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31/3/09

Y sin embargo

Llevo varios días desaparecido del blog. Y llevo también varios días desaparecido de mi vida. No logro encontrarme. Estoy solo en casa por primera vez en mucho tiempo. Womahn está de viaje de estudios con sus estudiantes y no vuelve hasta el viernes. La casa está completamente vacía. Es un sepulcro. Yo, que añoro la soledad, no me hago a estar aquí sin ella. Es curioso, me doy cuenta ahora que volver a casa no era sólo volver a un lugar, sino a una compañía, era volver a una forma de vida, a una vida en pareja. Hogar es algo que, para mí, se conjuga en plural. O, mejor, como dice Jean-Luc Nancy, en un "singular-plural". Ser, al final, es ser-dos, que, en el fondo, es lo único que permite ser-uno. Pero más allá de estas tonterías filosóficas, la cuestión es que, después de tanto viajar, me toca ahora estar en el otro lado, siendo el que espera, el que aguarda. Y confieso que no se me da nada bien. He desregulado los horarios, las costumbres y otras cosas que mejor no digo. Intento mantener el orden de mi vida (a todos los niveles), pero la cosa se me va de las manos. Así que no puedo sino evocar al maestro Sabina y afirmar:

«Porque una casa sin ti es una emboscada,
el pasillo de un tren de madrugada,
un laberinto
sin luz ni vino tinto,
un velo de alquitrán en la mirada».

25/3/09

Deseos in-cumplidos

Como comenté en un post anterior, durante el tiempo en Montevideo no me ha funcionado el teléfono móvil. A la vuelta temía encontrármelo a reventar de mensajes y llamadas perdidas. Pero me he sorprendido tras ver que tenía apenas tres mensajes y cuatro llamadas perdidas, dos de las cuales eran del contestador. Vamos, como cuando me dejo el móvil olvidado unas horas. Esto, que por un lado, me ha hecho respirar aliviado, por otro me ha preocupado seriamente. Me he sentido abandonado por momentos. Apenas nadie había intentado contactar conmigo en estos días. Sólo dos o tres en una semana. Yo, que presumía de tener que dejar sin coger más de la mitad de las llamadas que recibo al día para poder subsistir, ahora había sido abandonado. Juro que por un momento sentí pánico y vértigo. Había conseguido lo que siempre había estado buscando, la tranquilidad telefónica. Y sin embargo, en ese momento, que apenas duró unos minutos, me sentí el ser más solitario de la tierra.

Pero fue tan sólo una ilusión. Casi por arte de magia, como si todos se hubiesen enterado de que había tocado suelo español, las llamadas comenzaron de nuevo. Una detrás de otra, durante la comida, por la noche, en las conferencias, minuto tras minuto, segundo tras segundo. Y yo otra vez he comenzado a no dar abasto. Sin embargo, y aunque pueda parecer paradójico, he recuperado el aliento. Me siento tranquilo: el mundo sigue su curso.

De vuelta

Magníficos días los pasados en Montevideo. Como siempre (y parece que tengo suerte en esto), rodeado de buena gente. Con Fernando Castro, David Barro y Alberto Ruiz de Samaniego hemos pasado unos ratos increíbles. Son estos momentos para conocer mejor a la gente, y, como sugería Fernando en su blog, así da gusto viajar hasta el infinito y más allá.

Vuelvo, de nuevo, con ganas de más. He conocido iniciativas interesantes y activas como el FAC, un espacio-colectivo en el que están sucediendo cosas que merece la pena conocer, o Amorir, otra experiencia interesante y comprometida, con gente que se cree lo que hace, y que casi les va la vida en ello. Estos viajes a Latinoamérica te hacen consciente de lo mal repartido que está el mundo. Allí con ganas y sin medios, y aquí sin ganas y siempre en medio.

19/3/09

Desconecta(n)do

Sano y salvo en Montevideo, descansado ya hoy tras las doce horas de avión. Y ya con la experiencia (y el olor en la ropa) de haber comido en el mercado del puerto, un lugar realmente increíble. Es el preámbulo a unos días en compañía de buenos amigos y de gente interesante. Y la cosa no empieza mal del todo. De momento el móvil no me funciona aquí, y parece que la cosa no tendrá arreglo. No sé cuál será la razón, pero es la excusa perfecta para mantenerme desconectado del mundo. Una semana sin teléfono es lo que necesitaba. No me quiero imaginar cuando llegue el lunes las llamadas perdidas que me encontraré allí. Supongo que, como siempre, nada importante. El mundo sigue girando aunque uno no se percate de ello.

