27/1/10

De lágrimas y de música

Con el texto sobre Fabre estoy volviendo en menos de una semana a uno de mis temas preferidos, las lágrimas. Esta mañana, nada más levantarme he vuelto a acudir también a Cioran y he abierto al azar De lágrimas y de santos. Me he encontrado un aforismo que me ha atravesado por completo:

"No puedo diferenciar las lágrimas de la música" (Nietzsche). Quien no comprende esto instantáneamente, no ha vivido nunca en la intimidad de la música. Toda verdadera música procede del llanto, puesto que ha nacido de la nostalgia del paraíso. (E. M. Cioran)

26/1/10

Interrupciones musicales

Cada vez que tengo que escribir sobre un artista que me gusta, me anulo y me quedo sin argumentos. En este caso, se trata de Jan Fabre, cuya obra desde siempre me ha fascinado. Para un pequeño texto de apenas tres páginas, llevo ya casi una semana leyendo sin parar. Se me vienen a la cabeza ideas compulsivamente, pero no puedo centrarlas. El cuerpo, los fluidos, la metamorfosis, la danza, el movimiento continuo... Fabre me supera. Es un artista difícil de encuadrar en algún tiempo concreto. Su obra desborda disciplinas y clasificaciones. Así que, desbordado, seguiré destrozándome la cabeza para sacar algo en claro.

Y mientras pienso e intento darle forma a la cosa, no puedo evitar, de cuando en cuando, sentarme al piano, improvisar y guardar el resultado como memoria musical de textos e ideas frustradas.

23/1/10

Mirada lacrimosa

Uno de los objetivos de la óptica moderna fue el “afinamiento de la visión”, la consecución de un ojo perfectamente calibrado capaz de distinguir claramente las diferencias del mundo. Este proceso, entre otras muchas cosas, llevó aparejado la eliminación simbólica de todas aquellas cosas que interrumpían la continuidad y claridad de la visión. El nuevo ojo evitaba el parpadeo o la lágrima, es decir, cualquier forma de interrupción de la mirada, algo que recuerda bastante a uno de los paradigmas de la visión moderna, los ojos abiertos del joven Alex, el protagonista de La naranja mecánica, al que unas tenazas mecánica abren los párpados para lograr una mirada ininterrumpida. Unos ojos abiertos de par en par (eyes wide open), herramienta de la mirada absoluta.

El ojo moderno se configuró para ver las cosas valorando sus superficies cortantes y diferenciadas. Diferencias de raza, de clase, de género... una mirada capaz de ordenar y separar lo caótico. Una mirada científica y racional.

Frente a ese ver cortante y seco, me gustaría reivindicar en estos momentos la necesidad de una “mirada lacrimosa”, emotiva, afectiva, humedecida. Una mirada que no logre jamás hacerse una imagen del mundo si no es “manchada”. Se trataría de un “ver a través de las lágrimas”, un ver que no deje ver del todo, un ver no inmaculado (sin mancha), sino impuro, contaminado por el propio cuerpo. Un modelo de visión alejado de la claridad. Un mirada borrosa incluso al nivel de los sentimientos. Y es que cuando la lágrima aflora es porque hay algo que no se puede racionalizar, algo que no puede ser traído del todo al entendimiento. De hecho, debemos entender la lágrima como un excedente o un resto de los procesos racionales. Es aquello que no puede ser dicho del todo, aquello que queda fuera del discurso. Aquello que, cuando aparece, rompe y quiebra todo decir. El punto ciego de la racionalidad. Y, sin embargo, la condición básica de la compasión.

Tatiana Abellán, S/T, 2008.

La mirada de las lágrimas, húmeda y borrosa, se opondría claramente a la omnipotencia de la visión y a sus metáforas lumínicas. Las lágrimas perturban la claridad de la visión, nos nublan la mirada y no dejan que veamos las cosas como son. Es decir, las lágrimas impiden el acceso a la verdad del mundo, una verdad que, en la Modernidad, es eminentemente visual.

Las lágrimas nos hablan de un interior que no puede ser asimilado. Se relacionan también con lo abyecto, y con su opuesto elevado, lo sublime. A lo largo de la historia, las lágrimas han tenido varios significados, pero todos ellos han estado presididos por lo enigmático. Nadie sabía de dónde salían, cuál era su origen. En algunos momentos, las lágrimas fueron pensadas como corporalizaciones de la emoción. Cuerpos emocionales. Quizá por esa razón se popularizó el uso de “lacrimarios”, pequeños recipientes en los que, casi como si se tratase de joyeros, se guardaban las lágrimas, restos del dolor o de la alegría. En todo caso, la lágrima se vincula a un excedente imposible de asimilar. Es lo que se pierde, lo que sale del cuerpo, aquello que ya no puede contenerse en el interior. La expresión “no pudo aguantarse las lágrimas”, común en muchos episodios de dolor (o también de alegría), tiene que ver precisamente con esa idea de afloramiento, de incontenibilidad, de imposibilidad de sujeción.

