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29/9/09

Conferencia

En la más que interesante web nonsite han colgado la conferencia que impartí el pasado verano en Valencia durante el encuentro Periferies, un evento que, bajo la dirección de Rafa Tormo, intentaba romper las fronteras entre arte e institución para llegar al efecto real y a la conexión del arte con la vida. Por alguna razón, Rafa pensó que, junto con las interesantísimas ideas de Marina Garcés (todo un descubrimiento que sigo asimilando poco a poco), los argumentos de mi libro La so(m)bra de lo real podían venir bien para ciertas ideas que sobrevolaban el encuentro. Así que se planteó una especie de presentación-conferencia con la presencia de la psicoanalista Concha Lechón. Os dejo aquí el vídeo en tres partes por si a alguien le pica la curiosidad. La verdad es que mi intervención es titubeante y sigo sin dar bien en cámara. Pero bueno, como Internet no olvida, lo mejor es afrontarlo. Tímido, tartaja, alopécico y despistado. ¿Alguien da más?







27/9/09

Movilidad

Como escribía en el post anterior, la luz artificial llegó a modificar por completo nuestra percepción del tiempo, introduciendo un ritmo de vida que ya no estaba vinculado con los tiempos naturales, sino con lo que podríamos llamar tiempo-máquina. Esa modificación del régimen cronológico de Occidente es la causante de gran parte de los problemas de sostenibilidad que acechan el “Primer Mundo”, entre ellos la cuestión de la movilidad. Esta semana que está acabando, precisamente, se ha reivindicado en todo el mundo la posibilidad de una movilidad sostenible, que apuesta por medios de transporte limpios y saludables cuyo ejemplo por excelencia es la bicicleta. Tal reivindicación nos tendría que llevar a pensar en algo más complejo y que está detrás de todo lo demás. El debate hoy se desarrolla en torno a la tensión entre el coche y la bici. Y dado el actual estado de cosas, la segunda opción parece la única viable para un futuro sostenible en la ciudades.

Lo único extraño en este debate es que nunca se cuestione la propia idea de movilidad, siempre saludada como productiva y beneficiosa. Quizá sea hora de que nos pongamos a pensar en por qué hay que moverse tanto (y tan rápido) para poder llegar al trabajo, para comprar el pan o para ver una película. La cuestión no es tanto la movilidad como la distancia y el tiempo. Y ése es en el fondo el problema de la Modernidad, que instauró un modo de vida que superaba las posibilidades de lo humano. Un modo de vida en el que los individuos necesitan de todo tipo de prótesis para afrontar el nuevo mundo moderno: prótesis de comunicación, de transporte, de productividad, etc. Precisamente, la bicicleta fue un invento moderno que intentó paliar esas nuevas necesidades de la época de las máquinas. Una máquina precaria, pero que encarnaba a la perfección la idea de un mundo basado en la velocidad, el traslado y el viaje. Una Era en la que el cuerpo ha devenido obsoleto e insuficiente incluso para habitar el mundo que le rodea.

En definitiva, que vivimos en Era de la "prosteticidad" (o como quiera que se diga "el tiempo de las prótesis").

26/9/09

Luz artificial

A veces no nos damos cuenta de la artificialidad del mundo que nos rodea. Salimos a la calle y no advertimos que lo que vemos tiene una historia y, sobre todo, que las cosas a las que estamos acostumbrados y sentimos como naturales no siempre han sido así. Eso ocurre, por ejemplo, con la iluminación de las ciudades, uno de los dispositivos más fascinantes de la vida urbana. Un dispositivo que ha modificado nuestra percepción y comprensión del mundo. Su paulatina introducción en las ciudades a lo largo del siglo XIX hizo trascender los ritmos naturales de luz/oscuridad y día/noche.


La utilización primero de la lámpara de gas, luego de queroseno y, a finales de siglo, de la iluminación eléctrica reorganizó los modos de vida de los ciudadanos, trayendo consigo una nueva racionalización de los tiempos tanto de trabajo como de ocio. Todo ello, como ha observado Paul Virilio, cambió la temporalidad del sujeto y produjo en éste “un régimen de deslumbramiento permanente”. Un deslumbramiento permanente que también sirvió para aumentar la vigilancia en las calles. La noche oscura había desparecido y el individuo en todo momento estaba expuesto a la vigilancia policial. La iluminación de las ciudades rompió la idea de la ciudad ensombrecida, ajena al ciudadano, para “evidenciarse” ante éste, en perpetua exposición y aparente transparencia. Se rompía así la discontinuidad de los ritmos para introducir un continuum consustancial a la modernidad. Una ininterrupción de los flujos vitales que tendrá su lado más glamoroso en la ciudad que nunca duerme y su cara más real, su parte maldita, en las cadenas de montaje y el trabajo por turnos.

