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31/3/10

Williamstownesca

En el largo viaje hasta estas tierras de Nueva Inglaterra, casi un día de aviones y aeropuertos, he venido acompañado por Enrique Vila-Matas. Bueno, por Dublinesca, su última novela (que ya hubiera querido yo venir acompañado por el señor de pelo blanco que sale en la foto de la solapa del libro).

Es la única concesión que voy a hacer estos meses a la literatura en español. Me prometí que sólo leería en inglés y que aprovecharía la estancia para adentrarme en esta lengua que siempre se me resiste. Pero hay cosas que no pueden esperar. Y como el espíritu es débil (en mi caso, incluso más débil que la carne), la semana pasada, nada más llegar a Barajas compré la novela. Pero sólo ahora, en el viaje de vuelta, he podido dedicarle tiempo. Y ha sido (o está siendo, porque me quedan unas páginas) una experiencia excepcional.

Siempre había leído a Vila-Matas en casa, tranquilo, acomodado en mi sofá y con una taza de café al lado. Desde allí lo he acompañado en sus viajes continuos e infinitos, verticales y circulares. Sólo con Exploradores del abismo tuve la experiencia de leerlo fuera de casa, en Ámsterdam, durante las dos semanas en las que estuve montando una exposición sobre estética migratoria en tierras holandesas. En esa ocasión leía sentado en los agradables cafés que bordean los canales, sólo distraído de vez en cuando por los timbres de las bicicletas que circulan a una velocidad vertiginosa. Estaba lejos, es cierto, pero se trataba de una lectura reposada.

Sin embargo, Dublinesca me ha atrapado en pleno viaje. Tren, avión, aeropuerto, autobús. Ha sido una lectura literalmente on the move. Y quizá por eso he establecido una curiosa relación con la novela. Una relación que casi llamaría de paralaje, una sensación muy parecida a la que tenemos cuando viajamos en tren y vemos cómo hay paisajes al fondo que se resisten a moverse y que parecen seguirnos mientras que los más cercanos se alejan y desparecen constantemente. Ese doble movimiento es el que he tenido mientras leía Dublinesca. Un viaje que no acaba de empezar leído desde un viaje que no acaba de acabar.

Escribiré aquí con más detalle de esta última obra de Vila-Matas, a quien considero, con mucho, el más brillante e inteligente de todos cuantos aporrean un teclado con la letra eñe. De momento, sólo me queda culparlo por hacerme fracasar en mi periodo de aislamiento lingüístico, por hacer que tenga que soltar rápidamente Point Omega, de Don DeLillo, cuando ya había cogido filón con el inglés, y sobre todo tengo que culparlo y jurarle persecución eterna por hacer surgir en mí, otra vez, la necesidad de ponerme a escribir cuanto antes y tener que posponer mi relectura del pobre Walter Benjamin y mi trabajo sobre la obsolescencia en el arte contemporáneo. Espero poder aguantarme las ganas y, sobre todo, espero poder perdonarlo algún día.

Regreso al hogar

Después de unos días en Murcia, regreso a Williamstown, esta vez acompañado por womahn. Ahora el sueño comienza a rozar la perfección. Espero que el manzano prohibido esté bien lejos y que este paraíso tarde en desvanecerse lo máximo posible.

Es tremendamente extraño, pero al regresar a este pueblo del que hace unos meses ni siquiera había oído hablar he tenido la sensación de llegar a casa. Me ha sorprendido cómo esa sensación de “casa”, de hogar, puede llegar a ser tan móvil y transitoria. En Murcia he pasado unos días como el que está en tierra extraña. Y aquí, alejado del mundanal ruido y bien lejos de todo, he sentido la reconfortante tranquilidad del hogar. El hogar donde estoy recuperando mi dignidad intelectual, si es que alguna vez la tuve.

24/3/10

Contraposto

Por unos días vuelvo a Murcia. Regreso a casa brevemente. Aquí lo tengo todo. Y sin embargo, me encuentro extrañamente desubicado, con el paso cambiado.

20/3/10

American Don Quijote

Como vengo escribiendo en los últimos posts, vivir en EE.UU. es como estar constantemente atrapado en una película de la que es imposible salir. Esto ocurre en todo momento, a cada instante, pero hay situaciones donde esa experiencia se intensifica tanto que uno comienza a pensar seriamente que todo es parte de un guión y que las cámaras tienen que estar escondidas en algún lugar. Eso es lo que pasa, por ejemplo, si a uno, como a un servidor, se le ocurre agarrarse un autobús interestatal de la línea “Peter Pan Bus” y meterse entre pecho y espalda cinco horas de América profunda. Cinco horas acompañado por el repertorio completo de los personajes de una película de serie B, uno por uno, como si fueran figurantes contratados para actuar en algún parque temático de la Paramount.