La lágrima corporaliza y trae a la visión de modo táctil y matérico aquellas cosas que no pueden ser comunicadas. Pero también introduce nuevos modos de ver, alejados de la claridad. Modos de ver mucho más cercanos a la realidad, pues nunca vemos las cosas con los ojos limpios. No hay una pureza de la visión. Cuando miramos al mundo, nuestros ojos están llenos de cosas que no nos dejan ver: miedos, deseos, inquietudes, emociones… cosas que no vemos y que, paradójicamente, se hacen visibles en el cuerpo de las lágrimas. Y es que, por encima de cualquier otra cosa, las lágrimas son cuerpo. Cuerpo extraño, difícil de asumir.


[Este texto es un fragmento de "Cuerpos extraños", aparecido en Tatiana Abellán. Ojos abatidos, catálogo de la exposición celebrada en la Sala Luis Garay de la Universidad de Murcia, diciembre de 2008]

19/1/10

Caja de música

A veces, desoyendo los comentarios de G., me siento al piano y se me vienen a la cabeza melodías ñoñas e infantiloides como la de esta música para un ruido secreto (o ruido para una música secreta).

16/1/10

Conmoción

La década que hace unos días todos nos prometíamos felices ha comenzado con una catástrofe de cuyas dimensiones difícilmente podemos hacernos cargo. El terremoto de Haití ha devastado ciudades enteras, las víctimas son incontables, y la posibilidad de supervivencia para muchos de los que quedan rozan lo imposible. Sin embargo, aquí continuamos como si nada. Es cierto que la comunidad internacional se ha movilizado. Pero nosotros no somos conscientes del desastre. O, mejor, no queremos serlo. De esto ya he escrito aquí en más de una ocasión: hemos perdido por completo la capacidad de ser afectados por el dolor de los demás. Es como si prefiriésemos no mirar, o no saber del todo, como si intentásemos a toda costa proteger el sentido que creemos dar a nuestra vida.

Y es que, sin duda, si realmente tomásemos consciencia de la realidad de la catástrofe, no continuaríamos con nuestras rutinas, sino que comenzaríamos a cuestionar la importancia que damos a las cosas. La cuestión es que, lo queramos o no, seguimos viviendo como si fuésemos el centro del mundo. Sólo nos importa lo que gira a nuestro alrededor. Ésa es la clave de que no nos afecten los dolores lejanos, que nuestro mundo de afectos está en la cercanía. Es muy difícil proyectarnos en el dolor de un otro que no conocemos y que apenas podemos imaginar. Además, los medios nos ofrecen imágenes que no son más que datos, números, imágenes sin profundidad y densidad que difícilmente transmiten la realidad de lo que sucede. Como ha sugerido Jacques Ranciére, “no es que veamos demasiados cuerpos que sufren, sino que vemos demasiados cuerpos sin nombre, demasiados cuerpos que no nos devuelven la mirada que les dirigimos, de los que se habla sin que se les ofrezca la posibilidad de hablarnos”. Así, en cierto modo, se preserva nuestra comodidad, y podemos seguir comiendo tranquilamente tras la contemplación de un sufrimiento que conmovería incluso a las piedras.

[Publicado en La Razón, 15/01/10]

15/1/10

Procrastinando

Recordatorio para cuando pueda sacar un rato:

- Escribir sobre Nocilla Lab, de Fernández Mallo, y decir que, sin duda, es la que más ha gustado de la serie.

- Escribir sobre Invisible, de Paul Auster, y decir que tiene un tufillo murakamiano ñoño y que está arrebatada al final. Aún así, seguiría leyendo a Auster hasta el fin de los días.

