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29/5/10

El tiempo perdido

El último episodio de Perdidos fue un evento de una magnitud completamente nueva en la historia de la televisión, con una expectación sólo comparable a la levantada por una final del Mundial de Fútbol. Millones de personas no durmieron o se levantaron a las seis de la mañana e incluso faltaron a su trabajo para ver cómo acababa la vida en la Isla. Y el final parece que no ha dejado a nadie indiferente. Desde entonces han surgido los «perdidófilos» y los «perdidófobos», es decir, los que han disfrutado con el desenlace (yo estoy entre ellos) y los que han sentido que estos seis años han sido de «tiempo perdido». Más allá de las razones que puedan tener unos u otros, estos posicionamientos (en muchos casos, extremos) son síntoma de que nos encontramos en una nueva época en la historia del entretenimiento.

Una de las cuestiones por las que muchos se han sentido defraudados ha sido porque los guionistas no han seguido sus opiniones. Después de años de verter teorías en Internet, parece que no ha habido la «retroalimentación» necesaria para que la serie crease un desenlace a la medida del espectador. Sin duda, vivimos en la época de la interactividad. Creamos incluso nuestras propias estrellas del pop en programas tipo Operación Triunfo. Nos hemos creído que podemos elegir cómo son las cosas. Y, en cierto modo, esa ilusión estaba implícita en Perdidos, donde también había mucho de «Supervivientes», ese Gran Hermano de la Isla. El futuro seguramente irá por ahí. No deberemos extrañarnos si las en las próximas series el desarrollo comienza a ser «decidido» por el espectador.

[Publicado en La Razón, 27/05/10]

24/5/10

Apocatastasing Lost

Al final, todo ha sucedido, literalmente, en un abrir y cerrar de ojos. Un parpadeo, el del pastor Jack, que ha hecho las veces de obturador, de apertura y clausura de luz. Eyes wide open que acaban siendo Eyes wide shut. Una imagen poética, como poético (en el borde lo cursi, es cierto) ha sido también el último capítulo.

Confieso, de todos modos, que he disfrutado como hacía tiempo que no lo hacía frente a la pantalla. Creo, sinceramente, que han merecido la pena las seis temporadas. Seis temporadas y un día, el de ayer, en el que me tragué las dos horas previas, el capítulo final y el programa especial posterior que pusieron en la Abc, con una emoción que difícilmente se volverá a repetir en una serie de televisión.

Aunque es cierto que no ha contentado a todos, a mí el final me ha parecido redondo. Evidentemente quedan miles de cosas por contestar. Pero desde el momento en el que uno acepta las reglas del juego y entra en el mundo de fantasía creado por los guionistas, sabe que cualquier explicación posible arruinaría todo el misterio. Decía Borges que lo malo de las novelas policíacas es que el desenlace siempre acaba con la trama, que es lo verdaderamente interesante. La explicación lo echa todo por tierra.

Yo agradezco que el final de Perdidos haya quedado abierto. Como sugería Lacan, cuando las cosas extraordinarias se explican, hay dos opciones: o que no se entiendan (porque no se pueden explicar del todo, como es el caso) o que la explicación, al hacer que todas las piezas casen, suela ser una gilipollez. El objeto causa del deseo, o no lo alcanzamos del todo o, de hacerlo, se muestra como banal y superfluo. En la narrativa contemporánea se peca de esto último, de la explicación de hasta el último detalle, como ocurre por ejemplo en CSI o en House donde hay un sujeto que nos alumbra con su sabiduría y nos crea la ficción de que todo tiene una explicación lógica, que el mundo es totalmente traducible, legible y cognoscible. El final de Perdidos, sin embargo, nos deja con miles de interrogantes. Y eso hace que la serie quede viva después de acabar, y sobre todo nos habla de un mundo en el que aún hay cosas que están más allá de las explicaciones racionales. Nos deja a medio saber. Y eso, acostumbrados como estamos a que se nos dé todo mascado y explicado, nos crea una gran frustración. No saberlo todo (no tener la posibilidad –ilusoria– de acceder a toda la sabiduría -a nuestra diposición archivística-), es hoy como saber nada. Por eso muchos fans de Perdidos se han indignado y se sienten traicionados, porque no se ha explicado todo. Y a mí, sin embargo, me ha contentado este no saber del todo, porque al menos merma un poco –poquito, casi nada, pero ya es algo– la ilusión de transparencia absoluta del mundo en la que estamos instalados.

