Translate

30/1/09

Una

Primera conferencia caribeña. He tenido días mejores, pero no ha ido mal del todo. Como siempre, se me ha ido la mano con el tiempo. He preparado demasiado material y, al final, no he podido trabajarlo todo. De todos modos, estoy contento. Parece que la cosa ha gustado, y eso es lo importante. Lo de mañana ya es otra cosa. Toca reflexionar a pie de obra. Repentización crítica. Ya veremos por dónde salimos.

29/1/09

Otro mundo

Esta vez sí que me ha afectado el jet lag. Estoy despierto desde las cuatro de la mañana. Lo único que ocurre es que me ha dado por el lado productivo y estoy acabando varias cosas que estaban a medio.

Ayer tuvimos el primer encuentro con los artistas. Muy buena gente. Y, además, con un nivel de compromiso que en España hace décadas que no se ve. Es otro mundo. Cuando pienso en las facilidades que tienen los estudiantes españoles se me cae el alma al suelo. Aquí, con ganas e ilusión, pero sin medios, y allí, con todo lo que se pueden imaginar, pero desganados y apáticos. Está visto que no se puede tener todo.

28/1/09

Con curro, en el Caribe

Buen viaje a Santo Domingo. Por primera en mucho tiempo, el vuelo ha sido productivo. He podido acabar varias cosas y he trabajado la mar de bien. Supongo que será porque el asiento de al lado iba vacío, así que el efecto morcilla embutida ha sido menor. Aquí, como no podía ser de otra manera, hace una temperatura paradisiaca. Mañana me han preparado una agenda de aúpa. Seguro que al final acabo pasándolo bien.

27/1/09

Clark

No todo va a ser malo. Esta tarde, mientras hacía las maletas para Santo Domingo, me ha llamado un señor anglófono para comunicarme que me habían concedido una de las becas del programa de investigación del Clark Institute (Williamstown, Massachusetts). Es un semestre del próximo año y la verdad es que está de maravilla. Aislado en medio de las montañas, en una de las mayores bibliotecas de Estados Unidos y con la única distracción de las ardillas y el bosque. Seis meses para leer, reflexionar y escribir. Un sueño dorado, aparte de bastante bien remunerado. Eso sí, la pobre womahn no sabe si alegrarse o llorar. Ya buscaremos la manera de sobrellevarlo.

25/1/09

Huelga

Llevo todo el día dormitando. Me suele ocurrir cuando más cosas tengo que hacer. Parece que el cuerpo se pone en huelga y se niega a despertarse como Dios manda. Lo he intentado por todos los medios, pero cada vez que entro al despacho, los piquetes se ponen de uñas y me devuelven al sofá. No es la primera vez que me ocurre, así que ya tengo controlada la situación. Es imposible resistirse. Hay que claudicar. Por mucho que se empeñe la patronal de la mente, no hay manera de hacer nada. Sólo cabe esperar. No será por mucho tiempo. Aunque con la crisis me temo lo peor. Quizá un expediente de regulación de empleo, o, peor, un concurso de acreedores.

24/1/09

La Bienal Vaticana

Una curiosidad. Aunque quizá para este año no sea posible, según cuenta la prensa, el Vaticano tiene decidido presentar un pabellón en la Bienal de Venecia. La noticia ha sorprendido a propios y extraños. Parece que este Papa, un hombre de cultura, tiene claro que es necesario acercar posturas a un territorio que, aunque muchas veces se ha demostrado hostil, sigue trabajando con algunas cuestiones que, en principio, no están demasiado alejadas del mensaje social y cultural de la Iglesia: lo espiritual, la injusticia, la víctima, la culpa... es decir, los grandes problemas de la humanidad.

Sin duda, no soy yo el más indicado para defender a la Iglesia. Mi vida licenciosa y descarriada no me da vela en este entierro. Sin embargo, tengo que decir que me parece una noticia para alegrarse, una decisión muy sabia. Una decisión que, además, en cierto modo, haría justicia al papel de la Iglesia en el desarrollo cultural de Occidente.

