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29/9/08

Felicitaciones

Hoy he estado esperando todo el día una llamada que sabía que no iba a tener lugar. Es el primer día de San Miguel que mi madre no me puede felicitar. He tenido el ánimo dividido. Dividido entre el presente fugaz y el deseo de lo imposible. He intentado recordar su tono de voz al otro lado del teléfono. Y me he dado cuenta de que he comenzado a olvidar. Me he dado cuenta de que los sentidos han sido sustituidos por las sensaciones. O, incluso, por las evocaciones. Y ahora que intento escribirlo, me doy cuenta de que, en estos días, el lenguaje se me vuelve cuesta arriba y me siento torpe con la escritura. Me doy cuenta de que, en días como hoy, me conformo con acabar esta frase.

28/9/08

El sujeto literario [Notas sobre un dietario voluble]

En uno de sus múltiples estudios sobre la creatividad literaria, se preguntaba Sigmund Freud cómo las fantasías personales del escritor pueden llegar a ser de interés para un individuo ajeno que no tiene nada que ver con ellas. La alteridad absoluta no nos interesa, sostenía el autor vienés. ¿Por qué, entonces, leemos las historias, las cavilaciones o los pensamientos de los demás? Porque no son del todo de los demás, dice Freud, sino que, en cierto modo, nos pertenecen y están cerca de nosotros. Esto sucede, según Freud, porque el escritor no es el otro absoluto, sino que se hace un otro digerible y comunicable, presentando lo personal a través de lo común. La literatura, en este sentido, tendrá la misión de proponer puentes entre lo personal y lo común, entre el adentro y el afuera de la experiencia.

En cierto modo, Dietario voluble, el último libro de Enrique Vila-Matas, traza y construye ese tipo de puentes entre lo personal y lo social, entre el interior y el exterior, y lo hace a través de la toma de conciencia de que el yo sólo se narra desde la distancia, a través de la experiencia del otro. Una experiencia que, en este caso, es esencialmente literaria. Este cuaderno de notas y apuntes, que tiene lugar entre el año 2005 y los primeros meses de 2008, aunque el propio autor confiesa que lo ha acompañado desde 1963, de nuevo pone en marcha la estrategia literaria de Vila-Matas, que juega con todos los tópicos, géneros y formas institucionalizadas de la escritura para proponer un texto híbrido, a medio camino entre la narración, el ensayo, el aforismo o la biografía.

Bajo la forma de un dietario, Vila-Matas nos ha entregado un libro inclasificable que transita por todos los lugares y géneros posibles. Un texto “degenerado” en el más puro sentido de la palabra. O un texto “posgenérico”, casi se podría decir “queer” (en el sentido otorgado al término por Judith Butler), un texto móvil, fluyente, imposible de atrapar y fijar en cualquiera de los estándares normativos de la tradición literaria. Un texto cuyo único apelativo podría ser el de “literatura”. Y es que si algo ha quedado claro de la propuesta (apuesta, cabría decir) de Vila-Matas es que, por encima de cualquier otra cosa, la literatura consiste en la propia experiencia literaria.

Dietario voluble puede ser entendido como una tentativa de autoconocimiento a través de la escritura. El proceso introspectivo de Vila-Matas no es, sin embargo, solipsista. En lugar de partir del interior, el autor se piensa desde el afuera. Se trata de un proceso autobiográfico realizado desde la toma de conciencia de que sólo el otro (el gran Otro, que diría Lacan) puede pensarnos. Toda autonarración requiere un afuera que conforme el adentro. En este caso, el afuera, el gran Otro, es la literatura, que ejerce casi el papel que para Lacan tenía el lenguaje, el de preceder al sujeto y a su formación. Como si fuese consciente de eso, este dietario se sitúa en el entremedio. En un momento, Vila-Matas alude a Leyendo escribiendo, una obra de Julien Gracq que le sirve para afirmar que “la escritura se origina en la lectura, se escribe porque otros antes que nosotros han escrito y se lee porque otros antes que nosotros han leído”. Si se piensa bien, esta declaración remite a esa ruptura de la relación original con la subjetividad. Hay un afuera que nos precede, y ese afuera es el que da forma a nuestro interior. No hay, pues, posibilidad de relacionarnos con nosotros mismos si no es a través de las formas de relación instituidas por el lenguaje y, en este caso, por la literatura. Es aquí donde cabría hablar de la crítica al realismo y a la escritura de las vísceras que falsamente cree en la posibilidad de relación con el yo y en la expresión de una subjetividad pura y no mediada.

