27/4/10

Cenizas

Por fin remitieron las cenizas del volcán de nombre impronunciable y las cosas siguen su curso en los cielos. Sin embargo, imperceptiblemente (tan imperceptible como la ceniza), algo parece haber cambiado. Aparte, por supuesto, de las enormes pérdidas económicas en todo tipo de sectores, la erupción ha abierto también una brecha en el pensamiento y nos ha permitido reflexionar sobre la viabilidad de un mundo sostenido por hilos.

Ha sido un acontecimiento no traumático, no devastador, casi diría que poético; sublime, en el sentido romántico del término. Por vez primera, no es la muerte la protagonista de la catástrofe, y las imágenes dolorosas no han ofuscado el pensamiento. Ahora ha sido la ceniza la que ha cegado nuestros ojos, la que, paradójicamente, negando la visibilidad de los aviones, nos ha hecho ver la fragilidad de nuestros sistemas de comunicación. Y desplazándonos, dejando a miles de personas fuera de lugar, nos ha puesto a todos en nuestro sitio.

Lo curioso es que esta vez los desplazados no han sido los que huyen de su país, los que, por motivos de raza, clase o condición, tienen la movilidad «restringida». No. Esta vez los que han experimentado lo que se siente al no poder regresar a casa, al no poder cruzar los cielos, han sido aquellos que tienen el «derecho de movilidad» permanente. La naturaleza ha medido a todos con el mismo rasero. Y, momentáneamente, nos ha hecho sentir que quizá no seamos tan poderosos, y que todos esos derechos que nos damos y nos quitamos son incluso más frágiles y débiles que una nube de cenizas.

17/4/10

A lo grande

Una de las cosas que más llaman la atención de la vida americana es la tendencia al gigantismo y la exageración. Aquí todo es a lo grande. Los coches, la ropa, las raciones de comida, los paquetes de detergente... es la apoteosis del tamaño familiar, el imperio del XXL. Se trata de la monumentalización de la mercancía, que exhibe su potencia, apabullando al consumidor a través de su enorme escala. Y por si el tamaño de las cosas no fuera suficiente, la tradición publicitaria estadounidense tiende a presentarlas aún mucho más grandes de lo que son. Este uso de la ampliación es una estrategia común de la publicidad en todos los lugares. Pero aquí eso llega hasta el punto del paroxismo y la desproporción. Un extremismo perceptible especialmente en la publicidad de los alimentos. Un uso abusivo del primer plano que muestra los alimentos de un modo totalmente obsceno y, diría, pornográfico.


Este acercamiento de la cámara hace que la comida desborde la pantalla y entre en el espacio del espectador, imponiéndose literalmente sobre él. En el ámbito de la fotografía esos primeros planos fueron utilizados por los surrealistas para conferir a los objetos propiedades humanas, animando lo inanimado. En los anuncios de comida americana pasa algo semejante. Los alimentos parecen tener vida propia. Y sólo una cuestión de costumbre y tradición hace que el espectador de estos anuncios desee consumir aquello que está viendo en lugar de salir corriendo despavorido para escapar de las mandíbulas de una hamburguesa grasienta o, parodiando la mítica película de John De Bello, del ataque de los tomates asesinos.

13/4/10

Más iPad

Después de casi una semana de uso, no me retracto de la nada de lo escrito en el post anterior. Estoy encantado con mi iPad. Muy poquitas veces un aparatejo inorgánico había llamado tanto mi atención. Espero que womahn no se ponga celosa, aunque confieso que es para estarlo. No me separo de bicho ni a la de tres.

De momento, para lo que más lo estoy utilizando es para la lectura de blogs (con aplicaciones como netnewswire), para navegar por la web (mucho más cómodo que el fijo o el portátil, y con un tamaño más que aceptable), y sobre todo para la lectura de libros y documentos electrónicos. La aplicación de lectura de libros (ibooks) es tan agradable que, incluso antes que en los lectores tradicionales de e-book, uno se olvida del dispositivo y se concentra en la lectura. La lectura de pdfs y otros documentos también es tremendamente cómoda. Hay una aplicación, ianotate pdf, que permite subrayar, anotar e interactuar con el documento. Eso, para la cantidad de artículos que me descargo de bases de datos como JSTOR y otras es una maravilla, y un gran ahorro de papel.

Por supuesto, el iPad también sirve para ver películas, escuchar música y jugar y, aunque confieso que nunca he sido un freak de las consolas, a veces no me desagrada echar el rato entreteniéndome con algunos jueguecitos que no están nada mal. Supongo que para los largos viajes en avión, las diez horas de batería me van a venir de lujo para matar el tiempo improductivo del viaje leyendo, jugando y viendo películas (e intentando, claro está, encontrar la forma de meter mi cuerpo de luchador de sumo en los asientos creados para la familia de David el Gnomo).

