31/5/09

El no va más II

Pues resulta que la cosa era aún peor de lo que me esperaba. Me habían dicho que tenía que tocar el piano entre dos momentos, cuando casi nadie escuchaba, y que apenas iba a venir gente. Y, por lo que se ve, era para no atemorizarme. Porque ha ocurrido todo lo contrario. He tenido que inaugurar la gala, con la sala oscura y un foco sobre mi cabeza. Y el "apenas nadie" han sido mil y pico personas. Esto es como desvirgarse en la Mansión Playboy, o pasar de conducir un ford fiesta y aparcar decentemente a estar sentado en un McLaren enfrente de Raikkonen. Vamos, una locura.

Supongo que para los músicos acostumbrados, esto es una tontería, pero para mí, que me pongo nervioso cuando en el salón de casa hay más de tres personas, ha sido un auténtico disparate. Claro, con esos mimbres, la improvisación ha salido de aquella manera. No mal del todo, pero no lo bien que podría haber quedado en condiciones ideales. Como he visto que no me encontraba cómodo del todo, he optado por la versión conservadora de la improvisación. Cuando he notado que no tenía los dedos para muchas florituras, he decidido no arriesgar demasiado y asegurar la cosa en lugar de adentrarme en un territorio que podría haber sido más brillante, aunque también mucho más peligroso. Al final, la cosa ha resultado pasable y yo he acabado con vida. Eso sí, con la impresión de que en una de estas me voy para el otro mundo.

El no va más

Decía en un post anterior que quería aprender a decir que no, pero creo que la cosa va en los genes. Esta tarde, después de trabajar por la mañana revisando y poniendo las imágenes en el libro sobre Morris y preparando la conferencia de mañana sobre arte y género, quería ir yo tranquilo a la inauguración del festival Cine y Patrimonio y al concierto de la Sinfónica de Murcia dirigida por Roque Baños. Pero no, cosas del destino, a la pianista que iba a tocar entre el fin de la gala y el comienzo del concierto le ha entrado una gastrointeritis y no puede actuar. ¿Opciones a cuatro horas de la gala? Pues la que os podéis imaginar. Que si puedo tocar unos minutos, nada, poca cosa. ¿Poca cosa? Se me han puesto de corbata. Reconozco que esta vez en primera instancia he dicho que no. Pero como parece que no había otra opción un domingo a estas horas, y se trataba de un favor a un amigo, no he tenido otro remedio que acceder.

Así que en unas horas, en el auditorio, expondré mis carencias musicales a la luz de toda la cultura murciana. Mi única opción será tocar la música de la cabecera del festival (que, por compromisos varios, también me tocó componer). Lo único que ocurre es que la cabecera dura 30 segundos y yo tengo que tocar varios minutos, así que no sé cómo la podré alargar. A improvisar toca, nunca mejor dicho. La cosa es no estar tranquilo. Me van a temblar hasta las pestañas. Si la conferencia sobre mi hermano imaginero era un doble mortal con tirabuzón y sin red, esto entra directamente en el ámbito del suicidio.

28/5/09

El retorno de lo lúdico: Morris y el museo como espacio de juego

Estos días, y hasta el próximo 14 de junio, la sala de Turbinas de la Tate Modern de Londres acoge Bodyspacemotionthings, una reconstrucción de algunas de las piezas que Robert Morris realizó en 1971 con motivo de la exposición antológica que sobre su obra pretendió realizar la entonces Tate Gallery. Una exposición, la de 1971, que, con el tiempo, se ha convertido en uno de los modelos de subversión a la institución museística contemporánea.


La fama que a principios de los setenta Morris había adquirido como escultor minimalista hizo que la Tate se interesara en la realización de una exposición retrospectiva. Tras unos meses de negociación con el comisario, Michael Compton, Morris decidió evitar el modelo tradicional de exposición y decantarse por lo que llamó un modelo “no autoritario”, intentando evitar la imposición de una imagen oficial de su trayectoria. Así que, en lugar de reconstruir sus piezas minimalistas, diseñó tres espacios interactivos que creaban diferentes relaciones físicas entre los espectadores y los objetos y estructuras que dividían las áreas de la exposición. Y para ellos hizo construir una serie de objetos interactivos entre los que se encontraban un rodillo de granito para andar, plataformas de metal sobre las que había que arrastrar objetos pesados que llevaban cuerdas y que recordaban a sus piezas de nudos de la década anterior, una gran bola de madera que había que mover en torno a unas vías circulares, una cuerda de equilibrista para atravesar una parte de la galería, una serie túneles por los que cruzar y balancearse, plataformas de madera para subirse y una serie de rampas para escalar.

