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28/2/09

Desaparecer

A veces nos entran ganas de huir del mundo. Quisiéramos perdernos para siempre, escapar o, incluso, desaparecer. Esta necesidad de huida es una de las consecuencias de la modernidad, que, al mismo tiempo que encadenaba a los sujetos a los sistemas de producción, tuvo que inventar métodos disuasorios para evitar que pensáramos en nuestra condición opresiva. Las vacaciones y el “tiempo libre” surgieron así como una válvula de escape para esa necesidad de desaparecer. Un pequeño paréntesis que, más que para recargar baterías, nació para descargar las ganas de huir del mundo.

El arte moderno, desde un principio, mostró a las claras esa pulsión escapista (también presente en la magia; recordemos a Houdini), e ideó toda una geografía del abandono: el otro primitivo, el mundo de los sueños, el más allá, lo sagrado, las drogas, el placer, la locura... en definitiva, lugares más allá del irrespirable tiempo moderno.

Estos días tenemos en Murcia la oportunidad de contemplar la obra de una de las artistas que, con diferencia, mejor han sabido mostrar esa pulsión huidiza de la cultura moderna. Me refiero a Francesca Woodman, cuya obra (y también su corta vida) está toda presidida por la idea de la desaparición, la desmaterialización y el abandono del mundo. A mí siempre me ha recordado al Bartleby de Melville, figura célebre de la dejación, que ante cualquier orden respondía siempre lo mismo: “preferiría no hacerlo”. Como él, ante la orden de “existir”, Woodman también parece responder “I would prefer not to”.

26/2/09

Urbanismo

Este cuatrimestre había yo planeado leer y escribir y vivir algo más tranquilo. Por eso concentré toda la docencia en el primero, para quedarme ahora libre de polvo y paja (con perdón). Pero, mira tú por dónde, que me acaba de caer hoy una parte de una asignatura que, por razones que no vienen a cuento, había quedado sin dueño. Además, una de las duras, "Historia del urbanismo". La verdad es que me fastidia bastante, aunque habrá que hacerlo con profesionalidad. Lo más difícil será, sin duda, preparar las clases de algo que, en principio, me es demasiado ajeno. Pero ya voy pensando en contenidos que puedan resultar interesantes. Lo plantearé desde el punto de vista de la sociología urbana: Simmel, Harvey, Sennet... por supuesto Benjamin... la ciudad ideal... la verdad es que, pensándolo bien, se puede sacar algo provechoso. De momento, lo que tengo seguro es que hablaré de la isla de Lost y el pueblo de "los otros". Y, por supuesto, de Sexo en Nueva York y la expereincia de la ciudad contemporánea. Que Dios nos pille confesados.

Introducir

Todavía sigo con el catarro que me traje de ARCO. Ya lo he asumido con un estado del ser. Parece que ha llegado para quedarse, así que tendré que aceptarlo. Casi sin voz y con más mocos que un desfile de caracoles, llevo toda la semana sin parar de parlamentar en varios cursos de introducción al arte contemporáneo. A este ritmo, como sigamos metiendo gente dentro, la cosa va a comenzar a parecerse al camarote de los Hermanos Marx. Las conferencias introductorias tienen su gracia, aunque uno acaba diciendo unas generalidades que rayan en la caricatura y el esperpento. Pero bueno, por algo hay siempre que empezar. Ya iremos concretando.

22/2/09

Sabiduría antigua

Gonzalo M. Tavares, Historias falsas
Zaragoza, Xordica, 2008.

He conocido la obra de Gonçalo M. Tavares (Luanda, Angola, 1970) a través Historias falsas, su último libro, que devoré en una noche. Desde entonces, hace unas semanas, no he podido dejar de leer cosas suyas. Ha sido, sin duda alguna, todo un descubrimiento. Sabía de su existencia, pero no me imaginaba hasta qué punto Tavares es un autor que merece la pena. Un autor que bebe de figuras como Italo Calvino, Bertold Brech, el mejor Saramago (ese que apenas aparece), tanto en su lenguaje como en sus historias, preñadas de filosofía y humor agridulce.