17/3/09

La parte maldita

Élisabeth Roudinesco, Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos. Anagrama. 256 páginas. 15 €

Élisabeth Roudinesco (París, 1944) es una de las ensayistas más incisivas del actual panorama de las letras francesas. Teórica y estudiosa del psicoanálisis, a ella debemos una de las más completas biografías de Lacan, así como uno de los libros más lúcidos acerca de la actualidad y necesidad del psicoanálisis para abordar los problemas de la sociedad actual (¿Por qué el psicoanálisis?). Según su visión, esta disciplina a medio camino entre la ciencia y las humanidades sigue siendo la herramienta privilegiada para analizar el mundo contemporáneo. Es más, llegará a sostener que sólo a través del psicoanálisis podremos comprender algunos de los grandes temas de nuestro tiempo. Es desde este punto de vista desde el que, por ejemplo, ha entrado a desentrañar la complejidad del modelo de familia occidental y su disolución durante las últimas décadas de nuestra historia (La familia en desorden).

Como quiera que sea, los ensayos de Roudinesco, a quien sólo de un tiempo a esta parte parece que se comienza a reivindicar, son siempre de una claridad y contundencia envidiable. Escritos con una prosa ágil y ligera, esconden siempre, sin embargo, una articulación y una profundidad que los hace completamente necesarios. ‘Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos’, el libro que comentamos ahora, sigue esa lógica ensayista del lenguaje claro y preciso, el posicionamiento y la versatilidad. Y al mismo tiempo incorpora una gran cantidad de información histórica que da cuenta también de la formación de historiadora de la autora, que la dota de un perfil riguroso que complementa siempre sus argumentos con un anclaje preciso en la realidad.

La tesis esencial de este libro es la presencia ineludible en la condición humana de un lado oscuro, un reverso tenebroso, una sombra... una parte maldita que se esconde tras la apariencia. Ese lado oscuro, que todos tenemos y que la represión que opera en el ámbito de lo social lo mantiene a raya, emerge sin embargo en algunos individuos, que dan cuenta de lo difícil que es contener nuestra naturaleza perversa. A partir de esta idea, Roudinesco realiza un repaso fascinante y realmente curioso por algunos de los casos en los que la perversión ha aflorado y se ha convertido en el principio rector del individuo, desde el marqués de Sade hasta los genocidas de Auschwitz. Asesinos, mártires, homosexuales, bestialistas, masturbadores, sádicos.. en cada momento el perverso ha sido representado por una figura diferente. Si algo queda claro a lo largo de las páginas del libro es que la perversión se define sociohistóricamente. Los perversos han sido perversos sólo en función de lo que en cada época se entendía por perversión. El homosexual o el masturbador, por ejemplo, se convirtieron en un momento determinado en el paradigma de la perversión. Hoy, sin embargo, ese rol lo ocupan el pedófilo o el terrorista, cuya perversión raya en dar cuenta del mal absoluto.

En cierto modo, el libro puede ser entendido como una historia de los prejuicios sobre aquello que nos resulta extraño. Prejuicios sobre lo otro radical, sobre lo anormal. Toda la historia de la humanidad occidental se resume en un proceso de normalización de los sujetos, de consecución de un sujeto normal y socialmente adaptado. El perverso, sin embargo, es aquel que está en el afuera de lo social, es lo otro de la civilización, lo que atenta contra ésta. Pero precisamente por esa razón, la perversión, lo otro radical, es lo único que permite ver qué es lo normal, es el fondo de contraste sobre el que se recorta la normalidad.

La perspectiva psicoanalítica se revela, al final, como la más adecuada para presentar y analizar ese lado oscuro. De hecho, uno de los objetivos claros del psicoanálisis será buscar ese lado perverso que no suele aparecer en la vida cotidiana, pero que está en el fondo de cada uno de nosotros. El inconsciente, que rige nuestra vida y nuestra conducta, que nos maneja, que es el amo del yo. Y en ese amo se encuentran también los miedos, los deseos, las pulsiones... todo aquello que el ego, el ser social, se esfuerza por contener. El psicoanálisis mostró cómo la condición humana es una lucha, una tensión entre las fuerzas del inconsciente y las fuerzas domesticadoras de lo social. Una fuerzas domesticadoras que no siempre son efectivas y que, a veces, dejan escapar el monstruo que llevamos dentro.