Pero no como dije en el post anterior, no todo es perfecto en el iPad. Hay cosas que se le echan en falta, algunas supongo que se irán paliando con las aplicaciones, otras son cuestiones de hardware más difíciles de arreglar, aunque que todo es posible.

Entre las cuestiones de software la más grave para mí sigue siendo la imposibilidad de contar palabras y de insertar notas en Pages. Y es más grave de lo que creía, pues no sólo no te deja insertar notas, sino que te elimina las notas de los documentos que descargas a la aplicación. Como no arreglen esto, o como no aparezca alguna aplicación que permita escribir con notas, el iPad se va a cerrar un mercado en el ámbito de la productividad que podría generar pingües beneficios.

En cuanto al hardware, por supuesto, se echa en falta el puerto usb, aunque también es cierto que no estamos ante un ordenador. Para mí, sin embargo, hay algo que sería incluso más importante y no por los motivos habituales: la cámara. El iPad no lleva cámara. Eso, se puede pensar, realmente no importa, porque hoy todos los dispositivos, casi hasta los cordones de los zapatos, llevan cámara. Llevamos encima el móvil, la cámara de fotos y no tiene demasiado sentido salir a hacer fotos con el tocho del iPad. Pero, sin embargo, la cámara vendría de perlas para el ámbito de la comunicación. Por ejemplo, para hablar por Skype o cualquier otro tipo de aplicación de vídeo. En mis viajes continuos, Skype me viene a las mil maravillas para no dejarme un riñón en teléfono, pero también poder mantener un cierto contacto visual con la familia. Con el iPad esa posibilidad está ya cerrada.

Hay mucho más que decir. Pero tampoco me quiero liar más, entre otras cosas porque me tengo que concentrar en lo que he venido a hacer aquí, que no ha sido precisamente a vender el último cacharro de Apple, sino todo lo contrario, estudiar las formas en el que el arte contemporáneo intenta evitar el dominio de la tecnología a través del uso de tecnologías del pasado. Es decir, que con el iPad estoy cometiendo la mayor de las infidelidades, y ya no solo con womahn, que quizá sabría perdonármelas, sino con Benjamin, Bloch, Marcuse y Heidegger, a los que la cosa no les haría demasiada gracia. O a lo mejor sí. Nunca se sabe.

8/4/10

Habemus iPad

Al final no he podido reprimirme y he sucumbido al iPad. La tentación era grande, y mi fanatismo tecnológico más grande aún. Así que, como se dice en mi tierra, se ha juntado el hambre con las ganas de comer y no he podido evitar caer en la tela de araña de Steve Jobs. Eso sí, tengo que decir que, en el día y poco que llevo de uso, el aparato no sólo no me ha decepcionado, sino que me ha fascinado como hacía tiempo que no lo hacía ningún dispositivo tecnológico. Ni el iPhone, ni el portátil, ni la consola, ni el e-book reader, ni nada de lo que he adquirido hasta ahora tiene, de lejos, el poder de fascinación del iPad. Ya postearé aquí por qué creo que ocurre eso, que está relacionado sin duda con su imitación retro de lo ya existente, pero de momento lo que voy a hacer es un repaso de algunas de las características del juguetito que me tiene prendado.


Quizá lo primero que haya que decir es que el tamaño importa. El iPad es más grande de cómo aparece en las fotos. Hasta que uno no lo tiene en la mano no es consciente de sus dimensiones. No tiene que nada que ver con el iPhone en cuanto a experiencia de usuario. Eso de que el tamaño no importa es aquí también un mito que sólo decimos los que la tenemos pequeña. Importa y mucho. Cuanto más grande da más gusto. Pero si es demasiado grande hace daño. Pero el iPad no se queda ni corto ni largo. Y esa será una de las razones por las que seguro triunfará, porque tiene el tamaño perfecto. Perfecto para ver las aplicaciones sin dejarse las pestañas. Perfecto para navegar en la web y ver todos los contenidos con facilidad. Para los que no tenemos los dedos de un gnomo, el iPhone resultaba incómodo, tanto para teclear como para seleccionar enlaces en la web. Al final uno clickeaba siempre en el link equivocado y se perdía mucho tiempo. Ahora eso ya no ocurre. Es lo suficientemente grande. Pero también lo suficientemente pequeño para llevarlo en un bolso de mano.

Eso del tamaño hace que el teclado también sea mucho más practicable, sobre todo en modo horizontal, y con la funda que lo que sitúa casi como una máquina de escribir, permitiendo escribir con cierta rapidez. No da para escribir el Quijote (para lo que necesitaremos o bien nuestro ordenador o en todo caso el teclado portátil, amén de cierto talento), pero sí para un email largo o para una entrada en el blog y cosas de ese estilo que en el iPhone se hacían insufribles.