Ha sido Gianfranco Ravasi, el Ministro de Cultura del Vaticano, el que ha observado que no todo en el arte contemporáneo es escándalo y provocación, que hay artistas que siguen trabajando en una línea espiritual que, aunque no sea literalmente evangelizadora, transmite valores inmateriales y profundos que hacen crecer a la persona. Esos serían los trabajos por los que el Vaticano apostaría para la Bienal, no los de artistas más cercanos a la doctrina católica. Entre los nombres que han trascendido, destacan el de Bill Viola, Jannis Kounellis o Anish Kapoor. Una nómina de artistas y una declaración de intenciones que es el primer paso para un proceso de renovación y puesta al día cultural. Y es que, como dice el propio Ravasi en una entrevista que no tiene desperdicio, “la Iglesia es, después de todo, una portadora de cultura y no sólo una asociación caritativa”.

23/1/09

Perdidos

Ha vuelto Lost. Después de una larga espera, anoche, por fin, llegaron los dos primeros capítulos de la quinta temporada. He disfrutado como un enano. Se me llena la mente de elogios. Fantástica, excepcional, magistral, sublime (con todas las implicaciones). Sin temor a equivocarme, tengo que afirmar que muy pocas series en la historia de la televisión han llegado al nivel de complejidad y tensión narrativa que tiene esta producción de J. J. Abrams. Y ahora, tras cuatro temporadas, la cosa cada vez está más complicada. Yo lo único que comienzo a tener claro es que el humo negro de la isla es el que sale de la cabeza de los guionistas. Cabeza que, como siga la cosa así, no tardará mucho en comenzar a calcinarse.

22/1/09

Un ángel y medio

Como no estaba lo suficientemente atareado, me han conseguido liar para hacer la música de un corto. La idea me apetece mucho, y el corto me gusta. Incluso el título me parece sugerente: Un ángel y medio. El problema es que no sé de dónde voy a sacar el tiempo. De momento, sobre las imágenes que tengo (una chica de espaldas, frente a las olas del mar, mete su mano en la arena) he logrado improvisar una pequeña pieza al piano. Os la dejo así, en bruto, para ver qué os parece. Es un primer esbozo lleno de flecos, aunque parece que se comienza a identificar un tema, muy simple, apenas cuatro notas, sobre el que se puede seguir trabajando. Eso, por supuesto, si los textos y las conferencias me lo permiten. Supongo que deberé dejarlo emplazado hasta que me libere de mis obligaciones.

20/1/09

Lo infraordinario

Georges Perec (París 1936-1982) es uno de los escritores más fascinantes de la segunda mitad del siglo XX. Autor de una obra literaria original y extremadamente personal, Perec fue la figura central de toda una generación de autores que, desde principios de los años sesenta, comenzó un proceso de profunda renovación de la práctica literaria. Una renovación que, muchas veces, fue de la mano de la experimentación, de la imposición de reglas artificiales, como si se tratase de un juego, para intentar hacer avanzar una escritura que había llegado a un momento de impasse y adocenamiento. Obras tan singulares como La Disparition, una novela escrita sin la letra ‘e’, dan buena cuenta de esta experimentación literaria. Experimentación que no sólo se dio a un nivel formal, sino también, y quizá de modo aún más interesante, a un nivel conceptual: los escritores buscaron nuevos temas, nuevas fuentes de inspiración, nuevos objetos literarios. Y para eso miraron hacia lo más cercano, hacia la experiencia de las cosas.

Un ejemplo excepcional de esto que digo es Lo infraordinario, una selección de textos en los que Perec vuelve su mirada al mundo cotidiano, banal e intrascendente. Según el autor, sólo nos llaman la atención las cosas que se salen de la normalidad. Vivimos en la sociedad de la noticia, de lo espectacular, en la que sólo merece la pena ser contado o dicho aquello que ha roto su normal relación con el mundo. Como escribe Perec, "la prensa diaria habla de todo menos del día a día". El desafío para el escritor será interrogar a lo habitual, a las cosas comunes, recuperar el asombro por lo ínfimo: "Hagan el inventario de sus bolsillos, de su bolso. Interróguense acerca de la procedencia, el uso y el devenir de cada uno de los objetos que van sacando".

