31/12/09

Propósitos presentes

El comentario de Emilio me da la excusa perfecta para el último post del año. Como bien dice Emilio, igual que las pastillas de sacarina, el tiempo, que a veces creemos infinito, también tiene su fin, al menos lo tiene para nosotros. Supongo que hay un momento en el que uno siente que se le va de las manos y que ya no hay manera de dejar las cosas para otro momento, porque comenzamos a desconfiar de que los momentos vuelvan a nosotros.

Uno acumula cosas por hacer que al final nunca realiza del todo. Así que los fines de año se llenan de buenos propósitos. El 31 de diciembre es la fecha para soñar en el cambio, en que las cosas pueden comenzar a ir mejor. Esta vez, como Emilio, yo tampoco he hecho propósitos para el año nuevo. Aunque sea por motivos diferentes, ni siquiera me había puesto a pensar en que cambiamos de década. Por lo general uno piensa en lo que no ha sido o en lo que está por venir. Yo suelo ser muy melancólico, y el pasado siempre irrumpe. Me acuerdo de mis padres y de todos los que ya no están. Supongo que conforme uno se hace mayor, la gente comienza a no estar. Otras veces, insatisfecho con el presente, pienso en lo que vendrá, en lo que ocurrirá.

Pero esta vez, como digo, no hecho propósitos. Y no porque esté desesperanzado, sino porque, como he comentado en algún post anterior, he empezado a saborear la vida más en el presente que en el futuro. A lo largo de este año he recuperado la vida. Después de un tiempo en el que me he dejado la piel trabajando, he frenado algo el ritmo, pero sobre todo he aprendido a dar a las cosas su justa importancia. He seguido produciendo, trabajando como el que más, pero sabiendo el lugar que ocupa cada cosa.

El futuro está lleno de cosas por venir, es cierto. Quedan libros a medio escribir, otros ya escritos por ver la luz, otros que aún ni siquiera se me han ocurrido, queda la ilusión de dedicarle más tiempo a la música, queda la experiencia americana… pero queda, sobre todo, seguir viviendo como hasta ahora. No pido más. Ni menos. Virgencica, que me quede como estoy. Y no es resignación, sino algo muy diferente. Siento que se han cumplido mis deseos. Evidentemente, hay mucho por hacer. Tengo treinta y dos años. Como quien dice, estoy empezando en esto. Pero tengo la sensación de que esto es lo que había venido a hacer aquí.

Como buen lacaniano, estoy convencido de que goce absoluto nunca se puede satisface del todo, el deseo nunca se puede cumplir. Ser consciente de esto es lo único que nos acerca la felicidad, la toma de conciencia de que lo único que podemos hacer es acercarnos, nunca llegar del todo. Esto es en el fondo como el juego de la petanca, gana el que más cerca se queda.

La felicidad es un vacío inaccesible. Perdemos la vida entera intentando entrar dentro de ese vacío. Y eso nos crea ansiedades y frustración. Pero nunca valoramos el lugar en el que estamos. A veces estamos cerca, pero queremos estar aún más. Luego nos pasamos y valoramos aquella cercanía primera como algo que se aproximaba a lo que buscábamos. Y es que el goce, como la felicidad, sólo se consigue a toro pasado. Sólo después nos damos cuenta de que antes habíamos sido felices.

Como ya he dicho, este año (y sin haberlo buscado demasiado) me ha enseñado cómo dar importancia a lo que uno tiene cerca. Así que lo escribo para algún día recordarlo. El 31 de diciembre de 2009 estuve cerca de la felicidad.

Y no temo que todo esto se vaya al traste. Estoy seguro que así sucederá. Nada es eterno. Por eso hay que disfrutar de lo que se ha logrado. Ser consciente de la fugacidad de las cosas es lo único que nos hace valorarlas en su justa medida.

La clave está en buscar el equilibrio.

Debemos ser justos con los que ya no están, con los que lo dieron todo para que uno esté donde está, recordarlos como se merecen, honrarlos, pero no vivir en el pasado, sino transmutar el pasado en el presente, incorporarlo, transustanciarlo, hacer que cada acción de nuestra vida tenga un sentido, que las cosas que hagamos merezcan la pena. Eso es hacer justicia con la memoria.

Pero también el futuro debe estar en el presente. Proyectarnos hacia el tiempo venidero es la única manera de no quedarnos anclados en el mismo lugar. Evolucionar, cambiar, mutar. Pero no a través de algo que está por venir y que desconocemos totalmente, sino por medio de lo que ya tenemos. La clave está en pensar en que el futuro está aquí, en la punta de nuestra lengua, en las yemas de nuestras manos. No es algo inaccesible, sino una potencia de nuestro presente. El equilibrio, por tanto, está en saber que todo está condensado en el aquí y ahora.

