27/2/10

Vivir de película

Después de casi dos semanas en Williamstown, sigo teniendo la sensación de estar dentro de una película. Es una sensación que tiene cualquiera que haya pisado los Estados Unidos alguna vez. Nada más aterrizar, el uniforme azul marino de los policías de inmigración ya te mete en acción y te recuerda a Canción triste de Hill Street. Y si se llega a Nueva York, en cuanto uno cruza la puerta del aeropuerto y se encuentra los Yellow Cabs, los taxis amarillos, parece como si hubiera dado comienzo una aventura cinematográfica de la que ya es imposible escapar. Eso ocurre en cualquier parte de Estados Unidos. Siempre hay alguna película que se nos venga a la cabeza. Incluso aquí, en las nieves de Nueva Inglaterra. Fargo, Twin Peaks... hasta Doctor en Alaska. No hay manera de salir de la pantalla. La verdad es que creía que era algo que se iba a pasar rápido, que se iba a ir apenas transcurridos los primeros días de sorpresa. Pero parece que la cosa va para largo. Intuyo, de hecho, que aquí todos tienen esa misma sensación, incluso los propios habitantes del pueblo: el síndrome del Show de Truman, la alucinación de vivir constantemente en una imagen.

La televisión y el cine, sin duda, son creadores de imaginario en todos los lugares. Pero lo que ocurre en este país va mucho más allá. Estados Unidos es, por encima de cualquier otra cosa, una construcción imaginaria. Y la televisión y el cine contribuyen a esa cohesión imaginaria. Es un país cuya identidad reciente se ha fortalecido desde la pantalla.

La fuerza y la potencia del imaginario creado es tal, que por mucho que uno se esfuerce en acceder de primeras a la experiencia de la realidad, es imposible hacerlo. Así que, cuando llego a esta casita de madera en la que vivo, cuando voy a la tienda del pueblo en la que me atiende un tal Randy, cuando observo a los estudiantes ataviados con las sudaderas del Williams College, cuando veo a los profesores con sus chaquetas de pana y sus jerseys de cuello alto... el único remedio que me queda para saber que no estoy en medio de una alucinación cinematográfica es decir para mis adentros “esto no es otra estúpida película americana”.

19/2/10

American Paradise

Por primera vez en mucho tiempo, tengo la sensación de haber encontrado lo que había estado buscando. Paz, tranquilidad, inspiración, tiempo para leer, tiempo para escribir, tiempo para pensar. Después de unos años de locura, esto se parece mucho al retiro espiritual que venía necesitando. Probablemente a la mayoría de las personas les pueda parecer aburrido vivir entre ardilllas, árboles y libros, pero a mí, ahora, en este preciso momento, me parece lo más cercano al paraíso. Para colmo, curioseando por la casa en la que me ha alojado el Clark Institute me he encontrado un Steinway de cola de principios del siglo pasado. Todavía no me he atrevido a tocarlo por no dar la tabarra a mis compañeros de aventura, pero todo se andará.

A petición popular, subo algunas fotos (estas ya reales) de mi nuevo entorno.

La casa:



La casa de mis vecinos:


El centro de investigación del Clark Institute:


La vista desde mi oficina:

16/2/10

En Williamstown, al fin

Con cuatro horas de retraso, tres vuelos perdidos y dos horas en la oficina de inmigración confundido con algún terrorista intelectual, logro llegar a Williamstown tras casi 24 horas de viaje. Pero ha merecido la pena. Esto es como una postal navideña. Hoy ha amanecido nevando y a no sé cuantos bajo cero. En la vista desde mi casa, falta Papá Noel con los renos. Y la Biblioteca del Clark es un lugar cercano al Paraíso. Ya subiré fotos e impresiones, aunque intuyo que el blog va a quedar algo huérfano este semestre. Intentaré concentrarme lo máximo en lo que he venido a hacer aquí, que es leer y escribir. Y en alguna ocasión, cuando ya no pueda más, postearé algo para sentir que estoy en comunicación con el mundo. Mientras tanto, vaya de preámbulo esta vista de Williamstown que le pone a uno los pelos de punta.