Traducido impecablemente por Mercedes Cebrián, y con una más que iluminadora introducción de Guadalupe Nettel, el libro está compuesto por una serie de textos diferentes que, sin embargo, trabajan con la misma idea del acercamiento al mundo de lo común y lo cotidiano. Tras "¿Acercamientos a qué?", el texto introductorio en el que el autor habla de la necesidad de hacerse cargo del mundo inmediato, nos encontramos con "La rue Vilin", un intento de describir la complejidad de una calle de París a lo largo de varios días. Aquí Perec practica una descripción fría que se aproxima mucho a la del topógrafo, una observación exterior de los edificios, de los accidentes y objetos de la calle. Algo semejante ocurre con "Alrededor de Beauburg", otro intento de descripción de la ciudad, esta vez ya no con la observación topográfica y desubjetivizada, sino a través de los ojos del viandante, como si estuviese retomando la figura baudelaireana del flâneur, ese paseante de la ciudad moderna. Esa es la misma visión que ofrece Perec en "Paseos por Londres", el texto en el que relata su experiencia subjetiva de la ciudad. La descripción es ahora una descripción filtrada por la afectividad del sujeto hacia la ciudad.

En el "El santo de los santos", el autor retoma las investigaciones de obras como Especies de espacios o Pensar, clasificar y ofrece una visión de los espacios y de las cosas que pueblan las modernas oficinas de las ciudades. Trabajado sobre una óptica cercana, encontramos "Still life/Style Leaf", una descripción de las cosas que hay sobre la mesa de su escritorio. Una descripción realizada a través de una mirada que vuelve sobre sí misma y se renueva, de modo que cada vez que el ojo del escritor se posa en la mesa, las cosas ocupan un orden ligeramente diferente. Y el texto vuelve a ser repetido pero con pequeñas variaciones, hasta el punto en el que el lector tiene la sensación de que el texto podría ser escrito un número infinito de veces, como un bucle que nunca se acaba.

Entre los textos más fascinantes de la selección se encuentra "Doscientas cuarenta y tres postales de colores auténticos". A través de frases de no más de tres líneas, el autor describe su cotidianidad mientras está de viaje: "Estamos en Roma. Servicio impecable. Como reyes. Me inicio en el arte sutil de los cócteles. Muchos besos". Con el texto de lo que hoy sería un mensaje de móvil, Perec relata su relación con el entorno, con el tiempo y su empatía con el receptor. Nos recuerda esto a las postales que, por estos mismos años, enviaba el artista conceptual On Kawara, también con mensajes banales como "Me he levantado a las ocho de la mañana". Se trata de una especie de necesidad de dar cuenta de lo más ínfimo, de aquello que está incluso por debajo de lo ordinario. Nombrar, escribir y comunicar que uno sigue vivo. Una afirmación de la experiencia vital.

Por último, nos enfrentamos a un texto que lleva esa pulsión infraordinaria hasta el paroxismo y lo absurdo. Un texto que da la medida del compromiso con lo cotidiano: "Tentativa de inventario de los alimentos líquidos y sólidos que engullí en el transcurso del año mil novecientos setenta y cuatro". Se trata, como reza su título, de una enorme lista de todos y cada uno de los alimentos que el autor comió y bebió ese año. El texto comienza así: "Nueve caldos de buey, una sopa helada de pepinos, una sopa de mejillones". Y acaba diez páginas después. Aquí el inventario, el catálogo, la pulsión clasificatoria aparece como una suerte de memoria que tiene que ver con una de las experiencias más fisiológicas y rutinarias del sujeto: comer. Estamos acostumbramos a acordarnos de las cosas extraordinarias, pero hay cosas que pasan por debajo del radar de nuestra memoria. Esta tentativa de inventario es quizá el ejemplo paradigmático de la memoria de lo infraordinario. Una memoria que, aunque de modo invisible, también configura nuestra experiencia del mundo.

[Publicado en El faro de las letras, 18-01-2009]

19/1/09

Menos que nada

Hoy he vuelto a pasar la tarde en el tanatorio. En el último año, no doy la ida por la venida. Esta vez ha sido un familiar de mi hermano. Una lástima. Además bastante sorprendente. Pero esto es así. No hay manera de evitarlo.

La cuestión es que, como mi pueblo es pequeño, he tenido que volver a la misma sala en la que estuvo mi madre. Así que, de nuevo, los recuerdos se han desencadenado, como si alguien hubiera abierto las compuertas de una presa. Bueno, miento. Las compuertas llevan abiertas más de una semana. Y eso es lo extraño. Llevo unos cuantos días en los que no dejo de soñar con ella. Parece que mi subconsciente intuye que pronto va a hacer un año. Apenas dos meses. 7 de marzo.

