29/11/09

Originalidad

Cuanto más vueltas le doy al problema de los derechos de autor, menos claro lo tengo. Esta semana hemos tratado en clase el arte del apropiacionismo que, precisamente, pone en cuestión la originalidad y singularidad de la creación cultural. A principios de los años ochenta, se hizo patente que la construcción de las obras de arte contemporáneo ya no se regía por la pureza y la individualidad de las propuestas, sino por la superposición de diversos estratos de significado que ponían de manifiesto la ausencia de un original. Había que tomar conciencia de que “debajo de cada imagen hay siempre otra imagen”. Toda una serie de artistas, como Sherrie Levine, Dara Birnbaum o Martha Rosler, entre otros, comenzaron a utilizar el recurso de la cita y el montaje de elementos preexistentes con la intención de anular la presencia de un sujeto individual.

Según estos artistas, no había posibilidad de acceso privilegiado al yo interior de los sujetos. Sólo podemos conocer el exterior, la superficie. Frente a la idea monolítica y pura del yo, optaron por una concepción pública y exterior de la identidad. Ésa es la misma tesis que defendió Jacques Lacan, para quien el sujeto se constituye a través de la identificación con una serie de “otros” que están en el afuera: primero, la imagen del otro, que da forma a nuestra dimensión del Imaginario; y luego, el lenguaje del otro, que es la base de nuestra dimensión Simbólica y cultural. Nuestra identidad se forja así a través del otro. Todo está dado de antemano. Si uno acepta esto, seguir creyendo en la originalidad y la inexpugnabilidad de la propiedad intelectual es algo no sólo totalmente extemporáneo, sino profundamente anticultural.

[Publicado en La razón, 27-11-09]

26/11/09

Hombre anuncio

En un post anterior hablaba de las marcas registradas como bastión de la propiedad privada. Proponía que nos hiciéramos marca para buscar un respeto que ya no se tiene por las personas. Evidentemente, lo decía de modo irónico. Nada más lejos de mi pensamiento que la idea de convertirme en marca. Sin embargo, creo que éste es un proceso al que estamos abocados. Un proceso que es el desarrollo lógico de la objetualización de lo humano y la humanización del objeto que tiene lugar durante la modernidad. Si hay una tendencia a convertir al hombre en máquina (utopía productivista) y a la máquina en hombre (utopía robótica), existe otra semejante a convertir al hombre en puro objeto de consumo y en dotar al objeto de consumo de propiedades humanas.

Hoy ya no compramos coches, teléfonos o ropa; compramos aventura, relaciones y posibilidades de seducción. La mercancía se ha hecho emotiva. Y, por contra, nosotros nos convertimos también en meros objetos o, incluso, en superficies publicitarias. Ya Walter Benjamin hablaba de la conversión del sujeto en mercancía a través de lo que él llamaba el “hombre sandwich”, es decir, ese individuo que se ve literalmente embutido y entre dos pancartas, inscribiendo la mercancía en el propio cuerpo. Hoy, si lo pensamos bien, todos somos hombres sandwich, pero en lugar de ser pagados por ello, somos nosotros los que religiosamente nos ponemos la publicidad de Dolce&Gabanna, Nike o Ralph Laurent. Consumimos al mismo tiempo que hacemos publicidad. Esta es, sin duda, la utopía del capitalismo avanzado, la consecución de un consumidor-productor que abastezca y, a la vez, reproduzca el sistema.


Por cierto, me fascina esta camiseta.

22/11/09

Diario de duelo

Hoy me he metido de lleno en la lectura del último libro de Roland Barthes traducido por Paidós, Diario de duelo, el volumen compuesto por las notas que el escritor francés escribió durante dos años tras la muerte de su madre, entre 1977 y 1979. Se ha publicado este mismo año por primera vez en Francia y ha provocado una gran polémica, especialmente en torno a la conveniencia de que una serie de notas íntimas se conviertan en un libro cerrado. Es cierto que, a veces, una suerte de compulsión editorial lleva a las librerías cosas que deberían haber permanecido en el registro de lo privado. No sé hasta qué punto eso ocurre con este libro. Hay aquí cosas íntimas, es cierto. Pero, sin duda, se trata de un libro increíble, fundamental para entender el trabajo del último Barthes, en especial La cámara lúcida, a cuyo proceso de gestación se asiste a través de estas páginas.