13/2/10

Símbolos y verdad

En Murcia no salimos de una cuando ya estamos metidos en otra. Si la semana pasada había que quitar el desnudo de Mariana de Austria de los autobuses porque era sexista y ofensivo, esta semana es el Cristo de Monteagudo el que hay que demoler porque se trata de un monumento contra la libertad religiosa que ocupa un espacio público en un Estado aconfesional. La verdad es que vivimos un momento de iconoclastia radical que no tiene ni pies ni cabeza. Quitamos de en medio todo aquello que no nos gusta en aras de un progresismo chic que no puede ser perturbado bajo ningún concepto. El mundo debe ser perfecto y equilibrado, sin nada que altere el sistema de corrección política en el que estamos inmersos.

Esto, por supuesto, es una tontería monumental. Una de las claves estriba en que aún mantenemos con los símbolos y las imágenes una relación primitiva, creyendo que son “encarnaciones” de la cosas que representan. Luego nos reímos de las personas que creen que hay objetos con propiedades curativas o maléficas, pero creer que un trozo de mármol “es” opresor y coarta las libertades es tan primitivo e ingenuo como creer que “es” la divinidad. Iconoclastia e iconolatría son las dos caras de una misma moneda: el odio y el amor extremo a las imágenes tienen su fundamento en la creencia en que las imágenes son más que imágenes, que hay algo latente, vivo, en ellas.

Una cultura avanzada debe aprender que los símbolos (tanto los lingüísticos como los icónicos) son elementos arbitrarios que sólo adquieren su sentido en un contexto determinado. Son inocuos, inofensivos por sí solos. Somos los seres humanos los que les conferimos significado. Si a alguien hay que tildar de sexista u opresor no es nunca a una imagen, sino a un sistema y a unos sujetos que ponen en juego ese sistema. Lo que deberíamos hacer, en vez de ir tirando cosas por ahí, es apostar por una pedagogía que nos enseñe a entender que “no hay nada en las imágenes”. Sólo así las podremos respetar, cuestionar o comprender sin que nos afecten, sabiendo que todo es una cuestión de interpretación, un “ver algo como algo”.

Se trata de ser conscientes de las cosas: saber que no hay un fundamento “original” para nada, que todo son metáforas gastadas y tradiciones elevadas sobre un vacío primigenio. Si entendemos esto, podremos habitar el mundo dando a las cosas su justa importancia. Está claro que si comenzamos a tirar del hilo, nada se salva. No podemos intentar hacer una nueva Revolución francesa para cambiar incluso nuestro sistema temporal. Lo queramos o no somos hijos de nuestro pasado. Se trata de comprenderlo, no de destruirlo. Desde luego, el lenguaje y los símbolos son sexistas, opresores, dominadores... y todo lo que uno quiera. Pero no se puede pretender cargárselo todo para empezar de nuevo, porque entonces volvemos a Altamira. Y ya no sé yo si un Bisonte herido no sería entonces considerado un monumento al maltrato animal.

Lo que queda claro es que nuestro sistema de progresismo iconoclasta prefiere destruir en lugar de comprender, y todo sobre la base de un totalitarismo que intenta imponer un nuevo régimen de certeza asentado en la creencia de una verdad primera por la que merece la pena morir, matar y derribar al otro (al que está literalmente “desposeído” de la verdad).

7/2/10

La cuarta ficción

Todavía sigo impactado por La cuarta fase, la película sobre las supuestas abducciones que tuvieron lugar en Nome, un pequeño pueblo de Alaska, entre 1960 y 2004. Confieso que la película logró manipularme. Las imágenes "reales" intercaladas con las de la dramatización llegaron a perturbarme tremendamente. Sólo después, investigando un poquito por la red me he quedado mucho más tranquilo al enterarme de que todo es un gran fake. Que se trata de una construcción a la manera de Paranormal Activity, que la Doctora Abigail Tyler no existe, que nadie sabe de dónde salen esas imágenes documentales o que ni siquiera el pueblo de la película es el Nome real en el que ocurren los hechos.

