunca llega. Pero esta vez, y haciendo un esfuerzo terrible de contención (aunque es cierto que sigo comprando libros este verano, pero me engancho enseguida con ellos), voy leyendo lo ya adquirido, eso que me miraba impaciente desde la estantería.

De este modo, tras acabar la tríada del post anterior, he vuelto brevemente a Paul Auster, y he leído Mr. Vértigo, regalado por una buena amiga que ahora lo está pasando mal. Ese volver a Auster ha sido como un volver a los orígenes, sobre todo porque Mr. Vértigo es aún una historia memorable, una de esas que catapultó a Auster a la cima de la literatura.

Después de Auster, tenía aún algún librito de Mario Bellatin que no había leído. Así que había que continuar la racha de lectura y acabar todo lo que haya salido de la pluma de este escritor. Bellatin es uno de los grandes. El año pasado tuve la oportunidad de estar con él en un taller literario breve y creo que no he disfrutado escribiendo así (y siendo corregido constantemente) en mucho tiempo.

Y tras Bellatin, me tocaba leer el último libro de relatos de Gonçalo Tavares, Agua, perro, caballo, cabeza, publicado por Xordica. Mira que me gusta Tavares (ya lo decía en el post anterior), pero este libro me ha superado. La abstracción de gran parte de los relatos y su carga excesivamente personal me han dejado fuera del texto en la mayoría de los casos. Confieso que no he llegado a entenderlo del todo o que no he tenido las fuerzas y el coraje como para detenerme el tiempo suficiente para saborearlo como hubiera sido necesario.

Y por último, después de lo anterior, me he metido un poquito con Aire Nuestro, de Manuel Vilas (Alfaguara), que también me esperaba desde el año pasado. Es un experimento realmente interesante, con un humor inteligente y penetrante que no deja títere con cabeza. Pero no he podido disfrutarlo como se merece. Es problema mío. No sé lo que me pasa con el humor. No logro hacerme con él en la literatura. Aunque a veces no lo parezca, los que me conocen saben que soy una persona chistosa y que el humor es una de mis pasiones. Sin embargo, por alguna razón no me van los libros de humor. Si los leo muy de vez en cuando es simplemente por saber cómo va la cosa. Pero no es mi plato. En cambio, me fascina el drama, la tragedia, el terror, el regodeo en la miseria humana. No sé por qué será.

Anoche, antes de irme a la cama, agarré Mariana y los comanches, de Ednodio Quintero (Candaya). Sólo quería echarle un vistazo, para ver si hoy podía comenzar a leerlo. Pero fue abrirlo y leer de un tirón más de cien páginas. Quintero es otro de los descubrimientos del verano. Lo tenía ya tiempo en el punto de mira, sobre todo después de las recomendaciones de Villoro y Vila-Matas. Pero, de nuevo, no había encontrado el momento para ponerme. Afortunadamente, ese otro momento incierto que nunca llega por fin ha llegado.

2/8/10

Escritores en el borde

En mi reclusión lectora de estos días, he tenido la oportunidad de encadenar tres libros que hacen de la lectura un proceso reflexivo y epistemológico, de adquisición de conocimiento acerca del mundo más allá de las historias que se cuentan. Tres libros que cuestionan las distancias entre los géneros literarios y se sitúan en la frontera entre el ensayo, la ficción o, incluso, la biografía, pero sobre todo tres libros que hablan de la buena salud de la literatura contemporánea en español.

El primer libro es Los muertos, de Jorge Carrión (Mondadori). Sólo había leído las reseñas y algún que otro ensayo de Carrión, y me parecía de lo más inteligente del mundillo literario actual. Los muertos es su primera novela. La he leído de un tirón, pero aún no me he podido formar una opinión clara. El argumento del libro promete. Una serie de personas aparecen en Nueva York sin recordar su identidad y sólo poco a poco van recordando (hasta cierto punto) quiénes fueron y con quién vivieron. Pero lo realmente interesante es lo que rodea a la historia. Los muertos está compuesta como una serie de televisión, dividida en dos temporadas y con dos estudios críticos intercalados sobre la supuesta serie. Si he de ser sincero, aunque el argumento de la historia me parece de lo más sugestivo, y ciertas imágenes funcionan bastante bien, lo mejor de la novela son, sin duda, esos interludios críticos, los dos supuestos artículos sobre la serie. Según mi parecer, la teoría gana aquí, de largo, a la práctica. La teoría que justifica Los muertos, hace que, sin embargo, la historia sea prescindible. El juego con los tópicos, con los personajes de todas las series y de todo el imaginario fílmico e incluso literario (pero sobre todo televisivo) es interesante como propuesta, pero no llega a tener la contundencia de una verdadera historia. No llega a ser la serie que prometen y describen los artículos, esa serie de televisión que cambia la vida de las personas. Aun así, me ha encantado el libro. Los dos estudios sobre las series, aunque analizan principalmente Los muertos, son una de las cartografías más sugerentes e incisivas sobre la televisión contemporánea y el estado de la narrativa serial. Uno puede imaginar todo aquello que se dice de Los muertos sin "leer" la serie. Carrión rompe las fronteras entre el ensayo y la ficción, haciendo que en cierto modo sea prescindible la ficción.