Me ha fascinado. No puedo decir otra cosa. Aunque también es cierto que mi lectura no ha sido ni mucho menos neutra. Como he escrito en alguna ocasión en este blog, desde antes del verano estoy escribiendo una serie de reflexiones sobre la muerte de mi madre, reflexiones que había titulado, antes de conocer el libro de Barthes, Cuaderno de duelo. Supongo que ahora deberé cambiar el título. Incluso me he replanteado la idoneidad de mi texto, aunque no es exactamente lo mismo, ni mucho menos. No es un diario, sino un intento de reconstruir artificialmente el duelo, un intento de mirar hacia atrás y restituir el espesor de un tiempo que ha pasado demasiado rápido.

En cualquier caso, la lectura del Diario de Barthes me hace retomar algunas cosas, y sobre todo me hace volver a emocionarme. No he podido evitar que la muerte de mi madre atravesara mi lectura del libro. Un libro que tenía reservado sobre la mesa del despacho desde hacía una semana, esperando el momento propicio para poder sentarme a solas con él. Y esta noche, sin apenas levantarme del sofá, lo he devorado de un tirón. Aún estoy aturdido. Durante toda la lectura he tenido el vello erizado y los ojos acuosos. He reconocido uno por uno los diferentes estados de duelo, las emociones, los afectos, incluso he podido intuir las lágrimas de un autor que, en medio de la aflicción, llegó a escribir:

"Lo irremediable es a la vez lo que me desgarra y lo que me contiene."

"Golpeado por la naturaleza abstracta de la ausencia; y, sin embargo, es ardiente, desgarradora. De ahí que entienda mejor la abstracción: es ausencia y dolor, dolor de la ausencia -¿quizás es entonces amor?"

"¿Escribir para acordarse? No para recordarme, sino para combatir el desgarramiento del olvido en cuanto que se anuncia absoluto. El -pronto- "ya ninguna huella", en ninguna parte, en nadie."

19/11/09

Brevemente antologado

Logro acabar por fin el texto sobre Manu Muniateguiandikoetxea para la expo de La Conservera. Hacía tiempo que no aprendía tanto. Como decía en el post anterior, me he logrado meter de lleno en el constructivismo. Y he disfutado como un niño con Rodchenko y compañía. Pero me he encerrado tanto, que no he tenido tiempo de dar cuenta de algunas cosas que me han ido sucediendo durante la semana. Por quedarme con la mejor, ha llegado ya a mis manos el libro Por favor sea breve 2, la antología de microrrelatos que ha editado Clara Obligado en Páginas de Espuma. En las páginas de este libro se recoge lo mejor de este género contemporáneo, con autores como Ana María Shua, Fernando Iwasaki, Hipólito G. Navarro o Andrés Newman. Curiosamente, y casi por accidente, se ha logrado colar una microficción mía, "Destino", un pequeño cuento de fantasmas sobre violencia doméstica que la editora ha escogido del libro Demasiado tarde para volver. La verdad es que para mí es todo un honor verme rodeado de estos escritores y compartir espacio con algunos de los grandes maestros del género.


Salvando mi contribución, que es una de las más prescindible, el libro está lleno de pequeñas joyas. Es una de esas cosas que merece la pena comprar y degustar una y otra vez. Esta literatura portátil y mínima se ha convertido en los últimos tiempos en uno de los géneros que has ha evolucionado. Microrrelato, minificción, minicuento, ficción hiperbreve... no parece estar demasiado claro cómo nombrar este género literario. Lo único cierto es que transita entre el aforismo, la poesía, el haiku y el relato llevado a su mínima expresión (y a su máxima condensación). Lo que sí parece cada vez más claro es que, de un tiempo a esta parte, su uso se ha extendido hasta límites insospechados. Quizá los ‘tiempos que corren’, rápidos y veloces, en los que apenas tenemos un momento para sentarnos a leer, han contribuido al éxito de las fórmulas breves. Y quizá por eso muchos son los escritores que han comenzado a cultivar este género ya no de modo subsidiario, como un apunte o un divertimento, sino como un fin en sí mismo. Frente a la hegemonía de los tochos vampíricos y las trilogías infumables, yo me quedo, sin duda, con el microrrelato y el universo íntimo y fugaz de la "nanoliteratura".