Más allá de las cuestiones de contenido (las abducciones extraterrestres, los visitantes de dormitorio... problemas que mejor debería analizar Iker Jiménez), lo que me ha parecido realmente interesante (e indignante) es el modo en el que la película utiliza las nociones de realidad y ficción, articulando un discurso en el que la dramatización es anclada constatemente con alusiones a las grabaciones de cámaras de vigilancia o imágenes domésticas de las supuestas sesiones de regresión hipnótica.

La película me ha hecho pensar bastante sobre el papel que hoy en día tienen esas imágenes reales frente a las imágenes que, por "definición", son irreales o simuladas. Vivimos en la era de la imagen digital y la alta definición. Y parece que esa definición, esa claridad absoluta de la imagen, la aleja de la realidad. Son, sin embargo, las imágenes precarias, desdefinidas, las que hoy se encuentran "cerca de la verdad". Lo ha señalado Andrés Hispano en un magnífico texto dedicado a las imágenes de la violencia ("Guerra a la vista", en Política y (po)ética de las imágenes de guerra, Paidós, 2007): parece que sólo creemos las imágenes que apenas tienen calidad. La desdefinición, la precariedad es sinónimo de verdad. En la era de la imagen hipertecnologizada, las imágenes que creemos son las que provienen del ámbito más bajo. Son las imágenes de las cámaras de vigilancia, las de los teléfonos móviles, las de nuestros vídeos domésticos... las que rigen el criterio de verdad. Es como si la verdad de la imagen se hallase en el ámbito precario de lo doméstico frente a las imágenes falsas del espectáculo.

Quizá en otro momento encuentre el tiempo y el ánimo para analizar esto con detenimiento, pero, por adelantar algo, es posible encontar algunas características comunes a este tipo de imágenes-relidad que luego son simuladas y utilizadas por las imágenes-ficción.

En primer lugar, estas imágenes hacen alarde de su precariedad, exhibiendo su indefinición. El pixelado en el caso de las imágenes digitales, o la interferencia en el caso de las imágenes magnéticas (y lo mismo sirve para el sonido), aparece siempre como un rasgo de distinción frente a las imágenes de alta definición. Un grado de diferenciación que busca ser el criterio de verdad. Es como el grano de la fotografía, un signo del contacto real de la luz. La obscenidad del píxel o la pulsión de la interferencia aquí son los lugares por los que supuestamente entra lo real.

Sucede algo semejante con el enfoque. Un rasgo esencial de estas imágenes es su lateralidad. Son imágenes que nunca muestran lo real de frente. De esa manera, haciendo alarde de lo inesperado y la sorpresa, muestran el acontecimiento sólo desde un ángulo, enfatizando la subjetividad (perversa, porque se pretende objetiva) de la visión. Son imágenes donde lo real aparece siempre saliendo de escena. Nunca todo se ve a la perfección. Hay siempre un misterio, un no-visto, que caracteriza a estas imágenes. Y ese no-visto, esa imposibilidad, ese manierismo del punto ciego, del ángulo muerto, es lo que las "acerca" a la verdad frente a las imágenes definidas que nos ofrecen el acontecimiento desde todos los ángulos posibles, rompiendo cualquier posibilidad de oscuridad en la imagen.

Otra última característica de este tipo de imágenes es su temporalidad, su fugacidad. Son imágenes-tiempo, imágenes siempre de corta duración. Para ser verdad, para aparentar estar cerca de lo real, la imagen siempre tiene que ser momentánea. Fugaz, como una mirada. Debe romper el continuum de la imagen-espectáculo. Debe ser como un parpadeo. Cuando se muestra demasiado, deja de tener sentido.