Un año. Mucho tiempo. Quizá. Pero no. Un año no es nada. Menos que nada. Cuando lo pienso, me doy cuenta de que aún no he comenzado a hacerme a la idea.

Sigo corriendo para no pararme a pensar. Por eso no dejo de trabajar, de escribir, de leer, de viajar de un lado a otro. Para no quedarme quieto, para no tener un momento de sosiego. Por eso alargo las cosas, por eso me entretengo escribiendo estas tonterías. Porque temo quedarme a solas conmigo. Porque sé que en ese momento, por mucho tiempo que haya transcurrido, las cosas comenzarán a venirse encima.

18/1/09

Enclaustramiento

El dolor del batacazo ha remitido un poco, aunque todavía no estoy para muchos saltos. De todos modos, por si acaso, he pasado el fin de semana sin moverme de casa. No he salido ni para comprar el periódico. Dos días en bata, pijama y sin afeitar. Estoy metido hasta arriba en el libro sobre Morris. Parece que estuviera haciendo otra tesis doctoral. Lo peor es que, más que escribir, lo que estoy haciendo es borrar. Es un librito pequeño y tengo que reducirlo todo a su forma más básica y simple. Cada párrafo es una síntesis de cuatro o cinco libros. Me está saliendo una cosa infumable. Lo peor es que tenía que haberlo entregado ya, y un día de estos no me extrañaría que el editor entrase por la ventana para llevarse el manuscrito esté como esté. Mañana pediré una nueva moratoria, aunque, más que morada, la cosa pinta negra. Lo único que me consuela es que ya he terminado las clases y puedo concentrarme por completo en la tarea. Dios dirá.

16/1/09

Mi amigo el suelo

Mi torpeza habitual y me falta de equilibrio volvieron anoche a aparecer. Al ponerme de pie tras tomar café con unos amigos, se me enganchó la pierna en la mesa y pegué un batacazo en el suelo de Padre y Señor mío. El estruendo de los ciento y pico kilos estrellándose contra el suelo fue tal que, en lugar de comenzar a reírse como Dios manda, la gente puso cara de seria preocupación. Yo fingí que no pasaba nada y me levanté rápidamente. Reí la gracia, hice tres bromas, y tan contentos. Pero, conforme avanzaba la noche, la cosa me iba doliendo más y más. Hoy apenas puedo apoyar la pierna en el suelo y veremos a ver cómo voy a la clase de esta tarde. En fin, no es la primera vez que me caigo o que tropiezo con las cosas. Los objetos son mis enemigos. El mundo es un territorio hostil. De hecho estoy pensando en poner dos ruedas en los laterales, como las bicis de los niños. Esa sería una manera de guardar el equilibrio. Quedaría feo, es cierto, pero sería más seguro. Seguro para mí y también para los que me rodean.

14/1/09

Imágenes con el pesar de todos

Primera asignatura finalizada: Fuentes iconográficas de las artes plásticas. Hemos acabado con una reflexión sobre la catástrofe y las posibilidades que tiene el arte para representar el dolor y la devastación sin caer en la morbosidad de los medios de masas. Por supuesto, el tema esencial sobre el que ha girado la clase ha sido el Holocausto y la imposibilidad de encontrar imágenes que puedan dar cuenta del exterminio. Como cierre, hemos visto Nuit et Brouillard, el film de Alain Resnais sobre los campos de concentración. Hacía tiempo que no lo revisitaba, y la verdad es que me he vuelto a quedar sin palabras. Tras los apenas treinta minutos de la película, tenía que seguir hablando, pero me he quedado sin argumentos, teniendo que dar casi por concluída la clase. La dureza de aquello que no se ve (y también de lo que se ve, aunque en menor medida) me ha dejado noqueado y sin ánimo para seguir hablando. Si no hay imágenes para imaginar el genocidio, tampoco hay palabras para describirlo. Como muestra Resnais, sólo tenemos los restos, los excedentes, las huellas de la tragedia. Y esas huellas, como los arañazos en el techo de hormigón de las cámaras de gas, se construyen en torno a un suceso del que uno nunca podrá hacerse a la idea. Porque tampoco hay idea a la que hacerse. Porque imagen e idea aquí tienen la misma función, la de algo que falta, que no está, que es imposible encontrar.