15/11/09

Constructivos

Llevo una semana enfrascado en la historia del constructivismo ruso. Para ser sincero, nunca me había interesado demasiado en este movimiento. Por supuesto, Tatlin y los demás me parecían interesantes, pero nunca había logrado encontrar la manera de entrarles bien del todo. Pero, con la excusa del texto sobre Muniategui y sus citas a Rodchenko, me he metido a fondo en la figura del artista ruso y en el constructivismo temprano, sobre todo el de 1920-21. Después de leer, entre otras cosas, los textos de Buchloh y, sobre todo, el libro de Maria Gough (The Artist as Producer: Russian Constructivism in Revolucion, University of California Press, 2oo5), me he dado cuenta de la complejidad y la riqueza del debate intelectual que se produjo durante aquellos años en el mundo del arte. Uno lo piensa bien, y la verdad es que gran parte de los problemas que se han planteado después en el campo artístico ya fueron trabajados y articulados por los pensadores y artistas rusos. No sólo los formales, que también, sino sobre todo los relacionados con la función del arte y su relación con la política. Es curioso que, hoy en día, cuando esos problemas están de nuevo sobre la mesa, apenas se aluda a este momento central en el que todo ya fue planteado con una solvencia y una lucidez aplastante por artistas y escritores como Rodchenko, Tarabukin y muchos más. Rescatar estas discusiones e intentar traerlas a la situación actual no es ninguna locura. Muchos de los callejones sin salida en los que nos encontramos hoy podrían ser iluminados por aquellos debates. Debates (y esa quizá sea la verdadera dificultad) que se mantenían a un nivel de profundidad, seriedad y compromiso intelectual que dificilmente podría hacerse efectivo en medio de la banalidad y la vagancia que se ha instalado en el mundo del arte contemporáneo.

14/11/09

El respeto hacia la mercancía

Sigo flasheado con la manera en la que Ramoncín ha conseguido cerrar el canal que El Jueves tenía en Youtube. Su argumento es que allí aparecían unos vídeos ofensivos que dañaban su imagen pública. Sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con el “cantante” en que hay cosas por las que no se puede pasar. El límite entre la parodia, el comentario y el insulto es bastante difuso. El problema es que ese límite se sobrepasa día tras día. Y sólo unos pocos pueden defenderse. Parece que es necesario tener adquiridos "derechos de imagen" para que se nos tome tan en serio como a Ramoncín. De lo contrario, se nos puede vilipendiar, ridiculizar hasta la extenuación y nada ocurre.

Quizá la solución sea registrar nuestros nombres como si fueran marcas, adquiriendo derechos de autor sobre ellos. Y es que es posible que el respeto que se ha perdido hacia la persona se mantenga hacia la mercancía. Sin duda, hay que darle la razón a Michel Houellebeq cuando dice que hoy la única transgresión posible es contra la marca registrada. En ¡Houellebeq!, Fernando Arrabal cita unos párrafos del escritor francés sobre esta cuestión que me parecen de lo más lúcido que se ha escrito en tiempo:

"Podemos chotearnos hablando de monjas, de pollas, de ojos arrancados, de 'sidaicos'. Es posible dar por culo a la Virgen en una novela. Pero hay un límite que no podemos franquear: atacar a un grupo financiero internacional a través de uno de sus productos... ¿Nos atreveríamos a escribir?:
“Antes de lamer el culo de las niñas a las que acaba de capturar, Marc rociaba sus anos con yogur líquido DANONE. Había probado con YOPLAIT o con CHAMBOURCY, pero no: la acidez era demasiado pronunciada. El gusto que daba a las secreciones anales carecía de finura; y todos sus amigos pedófilos opinaban como él. Para sus ‘gang-bang’ de niñas, Marc permanecía rotundamente fiel a DANONE”.