A mí este final me ha pillado en medio de la lectura compulsiva de Walter Benjamin. Y no sé por qué, nada más acabar la serie se me vino a la cabeza una de su más célebres tesis sobre el concepto de historia:

"La verdadera imagen del pasado pasa fugazmente. El pasado sólo puede apresarse como una imagen que relampaguea un instante, en el que puede ser conocida y jamás vuelta a ver. […] La imagen irrecuperable del pasado amenaza con desaparecer cada vez que el presente no se reconoce aludido en ella".

Por alguna razón, la mezcla de materialismo y teología que está tras las tesis de Benjamin me parece la mejor manera de hincarle el diente a la serie: la idea del tiempo discontinuo, la presencia de la remembranza, la recordación, la memoria involuntaria (a lo Proust y sus imágenes del despertar)... y sobre todo la cuestión de la redención del tiempo, la justicia del pasado, la manera en la que lo ya hecho puede ser redimido y rehecho de un modo que no es real ni deja de serlo del todo.

Se trata de algo semejante a una teología histórica donde lo que ha pasado, ha pasado, pero al mismo tiempo lo que no ha pasado, puede pasar. La posibilidad de lo posible. Eso es, en el fondo, la última temporada: una realidad que ocurre en la isla (donde, de facto, pasan las cosas), y una irrealidad (un mundo posible, el mundo de la promesa de felicidad, el mundo de lo que pudo haber sido) que ocurre en lo que creemos que es una realidad alternativa o paralela. Y luego un punto de contacto entre lo real y lo posible, una grieta que lo comunica todo: Desmond David Hume, que funciona como “conjunción constante”, término acuñado precisamente por el filósofo David Hume. Esa realidad paralela es el mundo de la redención, el mundo posible prometido que, sin embargo, y gracias a Desmond, conecta y crea un continuum con el mundo real (que en este caso es lo que pasó en la isla).

De ese modo, aparece una especie de temporalidad vertical donde todo sucede al mismo tiempo, un ahora que no es el presente, sino un tiempo indistinto que sólo es explicable como el final de los tiempos, pero “al mismo tiempo” la vuelta al tiempo pleno y primegenio de la unidad con el origen. Es decir, una apocatástasis. O lo que es lo mismo: un sindiós, que pasa a ser un adiós, para posteriormente acabar en un condiós.

22/5/10

Losing Lost

Hoy domingo, después de seis temporadas, acaba Lost. Por cosas del destino, podré ver el final de la serie en directo desde Estados Unidos. Desde las siete de la tarde, estaré pegadito al televisor para tragarme las cuatro horas y media de emisión especial que programa la cadena "Abc". Si España llegase a la final del Mundial de Fútbol, no sé si la emoción iba a ser la misma. Y es que Lost me tiene agarrado por los mismísimos e intuyo que no me va a soltar hasta el último minuto.

Creo que ha sido Antonio Rentero el que mejor ha resumido el argumento de la serie. No creo que haya mejor manera de decirlo: «un avión se estrella en una isla y a partir de ahí se arma un lío de tres pares de narices». Una isla misteriosa que se mueve en el tiempo, unos personajes con un pasado complicado y una trama que está a medio camino entre lo paranormal y lo mitológico. Y mil cosas más, por supuesto. Pero sobre todo una pregunta (la misma que se ha hecho el ser humano desde sus orígenes): ¿por qué estamos en el mundo (en este caso, en la isla)? ¿Se trata tan solo de un mero accidente o, por el contrario, todo esto responde a un plan que no alcanzamos a comprender? La respuesta que se nos da aquí es que «todo ocurre por una razón», es decir, que nuestras preguntas pueden ser contestadas, aunque la verdad, como rezaba el lema de otra célebre serie, esté ahí fuera.

Pero el éxito de Lost no está sólo en formular esa pregunta manida, ni en el argumento, ni siquiera en lo bien construidos que están los personajes. Lo que hace que la serie sea casi tan adictiva como una droga es la estrategia de los guionistas a la hora de dosificar la información y construir el relato. Es decir, la manera de contar. La magia de la serie está en la capacidad de narrar, de dejar las cosas en suspenso, de no decirlo todo, o de decir solo la mitad. Lo que realmente hace de Lost una gran serie es que enlaza directamente con la tradición de Sherezade, aquella joven que, en Las mil y una noches, para evitar su muerte, entretenía al Sultán contándole historias.

