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31/10/08

Las manos pequeñas

Las manos pequeñas es la última novela de Andrés Barba, un escritor que, poco a poco, y casi sin hacer ruido, se ha ido convirtiendo en una de las voces más singulares y sólidas de la narrativa española contemporánea. Aunque nació en 1975, su obra no es asimilable a las nuevas narrativas de los autores de la llamada generación Nocilla, sino que su producción se ha caracterizado por un intimismo y una prosa cuidada y elegante que lo acercarían a otros autores también jóvenes como Ricardo Menéndez Salmón o, allende los mares, a figuras tan exquisitas como Alejandro Zambra.

En este librito de apenas cien páginas, Barba cuenta la historia de una niña, Marina, y su contradictoria relación con su cuerpo. Una niña cuyos padres mueren en un accidente de tráfico y tiene que aprender a vivir en un orfanato en el que es vista como un ser abominable. Es una historia de alteridad. El miedo y la desconfianza ante el otro, pero también la violencia empleada para paliar ese miedo. Es también la historia de una inadaptación. Y, al mismo tiempo, la historia de la crueldad de la inocencia. De una inocencia perversa aunque no maligna.

El libro nos acerca a las pesadillas, a los miedos y también a los deseos de la infancia. Unos miedos y deseos mostrados, por ejemplo, a través de un juego perverso ideado por Marina, el juego de la muñeca, en el que las niñas se hacen pasar por seres inanimados y quedan expuestas a la voluntad de los otros, que pueden, desde contarle sus secretos, a tomar su cuerpo como un campo de experimentación. Sin duda, eso nos trae a la mente el relato de Hoffmann sobre el que Freud elabora su célebre teoría de lo siniestro, en este caso entendido como esa contradictoria e incómoda relación que establecemos con esas cosas que están a medio camino entre lo familiar y lo extraño, entre lo animado y lo inanimado.

Pero por encima de cualquier historia, ‘Las manos pequeñas’ es un libro escrito con una prosa precisa y preciosa. Una prosa elegante que logra detener la mirada del espectador en cada palabra. Una prosa mínima que conduce en ocasiones a la inocencia del lenguaje infantil, pero también a la plenitud de ese lenguaje cargado de enigmas. Es lo que uno tiene la sensación de estar leyendo: un libro que por momentos parece escrito por la mirada de un niño. Pero no un libro para niños. Pues de todos es sabido que los universos menos recomendables para los niños son los universos infantiles.

No es un libro con moralina, ni una obra sensiblera. La prosa de Barba es siempre distante y nunca llega a lo emotivo, aunque sí a lo evocador. Y esto lo consigue a través de un trabajo brillante con el fuera de campo, con aquello que no se acaba de decir del todo, aquello que queda sugerido como posibilidad, lo no dicho, o lo no dicho del todo. Ese lugar no presente, esa ausencia, que es en el fondo la de la madre y el padre, es lo que configura toda la narración. Quizá por eso la niña repite una y otra vez: “mi padre murió en el acto, y luego mi madre en el hospital”. Un mantra constante que evoca un vacío imposible de llenar.

30/10/08

Colomina

Excepcional el seminario que está impartiendo Beatriz Colomina en el CENDEAC. Hoy (miércoles) ha hablado sobre el modo en el que la imaginería médica (en especial los rayos X) configura la arquitectura moderna. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una conferencia. Las dos sesiones restantes (jueves y viernes) también parecen prometedoras: arquitectura de pantallas, y arquitectura en la era de la vigilancia. Un lujo que hace que, por momentos, esto adquiera cierto sentido.

28/10/08

Respirar

Hoy, mientras comenzaba a preparar mis clases sobre prostitución y pornografía en el arte moderno, en La ceremonia del porno, el magnífico libro de Javier Montes y Andrés Barba, me he encontrado con una argumentación de Linda Lovelace que me ha llegado al alma: "Hacía lo mismo que los faquires. La única diferencia radica en la forma del objeto engullido: se puede respirar a través de la espada, pero desde luego no hay manera de hacerlo cuando se tiene en la garganta un pene de tamaño considerable".