Ciertamente demoledor. Pero al escritor no le falta razón. Lo realmente “censurable” de este texto hoy serían las alusiones a las marcas, y no lo demás. La marca es el único tabú, la única prohibición real. La verdadera transgresión y verdadero riesgo no está hoy en mofarse de la religión o el Estado, sino hacerlo de Coca-Cola, Microsoft o Nike. Ahí sí que se juega uno el pellejo.

10/11/09

Bob Flanagan: la muerte como ready made

Esta semana trabajamos en clase la cuestión del dolor en el arte contemporáneo. Como conclusión del problema, he puesto Sick. Vida y muerte de Bob Flanagan, supermasoquista, la película de Kirby Dick sobre la vida de este genial artista americano. La obra de Bob Flanagan se suele utilizar muchas veces para epatar, sorprender y hablar de las barbaridades que llegan a hacer algunos artistas contemporáneos. Un artista que clava su pene en una tabla de madera, que se cuelga de los tobillos, que se hace golpear, que se introduce objetos punzantes en su cuerpo, que se flagela constantemente... es casi un prototipo de excentricidad y locura para todos aquellos que pretenden ver en el arte contemporáneo un terreno abonado para la bestialidad. Sin embargo, si se estudia en profundidad, su propuesta artística y vital, su experiencia del cuerpo y de la enfermedad, es una de las más lúcidas y coherentes de todas cuantas han sido llevadas a cabo por los artistas en las últimas décadas.

Para Flanagan obra y vida fueron la misma cosa. Aquejado de fibrosis quística desde su nacimiento, la enfermedad se convirtió en el centro de su vida y, en consecuencia, de su obra. En lugar de ceder a la enfermedad y dejarse morir poco a poco, Flanagan resistió y se hizo fuerte a través del dolor. Paradójicamente, el dolor estaba vinculado en su caso más con la vida que con la muerte. El dolor lo hacía sentir vivo. Era una herramienta para recuperar momentáneamente la soberanía sobre su cuerpo, arrebantándoselo durante unos instantes a la fibrosis quística. Una soberanía que, de nuevo paradójicamente, fue experimentada a través del masoquismo. La sumisión y la conversión en objeto de deseo del otro, el abandono era para Flanagan una manera de "hacerse fuerte", un "empoderamiento" del sujeto; un abandono voluntario en el que uno, desposeído de voluntad propia, experimenta placer a través de lo más bajo. Como sugería Georges Bataille, entre lo más alto y lo más bajo, entre lo sublime y lo abyecto, entre la soberanía y el abandono, apenas hay distancia.

Siendo esto realmente importante en la obra de Flanagan, una de las cosas que siempre me han llamado poderosamente la atención de su propuesta es su tremenda coherencia. Y sobre todo su capacidad de resistir hasta el final de la representación. Como es conocido, Flanagan convirtió su enfermedad y su proceso de muerte en espectáculo, en obra de arte. Ningún artista ha llegado tan lejos. Muchos se le han aproximado, pero siempre hay un momento en el que la representación finaliza. Un momento en el que la performance, la actuación, no puede seguir, un "no va más" que pone de nuevo las cosas en su sitio. Aunque sea de modo simbólico, los artistas suelen frenar en algún momento, cuando su vida peligra realmente, cuando se pasan de la raya, cuando el sujeto de la representación corre, de verdad, el peligro de convertirse en objeto, es decir, en puro cadáver. Chris Burden, Marina Abramovic, Gina Pane, Ron Athey y otros muchos han bordeado los límites del riesgo y el dolor, pero ninguno ha llevado hasta el punto de no retorno su acción. Hay siempre una suerte de contención en la acción, un quedarse cerca pero no pasarse de la raya, aunque a veces la raya apenas sea visible y sea muy difícil saber dónde está.