Aquí y ahora somos pasado, y aquí y ahora somos futuro. Por eso esta noche vieja no se me ha llenado la mente de propósitos para el año que entra, ni tampoco se me han llenado los ojos de lágrimas por los que no están (ya he llorado bastante). De algún modo, ellos están aquí y ahora, en lo que hago, en lo que escribo, en lo que pienso, en lo que soy.

Quizá a más de uno esto le parezca un rollo a medio camino entre la autoayuda y el New Age baratero. Es posible. No me importa. A lo mejor es que no hay más. En cualquier caso, es lo que ahora pienso. Y si lo escribo es porque quizá, en un futuro lejano, cuando ya ni me reconozca, pueda venir aquí a saber que un día estuve cerca de la felicidad.

30/12/09

El objeto infinito

Hoy me ha pasado una de las cosas más sorprendentes en lo que lo llevo de año: se me ha acabado un bote de sacarina de los grandes. Al apretar el mecanismo para que salieran las pequeñas pastillas, nada ha salido de allí. He sufrido un vértigo tremendo. Aunque no os lo creáis, es la primera vez que me ocurre semejante cosa. Siempre he pensado que este tipo de productos no tiene fin. Esos botes están llenos de pastillas, tienen miles. Uno jamás pensarían que eso se puede gastar. Pero ese inconsciente de infinitud se me ha venido abajo hoy. al observar empíricamente que el bote estaba vacío.

Siempre intento evitar esos momentos en que las cosas acaban agotándose, perdiendo absolutamente su utilidad. Mucho antes de que se acabe el bote ya he comprado otro. Cuando, al agitarlo, intuyo que hay menos de cincuenta pastillas, el terror se apodera de mi cuerpo y salgo corriendo a por otro bote, si es posible más grande.En ese momento, el anterior es relegado al armario y su contenido nunca se gasta. Y allí se van apilando botes y botes que aún siguen sirviendo para algo. Es como un geriátrico de botes de sacarina.

Prefiero siempre dejar una leve esperanza de uso para los objetos. Pero según me han contado, hay gente cruel que quiere quitárselos de enmedio cuanto antes. Algunas personas, seguramente cansadas del bote que nunca se acaba, cuando creen que éste va llegando al final de su contenido, le quitan las pastillas que le quedan y las echan en el nuevo. Esto debe ser algo así como la eutanasia de los objetos. Se los mata antes de tiempo, para que no sufran más. Si total, para cuatro o cinco pastillas que le quedaban. Esa es la eutanasia que también se practica a menudo con el gel y con el champú.

No sé, supongo que va en personas. A mí me cuesta trabajo exprimir los productos hasta sacarle lo último que tienen. Y sin embargo hay gente que se ha llegado a fracturar varios dedos intentando apretar el tubo de pasta de dientes hasta el final.

Lo único que tengo claro hoy es que las pastillas de los botes de sacarina no son infinitas. Y eso, aunque pueda parecer una tontería, hace que el mundo pierda algo de encanto.

27/12/09

Déjà vu

Supongo que toca escribir sobre la Navidad. Lo suyo sería escribir sobre los mismos tópicos de siempre, las mismas anécdotas y los mismos argumentos: la banalización de la Navidad, la pérdida del sentido religioso y la conversión en una excusa para el consumo desaforado, o incluso la idea de la Navidad como un tiempo melancólico en el que recordamos a los que ya no están. La verdad es que, por mucho que uno quiera escribir sobre cosas nuevas, no puede dejar de caer en la repetición de lo mismo. Y, pensándolo bien, es precisamente esta idea, la de repetición, sobre la que se debería reflexionar en un tiempo como este. Aunque a veces observemos el curso del tiempo como una estructura lineal, que va desde el pasado al futuro, el mundo se repite constantemente.

El tiempo cíclico de las fiestas nos recuerda que hay cosas que nunca cambian, que, por mucho que avancemos, siempre estamos en el mismo lugar. Lo cíclico y lo repetitivo nos sirve también para frenar el vértigo de la historia, el abismo del desconocimiento absoluto del tiempo. Es una estructura de anclaje que nos permite habitar el mundo sin temor. Pero también es algo que nos puede conducir a la náusea de la repetición, a la sensación del déjà vu perpetuo, algo que se acentúa aún más en estas fechas. Cada vez que uno abre el periódico o mira la televisión, parece que nada ha cambiado: la mismas noticias, la alegría de los que han ganado la lotería, los belenes, las inocentadas… Todo recuerda a todo. Y uno tiene la sensación de vivir en «el día de la marmota», sólo que, en lugar de atrapado en un día, vive atrapado en un año, y así lo nota menos.