26/10/08

El transporte de la lectura

A petición de los que no pudieron estar el otro día en la presentación, os copio aquí la reseña que Rubén Castillo hizo el pasado viernes en El faro de las letras :

El transporte de la lectura

La editorial Tres Fronteras y la Biblioteca Regional de Murcia andan desde hace meses embarcadas en un proyecto llamado La Biblioteca del Tranvía, que consiste en publicar una serie de libros de pequeño formato y distribución gratuita, del que se acaban de lanzar los volúmenes 3, 4 y 5, que fueron presentados el pasado martes en la capital de la Región por el director general del Libro, Archivos y Bibliotecas, Francisco Giménez Gracia.

La primera propuesta se titula ‘Demasiado tarde para volver’ y va firmada por Miguel Á. Hernández-Navarro, un hombre de arte al que se conocía por sus ensayos sobre Estética y por su volumen ‘Infraleve’, que editó hace unos años. Partiendo de un guiño irónico-filosófico (‘Todo lo que no he escrito’), nos regala con lenguaje de engañosa facilidad una serie de historias donde los desencuentros (‘Juego’), la tristeza de los adultos (‘Insomnio’), los matices agrios de la soledad (‘Timbre’) o el desasosiego más espeluznante (‘Visitantes’) nos obligan a maravillarnos ante sus habilidades de prestidigitador verbal. Las dos páginas de ‘Un cuento sin sentido’ las hubiera firmado con placer el José María Merino que escribió ‘No soy un libro’.

Paco López Mengual nos entrega ‘La mansión de los mutantes’, y se sitúa en la primera línea de la narrativa regional, después de novelas como ‘La memoria del barro’ (Nausícaä, 2005) y ‘El vuelo del Mosca’ (Editora Regional de Murcia, 2007). Los tres cuentos que recopila en este hermoso volumen (‘La mansión de los mutantes’, ‘La poza negra’ y ‘El cazador de sirenas’) demuestran por qué cierto sello de ámbito nacional se ha interesado por sus habilidades como fabulador. La fuerza argumental de sus narraciones y el estilo elegante y sólido con que las sabe construir son tan incuestionables como sorprendentes, y capturan con rapidez la atención de los lectores.

Y el tercer volumen, titulado ‘El sueño de Tántalo’ y firmado por Antonio Parra Sanz, está compuesto por cuatro deliciosas historias que nos hablan de los mil matices y amarguras que pueblan el ancho territorio del amor (‘Tras las cortinas’); de los curiosos meandros que se camuflan tras la muerte de un tragafuegos de baja catadura moral (‘Ícaro’); de lo inquietante que puede llegar a ser el rencor cuando se mezcla con el mundo de la cocina (‘Delicatessen’); y, sobre todo, del poder galvánico que logra inyectar en el alma de un hombre el amor tierno y absoluto por una mujer imposible (‘El sueño de Tántalo’). Antonio Parra Sanz es uno de nuestros mejores cuentistas, y lo demuestra en cada obra suya que sale a la luz, con incontestable asiduidad.

El arcipreste de Hita ya nos avisó sobre las ventajas de las cosas pequeñas, y sobre la belleza que atesoraban. Él lo aplicó a las flores, los perfumes y las mujeres, pero la Biblioteca del Tranvía es también una muestra.


[El faro de las letras, 24/10/08]

24/10/08

Cosas que hacer

Acabo a la carrera, como todo lo que hago últimamente, el texto para la exposición de Mar Sáez en la sala de los Molinos del Río. Como siempre, se me quedan muchas cosas en el tintero. Supongo que habrá otra ocasión. Por otra parte, de aquí al viernes que viene tendré que enviar cuatro textos más para cuatro exposiciones diferentes (que no he comenzado ni a pensar), un capítulo de un libro sobre los museos globales que edita Hans Belting y una comunicación a un congreso sobre Robert Morris en Lyon. Esto aparte de las clases, los seminarios del Cendeac (con comida, cena y esparcimiento del conferenciante incluidos) y algunos marrones que prefiero no mencionar. Me quedan las noches para poder trabajar. Y todavía algunos me dicen que a ver si saco tiempo para tener un hijo, que si uno se pone a pensarlo no lo hace. Yo les digo que, conforme están las cosas, el problema ya no sería criarlo, sino poderlo hacer. Ya le he dicho a womahn que no tengo inconveniente alguno en que busque a alguien que se encargue de esto. Así pongo a prueba mi poliamor y, si tenemos suerte y damos con un manitas, lo mismo logramos que, por el mismo precio, nos arregle el grifo de la cocina.