Frente a este realismo de lo inmediato (ya sea el de la realidad o el de lo Real lacaniano), Vila-Matas responde con la interposición de la cita como medio de conocimiento. La cita, en sentido literal, en tanto que las frases de los por otros, pero también, y sobre todo, la cita entendida en un sentido más amplio, como esa serie de experiencias producidas con anterioridad al sujeto. Es en este sentido en el que se debe entender, creo yo, la relación de Vila-Matas con la literatura, como una cita constante con el otro, un encuentro, una relación, una conversación, un entre-dos.

Entre las múltiples lecturas que uno puede realizar de este dietario, la de “libro de viajes” no sería, ni mucho menos, descabellada. A través de las 275 páginas del libro, nos encontramos con un Vila-Matas “en tránsito”, de un lugar para otro, en medio de un viaje cuyo centro siempre es el hogar. Un hogar que a veces está mucho más alejado que el más distante de los lugares. Como dice en alguna ocasión, hay muchas formas de llegar y la mejor es siempre no partir. Se habla, pues, de viajes, pero sobre todo de regresos. De viajes sin distancia y de distancias sin viaje, como si se aboliesen las diferencias entre el lejos y el cerca, el dentro o el fuera. Esto es así porque el espacio por el que transita Vila-Matas es, ante todo, un espacio mental, el espacio literario. Un espacio que transforma por completo los lugares convirtiéndolos en espacios de experiencia literaria. En este sentido, la experiencia espacial de Vila-Matas puede ser vista casi como una psicogeografía, una cartografía personal de espacios y lugares connotados. Lugares que, más que lugares, habría que llamar “sitios”, tal y como lo entendió hace algunas décadas el artista Robert Smithson, quien distinguió entre un lugar físico (place) y un lugar de memoria (site). Los espacios que aparecen en este dietario, las ciudades, calles, hoteles, iglesias, cementerios… son, de este modo, lugares de memoria, sitios preñados de significado. Espacios que, aunque vacíos en el presente, han sido clave en las vivencias de los otros. Unos otros que aquí, como no podría ser de otro modo, son los otros de la literatura, o mejor, los prójimos de la literatura. Cuando Vila-Matas se enfrenta a un espacio, se enfrenta al espacio del otro, ya sea a la Verona de Kafka o incluso a la ficticia Finlandia de Kaurismäki. El viaje, pues, aparece como una arruga espacio-temporal de entrecruzamiento de experiencias.

Si uno lo piensa bien, esta psicogeografía conduce a Vila-Matas por un camino cercano al transitado por Magris en “El infinito viajar”, sobre todo en el sentido del viaje circular como un rodar continuo sin centro aparente. Un rodar en torno a un vacío que se desplaza con nosotros incluso cuando no llegamos a partir. Pero “Dietario voluble” no es un libro de viajes. Es también una cartografía del mundo moderno. Puede llegar a leerse como un ensayo fragmentario de sociología contemporánea. Como ocurre con sus libros de ensayos, Vila-Matas se muestra aquí como un sagaz observador de los modos de vida contemporáneos. Su mirada, irónica y desencantada, nos presenta una sociedad, como ya comenzase a ver Flaubert, en proceso de barbarización y banalización. Un proceso que va desde el síndrome del hikokomori de los jóvenes japoneses al imperio de la tontería, instalado en su mayor parte en nuestras clases dirigentes y en el mundo de la cultura establecida.

[Publicado en El faro de las letras, 26-09-08]

26/9/08

Recibido

Hoy he recibido un regalo anónimo, La Eva futura, de Villiers de l'Isle Adam, un libro mítico que, sin embargo, no he leído. Muchísimas gracias (seas quien seas). Prometo leerlo en los próximos días. Y comentarlo cuando quieras.