[Publicado originalmente en La razón, 18/09/09]

20/9/09

eBook

La tecnofilia me ha podido. Después de pensarlo cien veces, y tras escuchar miles de consejos y barajar millones de pros y de contras, al final me he comprado un lector de libros digitales. En alguna ocasión había tenido en mi mano el Kindle de Amazon, y la verdad es que la sensación había sido bastante buena, aunque, desde luego, la imposibilidad para leer otros formatos que no fuese el estándar de Amazon, amén de su precio, me hacía dudar mucho. Y sobre todo, apenas había posibilidad de interactuar con el libro, algo que considero fundamental: subrayar y tomar notas. Y todo eso, la posibilidad de leer prácticamente cualquier formato (doc, pdf, txt… y por supuesto los destinados a ebook, como epub y lrf), y la de subrayar y anotar en la propia pantalla, lo ofrece el nuevo lector de Sony, el PRS-600, que acaba de salir a la venta, aunque aún no ha llegado a España.


Desde que a finales de agosto leí la noticia, mi impaciencia patológica me ha hecho visitar un gran número de páginas en las que se vendiera el dichoso aparatito. Pero no encontraba ninguna hasta la semana pasada. Cosas del destino, el viernes pasado, mientras corría para agarrar el avión en el aeropuerto de Ámsterdam, me choqué directamente con una demostración del lector y una oferta de lanzamiento en la tienda de electrónica. La verdad es que fue sorprendente. La mercancía, convertida en objeto de deseo, que sale al encuentro del individuo. Y yo, que no sé decir que no, y que estas cosas no me las pienso, no pude hacer otra cosa que caer en la tentación. Ya tendría tiempo de arrepentirme.

Y ese tiempo casi ha llegado. Porque el chisme está muy bien. Pero nada que ver con lo que había imaginado. Supongo que es necesario acostumbrarse, pero de momento la célebre “tinta electrónica” sigue estando a años luz de la de verdad. Y la pantalla, siendo desde luego mucho menos cansada que la del ordenador, está en las antípodas del papel. En otros lectores, como el Kindle, el Papyre o el Sony PRS-300, la calidad de la imagen es mucho mejor, con mucho más contraste. Pero tienen en su contra que no se puede tomar notas ni interactuar. Y esto para mí era fundamental. En el que yo he comprado la pantalla presenta ciertos reflejos que hacen incómoda la lectura. Y una retroiluminación no le vendría nada mal, porque o hay mucha claridad o necesitas al lado una luz para leer. Por eso los de Sony han sacado una funda que lleva ya la lamparilla de lectura incorporada. Habrá que probarla.

En fin, seguiré comentando mis sensaciones ante el aparatito. Esto es el futuro. No lo dudo. Pero estos cachivaches tienen aún mucho camino por recorrer. Siguen aún siendo tecnología fría a la que falta calidez y cercanía. Seguramente las cosas irán por estos derroteros. De momento, a pesar de todo, yo estoy como un crío con zapatos nuevos, y ya me he descargado más libros de los que seré capaz de leer en toda mi vida, algunos ultimísimas novedades, como The Lost Symbol, la última novela perpetrada por Dan Brown. Y es que, como no podría ser de otro modo, la piratería es algo que también funciona en este campo. Supongo que haré uso de ella para todos los libros chorras e infumables que suelo leer en los veranos. Lo único que tengo claro es que se acabaron los gastos de 20 euros en libros de tapa dura sobre conspiraciones vaticanas.

Para todo lo demás, el libro siempre será el libro.

17/9/09

Trasiego

Después de tres días en Madrid impartiendo unas clases, llego a casa con el tiempo justo para cambiar las cosas de la maleta y salir para Ámsterdam. Lo que más me fastidia de este trasiego continuo es el desarreglo de horarios y, sobre todo, la ruptura de la rutina. Este verano había logrado acomodarme a la monotonía, y espero volver a recuperarla cuanto antes. Y es que no hay nada mejor para la productividad que la rutina, la automatización e interiorización de las tareas. Al menos, a mí me funciona de esta manera. Cuando viajo soy muy creativo, pero no me centro para hacer nada. Cuando estoy en casa, acomodado y tranquilo, aunque las ideas también se vuelven perezosas, las logro atrapar y hacer algo con ellas. La repetición y el aburrimiento, al final, son los mejores compañeros de la creación.