22/10/08

Dolorido

Sin dos muelas y dolorido asistí anoche a la presentación de los libros del tranvía. A pesar de que había demasiada gente y de que estábamos entre amigos, el acto fue interesante, y tanto Antonio Parra como Paco López, y por supuesto Paco Giménez, dijeron cosas interesantes. El único que desentonó creo que fui yo, enchaquetado, de negro y tartamudeante. Al llegar a casa, el Madrid perdía con la Juve. Y yo no tenía fuerzas para seguir trabajando. Si llego vivo al 15 de noviembre lo consideraré todo un logro. Hasta entonces tengo tantas cosas que terminar que el sólo hecho de enumerarlas me pone nervioso.

20/10/08

Demasiado tarde... para presentar

Para aquellos que mañana martes por la tarde no tengan nada que hacer: a las 20:00 horas, en la cafetería del Archivo Regional de Murcia, tendrá lugar la presentación los últimos libros de la Biblioteca del Tranvía: La mansión de los mutantes, de Paco López Mengual, El sueño de Tántalo, de Antonio Parra Sanz y Demasiado tarde para volver, de un servidor de ustedes.

En el acto estaremos los autores y el Director General del Libro, Francisco Giménez. Diremos alguna tontería que otra y regalaremos libros a los asistentes. Vamos, un plan interesantísimo. Así que, si no tenéis nada mejor que hacer, y no estáis fuera de Murcia, es posible que sea buen momento para encontrarnos. Quizá demasiado tarde. Sólo Dios lo sabe.

19/10/08

La Arcadia que nunca estuvo allí

En estos días de inmersión en el pasado, curiosamente, el azar me ha seguido sumergiendo en una peculiar búsqueda del tiempo perdido. Por cosas de la casualidad, la plataforma Murcia en bici me encargó a principios del verano que les hiciera una ruta guiada por las Torres de la huerta, una de las manifestaciones arquitectónicas más interesantes de la huerta murciana. Esto me quedaba más que alejado de mis intereses actuales, pero accedí (no sin ciertos reparos) a realizar el trabajo. Y con la tontería, para preparar bien la ruta, me compré una bici (y otra para womahn) antes del verano y rescaté de la memoria unos años huertanos en los que la bici era el medio de transporte por excelencia.

Hoy hemos realizado la ruta con casi cincuenta personas, y ha sido una experiencia más que agradable. Hemos pasado por algunas de estas torres, muchas de ellas amenzadas de muerte. De entre todas, sin duda, la más bella sigue siendo la de Almodóvar, frente a la que he vivido hasta que dejé la huerta hace casi cuatro años.


Por momentos, mientras transitaba por los carriles de la infancia, me he vuelto a sentir huertano de pura cepa y mi mente se ha poblado de instantes de una Arcadia perdida que, en su momento, no consideré como tal. Durante el tiempo en el que he explicaba cómo los niños robábamos las mandarinas a la condesa de Almodóvar o nos subíamos a los árboles, he visto pasar el tiempo a una velocidad inimaginable. De esto no hace más de veinte años, y, sin embargo, las imágenes llegaban a mi cabeza en blanco y en negro, o en sepia, como las fotografías antiguas, como si el pasado, al alejarse, también perdiese color y viveza.

Hoy, en cierto modo, he vuelto a dotar de color el pasado amarillento. Y de nuevo lo he traído al presente. Ha sido fugaz, apenas unos instantes, como un fogonazo. Pero un fogonazo cargado de experiencias casi tangibles. Ha sido entonces cuando he tenido que trazar puentes entre lo que fui y lo que estoy siendo, entre el niño de origen humilde que, gracias al sacrificio de sus padres, pudo estudiar, y en el ser excesivamente cultural en el que me estoy convirtiendo. Y por un momento, también breve, quizá aún menos que un fogonazo, he sentido envidia de lo que fui.