Se trata de un escritor inteligente, sutil, tremendamente elegante, equilibrado… vamos, un clásico, con todo lo que el término conlleva, aunque decir “clásico” de alguien que aún no ha cumplido los cuarenta quizá pueda resultar algo comprometedor. Pero nada más lejos. Tavares maneja con una soltura tal el lenguaje y la fuerza de las palabras que dan cuerpo a sus historias que uno no puede sino sorprenderse. Quizá por eso Saramago dijo de él: “¡Tavares no tiene derecho a escribir tan bien con solo 35 años! ¡A uno le entran ganas de darle un puñetazo¡”. Y no me extraña, sobre todo viniendo de Saramago, de quien Tavares ha cogido el testigo en las letras portuguesas.

A pesar de su juventud, Tavares cuenta ya con una extensa obra narrativa, poética y teatral que sobrepasa los veinte libros, algunos de ellos verdaderas obras maestras, como La máquina de Joseph Walser o, sobre todo, la serie El barrio, compuesta de varios libritos (El señor Valéry, El señor Brecht, El señor Calvino…) que recogen la vida en el barrio de la literatura, un micromundo, un “Chiado literario”, como ha señalado Vila-Matas, que lo sitúa en el ámbito de la literatura portátil. Se trata de libros exquisitos, pequeñas joyas a medio camino entre la poesía, la reflexión, la microficción y el monólogo, que uno jamás debería perderse. Como digo, en apenas dos semanas, he devorado sin piedad todos los que hay disponibles en nuestro idioma y me he quedado con ganas de más.

Historias falsas, su último libro traducido al español, sigue en la línea de ese mundo calmado, equilibrado y elegante de Tavares. Una especie de oasis literario, un paraíso para la calma, casi una medicina en estos tiempos de estrés. Esto es así hasta un punto en el que uno no sabe si está ante una obra literaria o un texto de espiritualidad oriental. Porque, en el fondo, estas historias falsas, que reconstruyen la historia del pensamiento antiguo, pueden ser leídas como parábolas, historias éticas o cuentos con moralina. Pero no con la moralina de aquel que pretende adoctrinar, sino con la del que simplemente muestra. Historias ejemplares, realizadas con el humor de la sabiduría. Un libro, en cualquier caso, que merece mucho la pena. Una buena forma de entrar en el universo de este escritor al que no hay que perder de vista, sobre todo en los tiempos que corren y con la que está cayendo.

19/2/09

El corrector

Un par de libros por entregar, una pila de exámenes por corregir, un sinfín de e-mails por contestar, una legión de personas por atender y muchas más cosas de las que prefiero no hablar; todo, absolutamente todo ha quedado suspendido durante esta tarde. Todavía con algo de fiebre, dolor de garganta y malestar general, he apagado los teléfonos, me he puesto cómodo y me he encerrado durante unas horas dispuesto a devorar El corrector, el último libro de Ricardo Menéndez Salmón. Lo he leído como hacía tiempo que no leía un libro, con una violencia inusitada, aferrado a las páginas con una fuerza como sólo recuerdo haber empleado al leer El malogrado o Maestros antiguos, las obras maestras de Thomas Bernhard. Y el caso es que hay mucho del austriaco hay en este libro. De él y, por supuesto, de Dostoievski. Una escritura dura, grave, pesante, arrojadiza, un arma contra la bazofia que inunda este mundo. Una obra maestra que, leída en conjunto con La ofensa, Derrumbe y, a mi juicio, La noche feroz, constituye una de las mejores series jamás escritas (y no quisiera exagerar) sobre el terror, la desidia, el horror y el mal, en definitiva, sobre esta condición humana de la que difícilmente podemos escapar.

Ahora, pasados unos minutos de la lectura, necesito asumirlo, tomar distancia, respirar y esperar unos días para escribir algo en condiciones. De momento, sólo puedo decir que, de nuevo, como siempre me ocurre con Menéndez Salmón, me ha vuelto a asaltar la admiración más sincera, una emoción (porque admirar es un estado del alma) que, tal y como están las cosas, cada vez es más difícil de encontrar.