Asignaturas pendientes

Esta semana han comenzado las clases. Por razones de azar las tengo todas concentradas en el primer cuatrimestre. Si logro sobrevivir, a partir de febrero seré un hombre feliz y podré escribir con cierta tranquilidad. Si no, pues habré muerto en el intento y sortearán mis bienes en una rifa navideña. Mientras tanto, os copio aquí, por simple curiosidad, el programa de una de las asignaturas que me ha tocado en liza. Tenía que hablar de los temas tradicionales de la historia del arte, historias de santos, mitología... y lo he transformado en algo que no sé muy bien lo que es, a medio camino entre la tontería y la cultura visual. Pero el caso es que no estoy del todo descontento. Lo único que ocurre es que ahora no sé cómo voy a llenar los epígrafes. En fin, Dios dirá.

Fuentes Iconográficas de las artes plásticas (contemporáneas)

1. Hacia una historia transversal del arte contemporáneo.
2. Irse de putas: el arte contemporáneo y el mundo de la noche, de Manet a Jeff Koons.
3. La persistencia de lo sagrado: espiritismo, ocultismo y prácticas esotéricas.
4. La ciudad que nunca duerme: el nuevo espacio de la contemporaneidad, de Baudelaire a myspace.
5. El hombre-máquina: de Picabia a Stelarc.
6. Nada de nada: poéticas de la desaparición.
7. Este es mi cuerpo: placer, dolor y fluidos corporales.
8. Tácticas de escape: Houdini, Predator y Andy Warhol.
9. El mundo de los otros: Estrategias de alteridad de Gaugin a Perdidos.
10. Ver la catástrofe: la responsabilidad del testigo
11. No somos nadie: identidades móviles y políticas queer.
12. La era del peluchismo: los idiotas y el retorno de lo real.

24/9/08

Melville y el Paco

Mientras leo emociado las últimas dos páginas del dietario de Vila-Matas, me saca de la concentración una voz que llega de la calle. Una chica habla por el móvil con tal griterío que comienzo a pensar que, en lugar de teléfono, utiliza megáfono. El caso es que, justo en el momento en el que Vila-Matas habla de la tumba de Melville, apenas tres párrafos antes de acabar el libro, tengo que frenar en seco mi lectura porque irrumpe en mi salón una frase que me deja totalmente descolocado: "oye, Inma, que me he tirado al Paco". Dejo entonces a Vila-Matas, a Melville, a Hart Crane y a toda la historia de la literatura y me intereso por la supuesta amante del Paco. Dice que ha esperado para contarlo hasta estar segura de lo que había hecho. Pero que ahora ya lo tiene claro: "qué fuerte, tía, me he tirado al Paco".

Después de esto, me da por reflexionar sobre las relaciones entre vida y literatura. Y pienso que, al contrario de lo que habitualmente creemos (que la literatura nos aparta de la vida), es la vida la que nos molesta y nos saca de la literatura. La vida, que aunque se reduzca a "tirarse al Paco", consigue apartarnos de la más increíble de las escrituras.

Llegar

En la página 203 de Dietario voluble, leo que hay muchas formas de llegar y que la mejor es no partir. Me quedo un buen rato pensando. Decido entonces que es buen momento para regresar de mi largo viaje. Y permanezco inmóvil unos segundos, intentando volver al lugar desde el que emprendí mi marcha. Observo, sin embargo, que ese lugar nunca existió.

22/9/08

Dietario

Estoy disfrutando como un niño con el último libro de Vila-Matas. Ya casi lo tengo acabado. Espero haberlo hecho para el próximo viernes, día en el que inaugura la Feria del Libro de Murcia con una conferencia a las 20 horas. En un momento del libro, el escritor alude una afirmación de Pascal según la cual "los mejores libros son aquellos cuyos lectores creen que también ellos podrían haberlos escrito". No puedo estar más de acuerdo con él, aunque esa creencia en la posibilidad de la escritura sea siempre imaginaria. Más que creer que yo podría haber escrito este Dietario, me gusta imaginarme escribiéndolo, usurpando el lugar de Vila-Matas, experimentando sus vivencias y reinventándome en cada frase, sujeto de una dieta literaria.

20/9/08

La noche oscura de la escritura

“Estoy solo en la oscuridad, dándole vueltas al mundo en la cabeza mientras paso otra noche de insomnio”. Así comienza Un hombre en la oscuridad, la última novela de Paul Auster. Y así también yo me acerqué a ella, "solo en la oscuridad", en medio de "otra noche de insomnio". Una noche en blanco que quise llenar con las mágicas historias del maestro de La música del azar o Leviatán, y que me tuve que conformar con pasar con el escritor manierista y atascado de Brooklyn Follies y Viajes por el Scriptorium.