- Escribir sobre Avatar, de James Cameron, y decir... muchas cosas: que con las gafas 3D me vi retroceder en el tiempo a los orígenes del cine de barraca de feria, que con la historia me vi retroceder en el tiempo a lo orígenes de la nación americana y Pocahontas, y que con la glorificación de los nativos pobladores del planeta Pandora me vi retroceder al universo del cable de conexión frente al género humano, telépata e inalámbrico

10/1/10

Alejamiento

Llevo ya varios meses incapacitado para la ficción. Los textos académicos y la burocracia universitaria ha conseguido llevarse la inspiración (o lo que sea eso). Hoy he intentado retomar la escritura, pero parece que la creatividad se me ha ido de vacaciones. Mientras tanto, seguiré leyendo, y confiando en que la cosa vuelva por sus fueros.

9/1/10

Segura desnudez

En «Estoy desnudo», un fascinante y divertido relato de Yasutaka Tsutsui, un hombre prefiere morir de frío antes que ser visto sin ropa en medio de la ciudad. Sin duda, la desnudez es uno de los tabúes más extendidos en nuestro mundo contemporáneo. Desde Adán y Eva, que nos vean desnudos parece ser lo peor que nos puede pasar. Ciertamente, una de las pesadillas más angustiosas es perder la ropa y tener que mostrar nuestras «vergüenzas» (o las partes pudendas; depende de cada cual) a los demás. Luego, paradójicamente, llegamos a una playa y nos quedamos en ropa interior (o casi desnudos) como si nada. De todos modos, si hablo de esto hoy es porque el tabú de la desnudez parece haberse puesto de nuevo de manifiesto tras la polémica surgida con los escáneres corporales que se van instalar en los aeropuertos tras las muestras de que los actuales sistemas de seguridad dejan mucho que desear.

Me llama tremendamente la atención que, en lugar de hablar de la seguridad, el debate se haya dirigido a la cuestión de la desnudez y la invasión de la privacidad. Parece ser que el escáner te muestra ante los ojos del vigilante como tu madre te trajo al mundo, algo que para mucha gente es visto como un atentado contra la intimidad. Pero digo yo, ¿qué ocurre entonces cuando el médico te hace un tacto rectal?¿Atenta eso contra la intimidad? No lo entiendo. Si es por seguridad, prefiero que se me vea hasta la epiglotis. Además, lo que habría que plantearse es que el problema de la intimidad no está hoy, ni mucho menos, en la desnudez corporal. Donde estamos totalmente desnudos es en nuestra vida privada, en nuestros números de cuenta, en nuestras fotos accesibles en facebook, a la vista de cualquiera. Hoy ya estamos desnudos. ¿Qué importa, entonces, que vean nuestro cuerpo?

[Publicado en La Razón, 8/01/2010]

5/1/10

Los reyes adultos

A veces decimos que la Navidad es para que la disfruten los niños. Creemos que se trata de un tiempo concebido para la infancia, pero no es así. La Navidad está pensada para nosotros. Es un rescate del tiempo mágico de nuestra niñez, ese tiempo mítico que configura la base de nuestra psique y que, aunque creamos haberlo dejado atrás, emerge frente a nosotros una y otra vez. En Navidad, las ciudades se llenan de luces, hay señores que vienen a traer regalos, y una especie de espíritu extraño se apodera de la gente. El mundo ordinario se convierte en un mundo sorprendente y encantado, como si el orden mágico de los niños se instaurase en el mundo real.

Si uno lo piensa bien, ese orden maravilloso es mucho más necesario para los adultos que para los niños. Por eso nos empeñamos en guardar el secreto de los Reyes Magos. No por los niños, sino por nosotros mismos. Somos nosotros quienes necesitamos de su existencia. Necesitamos su magia para recubrir la obscenidad de la mercancía. Somos nosotros los que envolvemos la crudeza del consumo con el velo de la imaginación. Un velo que nunca puede ser descorrido del todo, ya que si quitamos de en medio esa fantasía, la cosa no sólo pierde toda su gracia, sino que deja de funcionar. Para que el sistema no se resquebraje, recubrimos la desnudez del capital con la ilusión y la imaginación. Por eso nunca sabremos realmente quiénes son los Reyes Magos. Porque no podemos hacerlo. Es como intentar acceder a la verdad absoluta. Imposible. Así que, por mucho que, aparentemente, dejemos de creer, en el fondo la fantasía sigue trabajando, aunque ahora la proyectemos hacia el mundo de los niños, fingiendo que sabemos que los Reyes son los padres.