18/2/09

Biología

Los excesos de Arco (y de una larga temporada de trabajo) al final han acabado pasando factura. Llevo desde el lunes encamado y con fiebre. No levanto cabeza. Me pongo a escribir y no hay manera. Me pongo a leer y me duele la cabeza. Me pongo a tocar el piano y me duelen los oídos. Me pongo a corregir exámenes y no os quiero contar. Así que será mejor dejarlo todo durante unos días. Temporada de hibernación. Hay que respetar los ritmos del cuerpo. Biología pura y dura.

Hoy he comenzado a mudar la piel. No sé qué saldrá de aquí. Comienzo a no reconocerme. En cualquier caso os doy permiso para dispararme si veis algo raro.

17/2/09

El arte sin sombra

Una de las reflexiones que se pueden entresacar de Arco, y esto es extrapolable a la mayoría de eventos artísticos, es que no hay tiempo para ver nada. Vivimos hoy en el tiempo del arte rápido. Apenas tenemos un minuto para contemplar las obras de arte en las bienales o los museos. El sistema de los grandes eventos artísticos es también el del ritmo frenético del arte de consumo fácil. Por eso el artista siente la tentación de cocinar platos simples con sabores fácilmente reconocibles (comida tailandesa para estómagos occidentales). Interesa trabajar el arquetipo, la imagen identificable, aquello que pueda ser reconocido en un sólo vistazo, casi como si se tratase de aquellas obras modernistas de las que hablaba Clement Greenberg. El vistazo, el golpe de vista, se ha sustituido por el golpe de discurso, el desvelamiento inmediato del sentido de la obra.

Esta simplificación banaliza y reduce la complejidad de las obras y su significado. Para hacer fácilmente digeribles e identificables los problemas se los priva de su sombra. El resto ineludible, la profundidad del objeto, la complejidad de la obra es usurpada a mayor gloria del discurso fácil. Nos encontramos, así, en la era del arte sin sombra. Un arte desorientado, pues la sombra es aquello que permite saber dónde estamos. Pero la sombra es siempre un problema para el discurso. Es la mancha que rompe el orden del sistema. Es lo que “no cabe” en la luz, lo que queda fuera de ella.

Pero nada somos sin la sombra, sin esa sombra que sobra, sin esa sobra que sombrea. Es la sombra la que siempre revela al monstruo. Es precisamente en la sombra en la que, según Bataille, se halla el otro radical. En las películas de terror, la sombra muestra al animal que oculta la apariencia. La metamorfosis siempre ocurre en la sombra. El vampiro también se desvela en el reflejo, en su ausencia. La sombra es lo otro de la apariencia. Su parte maldita.

La Institución-Arte, sin embargo, tiene problemas para presentar la sombra. Es decir, tiene problemas para presentar la complejidad. Y es que hoy falta la sombra. Falta porque sobra.

Uno de los aspectos centrales de la labor del comisario o del crítico debería ser la restitución de esa sombra robada, la orientación y fijación de ese arte desorientado, mareado de tanto viajar, de bienal en bienal, de museo en museo. Pero se trata de algo complejo. Pues restituir la sombra es, sin duda, una cuestión de tiempo. Pasa por suspender la evidencia durante unos momentos, por dar espacio a la reflexión profunda sobre la obra. Porque sólo a través de esa reflexión, de la necesidad de ese tiempo que nos falta, podrían emerger las sombras de la obra. Porque lo que vemos es tan sólo la punta del iceberg. Y ver eso, no es ni siquiera ver la mitad.

16/2/09

Decisión

En estos días me asalta la misantropía. No me quito de la cabeza una frase escuchada hace algún tiempo: "matadlos a todos. Dios dará a cada uno lo suyo".

Extinción

Miró por la ventana y observó que el mal reinaba sobre aquel pueblo. El diluvio le pareció, en esta ocasión, insuficiente.