Pero Bob Flanagan llegó. Consiguió plantarse en el final de la representación. Aunque ya no fue consciente de eso. Incluso se podría decir que atravesó la representación. Una representación que sigue aunque el artista se haya convertido en objeto, ya que el cadáver mismo, lo más obsceno (aquello que, supuestamente, está "fuera-de-la-escena") sigue siendo parte de la misma representación iniciada por el sujeto. En el entierro, en los restos, en el testamento... su pareja-dominatrix Sheree Rose sigue manteniendo el telón abierto.

En cierta manera, se podría afirmar que la identificación entre vida y obra, que se inicia con el dandismo del XIX, y que es parte de la mitología del artista moderno, llega con Bob Flanagan a su clímax absoluto. Obra, vida y, sobre todo, muerte se convierten en este artista en una misma cosa. Es entonces, verdaderamente, cuando todas las fronteras se vienen abajo, cuando se evapora todo sentido, cuando se produce la verdadera muerte del arte en tanto que muerte del artista. O quizá habría que pensarlo al revés, cuando el arte trasciende la propia muerte del artista. Sin duda, el cadáver de Flanagan es su gesto más radical. Un gesto que, en el fondo, ya no es el de un sujeto, sino el de un objeto. Un objeto inerte en la escena artística. O lo que es lo mismo: un ready made.

8/11/09

Impresiones fugitivas

Después de sufrir la paliza del Cartagena al Murcia de esta mañana, me quito las pinturas de guerra y me recluyo en la lectura. Y nada me viene mejor que emocionarme una vez más con Impressions fugitives (L'ombre, le reflet, l'écho), el libro de Clement Rosset con el que me vuelvo a introducir en la cuestión de la sombra. Como ya he señalado en alguna ocasión en este blog, Rosset es uno de los pensadores que más admiro. Su teoría sobre los dobles de lo real ha sido tremendamente importante para mí. En este pequeñito libro que estoy leyendo, Rosset analiza una serie de impresiones fugitivas de la realidad (la sombra, el reflejo y el eco) que, para él, no son dobles, sino partes constitutivas de la realidad misma. La sombra no es una imagen del objeto, sino una parte de éste. No hay realidad sin sombra, ni sombra sin realidad.

Lo más fascinante de Rosset es su prosa hipnótica y su manera particular de analizar los problemas, siempre a través de pequeños libros que parece decir las cosas oído, texotos íntimos, cercanos, que se encuentran en el registro de la sugerencia, el esbozo o el apunte. Y es que a veces no es necesario decir más. El resto sobra. De hecho, estas microintervenciones, que casi podríamos llamar filosofía portátil, en ocasiones producen muchas satisfacciones que los sesudos tratados que buscan arrinconar al objeto de estudio desde todos los lados, intentando agotarlo, como si quisieran hacerlo desaparecer. Rosset, en cambio, sugiere, acompaña, señala, toca o, incluso, abraza ese objeto, pero nunca lo mata del todo. Y eso, que en otros lugares podría ser visto como una merma, en este caso, al menos desde mi punto de vista, es una de las virtudes mayores. Una alejamiento del saber totalitario y opresivo, un posicionamiento en favor de un conocimiento fragmentario que aparece a fogonazos, abriéndose brevemente para volverse a cerrar enseguida. Un lichtung, que diría Heidegger, un desocultamiento en el claro del bosque. Contundente, iluminador, pero siempre fugaz. Una luz que deja en el lector una huella que no se borra pero que tampoco entorpece su avance.

7/11/09

Silencio

En 1952, John Cage sorprendió al mundo de la música con 4’33”, una obra que presentaba cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. Compuesta en tres movimientos (30’’, 2’23’’ y 1’40’’), la pieza reflexionaba sobre la figura musical “silencio”, y no sobre el silencio puro. En la sala de conciertos no había un silencio absoluto, sino que se escuchaban toses y algún que otro rumor de fondo. Cage era consciente de esto, y, de hecho, una de las claves de la obra es la diferenciación clara entre el silencio de la composición (de la música) y el silencio de la sala (de la vida). Precisamente, el año anterior Cage había intentado buscar el silencio puro en la cámara anecoica de la Universidad de Harvard. Sin embargo, durante el tiempo que permaneció allí, en total aislamiento de los sonidos del mundo, no pudo encontrar el silencio absoluto. Es más, advirtió que podía escuchar dos tonos o vibraciones, uno alto y otro bajo, los tonos del sistema nervioso y del sistema circulatorio. No habría, pues, una ausencia de sonido salvo en la artificialidad de la partitura, en la convención cultural del signo que significa silencio, que sólo vale como regla en el ámbito de la composición.