13/9/09

Juan Antonio Ramírez

Me entero por Salonkritik de la muerte de Juan Antonio Ramírez. Y no puedo reprimir mi sorpresa. Apenas lo conocí personalmente, aunque, curiosamente, fue la persona que clausuró el primer curso organizado por el Cendeac, Cartografías del cuerpo, en mayo de 2003. Mis encuentros con él se limitan a una cena, un viaje en coche a Alicante y algunas conversaciones esporádicas a raíz de su presencia en el encuentro sobre Estudios Visuales. Aunque nunca fue profesor mío, en nuestra universidad de Murcia, huérfanos de grandes maestros, su presencia era reclamada como una referencia a seguir. Su fugaz paso como alumno por Murcia y su amistad con algunos profesores del departamento de Historia del Arte nos sirvió para sentir su presencia como una realidad.

A sus 61 años, era sin duda una de las referencias de la Historia del Arte en nuestro país. Algunos de sus libros abrieron un campo de estudio que aún está por explorar. Muchos nos hemos hecho historiadores del arte aprendiendo con sus textos. Durante la carrera, con veinte años, recuerdo haber visto la luz después de leer Medios de masas e historia del arte o sus estudios sobre el cómic de posguerra o las arquitecturas del cine. Ramírez demostró una versatilidad increíble como historiador del arte, dando muestras de su saber hacer en los temas más diversos. De su extensa producción, me quedo sin duda con su libro sobre Duchamp, una de las mejores aproximaciones a las obras del artista francés, un libro que pone en movimiento una lucidez interpretativa y un trabajo documental serio y preciso. Un modelo de escritura y solvencia historiográfica.

Lo que está claro es que, para la Historia del Arte, su muerte representa una grandísima pérdida. Sin duda, tendría en mente numerosos campos por explorar y un sinfín de cuestiones por analizar.

En mi estantería de libros por leer, esperando con urgencia, estaba El objeto y el aura, uno de sus últimos trabajos, publicado por Akal. Esta semana, sin falta, y aunque sólo sea por rendir homenaje, lo leeré con el cuidado y la atención que merece.

Necesidades secundarias

Mucha gente se echa las manos a la cabeza cuando contempla las cantidades que los gobiernos gastan en cultura. Uno de los primeros argumentos que se suelen esgrimir es que se trata de un gasto innecesario, una necesidad menor que no se debería atender hasta que las necesidades primarias estén cubiertas. Hay una suerte de sentido común, por el que seguro que todos hemos pasado, que nos dice que es mucho más importante arreglar una acera y poner más camas en los hospitales que gastar en una exposición, un concierto o en restaurar una iglesia del siglo XV. Este pensamiento es fruto de una lectura cándida, pero bastante ingenua. Una lectura que piensa en el sector cultural como un «aparte» del sistema social, una especie de parásito que simplemente recibe sin aportar nada a cambio. Porque seguimos creyendo que el capital cultural es sólo capital simbólico, que aporta riqueza para el espíritu y el intelecto, pero poco más. Sin embargo, aparte de este capital no desdeñable, que ya posee un valor en sí mismo, la inversión en cultura contribuye también al desarrollo de la economía. Detrás de cualquier evento cultural hay un gran número de profesionales que forman parte de la estructura de la sociedad: artistas, pero también transportistas, electricistas, albañiles... profesionales que también tienen hijos, compran el pan, van al supermercado, suben en taxi, es decir, que contribuyen a la creación de riqueza y a la activación de la economía. Activación que, en última instancia, es la que posibilita que se puedan arreglar aceras, poner camas en hospitales y cubrir necesidades de primer orden.

Publicado originalmente en La Razón, 11-09-09

10/9/09

Más espíritus

Con tanta lectura espírita me estoy llegando a asustar seriamente. Mi punto de vista siempre ha sido el del escéptico creyente o el del creyente escéptico. Ni me lo creo, ni me lo dejo de creer. Pero, desde luego, la curiosidad me puede. Lo que ocurre es que, cuando uno se mete de lleno en el tema, comienza a perder el norte. La mayoría de los libros que estoy leyendo dan por supuestas unas cosas que, si uno se para un momento a pensar seriamente, le entra la carcajada del siglo o el acojone del milenio.