Todas las piezas se realizaron en materiales baratos y fueron concebidas para ser destruidas después de la exposición, procedimiento que ya había empleado Morris en sus piezas minimalistas y que volvió a emplear incluso en su retrospectiva de 1994 para el museo Guggenheim.

Junto a cada objeto o estructura había una fotografía que mostraba las posibles acciones que se podían realizar con el dispositivo, de modo que quedaba bien claro que el espectador debía interactuar con los objetos. No era un espacio para ver, sino para experimentar. Un espacio de juego. Como se ha descrito en más de una ocasión, el aspecto de la muestra era prácticamente el de un patio de recreo. Un espacio para la relación del visitante con los objetos y con las estructuras.

En cierto modo, se podría decir que aquí se adelantan muchos de los conceptos que serán teorizados por Nicolas Bourriaud en su estética relacional. El espacio artístico se convierte en un lugar para el juego y la experiencia. Como sugirió el propio Morris en una carta al comisario de la exposición, Michael Compton, pretendía crear “una situación donde la gente pudiera ser más consciente de sí misma y de su propia experiencia mejor que ser consciente de la de una versión de mi experiencia”.

La experiencia que Morris quería provocar tenía que ver con el juego y el movimiento de los cuerpos. Eso era algo que ya había examinado en sus piezas de danza, pero incluso en las estructuras minimalistas. Influenciado aún por las coreografías de Simone Forti, los objetos que Morris construirá serán esencialmente dispositivos relacionales, muchos de ellos directamente inspirados en los utilizados a principios de los sesenta en las danzas de Forti, especialmente algunas rampas de escalada.

La importancia dada al movimiento, la experiencia y el juego, en lugar de a la contemplación y a la autonomía de los objetos, intentaba desmontar tanto la noción de obra de arte autónoma como el papel del museo como espacio separado de la vida. El espacio de exposición se convertía ahora en un lugar en el que se daba cabida a actitudes que eran reprimidas en la vida social. En cierta manera, en el espectador se producía una liberación cinestésica que ponía en movimiento impulsos que habían sido reprimidos desde la infancia. A través de ruptura de las reglas, que se inspiraba en las teorías sobre la desublimación de Marcuse, Morris pretendió “liberar el objeto artístico del control represivo de lo que Maurice Berger ha llamado "el triángulo de hierro del mundo del arte", es decir, el espacio producido por las galerías, los museos y los medios.

Esta exposición fue un intento de reinventar el museo como espacio de libertad, subvirtiendo su estructura represiva. Y esa libertad fue entendida como una amenaza por los responsables de la institución, que comenzaron a ver cómo se producían una serie de lesiones e incidentes entre los visitantes y, progresivamente, también en las instalaciones. Por tal razón, y bajo la excusa de la “protección del público”, la exposición fue clausurada a los cinco días de la inauguración.

Una semana después, y sin la colaboración del artista, el museo organizó una retrospectiva “tradicional” con obras pertenecientes a varias colecciones. Una retrospectiva que, esta vez, sí realizaba un recorrido por la obra de Morris, centrándose especialmente en sus piezas minimalistas, el verdadero objeto del deseo de la Tate Gallery a la hora de pensar en una exposición de Robert Morris.

Paradójicamente, treinta y ocho años después, la Sala de Turbinas de la Tate Modern reconstruye esta exposición frustrada que, con el tiempo, se ha convertido en uno de los referentes de la crítica institucional y de las posibilidades del museo como espacio de creación de socialidad. Parece que la experiencia con las grietas de Doris Salcedo, en las que algún espectador salió mal parado, ha fortalecido una institución que ya no tiene miedo de que los visitantes se fracturen la clavícula.

Definitivamente, el museo ha perdido el miedo al accidente.

27/5/09

Di-vagar

Casi finalizando las clases, me he metido de lleno en Walter Benjamin y El libro de los pasajes. Descubro de nuevo la obra de este pensador imprescindible. Devoro casi de un tirón Walter Benjamin, escritor revolucionario, de Susan Buck-Morrs, que me sirve para hablar del flâneur, el hombre-sandwich y la prostituta como figuras del vagabundeo en la ciudad moderna. La verdad es que al final estoy aprendiendo con esto de la asignatura. De vez en cuando se me va la olla y divago yo también de un lugar a otro, pasando de los bulevares parisinos a las caminatas de Fulton o las maneras de habitar el espacio de los situacionistas. Creo que estoy volviendo locos a los alumnos, pero yo estoy disfrutando como un crío.