[Publicado en La razón, 26/12/09]

25/12/09

No (ha) lugar entrevistado

Con el papeleo y los líos de las últimas semanas, se me ha pasado subir la entrevista sobre este blog que tuvo lugar en La fundación Chirivella Soriano el verano pasado, en el marco del décimo aniversario de Arte10. La verdad es que lo pasé bastante bien en el encuentro, y creo que se llegó a conclusiones interesantes. Os dejo aquí también más información sobre el resto de participaciones y los demás encuentros en Málaga, Salamanca y Madrid.

24/12/09

Apocalipsis

Sigo pensando lo mismo que hace un año: "la Navidad se parece mucho al Apocalipsis. Más que un tiempo de alegría, parece el tiempo previo al Armagedón. Es el tiempo del gran banquete, de la orgía acústica y lumínica, el tiempo del gasto y el exceso. Comemos hasta reventar como si el mundo fuese a acabarse, cantamos villancicos hasta la extenuación como si estuviéramos espantando algún mal y bebemos hasta perder el sentido para intentar no pensar en lo que se avecina. Es como si lo peor estuviese a punto de ocurrir. Por eso nos aprovisionamos de víveres para varios meses y nos juntamos todos en la casa-búnker familiar, a la espera del momento de la gran demolición."

20/12/09

Noche comunal

La cosa tuvo su aquél. Aunque no estaba en mi mejor momento, al final el resultado fue más o menos digno. La verdad es que tocar después de un músico de verdad, me producía más que respeto. Pero como se ve que a esas horas la vergüenza se disipa, me puse manos a la obra como si tal cosa. Eso sí, advertí a los presentes que podían hacer de todo menos escucharme (hablar, mirar las imágenes, comer). La música debía tener el estatus de ruido de fondo. Y la verdad es que se lo tomaron en serio. Me atrevería a decir que demasiado en serio. No sé si alguien llegó a escucharme tocar. Pero el caso es que eso fue lo que me liberó para soltarme. Cuando fui consciente de que todos estaban "a lo suyo", me pude poner "a lo mío". Y creo que la cosa se me fue incluso un poco de madre. Tanto, que estoy convencido de que tuve la culpa de la accidental clausura del evento. Esto merecería un post especial, pero adelanto aquí algo.

Después de mi actuación, llegó el turno de la guitarra eléctrica. Y al poco de comenzar, entró en medio de la sala un señor con la mirada inyectada en sangre, cagándose en todo lo cagable y amenazando con "romperlo todo" si la música no paraba enseguida. Eran las doce y cuarto de la noche. Un viernes de diciembre. Vamos, que tampoco la cosa era para tanto. Además, la música que se estaba tocando en ese momento era relativamente agradable. Pero al individuo en cuestión, con pinta de bacala que se preparaba para comenzar la ruta, le pareció que aquello era intolerable. Y en lugar de llamar a la policía o pedir educadamente que se moderase el volumen de la música, le echó más cojones que Manolete y se plantó en medio de más de treinta personas amenazando con ahostiar al que le hiciera la contra. Una chica casi se busca la ruina al preguntarle con sorna si aquello era una performance. No estaba, ciertamente, la cosa para bromas. Así que se decidió que había que cerrar el chiringuito.

La verdad es que no encuentro otra forma mejor de acabar este tipo de eventos. Ahora bien, lo mejor fue sin duda su comentario del final. Mirando con desprecio al personal, al salir por la puerta airoso tras haber puesto orden en aquel sindiós artístico, al susodicho en cuestión no se le ocurrió otra cosa que decir: "putos hippies". A muchos se les saltaron las lágrimas. A algunos de risa, a la mayoría de nostalgia.

18/12/09

Noche en blanco

Esta semana está viniendo cargadita de actos. El martes, la presentación de cuaderno. Ayer, la charla-presentación sobre la obra de Luis Fernández y el espacio topológico. Y, como no hay dos sin tres, esta noche me he vuelto a dejar liar para tocar el piano acompañando a las imágenes de Óscar Espín. Será en la Fundación José García Jiménez, a partir de las diez de la noche, más o menos, en el marco de su "Noche Blanca de Navidad". De nuevo, lo que haré será improvisar de memoria las cuatro cositas que más o menos siempre toco. Si no tenéis otra cosa mejor que hacer un viernes por la noche (cosa que dudo), estáis invitados a cava e imágenes con música.