Me gusta Auster, lo confieso. Me gusta demasiado. Pocos autores han sabido crear un universo tan inquietante y mágico como el que propone el escritor neoyorquino. Y aún menos han conseguido hacerlo con una prosa tan brillante y resuelta como la suya. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, Auster parece haber entrado en bucle. Desde Brooklyn Follies, sus historias y sus procedimientos se repiten una y otra vez, hasta un punto en el que uno tiene la sensación de estar leyendo siempre la misma novela. Esto, desde luego, puede llegar a fascinar a muchos de los incondicionales del escritor, pues los hace partícipes de un mundo en el que se mueven con solvencia y comodidad. Pero a otros muchos (entre los que me cuento) la cosa toma ya tintes de un déjà vu peligroso y, en cierto sentido, perverso.

En Un hombre en la oscuridad se advierte un desapego literario difícil de comprender. Uno tiene la sensación de que el libro haya sido escrito con cierta desgana y como para salir del paso. Eso, que en la mayoría de los casos daría como resultado un bodrio de magnitudes inigualables, aquí, sin embargo, sigue siendo una obra de entidad literaria. Y esta es una cuestión importante: incluso desganado y con prisas, Auster sigue siendo un titán frene a la máquina de escribir. Un titán en horas bajas, es cierto. Pero un titán que uno jamás se debe perder. Y es que, con todos los peros que se puedan poner a la novela (que, como vemos, son muchos), Un hombre en la oscuridad tiene páginas y momentos deliciosos. Eso es quizá lo que haya que extraer de ella. Algunas ideas, veinticinco páginas. Suficiente en la mayoría de los casos. Demasiado poco para un autor como Auster.

El argumento (si se puede llamar así) del libro es bien sencillo: August Brill, un anciano crítico literario insomne, tras un accidente, imagina historias para pasar la noche. Una de ellas es la de Owen Brick, un joven mago que despierta en una suerte de mundo paralelo en el que Estados Unidos está sumido en una guerra civil que solo él podrá detener. Para hacerlo tendrá que matar al propio Brill, cuya imaginación ha producido la guerra. Esta historia aparece y desaparece a lo largo del libro, y se entrecruza una y otra vez con la realidad de anciano y la relación de éste con su hija y su nieta. Apoyado en la teoría de los mundos paralelos de Giordano Bruno, Auster reflexiona aquí sobre la entidad de las cosas imaginadas. Como dice al final del libro, "lo real y lo imaginado son una sola cosa. Los pensamientos son reales, incluso los de las cosas irreales".

A través de un juego de reflejos literarios y de realidades contrapuestas, Auster no olvida algunos de los temas que más le han obsesionado últimamente. El primero y más importante de ellos es, sin duda, el de la vejez, cuestión presente en su narrativa desde un principio pero en aumento desde Brooklyn Follies y Viajes por el Scriptorium. La vejez, la ancianidad y la proximidad de la muerte como un momento en el que el sujeto establece una relación paradójica con la realidad: de un lado, el aprovechamiento de las pequeñas cosas, y, de otro, la presencia de los recuerdos. Si uno lo piensa bien, Auster está volviendo a retomar el paradigma que estableciera en La invención de la soledad, el paradigma de Sherezade, la necesidad de contar historias para evitar la muerte. Historias que aquí tienen que ver con la memoria, con dar cuenta del pasado para salvar su erosión.

Junto a esta preocupación por el paso del tiempo y la ruptura de la memoria, Auster se ocupa también aquí de hacer su ajuste de cuentas particular con la guerra y con el gobierno de su país. La guerra civil imaginada no es una menor sinrazón o sinsentido que otras guerras reales, como la de Vietnam o la de Irak, que constituyen el trasfondo de gran parte de las historias y recuerdos reales. Es en este momento donde su escritura se hace más débil y se llena de sentencias éticas que, por momentos, recuerdan incluso al Saramago más omnipresente y moralista.

19/9/08

Lejos

Aunque esté aquí, en el fondo sigo lejos, muy lejos, cortándome en trocitos por los anillos de Saturno.

