30/3/08

Regreso

Regreso de Oslo cansado, pero con el ánimo renovado. Al final todo ha salido a la perfección. Buena acogida en la prensa y en el público. Era un viaje que me pillaba a contrapié, y sin embargo me ha venido bien. Bien en todos los sentidos, pero sobre todo en el emocional. Necesitaba aire fresco, eso estaba claro, aunque quizá no hacía falta llegar a siete bajo cero. Como quiera que sea, mañana comienza la rutina. Clases, gestiones, textos varios... mil cosas por hacer, mil por acabar. Pero como me prometí, lo intentaré llevar todo con más calma. Como avance, el martes pienso volver a la esgrima.

28/3/08

Acabado

Al final, un minuto antes de la inauguración, se logró acabar la exposición. Con el tiempo justo, pero logramos hacerlo. Para compensar el esfuerzo, a los noruegos no se les ha ocurrido mejor idea que una visita guiada de hora y media en inglés. Además, todo improvisado. He empezado fatal, pero reconozco que he perdido la vergüenza conforme avanzaba.

La parte más extraña de la exposición es que en ella hay un vídeo en el que aparece la imagen de mi madre hace un año. El encuentro ha sido ciertamente emotivo. Me he estado preparando durante unos días antes de enfrentarme a la obra. Creía que me iba a doler, y, sin embargo, ha sido tremendamente reconfortante. Sobre todo porque ha vuelto a insitutuir en mi mente la imagen de mi madre en vida. Los últimos recuerdos que tenía de ella eran los del día del entierro. Un cuerpo fijo, inerte, inmóvil. Hoy la he vuelto a ver viva y he sentido cómo se instauraba en mí de nuevo unrecuerdo, una imagen movimiento que parece servirme de anestesia.

27/3/08

Última hora

El viaje me está sentando bien. En Oslo hace un frío que pela, pero a pesar de eso me parece una ciudad agradable. Y eso que llevo dos días enclaustrado en el Stenersen Museum montando la exposición. Se inaugura a las cinco y todavía faltan la mitad de cosas por hacer. Para que luego digan que los españoles lo dejamos todo para el final... A correr toca. Pero mientras los noruegos almuerzan no puedo hacer otra cosa que escribir este post y preparar la visita guiada en inglés. Que el señor nos pille confesados.

24/3/08

Viaje vertical 

Mañana temprano (es decir, dentro de unas pocas horas) salgo hacia Oslo para inaugurar la versión noruega de la exposiciónEstéticas Migratorias. Como al protagonista de El viaje vertical, la novela de Vila-Matas, la gente me dice "te conviene, te conviene un viaje". Y quizá tengan razón. Es posible que sea lo mejor para desconectar un poco del acecho de lo cotidiano. Además, me volveré a encontrar allí con Mieke Bal, una de las personas por las que siento más admiración y cariño. 

Me conviene, me conviene un viaje. Es cierto. Sin embargo, me cuesta salir. Me ha costado preparar las cosas. Y esta noche intuyo que me costará dormir. Y es que no puedo dejar de pensar que al llegar al aeropuerto no podré llamar a mi madre para mentirle sobre mi paradero y decirle que estoy en Murcia, que hace calor y que ya la llamaré luego, nada más llegar a casa.

23/3/08

Paradoja

Estos días vivo en una especie de ensoñación, una rêverie, que dirían los franceses. Los recuerdos y las imágenes habitan la cotidianidad casi con más corporalidad e intensidad que la materia tangible. El mundo acontece como una irrealidad. Y sin embargo es más real que nunca.

21/3/08

Duelo entre contrincantes

Tras la pérdida de un ser querido, tiene lugar lo que los psicólogos llaman el periodo de "duelo", un proceso de adaptación al vacío y la falta de la persona amada. Un proceso lento y doloroso cuya duración es variable según la intensidad de la pérdida. Un proceso superado cuando somos capaces de recordar sin dolor y podemos integrar con naturalidad la falta en nuestro quehacer cotidiano.

