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31/8/09

Finalizando 2

En efecto, los libros saben que acaba el verano. Y si no lo saben los libros, lo saben los repartidores de DHL, que me han despertado de la siesta para traerme el cargamento de libros que pedí hace unas semanas a Argentina. Libros que ya me sacan del ámbito del best-seller y me meten algo en cintura, iniciando la temporada académica: Radicante, de Nicolas Bourriaud (lo tenía en inglés, pero en la lengua de Cervantes me viene mejor), Extranjeros en la tecnología y el arte, de Néstor García Canclini, Arte, tragedia, técnica, de Massimo Cacciari, Cómo leer a Lacan, de Slavoj Zizek y Los mundos del arte, de Howard S. Becker (otro que tenía ya inglés, pero que a los alumnos les va a hacer un "mundo"). Estas cosas comienzan a hacerme salir de la madriguera y a reorganizar la mesa de trabajo. Intuyo que el thriller pasará en las próximas horas a los minutos libres que me queden a lo largo de la semana (más bien pocos). Entre las clases, las conferencias, el cendeac y el inglés, la escritura de ficción va a tener que luchar por encontrar su sitio. Espero que sea fuerte y pueda ganar la batalla.

Finalizando

Parece que los libros intuyen que se está acabando el verano. Anoche, ya no pude terminar Pánico, de Jeff Abbott, no porque estuviese realmente mal, sino porque creo que mi organismo se ha saturado y no aguanta más thrillers. Aun así, esta mañana, al pasar por la librería, he tenido una especie de tempus fugit y me he visto con otros dos en las manos: El violín del diablo, de Joseph Gelinek y El ocaso de las siete colinas, de Patrick Ericson. Del primero ya leí La décima sinfonía y no me desagradó demasiado; cumplía a la perfección lo que pretendía. Del segundo, como de todos los escritores murcianos que conozco, lo compro todo. Y luego intento leerlo. Hay que apoyar a los compatriotas en esta lucha. Además con Ericson uno se entretiene y seguro que lo paso genial con su trama terrorista-diabólica. Sí, de nuevo el diablo está en medio de lo que he comprado. Parece que no me escapo de lo satánico. Para colmo, de esta semana no pasa que vaya a ver el Anticristo de Lars von Trier y Expediente 39, y eso que me he dejado Exorcismo en Connecticut y Arrástrame al infierno. Lo dicho, un verano de miedo.

30/8/09

Más fantasmas

El verano toca a su fin y a uno le gustaría que no acabara nunca. Este agosto ha sido el primero en mucho tiempo que he podido dedicarlo al asueto. Asueto que, en realidad, se ha convertido en un maratón de lectura de entretenimiento del que, al final, y a falta de acabar dos cosas que dejé a medio, creo que he salido con vida. Lo último en caer, entre ayer y hoy, ha sido La muerte de Venus, de Care Santos, de la que ya había leído su libro de relatos Solos (Pre-Textos) y alguna cosa suelta, aparte, claro está, de las críticas de El cultural. Me ha parecido una novela bastante entretenida, bastante bien construida y que se lee muy bien. Una novela de fantasmas en la que lo gótico y las rutinas de la vida moderna se dan la mano. De todos modos, lo que más me ha sorprendido ha sido lo informada que estaba la autora en todo momento, el manejo de las teorías del espiritismo con una naturalidad que no tiene nada que envidiar al mismísimo Íker Jiménez. Además, el libro me ha dado muchas ideas para continuar con lo que estoy escribiendo. Incluso en algún momento he sentido que parte de los procedimientos tan cercanos que se podrían solapar, en especial los pasajes en los que se acude a las actas de la Sociedad Espírita como recurso para hablar de una sesión de diálogo con el Más allá. En mi novela, el protagonista habla con lo que queda de la Sociedad Espírita de Cartagena, fundada en 1873, tres años después de la de Murcia. En estos días, precisamente, estoy pesquisano acerca de esto. Si alguien conoce algún tipo de detalle, mi gratitud será eterna. De momento lo único que he podido encontrar es que el fundador fue D. Manuel Caballero de Rodas. En fin, lo que queda claro es que aquí me tendré que repetir, aunque, ahora que lo pienso, la originalidad, como dejé claro en el post anterior, no es algo que me deba obsesionar demasiado.