El otro día, para comenzar la clase dedicada al neodadaísmo, después de recomendar la La anarquía del silencio, la expléndida exposición sobre John Cage que tiene lugar en estos momentos en el MACBA, no se me ocurrió otra cosa mejor que poner este vídeo, el vídeo de la versión para orquesta que dirigió Lawrence Foster en 2004 con la Sinfónica de la BBC. El resultado, como había previsto, fue que gran parte de los alumnos, de cuarto de carrera, a duras penas aguantaron el silencio. Gracietas como "no se oye", "cuándo empieza" o "dale voz", eran las más comunes. Pero también el cuchicheo y el movimiento constante. Había algo en esa pieza de Cage que aún seguía produciendo inquietud, algo que aún era difícil de tolerar. Me di cuenta, entonces, de lo difícil que es permanecer inactivo, improductivo, callado, contemplando la nada y el vacío. Y es que el silencio, hoy, en una sociedad del ruido, sigue siendo el más subversivo de los sonidos.

6/11/09

Tentar la suerte

En Murcia hay buena gente. Hoy lo he vuelto a constatar. Además, el porcentaje es bastante alto. De lo contrario, a estas alturas estaría ya sin moto. Y es que hoy, por tercera vez consecutiva en menos de una semana, me he vuelto a dejar las llaves puestas en la moto. No sé exactamente la razón, pero desde que me compré la nueva moto, tiendo a dejarme las llaves en el arranque o en la cerradura del maletero. El problema viene después, cuando intento buscarlas por los bolsillos y por la mochila y no logro encontrarlas. Ayer removí prácticamente toda la casa hasta que decidí usar las de repuesto. Sólo cuando fui a coger la moto, alguien salió del bar frente al que la tenía aparcada y me dijo, mostrándome un llavero que reconocí al instante, que si aquellas llaves eran mías. Por supuesto, le dije que sí y le di las gracias más de mil veces. Hoy ha vuelto a suceder algo igual, pero frente a una zapatería. De nuevo, el dueño del negocio, al verme buscar las llaves por todos los lados, se ha acercado a mí y me ha dicho que las había visto puestas en la moto, así que las había cogido para que nadie se las llevara. Y otra vez, he tenido que dar las gracias más de mil veces.

Lo curioso del asunto es que, tanto el bar como la zapatería, son negocios que, por cuestiones que no vienen a cuento, me son tremendamente antipáticos. Pero a partir de hoy los miro ya de otra manera. Es lo que tiene esta vida azarosa, que nunca sabe uno a quien le va a tener que agradecer las cosas.

En cualquier caso, lo que me ha quedado claro es que hay buena gente por el mundo. Tres de tres es una buena estadística. Eso sí, no voy a seguir tentando a la suerte, no sea que se cumpla el refrán, y de tanto ir el cántaro a la fuente acabe rompiéndose.

O, mejor, sí. Sí tentaré la suerte. Seguro que me seguiré dejando olvidada la llave en la moto. Por eso, por si hay algún interesado, se trata de una Piaggio Beverly negra de 125. Mañana la ruta de la moto será: de 10 a 12, aparcamiento del campus de la merced, el de la plaza de la Iglesia, junto a la cabina. De 12'30 a 14'30, facultad de Bellas Artes, Campus de Espinardo, en la parte del lado, junto a la escalera. Por la tarde, de 17 a 21, Cendeac, justo frente a la puerta, donde suelen aparcar las bicis. Si alguien quiere realizar un buen acto y devolverme la llave olvidada, es su momento. Y si alguien quiere una moto nuevecita y que va a las mil maravillas, pues ya sabe donde encontrarla.