Luego lo he pensado tranquilamente, y he concluido que, de algún modo, todo aquello configura eso en lo que, día a día, estoy deviniendo. No creo que nada se pierda del todo. Pero, desde luego, las cosas ya no se recuperan de la misma forma. El pasado reaparece en cada evocación. Y cada evocación es, por definición, una construcción. Es así que construímos e inventamos nuestro pasado, siempre desde el presente, pues todo acto de memoria es producto del tiempo que habitamos.

Y tras la filosofía de la historia de Walter Benjamin, el tiempo se ha parado realmente. A lo lejos he visto mi casa, la casa donde viví. Y he seguido pedaleando, sin mirar atrás, como si nada hubiese sucedido. Sin embargo había algo que tiraba de mí hacia atrás, una fuerza extraña de la que aún sigo sin saber si quiero escapar.

17/10/08

Obscena materialidad

Esta semana apenas he podido sentarme frente al ordenador unos minutos. Las clases y los eventos del Cendeac, amén de otros líos varios, me han tenido alejado de la pantalla del ordenador y de la escritura. Sin embargo, la experiencia de las cosas de la que hablé en el post anterior ha seguido escribiéndose en mi mente. Tengo aún clavada la imagen de los zapatos de mi madre situados exactamente igual que la noche anterior a su muerte, esperando ser usados el día siguiente. Un día siguiente que no llegó. Y unos zapatos que ya nunca más fueron usados. Porque, ahora que recuerdo, en el lecho de muerte, sus pies estaban desnudos. Ya nunca más necesitó los zapatos, como ya nunca más necesitó de las cosas. Cosas que, sin embargo, seguían esperando.

Recuerdo que, cuando revolví el pasado, tuve esa sensación de espera incluso con las cosas que estaban allí antes de su muerte. Me encontré cubiertos, manteles, ropa, radios… objetos que seguían dispuestos s ser utilizados. Y fue entonces cuando tomé conciencia de que aquella inmersión en el pasado era en el fondo una inmersión en el futuro. Durante todo el tiempo en el que estuve ordenando el pasado, más que con cosas inservibles e inútiles, me encontré con futuros nos cumplidos, con cosas emplazadas a un tiempo por venir. Me di cuenta que ahondar en el pasado es enfrentarse a todos los futuros que no llegaron a cumplirse, es darse de bruces con cosas que no pertenecen al tiempo que ocupan, cosas que deberían cumplirse en el mañana.

Al ver aquellas cosas allí dispuestas, llenas de posibilidades y, sin embargo, inertes, me acordé de esa idea de Walter Benjamin según la cual el pasado se compone de miles de futuros incumplidos. En ese momento me sentí como un comerciante de trapos que trae al presente los futuros no cumplidos del pasado. Quise entonces recomponer esa historia frustrada, dar vida a esos objetos-en-espera, pero me di cuenta de que había allí una imposibilidad insalvable, que esos objetos no eran sólo objetos, que esas cosas no eran aún meras cosas, y, sobre todo, que allí faltaba un cuerpo, y que nada tiene sentido sin el cuerpo, por mucho que la obscena materialidad de las cosas se posicione frente a nuestros ojos.

12/10/08

Sus cosas

Después de siete meses, esta mañana me he armado de valor y he comenzado a limpiar la casa mis padres. Ha sido como caminar a través del tiempo, y como si el tiempo fuese una cuchilla afilada y yo anduviese descalzo con una herida abierta en la planta del pie. Sin embargo, mi rostro ha permanecido imperturbable, en estado de ataraxia, como si estuviese realizando algún tipo de ritual que me impidiese gesticular.

En la casa ya no había muerte, como la última vez que estuve. Entonces había un cuerpo tendido. Un cuerpo vacío de vida pero lleno de sentido. Hoy no había ni cuerpo ni sentido. Hoy no había nada. Y sin embargo estaba todo. Todas las cosas, allí, inmóviles, quietas, tranquilas, como si nada hubiese sucedido, como si no se hubiesen enterado de nada. Las cosas, tan llenas de memoria y tan vacías de entendimiento.