29/8/09

Propiedad intelectual II

Ya he hablado aquí en más de una ocasión de ese “ente” llamado SGAE y de sus “impagables” actuaciones. No quisiera repetirme, pero es que me lo ponen en bandeja. Desde hace unas semanas, esta sociedad defensora del buen uso de la cultura y de los derechos de los productores de capital simbólico, está intentado hacer pagar unas decenas de miles de euros a los ayuntamientos de Zalamea y de Fuente Obejuna (sí, con "b", aunque suene mal). ¿El motivo? Por supuesto, la representaciones de El Alcalde de Zalamea y Fuenteovejuna. Después de colarse en bodas y celebraciones privadas, esta es una de las actuaciones más rastreras que uno pueda imaginar. Lo que ocurre es que aquí, evidentemente, es que los autores no son los que cobran. El dinero no es para adecentar las tumbas o la memoria de Calderón y Lope. Ni mucho menos. Aquí el que quiere cobrar es el adaptador, es decir, el que ha “tuneado” la obra. Hay que pagar la originalidad del versionador. Vamos, lo último que nos quedaba por escuchar.

La verdad es que uno lo piensa y se enciende. Si la SGAE hubiese existido en el pasado, habría acabado sin lugar a dudas con la historia de la cultura occidental. Una historia que lejos de sustentarse sobre la originalidad, ha estado basada en la copia y la versión. Las grandes pinturas, como las canciones o las obras teatrales se versionaban y rehacían hasta la saciedad. Sólo de esa manera pudieron darse a conocer y pasar a la posteridad. Ya los antiguos sabían que creer en la originalidad de las ideas es el pensamiento más zafio e ingenuo de todos cuanto pasan por la mente. Y es que la creación nunca es “ex-nihilo”. Mientras no aceptemos esto, aquí seguirá cobrando hasta el claquetista.

27/8/09

Hijo indigno (o indignante)

Atormentado por una jauría de vecinos vociferantes y folloneros, consigo al fin acabar El enigma del cuatro, de Ian Caldwell y Dustin Thomason. Sin duda, y mira que me he tragado bodrios este verano, es lo peor que he leído en tiempo. Una novela que no cumple nada de lo que pretende. Pretende entretener y mantener al lector enganchado: pues es tremendamente aburrida, pesada y cargante. Pretende ser una lección de historia sobre la Hipnerotomachia Poliphili y el Renacimiento: y es un mejunje de chorradas pseudoacadémicas.


Me ha llamado la atención el texto de la contraportada que animaba a comprarla: "Si Scott Fitzgerald, Umberto Eco y Dan Brown se hubieran juntado para escribir una novela, el resultado sería El enigma del cuatro: hay que leerla". Desde luego, se daban indicios de lo que se iba a perpetrar aquí. No sé cómo he podido caer. A Fitzgerald lo dejo fuera porque me parece que citar su nombre en referencia a este libro, aunque salgan jóvenes americanos, es casi herejía. Pero lo de los otros dos tiene delito. Pocas cosas me cargan más que las novelas de Umberto Eco. No he podido acabar ninguna. Pesado donde los haya. Y pocas cosas son menos rigurosas y subnormales que los libros de Dan Brown. Aunque, pensándolo bien, la verdad es que de Umberto Eco y Dan Brown podría haber salido algo mucho más digno digno: un novela rápida y entretenida, pero sin renunciar al rigor histórico. Pero ha salido el hijo feo. Una novela pesada y aburrida, y que además no va a ningún lado.