La cosa se me está enquistando y quiero quitármela de encima cuanto antes. Había pensado que los seis meses en el retiro espiritual de Williamstown me iban a venir que ni pintados para avanzar y acabar la novela. Pero después de haber tenido noticias de la casa en la que voy a vivir, la idea ha dejado de hacerme gracia. Una casita del siglo XIX en las afueras del pueblo, clavadica a la de Psicosis. Un lugar idílico para escribir sobre cualquier cosa menos sobre imágenes de fantasmas y fotografías que lloran.

Seguro que, evidentemente, no me dará tiempo a acabarla antes y me llevaré allí para mis ratos libres. Ni pensar quiero el miedecito que puedo llegar a pasar. Me consolaré pensando que así la historia ganará en profundidad psicológica, aunque yo no gane para ansiolíticos.

8/9/09

Peritexto

A veces le entra a uno mala conciencia y cree que se ha pasado un poco. Eso es lo que me ocurre con el post anterior. Algunos amigos me dicen que me corte un poco, que esto lo lee la gente y puede llegar a ser ofensivo. Y la verdad es que, después de darle algunas vueltas, no les voy a hacer ni puñetero caso. Hasta donde la ilusión de libertad me deja ver, el blog es un lugar para expresar lo a uno le viene en gana. Aquí se vierten opiniones que no aspiran a ser nada más que eso. No quiero sentar cátedra, ni creo estar, ni mucho menos, en posesión de la verdad. Lo que digo de los libros, de las exposiciones, de las cosas, de la vida, no es más que lo primero que se me viene a la cabeza. Para hacer un texto serio me lo pensaría algo más. Y quizá entonces perdiese la frescura y, sobre todo, la sinceridad.

A veces es mejor guiarse por estos paratextos o peritextos para llegar a las cosas. Yo me siento más cómodo soltando las cosas así de buenas a primeras que meditándolas y dándole una forma final y socialmente aceptable. En cierto modo, y salvando mucho las distancias, se podría decir que este es un espacio pre-sublimatorio, que está más cerca de las bajas pasiones y de las pulsiones que de las formas socialmente reconocidas sobre las que trabaja la sublimación. Es por eso por lo que a veces se me va la cabeza y digo cosas de las que después me arrepiento, es por eso por lo que hablo o escribo de modo demasiado coloquial e incluso soez, es por eso por lo que todo lo que aparece en este no(ha)lugar hay que tomárselo como lo que es: una salida de tono. Una salida cuyo origen tengo bien localizado: el diodeno trasero de abajo.

7/9/09

El violín de la tontería

La verdad es que parece que lo voy buscando. Creo que uno se pervierte leyendo tanta bazofia. De hecho, no descarto que me ataque la gripe A después de lo que me he tragado este fin de semana: El violín del diablo, de Joseph Gelinek, pseudónimo de un musicólogo español. Cosa mala de verdad. Seguramente traicionado por mi mala memoria, mantenía un recuerdo agradable de La décima sinfonía, un libro del mismo autor que me había entretenido y del que al menos había aprendido algunas cosas sobre Beethoven. El violín del diablo pretende situarse en un lugar semejante: un libro entretenido y curioso. Pero, desde luego, no lo consigue. A veces es mejor dejar las cosas como están y no seguir intentándolo. Porque una cosa funcione no quiere decir que sea necesario repetirla para ver si cuela otra vez. Aquí ha pasado algo de esto. El autor, que en este caso sí que comprendo que no quiera mostrar su nombre, ha querido poner sus conocimientos musicales al servicio de la narración y, en efecto, los ha llevado al servicio, pero a ese que uno va después de comer.


Lo que más me ha indignado de la novela es que, de nuevo (y ya van unas cuantas), al lector se lo trata como si fuera literalmente gilipollas. A través de los personajes se explica qué es un concierto, un violín, un trombón, qué es un solista... como si el lector de la novela no hubiese ido en su puñetera vida a un concierto de música clásica o ni supiera que existe la música antes de Chenoa. Lo más triste es que probablemente así sea. Pero ese lector difícilmente se interesará por el argumento de la novela. Desde luego, al aficionado a la música que compra una novela con trasfondo musical le entran ganas de estrangular al autor página tras página. No digo yo que haya que putear al lector haciéndole la vida imposible, pero desde luego hay que confiar un poco en él, al menos no hacerle sentir que es un pobre ignorante que no sabe hacer la o con un canuto. Porque, sin duda, esa es la sensación con la que uno acaba tras leer El violín del diablo. Y digo "acaba" porque hay un momento en el que uno comienza a saltarse páginas. Y no porque la cosa no tenga intriga (esto es de las pocas cosas que mantiene), sino porque uno no puede tomarse en serio lo que está leyendo. Si el autor no me toma en serio, tampoco puede pretender que yo tome en serio lo que me cuenta. En fin, que me indigno. Pero la culpa es mía y sólo mía. Sabía a lo que me enfrentaba. Al menos he podido aprender algún chascarrillo sobre Paganini. Espero que tenga algo de verdad.