El término “duelo” proviene del latín “dolus”, que tiene que ver directamente con el dolor y el sufrimiento. Esta es la etimología aceptada por la psicología. Pero, si uno lo piensa bien, no es ninguna insensatez otorgarle al término el sentido más común, el que tiene que ver con la batalla y la lucha. De hecho, esta es la primera acepción del diccionario, la que proviene del latín “duellum” y se define como “combate o pelea entre dos, a consecuencia de un reto o un desafío”.

Tras la muerte de mi madre, por encima de cualquier otra cosa, el duelo se está mostrando como una lucha sin tregua entre dos contrincantes, entre dos adversarios irreconciliables: la experiencia y el lenguaje. Una batalla descarnada entre lo indecible y lo decible, entre lo impensable y el pensamiento, entre el sentir y las palabras.

Al principio, la experiencia desborda el lenguaje y las palabras se convierten en significantes vacíos, estériles para traducir la experiencia. Luego, poco a poco, por decirlo con Kafka, “a través de las palabras, oblicuamente, llegan restos de luz”.

Si se atiende a esta etimología combatiente, completar la labor de duelo, en el fondo, tendría que ver con poder dar sentido y significado al sinsentido de la muerte. O lo que es lo mismo, dejar que la victoria recaiga sobre el lenguaje, dar como vencedor a las palabras. Eso sí, teniendo claro que la victoria nunca será limpia, que habrá daños colaterales, y que el lenguaje quedará para siempre herido por el excedente insoportable de la experiencia.

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Literatura e insomnio

"La literatura es el descubrimiento del mundo del insomne, como la doble imposibilidad y la doble necesidad del día y la noche (...) La ambigüedad -la verdad de la literatura- consiste en la expereincia de encontrarse suspendido entre el día y la noche, la expereiencia de unos ojos bien abiertos que observan durante la noche, y de unos ojos embotados por el espectro del insomnio durante el día" (Simon Critchley, Muy poco... casi nada, Marbot Ediciones, p. 127).

Procesión

Afuera todo está oscuro y en silencio. El pueblo entero camina respetuoso tras la imagen de un crucificado. Demasiado estruendo para mí. 

20/3/08

Lo innombrable

Lo innombrable llega siempre cuando uno menos lo espera. Comienza como un pequeño vacío. Luego se hace más grande, poco a poco, hasta que logra engullir todo el cuerpo. En ese momento, todo es exterioridad, y el dolor es imposible de soportar. Luego se va, y uno se siente liberado. Pero enseguida vuelve de nuevo, y ya nunca más se aleja del todo. 

Citas

Estoy leyendo Muy poco... casi nada, el ensayo de Simon Critchley sobre el nihilismo contemporáneo. En el magnífico análisis que realiza de la obra de Blanchot encuentro dos citas que parecen escritas para describir mi estado de ánimo:

"La angustia, que abre y cierra el cielo, necesita la actividad de un hombre sentado a una mesa, trazando letras sobre un papel" (Maurice Blanchot).

"El arte es antes que nada la conciencia de la infelicidad, no su compensación" (Hegel).

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18/3/08

Volver a la normalidad

Después de la pérdida, para seguir viviendo parece necesario volver a la normalidad. Me propongo esa tarea. Lo intento durante unos momentos. Luego, lo pienso un poco y desisto. Me doy cuenta de que es imposible. No puedo volver a la normalidad. Y no puedo hacerlo porque esto precisamente es la normalidad. 

17/3/08

Objeto transicional

Me he comprado un piano. Apenas lo he pensado. He pasado por la tienda, he probado algunos y me he decidido enseguida. Ya está en el salón, y suena de maravilla. Probablemente no es lo que mejor le viene a la economía familiar en estos momentos. Pero por alguna razón no he podido resistirme. Necesitaba algún entretenimiento más allá de los libros y las palabras. Un objeto transicional, que dirían los psicólogos kleinianos, algo para paliar la pérdida. Quizá esto no sea más que una excusa, pero el caso es que, desde que tengo el piano en casa, parece que llevo mejor la ausencia de mi madre.