Camposanto

En el delirio literario que he entrado caben todas las cosas. Es como un agujero negro que se come los libros de todo pelaje. Anoche, sin ir más lejos, poco antes de acostarme se me ocurrió echarle un ojo a Camposanto, de Iker Jiménez. Lo tenía en la estantería de womahn y lo miré por curiosidad para ver qué tal estaba. Y el caso es que me senté un ratico y me piqué con la novela hasta el punto de llegar a la mitad. Esta mañana, en lugar de hacer otra cosa de provecho, me he sentado en el sofá y la he terminado. Y, sinceramente, me ha sorprendido.

A decir verdad, no tenía yo mucha confianza en una novela de Iker Jiménez. Pero visto lo visto, y lo leído y lo leído, he de decir que mantiene el tipo bastante bien frente a otros thrillers más "taquilleros". Se nota que controla el tema. La factura es correcta, sin artificios, pero bien llevada. Y sobre todo consigue realmente transmitir los momentos inquietantes de terror psicológico. Una buena lectura de verano. Para leerla comiendo palomitas y bebiendo coca-cola. Tiene que haber de todo en la viña del Señor. Afortunadamente.

25/8/09

Patología literaria

Esto ya roza la patología. El maratón de lecturas al que me estoy sometiendo estos días ha llegado hoy a su cima. Sin lugar a dudas, dos novelas en un día es demasiado. Y de esta índole, más. Hoy han caído, de cabo a rabo, Los crímenes de Oxford, de Guillermo Martínez, y Visita de tinieblas, de José María Latorre. La primera la he leído exclusivamente para examinar la estructura y el ritmo. Como ya había visto la película de Alex de la Iglesia, he podido descuidar algo la intriga de la trama y me he fijado casi exclusivamente en la forma. Tremendamente sencilla, pero efectiva. Avanza progresivamente hacia un objetivo sin detenerse en argumentos accesorios ni despistar demasiado al lector. Vamos, una novela policiaca tradicional con todos los ingredientes del manual de escritura negra. Precisamente, al mismo tiempo, entre ayer y hoy, también he leído Escribir novela negra, de H.R.F. Keating, y parece que Martínez lo sigue al pie de la letra. La manera de presentar los crímenes, de ocultar las pistas poniéndolas delante de nuestros ojos, el modo de resolver la acción... La verdad es que me ha servido bastante. Y me ha aclarado mucho sobre los entresijos de la escritura.

La otra novela, la de José María Latorre, Visita de tinieblas, no tiene nada que ver. Es una especie de revisitación gotizante del vampiro y lo demoniaco. Me ha parecido entretenida y también bastante conseguida. Quería buscar yo el tratamiento de situaciones de terror y miedo, y Latorre hace eso a la perfección. Sin duda, buscaré algo más de él. Un clásico de la literatura de terror en español. Recomendado para pasar unas horas "agradables".

Ahora, siguiendo en esa línea paranormal (aspecto fundamental para lo que estoy escribiendo), y mientras acabo La interpretación del asesinato y El enigma del cuatro (más mala que un dolor), voy a meterme ya en La muerte de Venus, de Care Santos y, especialmente, en Rojo alma, negro sombra, de Ismael Martínez, obra que, según he podido leer, se va constituyendo como una de las grandes revelaciones de la literatura de terror.

Con estas lecturas no me extraña que ya comience a ver objetos moverse en mi escritorio y que las luces del ascensor empiecen a parpadear cuando me subo. Dos libros más y las visiones están aseguradas.

23/8/09

Más lecturas

No recuerdo un verano de leer tanta ficción. Llevo casi todo el verano sin tocar un solo ensayo. Los tengo esperando todos al 1 de septiembre. Necesitaba este parón de lecturas académicas. Y una inmersión en la literatura de entretenimiento. Para entretenerme, por supuesto, pero también para entrever claves y estructuras, maneras de hacer, enfoques y resoluciones. Después de Esclavos de la oscuridad, que sigue ganando terreno en mi memoria como una gran obra, he revisitado El libro de las ilusiones, de Paul Auster. La estructura de mi thriller tiene algo en común con esa narración en primera persona y con ese ámbito espacio-temporal, aunque el argumento esté prácticamente en las antípodas.