Desde el punto de vista de las cosas, mi madre aún estaba allí. Las cosas aún no la habían perdido, aún no se habían convertido en meras cosas, aún seguían siendo sus cosas. Parecía que todavía esperasen su regreso. Ha sido al darme cuenta de esto, que las cosas siempre nos esperan, cuando se me ha ocurrido una historia que me ha destrozado por dentro, un cuento que algún día escribiré y que hoy podría resumirse en una ficción hiperbreve: “Cuando regresó, sus cosas todavía estaban allí”.

He deseado entonces convertirme en objeto, quedarme inerte y hacerme pasar por cosa, permanecer allí para siempre, esperando el regreso de aquello que sólo como humano sé que ya no volverá jamás. Luego me ha vuelto la humanidad (o quizá lo más inhumano) y no he tenido otra opción que comenzar a meter sus cosas en cajas y en bolsas para darlas a la beneficencia.

Lo inservible he tenido que tirarlo a la basura. Ha sido en ese momento cuando el dolor ha comenzado a atravesarme como una espada oxidada. Al arrojar sus zapatos viejos y su ropa interior al contenedor, he sentido que yo también me iba de allí para siempre, que de alguna manera me estaba desalojando del lugar que siempre he habitado.

Lo más curioso de todo es que, como si realmente hubiese devenido cosa, durante el tiempo en que he estado limpiando, no he derramado una sola lágrima. Tanto he temido la llegada de ese momento de confrontación, que parece que he desarrollado algún tipo de barrera emocional capaz de frenar las embestidas del recuerdo.

Quizá por eso escribo ahora estas palabras, para romper hechizo y dejar por un momento de ser cosa. Y mientras lo hago, siento cómo el muro se derrumba y la pantalla se vuelve borrosa, como si se hubieran abierto las compuertas de una presa que ya no puedo contener.

Impostar

Hace unas semanas que he comenzado las clases de la universidad, y, como cada año, me está costando un trabajo enorme mantener el presupuesto tono neutral del discurso académico. Siempre me pasa lo mismo. La seriedad me dura muy poco. No puedo evitarlo, las cosas del mundo de vida me vienen a la cabeza con la misma entidad e importancia que la materia que estoy impartiendo. Es como si lo que me rodease se inmiscuyera en la retórica y el proceso de construcción del conocimiento. Vamos, que se me va la pinza.

Por eso, para consolarme, lo primero que hago es pensar en cómo la historia intelectual de Occidente se ha construido sobre un proceso de cancelación del sujeto hablante, haciendo creer que quien habla y la cosa de la que se habla son lo mismo, que el enunciante y el enunciado pertenecen a universos semejantes. Como bien ha mostrado Peter Sloterdijk en su Crítica de la razón cínica, el discurso de la academia, pero también el de la política y las instituciones de saber y poder, se construye haciéndonos creer que el sujeto del habla es una “encarnación” de la institución o del discurso mismo, una abstracción. Y eso lo separa del mundo de vida, de su entidad corporal deseante. Sólo así puede sostenerse un discurso: cancelando al hablante. Y es que, por ejemplo, si uno imaginase los procesos fisiológicos a los que está sometido el cuerpo de un orador, la cosa cambiaría bastante. De ese modo, descubriríamos que tras las más sublime de las retóricas artísticas o políticas, junto a una voz “impostada” y proyectada, siempre hay un cuerpo aguantándose un pedo, un eructo, o cualquiera de esas cosas que, de surgir, arruinarían rápidamente el discurso.

Todo decir, pues, es un ejercicio de impostura: impostar la voz y fingir que nuestro cuerpo (y, por ende, nuestra vida) no están en ese lugar.

10/10/08

Llegadas

Llegué de Barcelona cargado de libros. Después de los dos días en Liber con los dientes largos (allí no se venden libros), me tuve que ir a librería La Central a ponerme como el tato. Cargué todo lo que pude (lo que me dejó la master card).

Sin apenas haber dormido una hora, me fui a clase a dar la perorata sobre el arte contemporáneo. Y después, aún sin haber descansado, se me ocurrió jugar un partido de fútbol que acabó a la una de la madrugada. Así estoy esta mañana, hecho cisco. Pero mentalmente renovado. Eso sí, el teléfono lo sigo cogiendo cada vez menos.