13/3/09

Contingencias

Hace unas semanas que salió a la calle Las hemorroides de Napoleón, el libro del historiador José Miguel Carrillo de Albornoz que asegura, entre otras cosas, que Napoleón perdió la batalla de Waterloo a causa de unas hemorroides que le hicieron cambiar por completo su estrategia militar. Más allá de la broma que puede suscitar la anécdota, este libro nos muestra cómo lo más banal e intrascendente se encuentra a veces en el centro de las grandes transformaciones históricas.

A veces pensamos la historia de la humanidad a través de un sistema causal, pero por lo general no son las causas sino las eventualidades las que rigen el destino del mundo. Como decía la protagonista de Los amantes del Círculo Polar, la gran película de Julio Medem, “la vida está llena de casualidades”. Casualidades que nada tienen que ver con el destino o con lo que los surrealistas llamaban “azar objetivo”, sino con el azar puro y duro. Si lo pensamos bien, todo lo que somos no se debe a un plan premeditado sino a una serie de coincidencias que se encadenan unas sobre otras. Nuestro trabajo, nuestra pareja, nuestra familia… todo es fruto del más absoluto azar. Un azar que, más que en lo extraordinario, en los grandes acontecimientos, se encuentra incorporado en lo banal, en lo mínimo, en eso que Georges Perec llamó lo infraordinario.

Por eso no hay que extrañarse que Napoleón perdiera una batalla por hemorroides, o que Marx escribiera “El capital” bajo la influencia de unos forúnculos pestilentes que le ocasionaban un gran rechazo social. Se trata, en el fondo, de la inevitabilidad de la vida, en su más pura complejidad rutinaria.

9/3/09

Viaje

Me he dado cuenta de que este último año no he hecho nada más que huir, que aún no me he enfrentado de modo directo a lo innombrable. Lo he escrito, lo he pensado, lo he imaginado, pero apenas fugazmente, como una estrategia para evitar y alejarme del sinsentido de la muerte. Siento que aún no me he encerrado conmigo, que he tenido miedo. Y siento también que ahora ha llegado el momento. Por eso he comenzado un cuaderno de duelo, para reimaginar y revivir un tiempo que he preferido olvidar, para enfrentarme a aquello que más he temido. No sé adónde me conducirá, si es que me lleva a algún lugar. Lo único que tengo claro es que será un largo viaje. Y que debo dejar todo el equipaje.

7/3/09

Hoy

Hoy hace un año que murió mi madre. No ha sonado el teléfono a las ocho y media de la mañana. No he escuchado la voz temblorosa de mi hermano. No me he vestido sin saber exactamente lo que estaba haciendo. No he cogido el coche y he acelerado tanto como he podido. No he llegado a la casa de la huerta y he encontrado un cuerpo sin vida. No me he abrazado a mis hermanos y he mordido mis labios intentando contener la rabia. No. Hoy nada de eso ha sucedido. Hoy me he despertado tranquilo. He desayunado. He entrado en Internet. He mirado los periódicos. He escrito mi crítica literaria y la he enviado por mail. Luego me he sentado en el sofá y he comenzado a escribir estas líneas. He escrito que hoy hace un año que murió mi madre, que hoy no ha sonado el teléfono a las ocho y media de la mañana, que no he escuchado la voz temblorosa de mi hermano, que no me he vestido sin saber exactamente lo que estaba haciendo, que no he cogido el coche y he acelerado tanto como he podido, que no he llegado a la casa de la huerta y he encontrado un cuerpo sin vida, que no me he abrazado a mis hermanos y he mordido mis labios intentando contener la rabia. Hoy he escrito todo esto. Todo esto, y lo demás. He escrito que ha pasado un año y todo ha cambiado. Pero también tengo que escribir que hay cosas que se empeñan en repetirse, cosas que se resisten a cambiar. Cosas como las lágrimas, que siguen nublándome la vista, que se empeñan en volver una y otra vez. Las lágrimas, que siguen sin dejarme ver lo que tengo frente a mí. Antes, un cuerpo sin vida. Ahora, un vacío que aún no he aprendido a llenar.