17/9/08

Mala gente

Ya estamos con lo de siempre. A veces querría vivir lejos, muy lejos de esta tierra rastrera. Saturno podría ser un buen lugar. La vileza y la inmundicia, sin embargo, acabaría al final encontrándome. 


 

16/9/08

Demasiado tarde para volver

Entre las cosas agradables que me esperaban a la vuelta de China, una de las que más me ha alegrado ha sido comprobar que ya ha salido mi librito de microficciones para la biblioteca del tranvía, de cuya presencia ya informé aquí hace unos meses. Aunque se trate de un libro mínimo, una pequeña tontería, lo cierto es que me hace ilusión. El libro, que va a ser regalado en los transportes públicos de la ciudad de Murcia, está compuesto por los microrrelatos que he ido publicando en el blog, la mayoría de ellos remozados y acicalados para la ocasión. El tono sigue, como no podía ser de otro modo, mi pesimismo habitual. Sólo espero que nadie se lo tome en serio. Aquí os dejo uno de muestra.

Déjà vu
Todo le recordaba a algo. Estaba harto de sentir siempre las mismas cosas, el mismo trabajo, los mismos bares, las mismas mujeres, los mismos problemas... La misma rutina, una y otra vez, el hastío más absoluto, el eterno retorno de lo mismo... la condena de algún dios perverso. Por eso se introdujo la pistola en la boca, cerró los ojos y apretó con fuerza el gatillo. Tuvo la sensación de haber muerto en otro momento.

14/9/08

Lost in translation

Ahora que me puedo sentar a escribir con cierta tranquilidad, comienzo a hacer recuento de experiencias. Y pienso que, si me tuviese que quedar con una, esa sería sin duda la sensación de otredad que me ha acompañado durante todo el viaje. Aunque ciudades como Shanghai están tremendamente occidentalizadas y los avances en las comunicaciones supuestamente han abolido las distancias, he podido comprobar que el occidental aún es para muchos de ellos un ser extraño. Y si el occidental es grande, gordo y peludo, como es el caso de un servidor, lo extraño se convierte en exótico. En más de una ocasión se han quedado perplejos mirándome el vello corporal, y, como os dije, un taxista incluso me pidió que le enseñara los pelos del pecho. Parece ser que nunca había visto cosa semejante. Por primera vez, me he sentido el otro radical. Y eso, por encima de cualquier otra cosa, es una experiencia curiosa y necesaria. Una experiencia de desconocimiento substancial que, como una suerte de Lost in Translation, se intensificaba con la imposibilidad para comunicarse por medio del lenguaje en una gran parte de lugares, pues salvo en ciertos contextos muy concretos, la gente no habla otra cosa que Mandarín. Ha sido interesante comprobar lo indefensos que estamos sin el lenguaje, y lo difícil que es volver a acostumbrarse a las señas y el lenguaje no verbal. Según cuentan los que viven aquí, al final, el malentendido se vuelve común, uno se acostumbra a vivir con él y lo integra en su cotidianidad. Esta presencia de lo inentendible me ha hecho pensar en que quizá aquí nos entendemos demasiado, o parece que lo hacemos, pues al final, aunque compartamos una gramática y un vocabulario, decimos siempre cosas distintas.

13/9/08

Volviendo

26 horas después, llego a casa con las rodillas en una bolsa de mano. Me las tuve que quitar porque no me cabían en el asiento que me tocó en suerte, estrecho a más no poder. Para aliviar la sensación de hacinamiento, intenté dormir tomándome todos los somníferos que llevaba en el bolsillo, pero apenas me sirvieron para cerrar los ojos un par de veces. Así que me tuve que entretener digiriendo la comida china que nos daban en el avión y escribiendo historias tontas que nunca verán la luz. Al llegar a Alicante, como era de prever, Iberia me había perdido otra vez el equipaje. Hay que tener juego de muñeca para hacerlo con tanta precisión. La próxima vez ni siquiera voy a esperar la maleta. Nada más bajar del avión, pondré la reclamación y así gano tiempo.

Ha sido un viaje increíble, pero lo cierto es que tenía ya ganas de volver. Como en casa no se está en ninguna parte. Y sobre todo, aquí me esperaba Penélope-womahn, que ya no sé cómo aguanta estas ausencias. Resistiéndose todo lo que ha podido, me ha reservado los tres primeros episodios de la cuarta temporada de Prison Break, que nos vamos a merendar en cuanto recupere el aliento.