Siempre he soñado con tener un piano. Era una de las ilusiones de mi adolescencia. Pero siempre lo iba dejando para más adelante. Había otras cosas más necesarias. Ahora, después de lo que ha sucedido, he tomado consciencia de que las cosas que dejamos para más adelante pueden verse truncadas por un millón de cosas, entre ellas la propia muerte. Así que he decidido comenzar a llevar a la realidad algunos de mis planes de futuro. Vivir pensando en el presente, y no tanto en ese futuro que nunca se acaba de realizar. Eso no significa un Carpe diem radical, sino, más bien, sentido común: vivir y gozar de las cosas que nos da la vida, aprovechando cada instante, cada momento. No dejar nada para más adelante. Poner todos los planes en marcha. Eso es lo único que nos queda.

Como ejemplo, estas vacaciones desconectaré los teléfonos y me dispondré a tocar el piano por puro placer. La vida se escapa por momentos. Por lo menos que se lleve algo consigo.


15/3/08

Comunión

Ayer fue la misa funeral por mi madre. De nuevo, se abrieron las heridas que, aunque muy poco a poco, parecían comenzar a dejar de sangrar. Para colmo, al cura se le ocurrió que uno de los hijos, en representación de la familia, dijese unas palabras al final de la celebración. Como siempre, me tocó a mí improvisar y pasar el mal rato. No dije nada sobre mi madre. Todos nosotros sabemos y tenemos claro el lugar que ocupa. No creo en los panegíricos. Por tal razón, en lugar de eso, decidí simplemente agradecer a todos los asistentes el apoyo mostrado en estos momentos. Agradecimiento que hago extensivo ahora a todos los que estos días habéis estado ahí ofreciendo vuestro aliento cuando el camino se hace más duro.

La verdad es que, entre las muchas cosas que estos días se me han pasado por la cabeza, he reflexionado mucho sobre la conveniencia de estos actos públicos donde se hace patente el sufrimiento. Es cierto que, a veces, uno no tiene gana de ver a nadie y prefiere sentir el dolor en soledad. Pero esta semana, contrariamente a lo que había pensado en un primer momento, me he sentido aliviado con el apoyo de los demás. Un apoyo que aprecié desde el primer momento, y que hizo que lugares de muerte como el tanatorio o el propio cementerio se transformasen por momentos en lugares de vida.

Es extraño, pero estos actos de dolor, más que afirmaciones de la muerte, pueden ser entendidos como manifestaciones de la vida, que es lo que nos queda. En el tanatorio, por ejemplo, por un lado está la muerte: el cuerpo fallecido que ha roto su vínculo con la vida. Es la muerte la que nos convoca, es cierto. Sin embargo, lo que allí tiene lugar es una afirmación rotunda de la vida. El “aliento” del otro irrumpe como un soplo vital que contrarresta la evidencia encerrada en el cadáver. Frente a éste, el otro ofrece su cuerpo como un receptáculo de la vida. Vida que se hace presente en él por encima de cualquier otra cosa. Vida dolorosa, pero vida al fin y al cabo.

Tiene lugar allí también otra afirmación de la vida que no es sólo la vida del respirar, sino la vida de la comunidad, esa vida que va más allá de la existencia individual. Más que en ningún otro momento, durante estos días he tomado consciencia de que habitamos una existencia compartida, una vida que desborda los límites del yo. Una vida en el otro. La condolencia, el pesar del otro, el acompañamiento, ha puesto de manifiesto esa singularidad plural del ser de la que habla Jean-Luc Nancy. Es en estos momentos cuando uno se da cuenta de que ha-sido-en-el-que-se-ha-ido, pero también ahora, y precisamente por eso, uno es consicente de que es-en-el-otro-que-queda, es-con-el-otro-ahí-presente.

Quizá eso nos pueda servir de consuelo, sentirnos parte de algo mas grande, algo con lo que, a veces, ni siquiera podemos convivir, pero que llegado el momento, se muestra en toda su grandeza. Algo que, aun a riesgo de equivocarnos, podríamos denominar humanidad.