La verdad es que, entre eso y el frío que hacía en la clase, hemos acabado con el espíritu por los suelos. Me voy a ganar la fama de profesor aguafiestas. Pero, con la que está cayendo, un poco de realidad no viene mal para afrontar el año.

13/1/09

Silencio, se pela

Está comprobado. Prefiero ir al dentista que al peluquero. Hoy he tenido la oportunidad de estar sentado en ambos sillones y no hay color. El dentista te pincha, te hace daño, te abre la boca y te deja sin muelas. Pero por lo menos sólo te dice: "abre fuerte" o "ya está, es un momentito". Pasas un mal rato, pero al menos te dejan tranquilo.

El peluquero, sin embargo, pertenece a la misma ralea que el taxista. Un ser al que le molesta el silencio. Tiene hablar aunque no tenga nada que decir. Y, por supuesto, a uno le toca responder. Cada vez que voy a la peluquería sufro enormemente. Durante años me afeité la cabeza para evitar tener que hablar sobre nada y todo al mismo tiempo. Y es que las conversaciones de peluquería son la cosa más ambigua que uno puede presenciar. No importa las veces que vayas, y lo que esté ocurriendo en el mundo; siempre te va a tocar el mismo diálogo de besugos. "¿Cómo va? ¿Te casaste, verdad? La cosa está muy mal. Los unos, los otros... Siempre son los mismos. No sé dónde vamos a acabar. Pero bueno, a nosotros nos da igual. Tenemos que trabajar lo mismo...". Eso, pero en un loop de 20 minutos.

Creo que nadie ha sabido escenificar mejor ese momento que los magistrales Faemino y Cansado. Cada vez que me siento en el sillón del peluquero se me viene a la cabeza este vídeo. Y así al menos sufro con humor mientas me cortan lo poco que queda.

Contar historias (para salvar la vida)

Eduardo Halfon, El boxeador Polaco
Valencia, Pre-Textos, 2008. 112 páginas

Cuando hace unos años leí El ángel literario, novela semifinalista del premio Herralde, quedé fascinado por la escritura de Eduardo Halfon (1971), un narrador guatemalteco que conseguía llegar al corazón mismo de la escritura. Aquella obra me transmitía las mismas ganas de escribir que los libros de Paul Auster o Enrique Vila-Matas. Así que, desde entonces, he seguido su obra con atención. Y en ella he encontrado una voz personal, elegante e incisiva. Una voz que ha sabido fraguarse un lugar propio en el mundo de la literatura.

Desde una perspectiva que algunos llamarían meta-literaria, los libros de Halfon transmiten la pasión por la literatura y el oficio del escritor, pasión que, al mismo tiempo, nos conduce a la valoración y admiración de la vida. Y este es, en cierto modo, uno de los puntos centrales de la narrativa de Halfon, la cercanía y relación indispensable entre la literatura y la vida. Quizá por esa razón, sus libros siempre tiendan a adelgazar la frontera entre la realidad y la ficción, un límite que, en obras como las de este escritor, comienza a perder sustancia y llega incluso a la desaparición, hasta el punto de que nunca podamos saber a ciencia cierta lo que es real y lo que es ‘inventado’. Como la vida misma.