4/11/09

Más textos

Entre clase y clase, intento meterme de lleno a trabajar en un texto sobre Manu Muniategiandikoetxea, sin duda uno de los pintores más lúcidos e inteligentes del momento. A veces, trabajar a fondo sobre un artista concreto viene bien para introducirse en cuestiones que, de otro modo, sería más difícil llegar. Ahora vuelvo a la geometría, la construcción, las relaciones entre pintura y escultura, y sobre todo a la idea de reflejo, sombra, resto y huella. Después de pasar unos días leyendo lo que se ha escrito sobre el pintor, me sumerjo ahora otra vez en Clement Rosset y sus imágenes del doble: por un lado, las "impresiones fugitivas"(sombra, eco y reflejo), y por otro, las "fantasmagorías" (pintura, grabación y fotografía). Con eso ya tengo, como poco, para el párrafo del comienzo. Las otras quince páginas ya veremos cómo se llenan.

2/11/09

Celebración

Después de pasar el fin de semana recluido (con la excepción del tránsito al cementerio), logro acabar el texto sobre Carlos Schwartz para la exposición del TEA. De nuevo, me dejo muchas cosas en el tintero, pero al menos esbozo una serie de intuiciones sobre la cuestión de la luz en el arte contemporáneo, algo que siempre me había interesado. Nada más enviarlo, entro en la página de la ANECA y compruebo que mi acreditación como contratado doctor es positiva. Otra cosa hecha.

Para celebrarlo, después de hablar dos horas seguidas en clase sobre los burdeles y el mundo de la noche, me meto a la librería sin rumbo fijo, es decir, del peor modo posible, porque todo es apetecible. Y es de esta manera que he vuelto a casa repleto de material para las próximas semanas. Entre las cosas que han caído: Pensar la muerte, de Jankélevich; Teoría de la imagen, de W.J.T. Mitchell; La mirada social, de Alain Tourane; y Cómo saborear un cuadro, de Victor Stoichita. Eso y, por supuesto, Aire nuestro, la última novela de Manuel Vilas. No sé si podré esperar a hincarle el diente. Y es que sobre la mesita de noche, en ámbito novelas, ya no cabe nadie más. Está Fernández Mallo y su Nocilla Lab, Enodio Quintero y Mariana y los comanches. Y, además, todo el cargamento de libros de relatos que compré en la SELIN de Blanca. Creo que con eso me voy a plantar por una temporadita. Espero acabarlo todo antes de irme a USA, donde intentaré no llevarme una sola letra en español, aunque la lengua de Cervantes sea hoy la segunda más hablada del mundo.

1/11/09

Una imagen

Tarde de cementerio. Regreso al pasado. Saludo a vecinos de la infancia. Me abrazo con mis hermanos. Pero delante de las lápidas de mis padres no logro sentir emoción alguna. A veces pienso en ellos y me retuerzo por dentro. Pero no allí. Allí ya no hay nada. Sólo un nombre y una fecha. Y huesos, pero eso prefiero no pensarlo. Porque eso está al otro lado, detrás, en el lugar al que no llega la mirada. Por eso pienso que ahora allí hay signos, letras y números. Sobre una piedra. Letras y números sobre una piedra. Por eso allí no hay emoción alguna. Porque el nombre ha perdido su poder de nombrar.

Nunca he querido que allí hubiese foto alguna. He preferido dejar tan sólo el nombre, consciente de que así el dolor de la visita iba a ser menor. Pero parece que he perdido la batalla. Los demás quieren la foto. Así que el próximo año, allí también estará la imagen. Una imagen capaz de quemar en las entrañas. Porque la letra ya no duele. El nombre ya no tiene cuerpo para posarse. Pero el año que viene el nombre tendrá la imagen. Y la conjunción de ambos volverá a llevarnos al terreno de las lágrimas.

Masoquismo de la rememoración. Sólo de pensarlo se me encoge el estómago.