Otra ruptura de los límites entre ensayo, biografía, narrativa de viajes y ficción es Baroni: un viaje, de Sergio Chejfec (Candaya), otro de los libros que he podido leer este fin de semana. Igual que en otros libros anteriores, la escritura de Chejfec es limpia e incisiva, llega justo al lugar donde tiene que llegar, sin complicaciones, sin florituras, es de un equilibrio perfecto. Con una sutileza envidiable Chejfec te conduce a ese viaje que él mismo realiza, el universo de Rafaela Baroni, una artista popular paradigma del artista-chamán o el artista-curandero. El libro es tanto el viaje de Chejfec, como el de Baroni, como el de la propia idea del arte a través de una serie de imágenes que se van sucediendo poco a poco, esculturas, pinturas, pero también imágenes mentales, y otro tipo de viajes conceptuales. De nuevo Chejfec da ejemplo a los historiadores y a los críticos de arte. Otras formas de escritura sobre arte son posibles. Y muchas de ellas hay que buscarlas en el mundo de la literatura. Ya comenté aquí al hablar sobre Mis dos mundos que el análisis que allí hace Chejfec sobre William Kentridge supera con mucho a otros análisis críticos de supuestos "especialistas". En Baroni Chejfec presenta una visión del arte popular (pero también de un paradigma de artista y de una concepción particular del arte, la espiritual-chamánica-esotérica) que es difícil de superar por historiadores o críticos avezados. Además lo hace "como quien no quiere la cosa", con una naturalidad pasmosa. Eso es lo que más me sorprende, que las reflexiones, los excursos, las divagaciones, las digresiones aparecen con total fluidez, como si formasen parte de la misma melodía. No tiene uno la sensación en ningún momento de aquello haya sido construido a retazos. Porque sin duda el libro debe haber sido escrito poco a poco, parándose a reflexionar, a articular lo que se quiere decir. O quizá no, quizá Chejfec simplemente comience a escribir y el libro salga (como se lee) de un tirón, con una voz que avanza sin prisa pero sin pausa, demorándose en ciertos objetos, pero no deteniéndose jamás, como si el pensamiento nunca tuviera pausa. Y es que cuando uno lee a Chejfec parece que lo está oyendo pensar, que es el flujo del pensamiento lo allí está escrito, la multiplicidad de asociaciones, y al mismo tiempo la sutura invisible entre ellas, una suerte de rizoma imperceptible capaz de abarcar un territorio desde los lugares más insospechados.

Y he dejado para el final el que sin duda ha sido mi descubrimiento del verano, Patricio Pron, un joven narrador argentino afincado en Madrid del que, desde ya, me declaro admirador eterno. No puedo sino situar a Pron en el parnaso de mis modelos literarios, de los escritores como los que algún día me gustaría escribir. Patricio Pron pertenece a la tradición de la gran literatura, a la tradición alemana de Bernhard o Handke, pero también a la gran tradición argentina, aunque muchas veces juegue a alejarse de ella. Para mí, Pron se encuentra en el mismo lugar que Gonçalo Tavares o Ricardo Menéndez Salmón, las dos plumas de la literatura joven (nacidos en los setenta) más elegantes, sobrias, contundentes y precisas que conozco. Igual que ellos, Pron posee una prosa envidiable. Saramago dijo de Tavares que no tenía derecho a escribir tan bien. Eso mismo hay que decir de Pron. Uno no puede escribir tan bien con esa edad. Y tampoco puede concebir esas historias en las que, aunque parezca que nada se mueve, el mundo entero se retuerce y al final a uno acaba agriándosele la boca. Sin temor a equivocarme, puedo sostener que El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (Mondadori) es el mejor libro de relatos que he leído en todo el año, y en mucho tiempo. Esta mañana, en cuanto llegue a la ciudad, correré a la librería en busca de El comienzo de la primavera, intuyo que esa novela tendré que situarla en la estantería en la que tengo la Jerusalén de Tavares y La Ofensa de Menéndez Salmón. Seguiremos informando.