25/5/09

Salvado

Al final la cosa no ha salido tan mal como esperaba. En el doble mortal con tirabuzón he podido salvar los muebles. Algún amigo ha dicho incluso que es la mejor conferencia que me ha escuchado. Y me temo que no es motivo para alegrarme. Era un reto difícil, de los más complicados que he tenido en tiempo. Y he podido incluso sacar quince páginas completamente nuevas, lo cual, en este proceso de reciclado continuo en el que me muevo últimamente, no está nada mal. Después de esto, se podría pensar que ya acepto lo que me echen. Pero no, todo lo contrario. Este ha sido el último compromiso. Al menos en algún tiempo. Prometo aprender a decir que no.

24/5/09

Diletantismo

Esto de no saber decir que no sigue teniendo sus consecuencias. Mañana por la tarde tengo que perpetrar una conferencia sobre un imaginero contemporáneo, José Hernández Navarro. Mi hermano, para más señas. Esto es ya lo último que me quedaba por hacer. Lo imposible absoluto. No tengo ni idea de lo que voy a decir. Y es que el punto de vista es el menos indicado. Por un lado, estoy completamente alejado de la cuestión. Mi conocimiento de la imaginería religiosa es prácticamente nulo. Pero es que, incluso si lo tuviera, mi relación con el artista en cuestión, mi hermano, me pone demasiado cerca del objeto de estudio. De este modo, estoy ante la perspectiva imposible: demasiado lejos o demasiado cerca. Además, el público conoce la obra del escultor a la perfección, desde luego mucho más que el conferenciante. Por eso sólo espero que la sala esté vacía. De lo contrario, que Dios nos pille confesados.

23/5/09

Lo que yo te he dicho

Observo con perplejidad que Lo que yo te diga, el blog de Fernando Castro Flórez, ha sido eliminado. No he tenido aún la oportunidad de hablar con Fernando y saber las razones que lo han llevado a tal decisión. De todos modos, es una pena para la libertad de expresión en Internet. Fernando es uno de los pocos que escribe, literalmente, lo que le sale de los huevos. Envidio y admiro su libertad y su capacidad para proponer problemas y debates pasándose por la entrepierna la corrección política y enseñando siempre la mano que tira la piedra, dando ejemplo a la vergonzosa cantidad de anónimos comentaristas que pueblan la red. Seguro que seguirá dando lecciones de crítica desde otras atalayas. Escriba donde escriba, aquí siempre tendrá un lector.

21/5/09

Cansancio

Llevo algunos días sin escribir aquí. De nuevo, me ha faltado el tiempo. Y quizá, también esta vez, las ganas. Estoy estas semanas desbordado por las clases, las conferencias (hasta en domingo) y los textos. Pero, pensándolo bien, no lo estoy mucho más que en otras ocasiones. Lo que ocurre es que parece que comienzo a no dar más de mí. Observo con preocupación cómo mi capacidad de concentración y, sobre todo, mi ritmo de producción se va haciendo cada vez más lento. Parece que la maquinaria está dejando de funcionar o, al menos, ya no funciona con la fuerza de otros momentos. Me cuesta más trabajo trasnochar para quedarme leyendo y escribiendo, los textos se me hacen eternos, las clases, cuesta arriba, las conferencias, una pesadilla... Creo, sinceramente, que estoy en baja forma. Lo noto. Tardo semanas en leer libros que solían caer en un abrir y cerrar de ojos. Si me acuesto tarde, por la mañana estoy hecho polvo. Ya comienzo a no poder decir eso de "no, yo no necesito apenas dormir; con tres o cuatro horas basta". Ni tampoco puedo dejar las cosas para el último momento. Esa capacidad de aceleración de 0 a 100 en pocos segundos también la estoy perdiendo. Ahora voy a ralentí. Supongo que es cansancio. Eso es lo que espero. Que sea cansancio y no otra cosa. Aunque también es cierto que hay ritmos de trabajo que no se pueden mantener toda la vida.

15/5/09

Cenizas

Esta semana he visto un cuerpo cercano transformarse en cenizas. En apenas unas horas, el hombre que quise ha sido depositado en una pequeña urna. He pensado entonces en lo que allí quedaba. Nada y, al mismo tiempo, todo: la ceniza, el excedente del exceso, lo que no arde, lo que ya no puede ser quemado.

Me he acordado de Derrida y he hecho mío su comentario sobre la ceniza: “esa cosa que queda después de que una materia haya sido quemada, la ceniza de un cigarro, la ceniza de un puro, la ceniza de un cuerpo humano (…) la figura de todo aquello que justamente pierde su figura en la incineración y, por tanto, en una cierta desaparición del soporte o del cuerpo del que la ceniza guarda la memoria”.