Tras constatar de nuevo que Auster es un maestro y un genio, necesitaba literatura de casquería, bazofia pura y dura, para poder acercarme al teclado y escribir algo sin complejos. Por eso me he abalanzado sobre Ángeles y demonios, de Dan Brown. Pero por lo que se ve, mi estómago ya llevaba demasiado ingerido y no he podido seguir más que unas páginas. Ahora estoy probando con El enigma del cuatro, de Ian Cadwell y Dustin Thomason, y la cosa no mejora. Me interesaba de nuevo el relato de investigación en primera persona, el ambiente universitario, el modo de manejar dos ámbitos diferentes del pasado... Pero lo cierto es que, con 150 páginas ya leídas, puedo decir que el libro es un truño como un puño. Al menos con Dan Brown la acción está asegurada. Es pura superficialidad, pero ya es algo. Aquí la cosa no se desarrolla de ninguna de las maneras.

Mientras tanto, y para paliar un poco esto (aunque no sé hasta qué punto), estoy leyendo también La interpretación del asesinato, de Jed Rubenfeld. Esto ya es otra cosa. Un novela brillante y algo más seria. Aunque el tema suene a trillado (Freud como detective de un asesinato), la manera de tratar la trama, los personajes, la acción y la estructura, aleja a este libro del disparate de la novela pseudohistórica. Esto salva al libro. Así como el título. De haberse publicado en otra editorial y con otro "lector ideal" en mente, no me habría extrañado nada que el libro hubiese acabado llamándose El enigma Freud o El secreto del psicoanalista. En fin, seguiremos leyendo. No quisiera que acabase nunca este mes de agosto, pero reconozco que, como dure una semana más, voy a acabar ingresado en la UCI en coma literario, perdiendo las constantes y hasta las esporádicas.

21/8/09

El imperio de la estulticia

Hace unos posts, hablaba aquí de un libro salpicado de notas al pie de página que aclaraban cosas que eran de cultura general: los benedictinos, el término “rabí” o la figura de Stephen Hawking. Después de colgar el artículo, el escritor del libro, con mucha elegancia y muy buenas maneras, me contestó algo que me dejó boquiabierto: que aquellas notas eran totalmente necesarias, y que no era nada descabellado que algunos lectores llegasen a confundir La Armada Invencible con la flota de Star Wars y El Halcón Milenario. La conclusión estaba clara: el nivel medio de los lectores es cada vez más bajo. El lector medio al que van dirigidos los libros es un lector medio tonto.

Desde luego, si seguimos por este camino llegaremos a la estulticia absoluta. Estulticia que me he encontrado con otro libro que supera de lejos al anterior. Un libro que ha constatado que Javier González, el autor de Navigatio, tenía toda la razón. Se trata de una versión de El alquimista impaciente, la novela de Lorenzo Silva que inicia las aventuras del sargento Bevilacqua. En una edición de la colección Austral, supuestamente dedicada a un público juvenil, con una introducción y una guía de lectura, las notas al pie que ha puesto el editor rozan ya la demencia más absoluta. Más que para lectores imbéciles, parecen haber sido directamente escritas para lectores extraterrestres. Extraterrestres subnormales. Entre otras cosas, el editor necesita aclarar el significado de términos como: Guardia Civil, Guadalajara, trienio, Bach, Moisés, Juana de Arco, Hermanos Marx, Rey Arturo, Manhattan, Titanic o Minotauro. Y ya el colmo: King Kong, Iron Maiden o Disneylandia. Lo grave del asunto es que un lector que necesite una nota al pie para cualquiera de estas referencias no sólo no está preparado para leer una obra de Lorenzo Silva, sino que tendrá serios problemas para comprender incluso el cuento de los tres cerditos. Y ya no hablemos de La bella durmiente, con términos tan complejos como "rueca", "príncipe", "torre" o "reino". Un disparate absoluto.