Saberse finito

Morir es tan humano como vivir. La muerte es lo único que, con certeza, uno tiene que esperar de la vida. Sin embargo, llega siempre cuando uno menos se lo espera. Es lo esperado-inesperado. Por mucho que sepamos que tiene que ocurrir en algún momento, por mucho que tengamos claro que acecha a la vuelta de la esquina, la muerte del otro siempre nos coge con el paso cambiado. Es siempre una sorpresa, algo ante lo que nunca sabemos cómo reaccionar.

Es paradójico que en esta sociedad del adoctrinamiento no se nos enseñe cómo reaccionar ante la única certidumbre que tenemos. Vivimos como si no existiese la muerte. Todo nuestro modo de vida contemporáneo, nuestra organización social, nuestros problemas… todo, absolutamente todo, se edifica sobre una puesta entre paréntesis de la muerte. Actuamos como si fuéramos eternos, dejando de lado todo lo que tiene que ver con la finitud, cerrando los ojos ante lo que constituye nuestra esencia.

No sé si realmente serviría para algo tomar conciencia de que podemos dejar este mundo en cualquier momento, y que los demás pueden abandonarnos para siempre de un momento a otro. Quizá saborearíamos con más detenimiento las cosas e intentaríamos sacarle mayor partido a lo que nos rodea. Intentaríamos grabar cada mirada, conservar cada gesto, atender a cada palabra y experimentar cada caricia. Probablemente esto nos llevaría a eso que Sartre llamó la náusea, esa suerte de existencia que nos supera y que no podemos incorporar a nuestra experiencia. No sé. Como digo, no lo tengo claro. Pero saberse finito, y saber finito al otro, al menos nos haría ir acostumbrándonos a algo de lo que no vamos a poder escapar.

13/3/08

Tecnologías emocionales

La tecla de marcación rápida número cuatro de mi Nokia 6234 es un abismo que mi dedo intenta evitar a cualquier precio. No sé cuánto tiempo podré resistirme a pulsarla.

Inhabitabilidad

Por momentos la tristeza se convierte en hastío. El propio cuerpo se transforma en un sitio incómodo. Y el mundo entero parece un lugar inhabitable. Luego todo vuelve a su sitio. Todo, menos lo que ya no puede volver. Ahí se quiebran todas las certezas, en el vacío insoportable del presente.

11/3/08

Escritura

Compruebo estos días que necesito escribir más que nunca. Aunque en un primer momento hablase de la esterilidad del lenguaje para traducir la experiencia de la muerte, poco a poco me voy dando cuenta de que es la única manera de asumirla. Hay mucho que no puede ser dicho, lo fundamental, lo más doloroso, lo impensable. Pero también hay otra parte que se puede decir, que se puede escribir, que se puede hacer palabra. Por eso estos días, atrapado en las palabras, no puedo parar de escribir. Escribir en todos los lugares, incluso en la propia mente. Y es que hasta el pensamiento más íntimo y silenciado se convierte ahora en escritura. Escritura posible. Cuando pienso algo como "escribible", se transforma inmediatamente en escritura. Y en ese momento, el acecho de la experiencia se frena durante unos instantes. La escritura funciona entonces como dique, como barrera ante la fuerza arrolladora de lo real.

9/3/08

El todo de la nada

Durante un momento, está el cuerpo. Es poco, pero es algo. Un lugar. El cuerpo sin vida, inerte, falaz. Es poco, pero algo hay. Un hogar cerrado, clausurado. Un origen desvanecido.

Durante un momento, el cuerpo es lo que queda. En el cuerpo está todo, aunque ya no quede nada, aunque sea sólo un cuerpo.

Luego, el cuerpo deja de estar. Y entonces llega la nada. Y la nada no es nada más que nada. Ausencia pura. Inasible, intangible, inimaginable.

Luego, algo más tarde, el cuerpo que ya no era nada deja de ser del todo. Y sólo queda la nada. La nada donde está el todo.

Y es el todo el que nos abruma. El todo de la nada… que revienta la memoria y hace trizas las palabras.