El boxeador polaco, el último libro del escritor, presenta seis cuentos que, sin embargo, responden a un espíritu de totalidad, casi como si se tratara de una novela. Hay un hilo común a todos ellos, la presencia de un trasfondo literario, pero también de una serie de historias y referencias comunes. Referencias que están armadas en torno al mismo personaje, Eduardo Halfon, un narrador que, de alguna manera, podemos identificar con el escritor, aunque no del todo. Entre el Eduardo Halfon que narra la historia y el que la escribe hay diferencias, pero tan sutiles y complejas que son difíciles de atisbar. El Halfon escritor juega y sabe construirse un Halfon de ficción que no es exactamente un alter ego, sino un personaje con mimbres reales que se desarrolla y evoluciona en la ficción. Se trata de una estrategia en la que el personaje se construye al mismo tiempo dentro y fuera del texto. Dentro, por medio de la acción, y fuera, a través de aquello que presuponemos. Y, lo más interesante, entre el dentro y el fuera hay lugares de colisión que no llegan a casar del todo. Son precisamente esos lugares de conflicto los que enriquecen y dan vida al narrador, cuya imagen no cesa de moverse en todo momento entre la realidad y la ficción. Y es precisamente el movimiento otro de los puntos centrales de la obra de Halfon. Una obra que parece estar construida toda ella sobre la idea de tránsito o movimiento. La mayoría de los personajes que aparecen en estos cuentos están en movimiento, no están en el lugar que debieran estar, no están en el hogar, están siempre ‘en distancia’, en un lugar (físico y mental) ‘lejano’, como reza el título del mejor relato del libro. Y esa idea de ‘extranjería’, casi diaspórica, de distancia, se percibe incluso en la voz del narrador, situada en un continuo viajar.

Halfon es un escritor Guatemalteco, pero es más bien un escritor internacional. Sus orígenes judíos le han proporcionado una educación que no está tan fuertemente arraigada a la tierra como la tradicional guatemalteca. Esto, unido al hecho de su educación anglófona en Estados Unidos, hace que nos encontremos ante una voz tremendamente compleja que transita en el quicio entre diversas culturas, lenguas y tradiciones. Y eso se nota en su obra. Se trata de un escritor que ha sabido crearse su propio canon, ajeno a modas y tradiciones. Precisamente por estar en ningún lugar, se ha hecho habitante de la literatura. O mejor, habitante de las historias. Porque en el fondo son las historias las que protagonizan su obra. En El Ángel literario, la novela que lo encumbró como un narrador indispensable, se preguntaba por qué las personas comienzan a escribir. Una respuesta posible es: porque tienen algo que contar. Porque tienen una historia. Y esa historia, como sucede en Las mil y una noches, es precisamente lo que nos permite vivir. Como sugiere Paul Auster en La invención de la soledad, escribir, pero también habitar el mundo, tiene que ver con contar historias, ‘contar historias para salvar la vida’. Al final, de eso se trata, de la vida y de las historias. De eso trata El boxeador polaco, de cómo la vida se convierte en historias, y cómo las historias permiten vivir la vida.

9/1/09

Cuerpo y pintura

Estos días reflexionamos en clase sobre la presencia de la pintura en el arte contemporáneo. Y aunque parezca mentira, hemos llegado a la conclusión de que la pintura, el más viejo de los medios expresivos, sigue estando vigente en la sociedad tecnológica contemporánea. Hoy vivimos rodeados de imágenes. Como ha sugerido Jean Baudrillard, la nuestra es la era de la “pantalla total”. La era del simulacro, en la que la realidad es sustituida por su imagen. Sin embargo, esa imagen es una imagen incorpórea, una imagen que ya no tiene un referente en el mundo real, una imagen pura, inmaterial, sin peso ni volumen, modificable y volátil.

La pintura es también una imagen. Eso nadie lo puede negar. Sin embargo, si lo pensamos bien, se trata de un tipo particular de imagen: una imagen-materia o una imagen-cuerpo. Hay en la imagen pictórica una implicación del cuerpo, un resto que no está presente en las demás imágenes. La pintura se vincula en este sentido con el excedente, con lo que queda, con lo que no puede ser modificado. Frente a esa espectrografía de la imagen, la pintura sigue proponiendo imágenes corpóreas. Y en ese sentido, la pintura tiene un potencial político de resistencia: porque muestra aquello que la imagen se empeña en negar, el cuerpo. En la era de la imagen incorpórea, de la utopía digital, la pintura sería algo así como el cuerpo de la imagen, aquello que pesa, que no puede ser fácilmente movido, la huella de una mano, de un gesto, la profundidad y el espesor de un medio que nos sigue proporcionando maneras de habitar el mundo real.