Estas características de la imagen precaria que la convierten en el lugar de la verdad, han hecho que las pantallas comiencen a utilizarlas de modo perverso para fingir el efecto real, tanto en el ámbito de la información, como en el del entretenimiento, donde la estética de la imagen-realidad ha dado productos como El proyecto de la bruja de Blair, Rec, Monstruoso o, más recientemente, Paranormal Activity, películas todas en las que, aparte de ese uso perverso de la imagen, hay una pulsión visual inquietante. Pase lo que pase, la cámara debe seguir grabando. Incluso en peligro de muerte, el sujeto debe enfocar la realidad. Es la era del enfoque perpetuo. La grabación infinita.

La cuarta fase
representa un paso más en este tipo de estrategias. En la película se produce un más que interesante juego de imágenes, una combinación de documentos “reales” (es decir, de imágenes precarias) e imágenes-ficción (es decir, imágenes postproducidas). Una de las virtudes de la película es que esas imágenes precarias ocupan el lugar justo para no aparentar lo que no son. Son como anclajes de la imagen-ficción. Apoyaturas. Dan la verdad, o pretenden darla, pero no pueden aparecer demasiado en escena. De hecho, en alguna ocasión la imagen-real se muestra demasiado y comienza a perder fuerza real, comienza a estar contaminada por el régimen de ficción. Es lo que sucede, por ejemplo, con la entrevista a la Doctora Abigail Tyler, que es demasiado frontal, demasiado evidente, demasiado poco precaria para entrar en este régimen de verdad de la imagen.

De todos modos, lo verdaderamente interesante de la película es el trabajo con esos dos regímenes de la imagen: la indefinición y la alta definición, y, sobre todo, la toma de conciencia de que hoy, paradójicamente, el engaño y la manipulación ha de darse en el ámbito de lo precario. Si uno lo piensa bien, frente a la potencia tecnológica de Avatar y su régimen de asombro absoluto, la estrategia de La cuarta fase es mucho más sutil y perversa, una ficción autojustificada, una simulación construída sobre una simulación. O lo que es lo mismo, conceptualismo tautológico: imagen como verdad como verdad.

Largo adiós

Más interrupciones. Música para un largo adiós.




6/2/10

Desnudos publicitarios II

En inglés, hay dos palabras para aludir al cuerpo desnudo: «nude», que se usa para referirse al género artístico del «desnudo»; y «naked», que se refiere a la ausencia de vestido. En 1865, «Olympia», la gran obra de Manet que presentaba un cuerpo desnudo, provocó uno de los escándalos más célebres de la historia del arte. Un escándalo cuya clave residía en que allí no se presentaba un desnudo (nude), como los de Rubens o Tiziano, sino una mujer desnuda (naked). Cuando a principios de curso, intentaba explicar esto a mis alumnos y les hablaba del tabú de la desnudez, les decía que hoy sería muy difícil observar un escándalo de esas características porque la sociedad había cambiado. No sabía lo equivocado que estaba. Hoy día un cuerpo desnudo sigue siendo una bomba de relojería. Lo hemos comprobado en la polémica de los escáneres corporales. Y ahora en el incomprensible circo mediático formado en torno a la obra de Cantabella. Una obra que podrá ser muchas cosas, pero desde luego a nadie en su sano juicio le pasaría por la cabeza acusarla de sexista o provocativa. De hecho, si algo se le puede achacar a la obra es su total inocuidad. Confieso que cuando la vi, no pude evitar pensar que estaba totalmente trasnochada y que cosas así ya habían sido hechas con rigor tiempo atrás por artistas como Barbara Kruger o Guerilla Girls. Pero hoy, después de la que se ha montado, comienzo a pensar que estaba equivocado, y sobre todo que, a principios del siglo XXI, seguimos sin habernos movido del sitio. Eso sí, las tornas han cambiado, y ahora la moral estrecha y obsoleta del pasado se da la mano con la corrección política radical del progresismo indocumentado.

4/2/10

Desnudos publicitarios

La que se ha formado en Murcia con el desnudo de Mariana de Austria es demencial y nos habla bastante de cuál es el panorama al que uno ha de enfrentarse todos los días. Tiene narices que después de los proyectos que se están haciendo en materia de arte contemporáneo en esta Región, acabe cerrando los telediarios una de las polémicas más tontas de la historia, con una obra inocua, ingenua e inofensiva. A estas alturas de la jugada, decir que un desnudo de esas características es sexista y que puede herir sensibilidades no cabe en cabeza alguna.