La ceniza es lo destrozado, el resto, lo que queda de la destrucción. Pero es también aquello que permanece para siempre, su residuo indestructible. Ceniza que no arde y que, por tanto, ya nunca más puede ser destruida, sólo dispersada. Una dispersión que nunca es total, porque, por mucho que se quiera, la ceniza jamás se va del todo. La ceniza nos muestra la imposibilidad de destruir del todo, de borrar del todo, nos muestra el excedente en cualquier proceso de transformación, aquello que siempre vuelve para atormentarnos por mucho que queramos alejarnos de ella.

La ceniza es lo que se nos mete en los ojos, es el retorno de aquello que queremos dejar atrás. La ceniza es el reposo, lo leve, lo mínimo, es el polvo del tiempo. Es la memoria del fuego, pero también la sangre de las cosas.

Polvo eres: conciencia de la finitud, de la pérdida, de la transformación... y de lo inasible. Volver a un origen que ya no es tal. Nunca más una ceniza originaria, sino más bien un origen “cenizario”.

12/5/09

Movilidad

De la Gran Manzana al Gran Tanatorio. En apenas unas horas, sin tiempo para el jet lag, paso de recorrer las calles de Nueva York a darme de bruces con la realidad. Sin tiempo para deshacer la maleta y sacar los libros que compré, anoche vi morir a un familiar cercano, alguien tremendamente importante para mí, alguien que durante mi infancia en ocasiones hizo las veces de padre. Toca ahora enterrarlo, y consolar a la viuda, que también fue una madre para mí. Y toca también hacerse consciente de lo rápido que pasa la vida, y de las vueltas que da. El domingo por la mañana volví a la casa en la que pasé un mes junto a Central Park, la casa en que muchas cosas de mi vida cambiaron para siempre. Hoy, en apenas dos días, otras cosas también cambian para siempre. Y en medio de todo, unas horas en avión, una eternidad irrecuperable.

7/5/09

Desregulación

Como siempre, equivoco el equipaje. Me he venido de verano y me he encontrado con una rasca considerable. Espero que mañana cambie la cosa o mi garganta comenzará a resentirse. De momento, lo que sí se resiente es mi estómago. Supongo que se debe a la cantidad de veces que he desayunado y comido a lo largo del día. Es curioso, pero cada vez que llego al aeropuerto me entra hambre. En ocasiones puedo llegar a desayunar cuatro veces. No sé si será ansiedad o el recuerdo inconsciente de Viven, pero el caso es que siento la necesidad de subir al avión pertrechado de comida. Seguramente, pienso, si algo ocurre tengo materia para varios días. Lo que no pienso es que, precisamente por lo mismo, me convierto en uno de los platos más apetecibles del holocausto caníbal.

6/5/09

NY

Últimamente no doy la ida por la venida. Casi sin tiempo para acabar unos cuantos textos, salgo esta mañana en viaje relámpago para Nueva York. Serán apenas cuatro días, pero creo que me dará tiempo para dedicar unas horas a mi vicio confesado: ir de librerías. Lanyrinths y St. Marks ya están frotándose las manos. Espero ser comedido, aunque la tentación es grande.

4/5/09

Oscurantismo

Estos días vivimos aterrorizados por el acecho de la gripe porcina. No sé realmente cuál es el alcance de la enfermedad, pero desde luego la respuesta de los medios es excesiva y alarmista. La utilización de términos de resonancias apocalípticas como “pandemia” y la demonización del virus, que más que la gripe parece el ébola, ha contribuido a la creación de una alarma que no hace ningún bien a la ciudadanía. Esta manía de reificar la catástrofe y contribuir a la inquietud, que también sucedió tras el accidente de Barajas, después del cual parecía que a los aviones les había dado por estrellarse uno tras otro, es una de las características más preocupantes de la comunicación contemporánea. Ese es el argumento de Contra la comunicación, el libro de Mario Perniola que critica duramente los sistemas comunicativos de Occidente. Para el filósofo italiano, la comunicación de masas, más que con la razón, se relaciona con el esoterismo, y habría que buscar sus orígenes en el oscurantismo y el conocimiento mistérico, más que en la transparencia y el cientifismo del saber. No se trata ya de una lógica del secreto, según la cual hay ciertos poderes que tienen acceso al conocimiento, sino más bien de una suerte de enigma que abole cualquier entrada al saber. Es la confusión absoluta. Ya nadie sabe nada. Y la comunicación es la encargada de hipertrofiar ese no saber extendido. Según Perniola, la estrategia de la comunicación es, pues, la confusión, el triunfo del parloteo, la cháchara, el ruido, el rumor, la indefinición… y todo para ocultar que ya nada hay debajo, que no hay un saber real, que no hay certeza alguna.

3/5/09

Touché

Día de la madre. Algo quema por dentro. Nada que escribir. Se me han fugado las palabras.