7/1/09

Demasiado

Primer día de clases. Como siempre, cuesta trabajo acostumbrarse y arrancar la maquinaria. Esta mañana, para despertar a los más somnolientos, tocaba el tema del dolor en el arte contemporáneo. Y creo, sinceramente, que se me ha ido la mano. En el momento en el que Bob Flanagan se abría el prepucio y clavaba su glande en un tablón de madera he podido vislumbrar cómo amarilleaban algunos rostros (los pocos que podían mirar la pantalla). Así que he tenido que parar el vídeo antes de que alguien tuviera que abandonar el aula. Pensando un poco, creo que ha sido una re-entrada demasiado cruenta. Pero había que bajar de alguna manera el roscón de reyes. Y un buen modo era resensibilizar el tejido adiposo de la pupila, adormecida y agilipollada por la telebasura navideña.

5/1/09

Clement Rosset: las sombras de lo real

Clement Rosset, Fantasmagorías. Seguido de lo real, lo imaginario y lo ilusorio, Madrid, Abada, 2006
(118 páginas. 14 euros)

Clement Rosset (Normandía, 1939) es uno de los pensadores franceses más singular y paradójico. Su obra, que no se ajusta a ninguna de las modas filosóficas, se ha centrado en la exploración la naturaleza de lo real y nuestra manía de desdoblarlo y hacerlo desaparecer por medio de la representación. Este interés por lo real y su imagen o representación, ha hecho que el pensamiento de este alumno de Althusser y Lacan se convierta en una referencia central para el ámbito artístico. Pensadores como Mario Perniola han trabajado sabiamente sobre sus argumentos, especialmente el que tiene que ver con la idiotez y lo real. Un libro como Lo Real. Tratado sobre la idiotez muestra una concepción del idiota como ‘el único’ ser auténtico y real que ha hecho a Perniola decir que el arte contemporáneo se articula en torno a un intento constante de encontrar la idiotez primordial.

La concepción ‘rossetiana’ de lo real debe mucho a la de Jacques Lacan: lo Real como aquello irrepresentable, aquello que está más allá de lo Simbólico y que siempre se escapa cuando intentamos apresarlo. Lo Real como lo que nos sujeta y, al mismo tiempo, nos tambalea. A lo largo de la obra de Rosset, lo real ha sido concebido de esta manera: como aquello a lo que aspiramos pero nunca podemos experimentar de modo directo, porque de hacerlo nos rompería. Lo real es siempre cruel, tal y como es descrito en El principio de crueldad. Lo real es aquello tan crudo que no podemos digerir. Por eso nos conformamos con las copias de lo real, sus dobles, esas imágenes que cocinan y hacen digestiva la realidad.

Fantasmagorías, el librito que comentamos aquí, se propone, como el propio autor sugiere, acabar de una vez por todas con el largo periplo de cuestionamiento de la realidad y sus dobles, comenzado en 1975. En esta ocasión, Rosset continúa el trabajo que inició en Impressions fugitives (2004), un libro que reflexionaba sobre el estatuto del reflejo, el eco y la sombra como dobles de la realidad, argumentando que se trataba de un tipo particular de dobles, que no disuadían de la realidad sino que la complementaba. El reflejo, como el eco o la sombra son partes constitutivas de un objeto real. En Fantasmagorías, sin embargo, Rosset se interroga por aquellos dobles artificiales que evolucionan a través del reflejo, el eco y la sombra, a saber, la fotografía, la grabación sonora y la pintura. Y según su punto de vista, estos dobles de los dobles muestran una realidad que ya no existe, mantienen una relación imposible con lo real. Muestran la realidad descafeinada. No nos sirven como experiencia de lo real, sino que precisamente nos alejan de ella.

Merece especial atención la parte dedicada a la fotografía, prácticamente la mitad del libro. Para Rosset, la imagen fotográfica no tiene nada que ver con una aparición de lo real, sino con una construcción artificial. Para argumentar esto, se enfrenta y desmonta todas las creencias que se forman en torno a la fotografía desde sus orígenes, esencialmente la idea de que la fotografía por fin nos daba la posibilidad de tener una imagen fiel del mundo, una imagen real que podía sustituirlo. Rosset hace especial hincapié en derribar las tesis de Roland Barthes sobre la realidad fotográfica. En La cámara lúcida, Barthes observaba que la fotografía mantenía un contacto directo y real con el mundo. Sin embargo, no tenía en cuenta que la fotografía la realiza un sujeto, no una máquina. O, en todo caso, que la máquina está dominada por el sujeto. Es decir, que la fotografía puede ser manipulada y trucada. Rosset se inclina, pues, por buscar una genealogía ilusionista de la fotografía que daría la contrapartida a las tradicionales y habituales genealogías ilusionistas.