5/9/09

Espiritismo crítico

Como siga por estos derroteros se me va a ir la cabeza. He vuelto a cargar en la librería. Esta vez, ensayos y libros sobre espiritismo y satanismo. El dependiente no ha podido evitar mirarme con cierta actitud extraña. Y no le culpo, porque la lista que me he llevado a casa no es precisamente para pasar un buen rato:

-José Antonio Fortea, Summa Daemoniaca. Tratado de demonología y Manual de Exorcistas (Palmira).
-Anton Szandor Lavey, La biblia satánica (MR Ediciones).
-Carlos Fernández, Voces del más allá: ¿Hablan los fallecidos a través de los equipos electrónicos? (Edaf).
-Concepción Riviriego, Medicina popular y espiritismo (Inst. Juan Gil Albert).
-R. H. Wilson, Espiritismo, mediumnismo y desarrollo psíquico (Magalia)
-Alain Dufour, Las claves del espiritismo (De Vechi).

A esto le tengo que sumar las obras completas de Allan Kardec, descargadas de Internet, y los numerosos libros en inglés que me están llegando de Amazon. Y todos del mismo pelaje. Ciertamente, para documentar una novela no hace falta tanto.

Parece que esté recopilando material para otra tesis. Y a lo mejor, con el tiempo, lo mismo escribo algo académico sobre la cuestión. Y es que el tema merece la pena, sobre todo si uno lo lee con una cierta distancia crítica, pero sin escepticismo radical. Hay que intentar ponerse en la mente del creyente y hacer como que uno se lo cree. Sólo así la experiencia es realmente fascinante. Como decía Vattimo, "creer que se cree". Desde este punto de vista, es posible que, a las tres de la mañana, mientras se lee y se escribe sobre voces que susurran en la oscuridad, la nuca llegue a erizarse y sea necesario encender la luz e irse a la cama, intentando siempre no mirar hacia los lados ni al reflejo en el cristal de la habitación.

2/9/09

Decepción

Ya la comentaré en detalle, pero no puedo reprimir mis primeras impresiones tras Anticristo, la película de Lars von Trier. El director danés ha hecho la película que le ha salido de los huevos, pero le ha quedado como si le hubiera salido del mismísimo culo. Pues eso, una gran cagada que combina el videoarte más efectista (el de un Bill Viola venido a menos), con una narrativa demencial, unos diálogos pseudoidiotas y un discurso de psicoanálisis de fin de semana. Y por supuesto, casquería de la buena (que recuerda peligrosamente al final de Necromantic). Lo más sorprendente de todo es que, conforme escribo esto, me están entrando unas ganas terribles de volver a verla. Espero poder contenérmelas.

Comenzando

Ya empieza lo bueno. El teléfono también se ha enterado de que ha llegado septiembre y no para de sonar. Ya están también los horarios de clase. Una absoluta locura. Como en febrero me voy a hacer las américas, ahora me toca meterme entre pecho y espalda 24 créditos en un cuatrimestre. Y tres asignaturas nuevas que me tengo que preparar desde un principio. La cosa va a parecer un maratón. Hay días que voy a tener que correr para llegar a clase, de facultad a facultad, de campus a campus, con apenas media hora entre clases, y a veces hasta solapadas. Si a eso le sumo el cuatrimestre de aúpa de las conferencias del CENDEAC y el curso de inglés que no podré abandonar, el tiempo para hacer otras cosas va a ser el justo. De escribir, por supuesto, me olvido. Y lo de la música y las bandas sonoras ni se me pasa por la cabeza. De todos modos, intentaré no dejar el gimnasio ahora que le he cogido el gustillo y tampoco, por supuesto, los partidos de los miércoles. Vamos de lo único que no tendré tiempo es de tocarme los huevos. Pero, en fin, el que algo quiere, algo le cuesta. Aún no he empezado del todo y ya tengo la cabeza en otro sitio.