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8/3/08

Isabel Navarro Franco (1933-2008)

Ayer murió mi madre. 
Nadie lo esperaba en este momento.
Aún no he comenzado a asimilarlo. 
Estoy perdido en las palabras. 
Apenas tengo fuerzas para escribir. 
El lenguaje es estéril para traducir la experiencia de la muerte.

6/3/08

Cosas

Llego a casa después de un día de locos. Creo que hoy he llegado al límite de mis capacidades. He tenido que escribir la crítica del faro, la columna de la razón, preparar una clase y una conferencia, y luego, lo más difícil, tener que darlas. He acabado hecho fosfatina, y además sin amigos, porque para poder concentrarme he apagado el móvil y no he cogido una sola llamada. Esto tiene que cambiar como sea. 

5/3/08

Desorientado

Casi todas las noches, después de trabajar hasta altas horas de la madrugada, apago la luz del despacho y, para no despertar a mi mujer, me voy a oscuras hasta el dormitorio. Como conozco bien la casa, no necesito encender la luz para llegar a la cama. Me basta con palpar las paredes como un ciego. 

Esta noche, sin embargo, al cruzar el pasillo me he desorientado durante unos momentos, y, cuando he intentado llevar mi mano a la pared, he encontrado sólo un vacío. Un vacío enorme que mi brazo no era capaz de abarcar. Apenas ha sido un instante, un segundo fugaz, pero he sentido como una angustia terrible comenzaba a apoderarse de mí. Luego todo se ha calmado. He encontrado el camino y he encendido la luz. Ahora, mientras escribo esto, miro a mi alrededor y siento que ya nada es como antes.

4/3/08

Del amor y la muerte

Amélie Nothomb: Diario de Golondrina.
Barcelona: Anagrama. 105 págs.


Amélie Nothomb (Kobe, Japón, 1967) es una de las ‘enfant terribles’ de la literatura contemporánea. Hija de un diplomático belga, pasó su infancia en Japón y, posteriormente, se afincó en Bélgica, país desde donde escribe con una celeridad difícil de igualar. Sus más de veinte libros la encaminan, cual Simenon, a un promedio de más de dos libros al año. Libros que, a pesar de no adecuarse al típico género-formato del bestseller, se convierten enseguida en superventas, algo que sólo se explica por la existencia de una gran masa de lectores fieles e identificados con su obra. Lectores, en su mayor parte, jóvenes y vinculados con la contracultura que Nothomb hace emerger en sus textos.Y es que si por algo se caracteriza la obra de esta escritora es por proponer, como muy pocas, una dura crítica a la cultura es
tablecida de nuestros días. Por medio de la provocación y la excentricidad, los personajes de las novelas de Nothomb se suelen embarcar en una lucha sin tregua contra lo establecido, buscando derribar una y otra vez las convenciones culturales que rodean al sujeto contemporáneo. Un sujeto que ha perdido ya la capacidad de creer en verdades que vayan más allá de lo que uno se impone en cada momento. Un nihilismo incontrolado.

Dotada de una escritura rápida y contundente, poética en algunas ocasiones y prosaica y banal en otras, Nothomb se desenvuelve mejor en las distancias cortas, novelas de apenas cien páginas que pueden ser entendidas, más que como obras cerradas en sí mismas, como modulaciones de un único argumento que desarrolla desde su obra temprana: el cinismo y el sinsentido de la vida contemporánea. En esta ocasión, Diario de Golondrina presenta la historia de un hombre corriente que, tras un desengaño amoroso, ha perdido la capacidad de sentir. Tras buscar esa sensibilidad en todo tipo de cosas, lo único que, al final, consigue hacerlo sentir vivo es el asesinato, que se convierte en una suerte de droga necesaria para poder paliar una vida completamente despojada de sentido. Como asesino, no siente ninguna compasión por sus víctimas. Pero esa frialdad absoluta se ve truncada en el momento en el que se enamora de una víctima a la que ya ha asesinado. El amor tiene lugar, podríamos decir, a posteriori, después de la muerte, en el recuerdo. Eros y Thanatos, vida y muerte, se conjugan aquí para hacer emerger una sensibilidad perdida. Una sensibilidad que sólo surge a través de la ausencia, a través de aquello que ya no poseemos. Frente a la presencia radical de la mercancía y la necesidad de ‘poseer’ el mundo para lograr la felicidad, aquí tiene lugar la posesión en el pasado, en lo que nunca podremos tener.