6/3/09

Cursos

Acabo, después de dos semanas, el curso de Historia del arte contemporáneo que he impartido a profesores de secundaria. Confieso que comencé bastante temeroso (dar clase a profesores es una responsabilidad), pero al final la cosa no ha quedado demasiado mal. Algo escasa de tiempo, es cierto, pero la cosa era despertar el gusanillo del arte contemporáneo. Y eso, hasta cierto punto, parece que se ha conseguido. La gente al final ha estado bastante receptiva y ha sido una experiencia positiva en todos los sentidos. El año que viene más, o eso parece ser.

De todos modos, lo que parece claro es que, por mucho que me esfuerce, no logro quitarme trabajo de encima. Quería este cuatrimestre dedicarme a escribir y a acabar algunos proyectos de libros que tengo a medio. Pero no hay manera. Ni siquiera logro acabar el de Robert Morris, que ya se está convirtiendo en leitmotiv de mi vida intelectual. Lo intento, pero apenas me pongo, mil marrones me caen del cielo. No veo el momento de aislarme del mundo para escribir y leer. Luego seguro que me aburro sin el multitasking. Pero quiero experimentarlo por mí mismo.

3/3/09

El lado oscuro

Definitivamente, no doy bien en cámara. Esta mañana me han entrevistado en el programa de TVM "De plática" y, al mirar de reojo la imagen que salía por la pantalla, he experimentado una sensación de estupor y extrañeza como hacía mucho tiempo que no sentía. La tele engorda, y a mí me afecta especialmente, hasta el punto de no reconocerme. Me ocurre lo mismo con la radio: no logro escuchar mi voz sin ruborizarme. Afortunadamente el resto del día ni me veo ni me oigo. Quizá eso es lo que me permite vivir con una cierta tranquilidad, el no pararme a pensar la imagen (y el sonido) que soy en el campo escópico-auditivo del otro.

Para paliar la experiencia, he entrado a Diego Marín y he comprado el último libro de Elisabeth Roudinesco, Nuestro lado oscuro (Una historia de los perversos). El índice ya promete. Además, Roudinesco tiene un sentido finísimo para captar e iluminar problemas. Esta misma tarde me pongo a leerlo, cuando acabe la conferencia del curso de arte contemporáneo para profesores de secundaria con el que estoy estas semanas. Introduciendo al personal. Como dije en un post anterior, no sé si tanta introducción (al menos de este tipo) será contraproducente.

2/3/09

El dolor de las imágenes (una reflexión a partir de la obra de Menéndez Salmón)

Uno de los argumentos más célebres acerca de la imagen contemporánea es el que habla de la indiferencia y pasividad del espectador ante las fotografías y representaciones de la tragedia. Como sugiere Susan Sontag, “saturados de imágenes de una especie que antaño solía impresionar y concitar la indignación, estamos perdiendo nuestra capacidad reactiva. La compasión, extendida hasta sus límites, se está adormeciendo”. Es decir: hemos visto tanto, que ya no nos afectan las imágenes. Nuestra retina está tan saturada de imágenes terribles, que éstas ya no son capaces de provocar en nosotros la más mínima emoción.

En La ofensa, Ricardo Menéndez Salmón presentaba magistralmente ese estado de saturación ante las imágenes de lo terrible. El protagonista se vuelve insensible tras ver la crudeza del terror. Se trata en realidad de una puesta en obra del trauma, que, como un mecanismo de autodefensa de la psique, forcluye y olvida aquello que no puede asumir. El sujeto queda completamente desbordado por la visión de lo terrible. Paralizado, inmóvil, insensible.

Esa insensibilidad ante la imagen del dolor, o, mejor, directamente, ante el dolor de los demás, es lo que queda puesto en suspenso en El corrector. Una de las ideas presentes en esta obra es precisamente que hay ciertas imágenes que cruzan la pantalla y nos punzan, que sigue habiendo hechos dolorosos que nos tambalean. Estamos saturados por la catástrofe, es cierto, pero aún somos capaces de conmovernos, es decir, de movernos con el otro, ante el dolor del otro. ¿Cuándo sucede esto? Cuando en el otro atisbamos un yo-posible, cuando en el otro nos encontramos a nosotros mismos, en definitiva, cuando el otro deja de ser otro y pasa a ser un “prójimo”, pasa a ser uno-con-nosotros. Cuando entendemos que nosotros somos el otro.

Los atentados del 11 de marzo de 2004 constituyeron uno de esos momentos de suspensión de la subjetividad y puesta en marcha del sentido de comunidad. Allí no eran otros los que morían, éramos todos. Todos nosotros. Aquel atentado, por su cercanía, y sobre todo por su sinsentido, nos removió de nuestros asientos y nos hizo salir a la calle.