19/8/09

Esclavo de la lectura

Finalizo Esclavos de la oscuridad, de Jean-Christophe Grangé. Es lo primero que leo de este escritor, pero desde luego mañana salgo corriendo a por más. Aunque el thriller y la novela negra no son mis lecturas preferidas, como ya he escrito en algún post anterior, en el verano me sumerjo en el entretenimiento absoluto y sin complejos. Si con Déjame entrar pasé un muy buen rato, con esta última novela he estado clavado en el sofá sin moverme prácticamente dos días. Las casi setecientas páginas del libro las he devorado como nunca. La intriga por conocer al asesino y la trama en torno al mal y a la posesión diabólica me han tenido en agarrado con tal intensidad que me ha parecido vivir totalmente la historia. Me he dejado llevar, engañar y traquetear como un pelele. El autor ha hecho conmigo lo que ha querido. Ha manejado los hilos de la trama a la perfección. Hacía tiempo que no me encontraba con una trama tan compleja y bien construida. Un andamiaje perfecto. Un puzzle en el que todo casa y cuyas piezas tienen tantos recovecos que es imposible imaginar al escritor armándolos uno por uno.

A mí los libros de más de trescientas páginas se me atragantan, los de más de cuatrocientas me parecen obscenos, y los que pasan las quinientas, un insulto. Por eso creía que estas setecientas páginas se me iban a hacer muy cuesta arriba. Pero nada de eso. Al libro no le sobra una sola coma. Cada uno de los pasajes es fundamental. Nada sobra y nada falta. Una obra maestra del género, sin lugar a dudas.

14/8/09

They are tourists

Copio aquí mi columna de hoy en La Razón, revisitando Camposol:

La semana pasada estuve en un mundo extraño. Uno de los más raros y fascinantes que he conocido: Camposol, a unos kilómetros de Mazarrón. Cuando se deja la Autovía de Totana y se entra en este pueblo, uno tiene la sensación de haber cruzado una suerte de puerta interespacial que conduce directamente al corazón de Inglaterra. Porque, sin duda, aquello no es Murcia. Los cuatro mil ingleses que pueblan permanentemente Camposol no viven en España. Allí nadie habla español. Se venden productos ingleses. Las tiendas y los restaurantes tienen horarios ingleses. En el Supermercado o en las tiendas uno puede encontrar The Times, The Guardian y toda la prensa inglesa habida y por haber, pero es imposible adquirir un solo periódico español. Las televisiones tienen sintonizada la BBC, cadenas de la India y todo tipo de canales ingleses, pero a nadie se le ha ocurrido poner La Sexta o Antena 3. Es como si realmente uno estuviera en otro país. Aquello es “Little Britain”. Y allí uno se siente más extraño que en ningún otro lugar del mundo. Entre tanto rubio, al murciano se le ve enseguida. Y enseguida comienza a gestarse el sentimiento de extranjería. El colmo sucedió una noche que se nos ocurrió entrar en un karaoke (diversión por antonomasia de la colonia). Como en las películas del Oeste, entramos al bar como unos forasteros y, aunque aparentemente todos siguieron a lo suyo, las miradas nos apuntaron directamente. Éramos unos extranjeros que amenazaban el orden paradisiaco de su utopía terrenal. Fue allí donde, atónito, pude escuchar a alguien susurrar: “they are tourists”. Esto es la globalización. Cerca y lejos, aquí y allí, han cambiado por completo su significado.

12/8/09

Ikea

Odio el bricolaje. Pocas cosas hay en esta vida en las que me sienta más inútil. Después de la experiencia del pueblo inglés, he pasado, sin solución de continuidad, al pueblo sueco. O lo que es lo mismo: Ikea. ¿Habrase visto alguna vez lugar más odioso? Sé que hay gente que disfruta, pero a mí siempre me pasa lo mismo: cuando llego al gran almacén, se me quitan las ganas de comprar nada. El solo hecho de ponerme a echar en el carro una estantería de más de treinta kilos hace que me salga la vena Bartleby y diga: I would prefer not to. Y lo deje para otro día. Por no decir el hecho de pensar en echarlo al coche y luego montarlo en casa. Los sudores de la muerte.