Por otro lado, Rosset vincula a la fotografía, pero también al cine, con la idea del vouyeur, y con la imposibilidad que éste tiene para alcanzar su objeto de deseo, que siempre está alejado por la visión. La fotografía y la imagen cinematográfica acrecentarían el deseo, pero nunca contribuirían a su satisfacción. La foto y el cine decepcionan. Y sobre todo fracasan en el intento de capturar la realidad. Y, en este sentido, muestran lo que el autor considera una de las esencias de lo humano: la incapacidad de poseer cualquier cosa. Y lo mismo sucede con la pintura o con la reproducción sonora, que no pueden captar las cosas tal y como son, porque esas cosas ya han dejado de ser.

Todo el libro se encamina a la declaración de inutilidad filosófica de los dobles, que no nos pueden decir nada sobre la realidad que no nos la diga ella misma, argumentando que lo real no puede ser sustituido porque no podemos siquiera hacernos una imagen de él. No hay doble que pueda captar lo real porque, precisamente, una de las características esenciales de lo real es su resistencia a ser imaginado. Nada sabemos de lo real, salvo que deshace sus imágenes: "lo real es lo que disipa las fantasmagorías". Lo más curioso del pensamiento de Rosset es su convicción de que aunque los dobles de lo real no valen por lo real, son las únicas cosas por medio de las cuales conocemos lo real: la memoria, la imaginación, la evocación… momentos de representación que nos ponen sobre las pistas de una realidad que sólo captamos cuando la hemos matado.

3/1/09

Tyché

Leo sorprendido esta mañana el artículo de Vila-Matas sobre Beckett. Cosas del azar. Tyché, que diría Lacan. Y es que, como escribía en el post anterior, estos días estoy yo también involucrado en la relectura del maestro irlandés. Hoy me he sumergido en Molloy. Hipnotizado estoy en estos momentos. Como también lo estuve con Watt, cuya lectura acabé ayer. Había intentado comprar el libro en varias ocasiones. Pero no había manera. Estaba agotado desde hacía tiempo. Al final pude encontrarlo por Internet en una edición de 1974, con las páginas sueltas y una firma curiosa: "Miguel". De nuevo la tyché, el azar. El libro será un quebradero de cabeza para cualquiera que, en el futuro, se acerque a mi biblioteca. Un libro firmado por mí tres años antes de haber nacido. Muy beckettiano, por otra parte.

2/1/09

Beckett

Vuelvo estos días a Samuel Beckett. No había leído Watt, que devoro con compulsión. Después, me espera Molloy, Malone Muere y El innombrable. Me he propuesto revisitarlo todo de nuevo para poder acabar el libro sobre Morris, que, lo confieso, ya se me está comenzando atragantar.

Lo peor de volver sobre Beckett es que su estilo es contagioso. Me ocurre lo mismo que con Thomas Bernhard, que no puedo evitar la imitación. Y es que, en la escritura me sucede lo del Zelig de Wody Allen, que se me pega todo. Lo más difícil luego es poder sacármelo de encima. Aunque, de todos modos, si uno lo piensa bien, no hay "encima" del que poder sacarlos. O, mejor, todo es "encima". Lo que no hay es "debajo". Somos sólo imitación, identificación, pura exterioridad. Eso es, en el fondo, el corazón de la Beckett, la toma de conciencia de que no hay un dentro, o que, de haberlo, ese dentro es inaccesible. El espíritu es un hueso. La mente es un músculo.

1/1/09

Deseos

Al final, Nochevieja familiar. En casa, con womahn, leyendo buenos libros y escuchando buena música. Quién necesita más. El móvil apagado bien temprano. Y, rápidamente, a la cama. Allí, nos dormimos escuchando las Variaciones Goldberg de Bach. Los susurros y canturreos de Glenn Gould nos acunaron como una nana.

Hoy me despierto consciente, sin la resaca de otros años. Pienso ahora en todas las cosas que deseé durante el cambio de año. Y no recuerdo ninguna. Quizá este año no pedí ningún deseo. Seguir así, probablemente.