El protagonista de La ofensa vio el mal en su estado puro. Pero aquel mal se ejercía sobre el otro, en este caso, el judío. Kurt quedó paralizado, insensible, saturado por la imagen de la violencia. Sin embargo, en nosotros, ante los atentados del 11 de marzo, se produjo un movimiento del ser. Aquello que ocurría nos concernía a todos. Se rompían las barreras entre el dolor de los demás y nuestro dolor. Allí había un mismo dolor, un dolor común, el dolor de una comunidad.

Habitualmente, le echamos la culpa de nuestra insensibilidad a los medios de comunicación y al modo en el que éstos tratan las imágenes de la catástrofe. Como sugiere Georges Didi-Huberman, “la información televisada maneja muy bien dos técnicas, la nada o la demasía, para enceguecernos mejor –por una parte, censura y destrucción; por la otra, asfixia por proliferación”. Esto es cierto. Pero creo que centrar toda la atención en el papel de los medios tiene un peligro. Un peligro que pasa por quitar toda la responsabilidad al espectador.

¿Son los medios los únicos causantes de nuestra inmunidad icónica, o tenemos nosotros también algo de culpa? En las páginas de El corrector, pero también es algo que aparece en Derrumbe, Menéndez Salmón no exculpa al espectador. Es más, esa insensibilidad, como también aparece en La noche feroz, es vista como constituyente de la condición humana. No podemos evitar nuestra monstruosidad por el hecho de que esa pérdida de sensibilidad haya sido producida por la hipertrofia de la comunicación. No estamos ciegos porque alguien nos haya tapado los ojos, sino que, desde un principio, no teníamos demasiada intención de ver.

El espectador es culpable. Culpable de no querer ver, culpable de cerrar los ojos. Sólo se redime en ocasiones, cuando la herida duele en el propio cuerpo. Una de esas heridas es la que aparece descrita en las páginas de El corrector, donde se muestra cómo, a veces, la indiferencia queda suspendida. Es algo que ocurre sólo de modo excepcional. Pero ocurre. Ocurre cuando damos un cuerpo y una voz al otro, cuando el otro deja de ser un número, una imagen. Aquí toma verdadero sentido la observación de Jacques Rancière: “No es que veamos demasiados cuerpos que sufren, sino que vemos demasiados cuerpos sin nombre, demasiados cuerpos que no nos devuelven la mirada que les dirigimos, de los que se habla sin que se les ofrezca la posibilidad de hablarnos”.

La clave para conmovernos ante el dolor de los demás quizá esté en el grado de cercanía y posibilidad de la catástrofe, esa idea de que el desastre nos puede suceder a nosotros en cualquier momento, algo que nos hace enseguida ponernos en el lugar del otro. Y ese re-conocimiento, ese saber que el otro es un yo, es precisamente lo que nos permite acompañar el sufrimiento y sentir plenamente “compasión”, es decir, padecer-con, doler-con, estar cerca del otro en la desolación. Esto, que parece natural cuando la tragedia irrumpe en nuestro mundo de posibilidades, resulta mucho más difícil cuando el otro no ocupa el papel de prójimo y es apenas una cifra, un dato o una imagen.

Cuando el otro se aleja, nos volvemos indiferentes. Las víctimas parecen contar menos cuando no se hallan en nuestro ámbito compartido de experiencia. Evidentemente “a cada cual le duele lo suyo”, y esto no podemos cambiarlo. Pero sí que deberíamos comenzar a preguntarnos qué es exactamente “lo nuestro”. Y si acabamos deduciendo que lo nuestro es la humanidad, entonces el otro no sólo será el que más cerca esté de nosotros, sino también aquel con quien nada tenemos en común.

Es muy posible que nuestro filtro de acercamiento a los acontecimientos se haya saturado de imágenes, que apenas podamos verlas, o que, aunque las veamos, no nos afecten. Pero también es cierto que algunas rompen esas barreras y nos tocan, nos punzan y nos zarandean. Y lo hacen porque rompen el régimen de lejanía de la imagen. Pero esa ruptura no se produce en la parte de la imagen, sino en la parte de la mirada. Somos nosotros quienes realmente rompemos la pantalla. Es pues la parte del espectador la que está aquí en juego.