6/10/08

Una voz y nada más

A las seis de la mañana salgo para Barcelona. Liber, la feria internacional del libro. Esta vez sólo serán tres días los que esté fuera de casa. Y hablando de días, ya son prácticamente cuatro los que tengo el móvil apagado. Les pido disculpas a todos los que esperen mi llamada o quieran localizarme por teléfono. Creo que he desarrollado una patología extrema ante la voz telefónica. De tanto usar el móvil he llegado a un momento de saturación que me hace odiar todo lo relacionado con el teléfono. Hablar por teléfono, que en otra época fue la cosa más reconfortante, cada vez más se está convirtiendo en un suplicio. Es como si una especie de fonofobia se hubiese apoderado de mí. Una fonofobia que hace que la voz de los otros, su timbre y su textura, se me haga incómoda al oído. Es el silencio lo que reconforta mi oído. El silencio o cierta música silente, como la de Satie. Lo demás me perturba tremendamente.

Son procesos, supongo. Mientras se me pasa, me deleito con el libro de Mladen Dolar, Una voz y nada más (Manantial), una de las más lúcidas aproximaciones a esa cosa extraña que sale de lo más oscuro de nuestro cuerpo, un resto, una excrecencia, un objeto siniestro.

5/10/08

Y queda escribir

Escribir como un ser para la muerte. Es lo único posible en estos momentos. Escribir por el mero hecho de escribir. Con los ojos cerrados, sin ni tan siquiera mirar el teclado. Hacer frases en la mente. No importa equivocarse, no importa nada. Importa sólo el recuerdo. El recuerdo que se va, que parece llegar, pero que con las mismas sale volando, el recuerdo que llega como un fogonazo. Escribir mirándose las manos en el teclado, sin mirar a la pantalla del ordenador. Escribir como si sólo fuese manos, o qué se yo. Escribir mientras lo único que importa se ha ido para siempre. Escribir cuando ya no queda otra cosa. Escribir cuando lo único que resta es escribir. Y nada más. Imaginar que ya no hay nada más. Perder el tiempo en lo accesorio. Y seguir perdiéndolo para siempre. Vivir: perder tiempo. Perder el tiempo en los otros. Como si los otros no fueran más que excusas. Eso es quizá vivir. Eso y poco más. Vivir se trata de tiempo. De tiempo perdido, de tiempo que resiste a quedarse. Hoy pienso todo esto y me pongo a escribir. Escribir como si esto fuese lo único que puedo hacer ante la pérdida. Escribir como única salida.

Es ahora cuando improviso. Como si estuviese al piano. Música. Al teclado. Mis dedos se mueven y lo único que me importa es simplemente el sonido de las teclas. El sonido de las teclas al escribir. No quiero mirar. Quizá la solución sea no mirar a la página. La historia de la escritura ha sido la historia de mirar a la página. Mirar a la pantalla ahora. Quizá vaya siendo hora de mirar sólo al teclado. La escritura como un proceso, como algo de lo que no queda huella, una huella que se desvanece. Un proceso de escritura radical y nada más, quizá eso sea lo único que resta decir después del día. Después del sueño. Después del sueño en el que todo ya se ha perdido. Escribir con la noche. Escribir con la muerte. Escribir hacia lo oscuro, en la propia oscuridad, preñado de sombras. Repleto de tristeza. Quizá eso es lo único que me queda para escribir. Sólo las manos recorriendo el teclado. Poseídas por algún tipo de espíritu que se resiste a dar su nombre. Esperando a que algún espíritu conduzca sus manos. Alguien cercano. Alguien que quiera decir algo a través de la pantalla. El mundo de los muertos y el mundo de los vivos encadenado a través de la escritura.