Y sobre la mesita de noche, me aguarda también el Dietario voluble de Vila-Matas, que aún no estaba a la venta al salir para China.

Vamos, que me alegro de estar de vuelta.

10/9/08

Ya os contaré, ya

El caso es que al final me va a acabar gustando Shanghai. Ya os contaré cuando vuelva y tenga disponible conexión a Internet. Me están pasando cosas para escribir siete novelas. De momento sólo os digo que ayer a un taxista tuve que enseñarle los pelos del pecho. Esto es un sindiós.

6/9/08

Shang

Aunque casi pierdo el avión, al final he conseguido llegar a Shanghai. Una ciudad extraña a más no poder. Nada que ver con Beijing, salvo que está llena de chinos. Pero esto es otro mundo. El capitalismo kitsch y el fetichismo occidental llevado a su máxima expresión. Time Square al lado del bund de Shanghai es la calle mayor de mi pueblo. Una locura y un espectáculo. Un espectaculo que no me gusta nada. Me impresiona la ciudad, pero no sería capaz de vivir aquí ni una semana. Sin embargo en Beijing, con todos sus inconvenientes, no me importaría pasar una temporadita. Mañana visitaré las galerías y el simposium de comisarios de la Bienal. Intentaré escaparme un poco para recorrer alguna callejuela que otra, aunque dudo que hasta el miércoles pueda sacar un minuto.

5/9/08

Cosas

Encuentro un segundo para pacer en el hotel y me da apenas tiempo a escribir estas líneas. Con el puñetero jetlag, y sobre todo, con las cosas sin terminar que me han acompañado a Pekín, llevo ya casi tres días dormir. Hoy, entre reunión y reunión, he podido sacar tiempo para ir a la gran muralla. En dos palabras: im presionante. De camino se ve la China real, y no la del Pekín artístico, que es la que estoy visitando. Una ciudad de grandes contrastes en la que me he contrado por un lado la gente que apenas tiene para comer y poco más, y por otro, el petardeo del mundo del arte, que es el mismo en todos los lugares. Hoy he estado en la inaguración de la Feria de Arte y me he encontrado a los mismos de siempre, con algunos más chinos de figurantes, pero más de lo mismo. Cada vez más este tipo de eventos se parecen a eso que Marc Augé llamó los no-lugares, aunque aquí el anonimato se transforma en exceso de nombre. Y a todo esto mañana temprano salgo para Shanghai donde temo que me encontraré otra vez las mismas cosas. El mundo se ha convertido en un constante déjà vu. Y lo que no vemos no lo podemos recordar.

3/9/08

Ya-toy

Reventado llego a Pekín después de un intenso día de viaje en el que mis renovados temores a los aviones han sido superados a fuerza de reiteración. Para comenzar, el Alicante-Madrid lo he hecho en un Mcdonell Douglas de Spanair. No os quiero comentar dónde se me han puesto los dos amigos de abajo durante el despegue. Luego, Madrid-Ámsterdam. De nuevo en la tierra de los tulipanes, como si fuera un déjà vu. Pero lo más duro sin duda ha sido el Ámsterdam-Pekín y las nueve horas y media hacinado en una cavidad fabricada para el hermano menor de David el Gnomo. Me ha dado tiempo a aprenderme el manual de Mandarín y a leer tres veces cada uno de los libros que me he traído. Con las estrechuras apenas he podido, como pensaba, sacar el ordenador para acabar los textos varios que tenía que entregar a la llegada. Llegada en la que casi me confunden con un deportista de los paraolímpicos, de los que esto está lleno. No sé si la obesidad entra dentro del espectro de minusvalías. Si lo está, lo mismo me llevo para España alguna medalla. Probablemente, después de la comida del avión, la de 500 metros esfínter.

En fin, que, sin haber pegado ojo, me enfrento a un día de reuniones y visita de galerías de arte. Lo haré, de todos modos, ilusionado. No todos los días está uno aquí (aunque me queden casi dos semanas para volver). Y sobre todo, no todos los días descubre uno que un genio de las letras como don Arturo Pérez Reverte se pasea por este no (ha) lugar y tiene a bien dejar un comentario. Y lo mejor, ha llegado a la blogosfera: Os lo cuenta don Arturo.