Contar historias es una manera de salvar la vida, una manera de mantener a raya nuestra animalidad, nuestras certidumbres, y de desplazarlas a través del lenguaje. Contar historias es una especie de escudo ante lo real, una armadura que nos permite adentrarnos en el mundo. Y cuando esa armadura es fuerte, uno no quisiera que la historia se acabase jamás. Porque si contar historias es aplazar la muerte, terminarlas es volver a convocarla. Cuando una historia llega a su fin, sufrimos un adelanto de la muerte. No de la nuestra, sino de la de los otros (nunca mejor dicho). Es decir, se nos viene encima la pérdida, la nostalgia por el tiempo en el que, durante la historia hemos sido uno-con-el-lenguaje, en tiempo el que, en cierta medida, hemos recordado ese mundo encantado de nuestra infancia que aún pervive en la ficción. Porque, si uno lo piensa bien, la ficción no es otra cosa que la pervivencia de ese mundo mágico de la niñez. Si no, "a cuento de qué" (nunca mejor dicho otra vez) íbamos a temblar ante una nube de humo negro que no es la del volcán de nombre impronunciable, sino la de un señor calvo con una cicatriz en la cara. Nos emocionamos con las historias porque hay algo de ese mundo infantil que aún no se ha ido. Algo que, sin embargo, es esfuma cuando las historias acaban. Por eso no quisiera que Lost acabara nunca. No quisiera despertar al mundo real. A veces es mejor vivir en el cuento que caer en la cuenta.

19/5/10

Café americano

Me queda un mes de estancia en estas tierras americanas y el repertorio de escenas de película con las que convivo día tras día sigue creciendo. Una de las imágenes centrales del cine americano que se cumple en la realidad es la protagonizada por lo que se podría llamar el «café de compañía». No hay película americana que se precie en la que no aparezca alguien llevando de un lado para otro un café en vaso de cartón de medio litro con una tapa de plástico. Las comisarías de policía, los bufetes de abogados o las redacciones de los periódicos, por poner sólo unos ejemplos, no serían concebibles sin ese café de por medio. Yo estaba convencido de que las películas exageraban y que la gente no podía estar todo el día con el café en la mano. Pero de nuevo, la realidad supera a la ficción.

El café de medio litro (café aguado e insulso que te quema la lengua para dos semanas) es casi una prótesis de la que los americanos no se separan ni a la de tres. No importa donde uno vaya, siempre hay alguien bebiendo café. O mejor, alguien con un café en la mano, porque beber, lo que se dice beber, beben poco. De vez en cuando se llevan el vaso a la boca y hacen como que beben, pero no estoy muy seguro de que el líquido llegue a algún lado. De hecho, tras varios meses de observación, he comenzado a dudar de que en realidad haya algo de café dentro de los vasos y he empezado a creer que posiblemente ese café de compañía no sea otra cosa que una especie de mascota efímera a la que besan y acarician para que les dure todo el día, como si todos, en el fondo, estuviesen practicando algún juego que desconozco en el que gana el que más aguanta.

[Publicado en La Razón, 13.05.10]

13/5/10

Columna SK: Ur-iPad

Para los que no lo hayan leído en SalonKritik, os copio aquí la columna del pasado domingo:


Ur-iPad. Ciencia-ficción y retro-tecnología

“Lo viejo nunca se separa tajantemente de lo nuevo; más bien este último, tratando de separarse de lo ya obsoleto, renueva los elementos arcaicos, ur-temporales. Las imágenes utópicas que acompañan la emergencia de lo nuevo siempre retroceden paralelamente al ur-pasado. En el sueño en el que cada época ve en imágenes la época que sigue, las imágenes aparecen unidas a elementos de la ur-historia”.
—Walter Benjamin


Marcando el tiempo

Uno de los principios de la ciencia-ficción, ya sea ésta fílmica o literaria, es la puesta en juego de toda una serie de “marcadores” temporales que sitúan la acción en un espacio-tiempo diferente del presente. Marcadores que, con muy pocas excepciones, suelen estar vinculados con el ámbito de la tecnología, cuyos avances, como ha sugerido Bernard Stiegler, parecen ser hoy el único criterio fijo capaz de decirnos lo evolucionada que está una sociedad. Coches que vuelan, frigoríficos que hablan, pantallas incrustadas en la piel —nunca creencias, estructuras sociales o modelos políticos— serán los elementos que “coloquen” una determinada acción en el mundo posible imaginado. Estos marcadores tecnológicos son literalmente la “puesta en escena” del futuro, el atrezzo de los tiempos venideros. Un atrezzo al que muchos autores suelen dedicar incluso más atención que a la propia trama, construyendo el mundo a través de sus objetos.