3/1/10

Improvisación en toda regla

Ayer, para comenzar el año, y siguiendo con mi tradición de no saber decir que no, me dejé liar para tocar en la gala de clausura del festival de cine Bullas Opera Prima. La actuación consistía en improvisar al piano mientras Luis Espín hacía una VJ session. Es decir, poner música a las imágenes de la pantalla, cosa que siempre me ha gustado. Aunque los dos íbamos a improvisar, habíamos ensayado una secuencia más o menos lógica, de modo que, en cierto modo, se contase una historia con las imágenes, y la música pudiera contribuir a la producción de esa narración hasta cierto punto articulada. Pues bien, esa era la intención. Pero lo que ocurrió realmente fue bien distinto. Si yo no sé decir que no, parece que las máquinas aprenden a decirlo nada más nacer, y lo hacen cuando a ellas les sale literalmente de las conexiones. Y anoche parece que estaban con las conexiones agrias y, sobre todo, con ganas de fastidiar al personal. Como si se hubiesen confabulado todos los astros, la maquinaria empezó a fallar. Las imágenes no entraban, el orden se perdió, y el piano dijo que iba a sonar como a él le diera la real gana.

Nada más empezar, ya con las luces apagadas, y por alguna razón que se escapa al conocimiento humano, observé que el pedal de expresión no funcionaba. Eso, en la música que hago yo, es como si al coche de Fernando Alonso no le funciona el volante. Es decir, una catástrofe. Pero no podía parar. Así que comencé a tocar acordes que mantenía todo el tiempo posible para crear el efecto de sostenido. Sin embargo, así no podía estar mucho tiempo, y tampoco podía seguir a las imágenes, que en ese momento, más o menos, iban según lo previsto. Así que comencé a ponerme algo nervioso, pensando en el desastre que iba a suceder cuando cambiase a algún tema más rápido. En esas, y ya con un rato de concierto, cabreado, y harto de pisar el pedal hasta casi atravesar el suelo, decidí soltarlo y mandarlo a freír espárragos. Y cuál fue mi sorpresa cuando el efecto de sostenido comienzó entonces a aparecer poco a poco. Tuvo que pasar un rato para que me diese cuenta de que, otra vez por causas inexplicables, se había invertido la acción del pedal: cuando lo dejaba suelto, funcionaba, y cuando lo pisaba, quitaba todos los efectos. Eso era un desastre, pero al menos estaba el efecto. Así que, aunque con muchas dificultades, conseguí hacerme con el orden inverso y controlar la situación a contrapié. Yo pensaba en estos momentos en los cowboys que domestican a los caballos salvajes y que al final acaban cabalgando plácidamente sobre ellos. Pues algo así me sucedía. Todo esto ocurría, claro está, mientras improvisaba e intentaba acompañar a las imágenes, que ya en aquel momento comenzaban a aparecer de modo extraño.

Cuando más o menos, y a pie cambiado, me logré hacer con la situación, comencé a darme cuenta de que lo que sucedía en la pantalla también se había invertido. Aparecían las imágenes sin orden ni concierto (nunca mejor dicho). Entonces el nerviosismo vino porque intenté acomodarme a ellas, pero no había manera. Algo sucedía en la cabina de proyección. Luego me enteré de que Luis estaba sudando incluso más que yo, porque a él también el ordenador se le había rebelado, negándose a cargar las imágenes que iba a pinchar en directo.

El colmo llegó con la cuestión del tiempo. Habíamos planeado quince minutos de sesión, pero con la alteración, ya no sabíamos por dónde íbamos. Yo tenía el cronómetro sobre el piano, así que veía el tiempo y sabía que habíamos comenzado a pasarnos. Entonces empecé a intentar terminar. Pero no había manera. Era como una condena olímpica. Yo me veía como Sísifo, subiendo la piedra una y otra vez. Y es que cada dos o tres minutos hacía como que acababa, pero Luis no conseguía oírme y seguía pinchando imágenes, así que yo continuaba. Era como un coitus interrumptus infinito. Así estuvimos más de media hora, acabando una y otra vez. A los 33 minutos, cuando la gente ya comenzaba a estar desesperada, decidí que había que acabar de alguna manera y en un momento determinado cuando se colaron unas frases de mi libro Demasiado tarde para volver, vi el cielo abierto y decidí dejarlo ahí. La gente ya no sabía si aplaudir o esperar a que comenzase de nuevo. Afortunadamente, alguien inició el aplauso y así Luis pudo escuchar que había que finiquitar la cosa.

Al final, a pesar de los pesares, parece que la gente no se dio cuenta de lo que ocurría. Les pareció raro, pero no más que otras cosas. Esto del arte moderno es lo que tiene, que no hay manera de quedar mal. Pase lo que pase, parece que todo ya estaba previsto. Y si no, siempre queda cool y trash, algo que, por supuesto, mola mogollón.