15/2/09

La experiencia del desierto

Acabo destrozado de la experiencia-Arco. Como cada año, la espalda, las piernas y el estómago son las partes más perjudicadas. Eso por no hablar de la cabeza, que me explotó el miércoles y la he venido reconstruyendo desde entonces. Y, como siempre, los labios: convertidos en pequeños pedacitos de cristal. Lo pienso un momento y me parece que lo más parecido a esto debe ser la experiencia de cruzar un desierto. El gran desierto de la gilipollez absoluta en el que sólo se salvan algunas cosas: los amigos a los que uno se vuelve a encontrar y algunas personas interesantes que uno conoce. El resto sobra. Arte, artistas y galeristas. Tomando el ejemplo de Ivo Mesquita, quizá habría que pensar también en una feria vacía, un lugar de encuentro en el que hubiera un derecho de veto a la tontería y el petardeo.

Otra cosa son las experiencias de antropología me llevo de Arco. De ellas tengo para un rato, sobre todo nocturnas. Mi problema en esta vida es que no sé decir que no. Soy el anti-bartleby. Me dejo liar con demasiada facilidad. Y así acabo en los lugares más insospechados y con las compañías menos imaginadas. Para no amargarme, yo prefiero verlo como un experimento. Material de escritura en estado puro. En cualquier caso, el año que viene, si nada lo remedia, no me verán por allí. Estaré lejos, muy lejos, rodeado de nieve, libros y ardillas, en estado de desaparición, esperando haber aprendido, por primera vez en la vida, a decir “I would prefer no to”.

9/2/09

Ser múltiple

Siempre he tenido conflictos con mi nombre. La primera crítica de arte que publiqué salió como escrita por un tal "Á. Martínez Navarro". Después, en varios diplomas fui Mª Ángeles Hernández Navarro. Durante un tiempo fui Miguel Navarro, como el ex-alcalde de Lorca. Y las permutaciones con mi apellido han sido de las más variopintas. Por eso decidí poner el guión entre mis dos apellidos, para evitar el baile de nombres. De todos modos, parece que no hay remedio. Sin ir más lejos, llevo toda la tarde colgado al teléfono intentando aclarar a ARCO que Miguel Á. Hernández, Miguel Hernández-Navarro, Miguel Ángel Hernández y Miguel Ángel Hernández-Navarro son la misma persona. Lo bueno del caso es que, como en otros años, me han enviado cuatro pases VIP, cada cual a una versión de mi nombre. Pero para eso he tenido que soportar que, desde bien temprano, me hayan estado llamando para que confirme mi asistencia a la cena del miércoles. Cada vez que llamaban, yo decía que iba a ir. Hasta tres veces. Pero a la cuarta me he cansado y he dicho que no podía ir, que me venía mal. Ha sido entonces cuando la he liado parda. Al rato me han llamado desesperados. Al final habían atado cabos (el número de teléfono, la misma voz) y habían concluido que era la misma persona. Pero la respuesta los había despistado. Había algo que no cuadraba. Uno de mis yos no iba a la cena, los otros tres, sí. Así que han vuelto a llamar para ver quién de mis yos tenía razón. La llamada ha sido surrealista. He tenido que decir que, aunque la mayoría quería ir, mi Super-yo, es decir, el del nombre más largo (Miguel Ángel Hernández-Navarro), había decidido por todos los demás, y que para no crear un conflicto de identidades había decidido no ir. Y que si cambiábamos de opinión ya se lo haríamos saber.

8/2/09

Otro más para la lista

Otro descubrimiento: Gonçalo M. Tavares. Había leído sobre él, pero aún no había tenido la oportunidad de hincarle el diente a ninguna obra. Anoche leí de un tirón Historias falsas, un pequeño librito de apenas sesenta páginas que es una pura delicia. Una prosa medida, contenida, distante pero afectiva, el equilibrio perfecto para crear unas historias que son pura filosofía. Un libro con el que uno entra en un estado de relajación inusitado, como si el mundo se detuviese por momentos y nada sucediese a nuestro alrededor. Nada, excepto esas historias de filósofos griegos y sabios orientales. Historias que iluminan nuestro presente. Me recuerda a Italo Calvino, Giorgio Manganelli y al mejor Saramago (ese que aparece sólo en algunos momentos). Como quiera que sea, me ha abierto el apetito. Mañana mismo saldré a la búsqueda de más. Es lo que me faltaba: otro más para la lista.