Como se ha observado en más de una ocasión, mucha de la tecnología soñada por el cine y la literatura se ha hecho realidad. Algunos futuros tecnológicos se han cumplido: comunicaciones entre lugares distantes, pantallas parlantes o cámaras de vigilancia han acabado convirtiéndose en elementos de nuestra vida cotidiana. Seguir leyendo...



10/5/10

Road Movie

Estados Unidos es un lugar para recorrerlo en coche. Es la tierra de las road movies, las películas de carretera, una tierra atravesada de costa a costa por célebre ruta 66, el camino iniciático que te lleva directamente al corazón americano. Pero no hace falta irse a Las Vegas. Cualquier trayecto en coche es ya, de suyo, una experiencia de contacto con la América auténtica. Porque, sin duda, una de las esencias de este país es el automóvil y todo lo que le rodea. Cualquier cosa imaginable puede hacerse aquí desde el coche. Por supuesto, comprar hamburguesas, donuts o cualquier tipo de comida, pero incluso dejar el correo o hacer transacciones bancarias en una ventanilla a lo McDonalds.

La cosa es no bajarse del coche. Allí dentro se asiste a la película definitiva, a la experiencia más cinematográfica de todas, por encima de todo lo que he comentado hasta ahora. Y es que el coche es quizá uno de los escenarios centrales del moderno cine americano. No hay película que se precie que no tenga varias escenas memorables en el coche. El coche como lugar de conversación (con un conductor que nunca mira a la carretera), la amenaza constante de la policía, el famoso descanso en el motel de carretera o, por supuesto, el típico restaurante en medio de la nada en el que una camarera a la que la vida parece no haber tratado demasiado bien no cesa de servirte un mejunje semejante al café. Todos esos estereotipos son mucho más reales de lo que uno se imagina. Aunque sea difícil de creer, el cine americano es tremendamente realista. Y las cosas que vemos en las películas son tan comunes y corrientes como La venta del Olivo o el restaurante La Machacanta.

[Publicado en La Razón, 07/05/10]

9/5/10

Vértigo

Hoy, segundo domingo de mayo, es aquí el día de la madre. Me sigue dando vértigo mirar hacia atrás.

4/5/10

Correr o no correr

He hablado aquí alguna vez de la obsesión por la vida sana que existe en algunos lugares de Estados Unidos. Una pulsión ecológica y naturista que se observa en la alimentación y en las costumbres. En Williamstown, esa fascinación por la salubridad toma forma pública en la extraña costumbre de correr todos los días. Esto es algo que me sigue sorprendiendo aún. Aquí, haga frío o calor, llueva o truene, siempre hay alguien corriendo. En los apenas quinientos metros que separan mi casa de la biblioteca todos los días me encuentro decenas de personas corriendo. Jóvenes, niños, adultos, personas mayores con la cara desencajada, señoras que hacen como que corren pero que tan sólo mueven los brazos… todo el mundo va de un lado para otro haciendo ejercicio. Y no digo yo que eso sea malo, ni mucho menos. Correr es beneficioso para la salud. Lo que ocurre es que es muy difícil no sorprenderse por la cantidad y la variedad de los corredores de estos lugares. Es una sensación tremendamente extraña. Ver gente que no se sabe ni de dónde viene ni hacia dónde va.

A veces me entran ganas de seguirlos y emular a aquellos que corrían detrás de Forrest Gump. Pero enseguida pienso que lo mejor es dejar las cosas como están. Sobre todo porque en este tiempo nunca me he encontrado a la misma persona dos veces. Quizá cada día hagan una ruta distinta. Aunque yo comienzo a pensar que realmente toda esta gente huye de algo y que ese algo, al final, acaba por alcanzarles. Por eso yo sigo con mi paso lento y cansado hacia la biblioteca, temiendo, eso sí, que esa cosa terrible de la que todos intentan escapar esté esperándome a mí, acechando entre los libros.

[Publicado en La Razón, 30/04/2010]