16/12/09

Desnudarse

Al final, la presentación quedó más o menos digna. Ua cosa íntima pero emotiva. El despacho de la galería se había decorado para la ocasión con dibujos de Pividal. El marco favorecía la intimidad y el recogimiento. Yo leí un pequeño fragmento de "Cuaderno de duelo", y, mientras leía, me di cuenta de que se me hacía un nudo en la garganta. Hay textos que cuesta tanto sacárselos de dentro, que luego se resisten a volver a entrar, a ser dichos de nuevo, rememorados, renombrados, restablecidos.

Es tremendamente difícil volver a las heridas que aún no han cerrado. Y hacerlo como si no pasara nada. De hecho, creo que no voy a volver a hacer una lectura pública de este tipo de trabajos. Conforme avanzaba la lectura, sentía cómo me iba desnudando progresivamente hasta que el frío de la calle helaba mi cuerpo. Luego, por supuesto, uno vuelve a su sitio y se recompone como si nada hubiera sucedido. Pero eso sí que es ficción. La ilusión de un yo completo que es pura fachada. Por dentro las cosas siguen resquebrajadas. Y cuando uno mira hacia atrás, los fragmentos de vidrio se clavan en el hígado y arrancan jirones de piel. El cuerpo sin órganos se convierte entonces en un cuerpo "desorganizado". Un cuerpo caótico, inestable, frágil y doliente. Es decir, lo que uno es todos los días de su vida. Aunque a veces parezca que la cosa no es para tanto.

14/12/09

Presentación de Cuaderno

Por si alguien está aburrido y no tiene que hacer nada el martes 15 por la tarde, os dejo aquí la invitación a la presentación de Cuaderno, el pequeño librito del que ya hablé aquí, compuesto por dibujos de Javier Pividal y textos de Pablo Guitiérrez y un servidor vuestro. El acto será a las 19'00h en la Galería Art9 (Murcia).




12/12/09

Puertas al campo

A veces pensamos en Internet como un nuevo mundo lleno de posibilidades. Y es cierto, pero sólo hasta cierto punto. Por mucho que nos empeñemos los internautas, Internet no es el campo y, contrariamente a lo que algunos piensan, no es tan difícil poner puertas y barreras. Es el mundo real porque sucede realmente, pero es un lugar cerrado y relativamente fácil de controlar. Un lugar bastante parecido a la realidad de la película Matrix, donde hay una estructura nodal y matricial que llega a todos los rincones del sistema. Se trata de un mundo que sólo ahora comienza a ser legislado, porque, hasta este momento, hemos vivido un tiempo muy parecido al de la Conquista del Oeste, la era del Internet libre e indómito.

Sin duda, el futuro será muy diferente. Recordaremos con nostalgia los tiempos en los que las descargas eran gratuitas, cuando podíamos ver series y películas sin pagar y podíamos compartir nuestros archivos a través de redes p2p. Esa época libre de Internet está tocando a su fin. La ilusión de libertad (ilusión que producía algo de realidad) se irá al traste si los gobiernos siguen el proceso represivo y policial de legislación del mundo virtual tal y como lo han comenzado, es decir, intentando aplicar normas y leyes ancladas en estructuras territoriales obsoletas a un mundo en el que difícilmente encuentran acomodo. Sin lugar a dudas, un sistema se hace fuerte cuando permite lugares y vías de escape, es decir, cuando tolera el incumplimiento de la norma. Internet representa para nuestra sociedad un lugar para esa transgresión de la ley. Paradójicamente, en el momento en el que todo esté reglado y controlado, el sistema correrá el peligro de resquebrajarse.

[Publicado en La razón, 11-12-2009]

11/12/09

Bodas de madera

Cinco años. Cinco segundos o cinco milenios, depende de como se mire. Un instante, o toda la eternidad. Por un lado, tengo la sensación de que todo ha pasado en un abrir y cerrar de ojos. Pero, por otro, parece que esto siempre ha sido así, que este es mi estado natural, el de compartir la vida con womahn. No concibo otro modo de vida. No me imagino ya en mi vida anterior. Ni mucho menos en una vida futura. Tengo la sensación de haber nacido para vivir la vida que me ha tocado vivir. Y que esa vida está sucediendo justo ahora. No antes ni después, sino en el momento presente.

Por lo general, uno se pasa la vida entera buscando la felicidad. Y en esa búsqueda de lo que no tiene, a veces olvida lo que ha conseguido. Vivir de modo proyectivo, pensando en un futuro mejor es lo que nos hace avanzar y mejorar. Sin embargo, ese mirar constantemente hacia delante nos hace miopes ante nuestro presente.

Pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor conduce a la melancolía y evita vivir el presente. Pensar que el futuro será mejor produce una gran ansiedad y lleva hacia una insatisfacción primordial. Por eso, de un tiempo a esta parte, he comenzado a valorar el presente, el tiempo del ahora. Un tiempo en el que, afortunadamente, puedo decir que he logrado algo que se parece mucho a la felicidad, al menos yo lo siento así. Y eso no quiere decir que mi vida sea privilegiada, que no haya sufrido con la muerte de mis padres, que pueda tener todo lo que deseo o que todo sea siempre una balsa de aceite. Sin embargo, en "lo esencial" (algo que no sé qué es, pero sí que lo puedo sentir), percibo esa felicidad. Vivo con quien quiero, donde quiero y, en lo esencial, como quiero.

Por supuesto que el futuro puede ser mejor (o peor), pero cada vez me importa menos. Quiero disfrutar del momento presente, del tiempo del ahora, del instante fugaz y mínimo, del tacto de las teclas del ordenador, del gusto en mi boca del café con leche que acabo de tomar. Estas pequeñas cosas son las que conforman la felicidad. Felicidad que nada tiene que ver con el acomodo y la ceguera ante lo que ocurre en el mundo, sino con la toma de conciencia de lo que somos y del lugar en el que estamos. Sólo desde ahí, desde la experiencia de la plenitud, y no desde la ansiedad de la falta, es posible imaginar un mundo mejor.

5/12/09

Redescubrimientos y reconquistas

Después de una semana de aúpa, por fin me puedo sentar con tranquilidad durante unos minutos frente al ordenador para hacer una breve y esquemática crónica de lo que ha sido la semana. Ha pasado tan rápido, que tengo que hacer esfuerzos para recordar:

1) Comienzo las clases de Teoría del Arte en Historia del Arte. Apenas tengo tiempo hasta el fin del cuatrimestre para lo que me ha tocado en liza impartir: la crítica de arte, de Diderot a Baudelaire. Me voy a saltar toda la parte antigua, y voy dar un giro mortal hasta Benjamin Buchloh, que he redescubierto estas semanas. El texto "Figuras de autoridad, signos de regresión" es una de las cimas de la historia crítica del arte contemporáneo. De mayor, quisiera escribir algo así.

2) Logro acabar también el texto para El ángel exterminador, la exposición que comisaría Fernando Castro en el BOZAR de Bruselas. Otro redescubrimiento: el último Buñuel.

3) Me fascina el seminario de Gayatri Spivak en el Cendeac, sobre todo, el hecho de ir de oyente, sin tener que preocuparme por nada más que por lo que dice el conferenciante. Una experiencia que había olvidado y que, poco a poco, comienzo a recuperar.

4) Ida y vuelta relámpago a Madrid: por fin, después de rellenar miles de papeles, consigo el visado para trabajar en Estados Unidos. Les ha faltado preguntarme por la marca y la textura del papel higiénico que uso.

5) Descubro en Madrid, gracias a José Luis Brea, la librería Electrico Ardor. Casi me arruino comprando ediciones latinoamericanas. Me traigo a casa todo Bellatin, un cargamento de Aira, algunas cosas de Chejfec, y un sinfín de traducciones de Benjamin, Badiou, Simondon y varias cosas más. Entre eso, y lo que he comprado en Paradox y La Central, se puede decir que ya han llegado los Reyes Magos.

6) No hay cosa que más me guste que florear durante unos minutos sobre los libros que he comprado. Ir saltando de uno a otro, como trazando caminos e itinerarios posibles antes de colocarlos en las estanterías. Sé que no tengo tiempo de leerlos todos ahora, pero me gusta tenerlos durante unos momentos sobre la mesa, como quien pone una bandeja de aperitivos. Y es que en cuanto entran a la estantería, se funden con el resto de "los que esperan" y pierden algo de su magia.

7) Llego de Madrid justo a tiempo para la cena de despedida que me organizan mis ex-compañeros de la Consejería. Noche larga, pero divertida. Les agradezco que me quieran. Esta mañana, bien tempranito, llego a casa rendido.

8) Cambio el número de teléfono móvil que he tenido desde hace casi diez años. Un hecho tan simple lo siento como un cambio radical y una especie de liberación de antiguas tiranías. Supongo que las cosas volverán a su curso rápidamente, pero mientras tanto, en dos días, ya he notado que casi nadie me llama. Voy reconquistando, poco a poco, un espacio privado que había perdido.

8) Disfruto, al fin, de un momento de soledad con womahn, la verdadera heroína de la historia.