Hasta hace bien poco, hemos tenido los autobuses forrados de publicidad del Pétalos, un célebre club de alterne, seguimos sin poder dar un paso por la ciudad sin que nos asalten imágenes de modelos que anuncian colonias como si fueran elixires sexuales o humedecen sus labios frente a helados de chocolate como si quisieran comernos la polla. Eso por no hablar de las vallas publicitarias que a la salida de la ciudad nos recomiendan algún que otro destino lujurioso para nuestras noches insomnes. Y qué decir de las brasileñas enseñando pechuga y restrengándose con la muchachada viejuna durante el Entierro de la Sardina. Vamos, pecata minuta.

Pero no, nada de esto escandaliza. Son las obras ñonas de Cantabella las que hacen poner el grito en el cielo a nuestros políticos. Hay que ser cazurro e indocumentado. Estoy por pensar que lo que provoca el escándalo en la obra de Cantabella no es el desnudo femenino, sino la desnudez comercial. Las imágenes de la polémica no venden nada. Son mensajes sin función. Llaman la atención sobre sí mismas y sobre el medio, no derivan la mirada y el deseo hacia el producto. Son, en cierto modo, opacas, frente a la transparencia de la fotografía comercial, que es un simple canal direccional hacia el producto. La imagen aquí está fuera de lugar, en un sitio que “no le corresponde”. Por eso llama la atención, porque es incomprensible. Qué nos quiere decir, a qué alude, por qué. El viandante no llega a tenerlo claro.

Cuando el arte trabaja con las estrategias de la publicidad produce siempre esta sensación de incomodidad. Lo hace cuando la obra tiene rigor y calidad, como sucede en las obras de Jenny Holzer, Barbara Kruger o Guerilla Girls, pero también lo hace cuando se trata de una obra menor, como la de esta artista murciana. Eso nos habla de la potencia del medio, y sobre todo de que quizá sea ahí el lugar en el que deben trabajar los artistas si quieren conseguir un "efecto real".

De todos modos, no lo tengo muy claro. Lo único que parece incuestionable es que la tontería humana no tiene límites. Y sobre todo, que es altamente contagiosa. Se suele dar en los extremos de la sociedad, en la férrea moral conservadora y en la corrección política radical. Lugares que se tocan de un modo inquietante.

1/2/10

Clausura

A pesar de la resaca de la fiesta del viernes, de las cuatro horas de Carmen el sábado por la noche, y de la extraña victoria del Real Murcia este domingo, durante el fin de semana he logrado acabar por fin el texto sobre Jan Fabre. Me ha costado trabajo, pero he encontrado en él un artista fascinante sobre el que, con toda seguridad, volveré en un futuro. He acabado también un pequeñito texto que tenía pendiente entregar desde hace tiempo. Y con esto, la piedra textual ha llegado a la cima de la montaña. Sísifo (al menos uno de ellos) parece haber acabado su tarea.

Así que puedo anunciar, a voz en grito, que por la presente queda clausurada definitivamente hasta el año que viene MahnText&Talk Coorp., la fábrica de producción de textos y conferencias en la que me he convertido poco a poco. A partir de ahora, salvo mi columna semanal en el periódico y algunas mínimas incursiones blogueras (que prometo insustanciales), no vuelvo a escribir nada que despiste de mis tareas investigadoras y literarias. Se han acabado las conferencias, las mesas redondas, las presentaciones, los textos de catálogo, los artículos para revistas, los prólogos o las reseñas. Un paréntesis en principio hasta el próximo año; aunque ya veremos cuánto se prolonga. Ahora, quedan dos semanas de corregir exámenes y trabajos, y de pertrecharme de ropa de invierno para el frío de Williamstown. Todo llega, aunque los finales son siempre agónicos.