Pero hay momentos en los que uno ya no le caben más libros en la casa y tiene que comprar estanterías. Y entonces no hay salida. Hay que cargar el carro y dejarse la espalda y las espinillas allí. Por lo que no paso ya es por el montaje. En montar una estantería Billy, con mi torpeza natural, se nos va casi un día. Para montar tres, más otra estantería Expedit, una Benno, y una mesa auxiliar, seguro que nos faltan vacaciones. Así que hemos decidido que lo monten profesionales. Y por el módico precio de 79 euros lo han montado todo en menos de una hora.

Me he quedado con la boca abierta al ver cómo un colega se montaba él solito una Billy en diez minutos. Desde luego, está claro que hay razas superiores para habitar este mundo. Y yo no pertenezco a ellas.

10/8/09

Más libros

He comenzado a leer Déjame entrar, de John Ajvide Lindqvist. Aunque me está costando un poco entrar, intuyo que me voy a meter de lleno en la historia en muy poco tiempo. La película ha recibido muy buenas críticas, y ardo en deseos de verla. Así que leeré lo más rápido que pueda.

Por otra parte, buscando más modelos, soluciones y maneras de enfocar la trama de lo que estoy escribiendo, esta tarde he vuelto a la librería Diego Marín a buscar best-sellers. Quería algo de terror. Pero de terror de verdad. De esas cosas que no te dejan dormir y que tienes que cerrar el libro y respirar para seguir leyendo. Por supuesto, no he encontrado nada de esas características. He echado a la mochila Esclavos de la oscuridad, de Jean-Christophe Grangé. Vamos a probar qué tal va la cosa. Parece que tiene buena pinta. Sectas satánicas, rituales, crímenes... vamos, cosita veraniega.

Por otro lado, y casi de carambola, he comprado también Pánico, de Jeff Abbott. Un thriller americano de andar por casa cuyo argumento, sin embargo, me parece interesante. Un director de de cine descubre que toda su vida ha sido una farsa, que todos los que le rodeaban eran actores de un gran plató. Un Show de Truman, pero con intriga y misterio. Empecé a leerlo en inglés en el curso de inmersión, pero como iba demasiado lento y la paciencia no es una de mis virtudes, no he tenido más remedio que comprarla en español.

Y por último, he cogido algo que nada tiene que ver con lo anterior. Un pedido que había realizado ya hace algún tiempo y que por fin ha llegado. El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, una especie de diario-autobiografía sobre la enfermedad de su hija y la muerte de su marido. Las primeras páginas ya son demoledoras. Crudas, intensas y, en ocasiones, obscenas. Un espíritu muy cercano a un texto que estoy escribiendo sobre la muerte de mi madre. A veces los textos encuentran hermanos y es necesarios ponerlos en común para que se conozcan.

9/8/09

Elígeme

Entre las cosas infames que llega a hacer uno en Verano, está la de ver la tele y asomarse a Cuatro, ese canal inteligente que iba a reformar la manera de hacer televisión. Yo llevo varias semanas enganchado a Elígeme, programa vespertino presentado por el inigualable Carlos Baute en el que un hombre tiene que elegir a una mujer de entre veintitrés, guiado casi exclusivamente por su físico y por dos o tres preguntas tontas que, en ocasiones, logra formular.