7/2/09

Bibliografía para rato

Vuelvo de Girona también con buenas sensaciones. Allí, de nuevo, he encontrado gente que realiza un trabajo interesante y constante, como Manel Guerrero, a quien tuve la oportunidad de conocer en persona. El mundo está lleno de sorpresas. Me doy cuenta de que sólo hay que levantar la cabeza un poco para encontrarse un gran número de iniciativas que merecen la pena.

A la vuelta, arriesgándome a perder el avión, me escapé unos minutos a Barcelona para adentrarme a La Central, uno de los lugares que más se parece a mi noción de lo que pudiera ser el paraíso. Allí, sin apenas tiempo, y sorprendido tras encontrar dos libros míos en mesa de novedades, casi me gasté todo lo que me habían pagado en la conferencia.

Ahora no sé por dónde empezar.

Hay política:
Giorgio Agamben, El reino y la gloria. Por una genealogía teológica de la economía y el gobierno. Pre-Textos.
Giorgio Agamben, Què vol dir ser contemporani? Arcadia.
Maurice Blanchot, Écrits politiques 1953-1993, Gallimard.
Simon Critchley y Oliver Marchart (eds.), Laclau. Aproximaciones críticas a su obra. FCE.

Arte:
James Elkins, Re-Enchantment. Routledge.
Antonio Notario (ed.), Estética: Perspectivas contemporáneas. Universidad de Salamanca.
Pilar Parcerisas, Duchamp en España. Siruela.

Tecnología:
Mauricio Bares, Posthumano. La vida después del hombre. Almadía.
David Morley, Medios, Modernidad y tecnología. Hacia una teoría interdisciplinaria de la cultura, Gedisa.

Narrativa:
Gonzalo M. Tavares, Historias falsas. Xordica.
Ismael Grasa, Brindis, Xordica.
Felisberto Hernández, Por los tiempos de Clemente Colling, El Nadir.

Y una joya cuyo índice ya me parece una obra maestra:
Antonio Prete, Trattato della lontananza. Bollati Boringhieri.

Todo quedará entre paréntesis unas semanas. Robert Morris vuelve a la carga.

4/2/09

Formas de llegar

En alguna ocasión ha escrito Vila-Matas que «hay muchas formas de llegar, pero la mejor de todas es no partir». Nunca he podido estar más de acuerdo con una frase. Estos días, sin embargo, estoy viviendo el reverso de esa afirmación. No puedo dejar Santo Domingo. Han sido apenas unos días, pero algo se resiste a irse del todo. Entre las cosas que no puedo olvidar está la magnífica escena que viví una mañana en la librería «La trinitaria», uno de los centros intelectuales de la ciudad. Allí, gracias a la gentileza de Tony Capellán, fui partícipe de una tertulia improvisada en la que se dieron cita una escritora de Denver, dos poetas dominicanos, uno de los héroes de la democracia y la dueña de la librería, doña Virtudes, toda una institución, que trataba los libros en los estantes según sus gustos. Por eso los escritores la temían mucho más que a los críticos e intentaban agradarla de todos los modos posibles. Esa mañana no la olvidaré jamás. Sentado en una silla de plástico, en la otra orilla del mundo, el tiempo se detuvo y sentí que algo auténtico estaba ocurriendo. Por eso, y por muchas otras cosas que ya no podré olvidar, ahora tengo que escribir: «hay muchas formas de quedarse, pero la mejor de todas es regresar».

1/2/09

Regreso a Nostromo

Se me acaba el tiempo en Santo domingo. En apenas unas horas regreso. Ha sido un viaje tremendamente productivo. He establecido un diálogo muy fructífero con los artistas, que me han fascinado como artistas y, sobre todo, como personas. Todos se han portado con una amabilidad inigualable. Me he sentido un privilegiado. En todos los sentidos. He conocido el día y la noche, lo alto y lo bajo, lo cool y lo sórdido. Y, sobre todo, he conocido gente muy interesante, vital y con un futuro más que prometedor. Gente que a la que, en muy poco tiempo, he tomado un cariño inusitado. Habrá que buscar el modo de regresar.