No falta ninguno: el señor barbudo con camisa de cuadros, sombrero tejano, pantalones vaqueros sucios y funda de guitarra, el veterano de Vietnam (que ahora es el veterano de la Primera Guerra del Golfo), la señora con el vestido de flores y las gafas de pasta transparentes, el oriental desorientado y, por supuesto, las dos monjas y el cura, ataviados “religiosamente” para la ocasión. Todo un micromundo al que se suma un murciano sorprendido que no da crédito a lo que está viendo. Un murciano que, acostumbrado al trayecto Madrid-Murcia, y a que el autobús pare en Albacete para poder llevarse a casa una caja de miguelitos de la Roda, no hace sino sorprenderse una vez más al encontrarse lugares que están a medio camino entre la casa de La matanza de Texas y el bar de Abierto hasta el amanecer, con un toque, eso sí, del Badulaque de Los Simpson.

Lo cierto es que se trata una experiencia inolvidable. A medio trayecto, mientras escuchaba las guitarras de God is an Astronaut y veía la inmensidad de la naturaleza americana, tuve un Stendhal de campeonato, se me pusieron los pelos como escarpias y se me llenaron los ojos de lágrimas. Poquitas veces, muy pocas, me ha ocurrido algo así.

Tendré que seguir preguntándome eternamente si todo esto es real o es sólo el atrezzo que alguna mano perversa ha colocado en mi camino por estas tierras de Dios. Comienzo a pensar que soy una especie de Don Quijote al que se la ha secado la mente de tanta tele y que ahora no hace sino ver gigantes en vez de molinos.

[Publicado en La Razón, 19/03/10]

14/3/10

El bosque

Cada día busco una nueva película a la que se parezca la vida en Williamstown. Aquí he mencionado Fargo, Twin Peaks, El Show de Truman o incluso Doctor en Alaska. Puede parecer un poco paranoico, pero se trata de una manera de buscar referentes para dar un sentido (imaginario, por supuesto) a todo lo que me rodea. Y después de casi un mes perdido en las Nieves de Nueva Inglaterra, creo que he encontrado el film que está detrás de la experiencia de el pueblo: The Village (El Bosque), la película de M. Night Shyamalan que nos habla de la utopía de una comunidad perfecta. No es que sea una maravilla de película, ni mucho menos, pero tiene una serie de hallazgos que merece la pena destacar y que aquí se están cumpliendo al pie de la letra. Uno de ellos, por supuesto, es el de pensar que la comunidad como una isala, un universo paralelo en el que todo adquiere sentido por sí solo. Se trata de vivir como si no existiese nada más allá del pueblo, como si el pueblo fuera el único mundo posible. Esto, por supuesto, es exportable a EE.UU. en general, un país que vive como si fuera un mundo aparte.

Pero quizá lo que más llama la atención de la tesis de El bosque, es que la comunidad perfecta, en ese deseo de constituir un mundo aparte, sólo puede subsistir si se reprimen los deseos y se eliminan los miedos. Es decir, si se elimina la necesidad de cambiar lo que se tiene y la posibilidad de que eso que se tiene se venga abajo. En El Bosque, como también sucede en el Paraíso, deseo y temor son las manchas que perturban la perfección y conducen al desastre. Pero deseo y temor son las cosas que, precisamente, nos hacen humanos. Una sociedad que no sepa cómo articular los deseos y los temores es una sociedad ilusoria que en algún momento acabará en el desastre. Esto, que aquí se ve a la perfección, sucede hoy en nuestro mundo global. De eso trata en el fondo la película de Night Shymalan, de que los árboles no nos dejan ver que el bosque ya es todo. Y sobre todo que, como no sepamos cómo cuidar lo que tenemos y cómo asimilar que hay cosas que no podemos tener, los resultados pueden ser seriamente catastróficos.