Se trata, sin duda, de una de las puestas en escena más zafias y bochornosas de la mercantilización del cuerpo y la dominación masculina que impera cada vez más en nuestro mundo contemporáneo. Como dice nuestra ministra sin igual, el lenguaje es sexista. Quizá es lo único en lo que tenga razón. Pero el lenguaje no es sólo el uso del masculino o el femenino, el “miembros” y “miembras”. El lenguaje es un sistema articulado mucho más complejo que una serie de palabras. Y, desde luego, la televisión también tiene un lenguaje, un discurso que, a través de sus prácticas, reproduce y perpetúa códigos de dominación y exclusión.

Un programa como Elígeme (y es tan sólo un ejemplo de otros muchos de los que se podría hablar), muestra a la mujer como si fuese un producto. Me fascina cuando Carlos Baute le dice a alguna “anda, sal y date la vuelta para que te vea”. Se trata de un mercado de carne sin ningún tipo de sublimación. El programa va a lo que va, como si de un plumazo se hubiesen esfumado todas las formas de la corrección política. A veces, en los ejemplos extremos de las cosas es donde mejor se observa la estructura de una sociedad. Una sociedad en la que la mujer sigue siendo un objeto de deseo esclavizado y dominado por el poder masculino.

Mundo lejano

Por fin en casa. Una semana en tierras "extrañas" es suficiente. Y eso que la cosa no ha ido tan mal como esperaba. Al final incluso hemos disfrutado. La compulsión lúdica de las profesoras ha servido para que el curso se hiciera llevadero. En cuanto me recupere, dedicaré un post al pueblo en el que hemos estado. Sin duda, el lugar más extraño e inquietante que jamás he pisado. Camposol, un pueblo en las afueras de Mazarrón que parecía una colonia inglesa. Allí no hablaba español ni el de la gasolinera. De todos modos, como digo, aún estoy noqueado por la experiencia. Lo más incomprensible cutre y decadente jamás visto. En ningún lugar del mundo he tenido una sensación de extranjería tan grande como en Camposol. Como adelanto: el sábado salimos a tomar una copa a la zona de ocio y, mientras éramos escrutados con una mirada intimidatoria, pude escuchar cómo, de forma de despectiva, un señor de color rojo le comentaba a una señora amarilla: "they are tourists". Con dos cojones. En pleno campo de Cartagena. Hay que joderse.

3/8/09

Reclusión

De nuevo me vuelvo a recluir una semana en un curso de inglés. Aprender, al final tampoco es que aprenda demasiado, pero es una manera de ponerme de nuevo las pilas y actualizar lo poco que sé de cara a la estancia en USA del año que viene. Cuando vuelva escribiré un post largo sobre la cosa. Ahora me espera una semana sin Internet y sin móvil, es decir, lo más parecido a unas vacaciones. Eso sí, rodeado de gente obsesionada con los juegos de detectives. Voy a acabar del cluedo hasta las narices.

1/8/09

Thrillers

Al hilo del post anterior y de la veraniega inmersión en la literatura de entretenimiento, tengo que decir que a veces uno quita mérito al thriller y piensa que estas cosas son fáciles. Y se equivoca completamente. Lo digo desde la experiencia. Como escritor en ciernes, me sale mucho más fácil una cosa experimental, subjetiva, “profunda”, literaria, que una novela de género. El thriller tiene sus normas, sus maneras, su oficio. Y es bien difícil hacerse cargo de ellas. He comenzado cien veces a hacerlo, y nunca me ha salido nada en condiciones (supongo también que por pura incompetencia). Y es que construir una trama requiere de mucho esfuerzo. Es un trabajo milimétrico. Que todo case al final, que todas las líneas se unan en un lugar, que nada haya sido puesto al azar es algo que, por muy natural que le parezca al lector captado por la historia, necesita de una labor de construcción y una pericia que no se consigue fácilmente.

La facilidad de lectura de un buen libro de entretenimiento es inversamente a la dificultad de su escritura. Conseguir que el escritor desaparezca por completo y que el lenguaje sea totalmente transparente para con la trama debe ser de las cosas más difíciles. Hacer que todo parezca natural, que el artificio funcione sin que nada se resquebraje es un reto que sólo consiguen unos pocos.