Realmente no sé si lo que quiero hacer es lo que quiero hacer. No sé nada. No sé nada de lo que quiero hacer. Y sin embargo es el día de la autoafirmación, enecistao autoafirmamen [sic].
Descubro que la mejor manera de escribir es cerrar los ojos. El mejor modo para no mirar a la pantalla. Luego vendrá la coerción. La coerción es lo de menos. Ahora no importa demasiado. La coerción ya vendrá. Lo hará un día. Y es siempre lo de menos. Aunque a veces se lo lleva todo. A veces demasiado. Escribir en la sombra del teclado. En la ceguera de las manos y no en lo luz de la pantalla. De espaldas a la mirada. La mirada es lo de menos. La mirada se va, hay que ladearla. Las manos no. Las manos quedan allí para siempre. Como una caricia. Cercanas, cálidas, rugosas. Durante un instante prolongado en el tiempo. Para siempre. Sobre el teclado. Donde escribo estas palabras sin sentido. Palabras sin sentido. Nada más que eso. Nada menos que eso. Palabras. Desorden. Escritura. Oscuridad.

4/10/08

Soy vila-matasiano

Anuntio vobis gaudium magnum, Enrique Vila-Matas ya tiene página web. Un motivo de alegría para sus seguidores, entre los cuales, sin ningún género de dudas, me encuentro. Vila-Matas ocupa un lugar destacado en mi canon literario, junto a Beckett, Bernhard y Blanchot. En los últimos tiempos, con ninguna otra lectura he conseguido disfrutar más que con sus libros y artículos. Como ya dije aquí hace unas semanas, en un lugar de su Dietario voluble, comenta Vila-Matas que los mejores libros son los que uno cree que podría haber escrito. Habla para escritores, es cierto, pero el caso es que con sus libros me ocurre exactamente eso, que siento que los podría haber escrito yo. Esto, por supuesto, es imposible, pues difícilmente puede uno manejar la prosa inteligente e irónica de Vila-Matas. Se trata más bien de la sensación de habitar un mundo completamente empático, de compartir unos modos, unas maneras y unos afectos hacia la vida y la literatura.

Desde aquí, a voz en grito, me declaro vila-matasiano (o como quiera que se pueda decir). Y lo hago como quien se declara budista o ecologista. Pero no como una profesión de fe ante un mesías que nos habla de lo desconocido, sino más bien como una actitud en la que me reconozco por completo. Una actitud que conduce hacia un mundo en el que desearía vivir. Un mundo poblado por escritores Bartlebys a los que la banalidad de lo existente les lleva a desaparecer o hacer como que desaparecen, a decir lo justo o a no decir nada. Un mundo infraleve de azares y casualidades, donde el silencio o el susurro sustituye al ruido exasperante de nuestra contemporaneidad.

2/10/08

Reconfortado

Hoy el dentista me ha abierto las encías sin apenas anestesia. Allí, frente a la luz cegadora de la lámpara y al ruido ensordecedor del aspirador quirúrgico, en medio de un dolor creciente, me he sentido reconfortado. Una tranquilidad sin igual se ha apoderado de mí. He recordado entonces el aforismo de Cioran con el que anoche me dormí: "En este momento estoy solo. ¿Podría desear algo mejor, existe dicha más intensa? Sí, la de oír, a fuerza de silencio, cómo se agranda mi soledad".

Luego he querido mirar al cielo, dar un grito y decir "se ha cumplido". Desafortunadamente, la tortura ha acabado pronto y me he dado de bruces con la realidad. En el móvil tenía diez llamadas perdidas. Las he borrado todas y he jurado odio eterno al teléfono.

1/10/08

Ontología del tedio

De nuevo Cioran y la exasperación de lo humano: "No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan tan meticulosamente como el Tiempo".

O lo que es lo mismo: "Devastado por el tedio, ese ciclón al raletí..."

Magia de la decepción

El hastío del mundo me está venciendo poco a poco. Cada vez aguanto menos a mis semejantes. Comienzo a tener claro que sólo tengo en común con ellos el hecho de estar sostenido por dos piernas. Por eso he decidido batirme en retirada, escapar de esta batalla antes de que acabe conmigo. Escapar, salir, ocultarme... aunque sea en el fondo de mis intestinos. Y por eso también esta noche vuelvo a mi amado Cioran: "Decepcionados por todos, es inevitable que acabemos siéndolo por nosotros mismos; a no ser que hayamos comenzado por ahí".