13/3/10

Can't wait for Vila-Matas

Acabo de leer en El País las primeras páginas de Dublinesca, la última novela de Vila-Matas, y se me han puesto los dientes largos. No sé cómo voy a esperar a volver para leerla. Aquí puedo resistir sin sol, sin mujer, sin familia, sin amigos, sin jamón, sin pasteles de carne, sin mi Real Murcia, sin mis noches insomnes, sin fiestas, sin nespresso, sin sexo y sin ipad (y no necesariamente en ese orden). Pero lo de Vila-Matas no sé cómo lo voy a poder aguantar. Las seis puñeteras páginas que he podido leer me han abierto el apetito y ahora no sé cómo satisfacerlo. Lo mismo, para abrir boca y refrescar a Joyce, me mortifico un poco y me doy una sesion de Finnegans Wake en inglés, que debe de ser algo así como darse con el cilicio en ciertas partes blandas y colganderas.

6/3/10

Estudiantes que estudian

Williamstown es habitado casi en su totalidad por los estudiantes del Williams College, uno de los centros más prestigiosos de EE.UU. Aunque no es demasiado grande, el college, fundado en 1793 por Ephraim Williams, tiene en torno a 2500 estudiantes. Y aquí viene el misterio: en las ya tres semanas que llevo aquí aún no me he topado con ninguno por la calle. Por eso, pensando que estaba en un pueblo fantasma y que lo de los estudiantes era una leyenda urbana, le pregunté a un profesor que dónde estaban que no los veía por ningún sitio. Sorprendido, me dijo “pues dónde van a estar, estudiando”. Entonces me acordé yo de mis queridos alumnos españoles y de su pulsión callejera, cantinera y nocturna. Y no sé si me entraron ganas de reír o llorar.

Por lo que se ve aquí las cosas se toman muy en serio. También es cierto que un año en el Williams sale a los padres de las criaturas por unos 50.000 dólares, una broma cara para desperdiciarla paseando libros. Las diferencias entre esto y el sistema español son abismales, sobre todo en lo concerniente a la universidad. Aquí las universidades buenas son excepcionales, pero las malas son patéticas. Si no eres un fuera de serie, para estudiar como Dios manda tienes dos opciones: o estás forrado o dejas a la familia en bancarrota e hipotecada de por vida. En España las cosas son bien distintas. Estudiar es fácil. No hay excepcionalidades. Entre la Complutense y la Universidad de Murcia la cosa varía bien poco. Aunque la media sea bajita, al menos hay media. Aquí no. Aquí sólo ganan los mejores. Por eso la presión es tan grande que no todos aguantan. Y esto parece ser el denominador común en todos los campos. Tras tres semanas, esta es la primera conclusión: aquí la gente vive para trabajar, en España se trabaja (el que puede) para vivir.

3/3/10

Murcia Times

Cada vez que viajo y tengo que explicar dónde está Murcia siempre me encuentro con el mismo problema. Aquí en Massachusetts, donde tienen dificultades para ubicar África y Europa, no os quiero ni contar lo difícil que es tener que explicar de dónde viene uno, así que acabo diciendo que Murcia es un lugar pequeñito en el sureste de España, a medio camino entre Sevilla y Barcelona. Y cuando me preguntan “¿y qué hay allí?”, para abreviar siempre respondo lo mismo: buen clima y buena gente.

Este domingo, mientras trabajaba en la biblioteca del Clark Art Institute, un colega americano se me acercó y me dijo, en perfecto acento de Philadelphia, que lo había engañado. Cuando lo miré extrañado, me enseñó el New York Times y me señaló un artículo en el que Murcia aparecía como la arcadia del arte y la cultura. Me preguntó si todo aquello era cierto o era tan sólo una exageración para atraer a turistas incautos. Después de leer emocionado el largo texto, y comprobar el despliegue de información, le dije que no sólo era cierto, sino que se habían quedado muy cortos. Culturalmente Murcia es eso y mucho más. Es también el Cendeac, el Lab, el Centro Párraga, la Filmoteca, otras galerías, otros museos... Me quedé en silencio unos segundos pensando y le espeté: "la verdad es que Murcia es realmente un hervidero cultural". Fue entonces cuando mi colega me dijo que había sido muy mal embajador de mi tierra, y que si él viniera de un sitio así no dudaría en presentarlo con la cabeza bien alta. Y la ciertamente tenía razón. Lo que son las cosas, a veces hay que irse muy lejos para darse cuenta de lo que tiene uno.

Para redimirme, lo que he hecho de momento ha sido robar el periódico de la biblioteca y clavarlo con chinchetas en la habitación de mi casita de madera. Murcia ya tiene nombre y lugar en el mapa. Si me pierdo, la gente ya sabe dónde está mi hogar.

[Publicado en La Razón, 2/3/10]