Como lector de e-book, el iPad también funciona a las mil maravillas. El emulador de la experiencia de lectura de un libro tradicional hace que, al menos visualmente, sea más amigable que los demás lectores de e-books. Eso de pasar la página con una animación que realmente no sirve para nada y consume muchos recursos hace que, sin embargo, uno tenga la ilusión de estar leyendo un libro más aún que con la tinta electrónica, que en el fondo sería lo más lógico.
Apple ha sido muy lista y ha hecho que su lector lea formato epub abierto, con lo que cualquier libro y no sólo los comprados en su store puedan ser leídos por el programa. Esto, que puede parecer una tontería, es fundamental para el triunfo del dispositivo como lector. Amazon ya ha creado una aplicación de su Kindle para el iPad. Por cierto, que ya la he probado y me sigo quedando con la de Apple. Aunque de momento hay más libros en Amazon, la aplicación no permite anotaciones, ni buscar en el diccionario, como sí que lo permite iBooks. Esta tontería de buscar en el diccionario para mí es fundamental, sobre todo en los libros en inglés, ya que uno puede encontrar las definiciones de las palabras que no entiende. Eso ya lo tenía el Sony Reader PRS-600 y por eso me hice con él. Supongo que en un futuro (y espero que sea pronto, porque eso sí que iba a ser fantástico) alguna aplicación incorporará un diccionario bilingüe. Eso, para los que aún no dominamos el inglés y tenemos el diccionario de traducción al lado, sería de gran ayuda. Estar leyendo un libro en inglés (o en cualquier otro idioma) y poder traducir cada palabra que no entiendes facilitaría la lectura una enormidad.

Junto a la funcionalidad para leer libros también me ha encantado Pages, la aplicación para escritura. Aunque aún le faltan cosas imprescindibles para mí, como las notas al pie o al final, y la función de contar palabras. Ambas cosas para mí son fundamentales. Podría prescindir de las notas, porque para un texto largo ya tengo el ordenador, aunque no vendría mal para la edición o el retoque de un texto ya hecho. Y la función de contar palabras también la encuentro básica, sobre todo para ciertos textos de prensa en los que tienes que enviar las palabras justas. Por ejemplo, para mis columnas del periódico esa función es imprescindible.

Por supuesto, en el iPad uno se encuentra con miles de aplicaciones cuyo número va creciendo poco a poco. Es un negocio redondo, igual que las aplicaciones del iPhone, relativamente baratas, pero euro a euro, poco a poco, uno se va dejando el bolsillo, y sobre todo, la Applestore se va convirtiendo en uno de los lugares más rentables del planeta.

Claro está, con el iPad se puede jugar (increíble), ver vídeos, escuchar música y cientos de cosas. Como alguien ha dicho ya, no es un diez en nada (aunque yo diría que sí lo es en la lectura de e-book) y es un siete en todo. Eso será una de las claves de su éxito, porque eso sí que lo tengo claro, el iPad va a reventar el mercado. Lo que ocurrió con el iPhone es pecata minuta frente a lo que ocurrirá con este nuevo-viejo pizarrín. Qué listo es Steve Jobs, y sin ir a la universidad salvo para que lo hagan Honoris Causa.

3/4/10

Vida sana

La vida americana es una continua película. Ya lo he escrito aquí. Pero a veces hay escenarios y guiones que no se cuentan y otros que se cuentan tanto que llegan a oscurecer la realidad. Eso es lo que sucede con la imagen que se ha creado sobre la comida y el estilo de vida americano. Uno espera llegar y encontrarse un mundo de obesos sedentarios que no paran de atiborrarse de comida basura y televisión de baja estofa. Y no es así. Ésa es sólo una de las caras de la moneda. Junto a este mundo insano, se encuentra el mundo de la salud extrema, de la pulsión vigoréxica y de la paranoia de la calidad de vida. Estados Unidos es el país del estrés y el McDonald’s, pero también (y sobre todo) es el lugar de la healthy life, el yoga, el ejercicio constante y la alimentación orgánica. Y aquí no se admite el término medio: hamburguesa grasienta o sirope de savia.

Hasta ahora, no sé si para bien o para mal, me ha tocado vivir la segunda de las realidades. Williamstown es un lugar donde la vida saludable es una verdadera obsesión. Aquí niños y mayores hacen ejercicio a todas horas, sólo comen alimentos orgánicos, apenas ven la televisión, acuden religiosamente a su sesión de yoga o meditación trascendental y llevan todos los días una sonrisa de oreja a oreja. Parece que todos hubieran salido de un anuncio de Actimel o de alguna película futurista como La fuga de Logan. La comunidad perfecta: mens sana in corpore sano. Y yo, que no puedo evitar las recaídas en la pizza cuatro quesos y en la hamburguesa grasienta, vivo con el miedo de que en algún momento salten las alarmas y la policía sanitaria me encierre para siempre en alguna prisión y tenga que acabar mis días a base de agua y tofu.