Como sucede en gran parte de los libros de Nothomb, incluyendo su autobiografía (Biografía del hambre), la exageración se erige como estrategia maestra del argumento y de la narración. La insensibilidad del protagonista es llevada al extremo, en ocasiones llegando incluso a situaciones a medio camino entre lo terrible y la caricatura. Algunos hablan de provocar por provocar. Sin embargo, es quizá éste el modo en el que la autora entiende que mejor pueden ser analizados los problemas de la vida contemporánea, llevándolos al límite. Así es más fácil poder identificarlos y, con posterioridad, analizarlos. Eso fue lo que realizó, por ejemplo, con los Reality Shows en Ácido sulfúrico, donde las bases del concurso también son llevadas al extremo de la muerte. Y eso es lo que sucede en Diario de Golondrina, donde queda claro que el sinsentido de la existencia de nuestros días, que nos conduce a la rutina del trabajo de mensajero, nos puede llevar también al asesinato continuado por el mero hecho de experimentar una sensación. Ésta es quizá la mayor dificultad que se le plantea al sujeto contemporáneo: justificar su propia existencia, sentirse vivo en un mundo que sólo parece producir muertos vivientes.


[Publicado en El faro de las letras, 22-7-2008]

3/3/08

Debate

Al final me lo he tragado entero. Mi masoquismo no tiene límites. Entre el buenas noches y buena suerte de Zapatero y la niña de Rajoy esta noche me va a costar conciliar el sueño. Hacía tiempo que una cosa no se me atragantaba tanto. 

Debate en tiempo real

 "El pan, la leche y el pollo han subido" (José Luis Rodríguez Zapatero). El tono del debate promete. Creo que aguantaré hasta el primer corte publicitario. 

2/3/08

Arte y vida

Algunos comentaristas me han pedido mi opinión sobre "Un perro enfermo, callejero", la polémica acción del artista Guillermo Vargas, que dejó morir de inanición a un perro en una galería de arte como parte de su instalación acerca del sufrimiento de los demás y su tolerancia por parte de la sociedad burguesa. Aun a pesar de ser un hecho terrible, esta animalada no es ni mucho menos sorprendente para cualquiera que tenga un conocimiento más o menos profundo del arte contemporáneo. Muchos son los artistas que han bordeado las fronteras de lo ético y lo repugnante, sobrepasándolas en la mayoría de los casos.

La pregunta que surge inmediatamente es: ¿cuáles son las fronteras del arte? Y sobre todo: ¿disfrutan los artistas de prebendas y derechos especiales? Mi respuesta es contundente: por supuesto que no. Las fronteras y los límites del arte son los límites de la vida. Si en el quehacer cotidiano está prohibido, por ejemplo, robar un cuadro de un museo, aunque esto se haga como obra de arte, y aunque como obra de arte pueda ser tolerada y fascinante (ya lo hizo Ulay a finales de los setenta), como hecho social debe ser sancionado.

El problema principal es que todavía funcionamos con la idea de que el arte y los artistas se rigen por categorías superiores al resto de los mortales. Se trata de una visión romántica que vincula lo artístico con realidades trascendentes y difíciles de asimilar por gran parte de la humanidad. Va siendo ya hora de comenzar a pensar en ‘arte’ como un término neutro, y en los artistas como gente normal. Trabajadores, como todos. Que una cosa sea arte no tiene nada que ver con que sea mejor o peor, bella o fea, moralmente intachable o éticamente reprochable.

Arte, estética y ética son hoy categorías diferentes. Así las cosas, parece claro que un artista no tiene por qué ser buena gente y que una obra de arte puede ser perfectamente cruel. Pero también tiene que quedar claro que el arte y los artistas han de regirse por las leyes y normas que proclama una comunidad. Si un artista, como Guillermo Vargas, maltrata a animales, aunque como obra de arte pueda funcionar (como de hecho lo hace), como acto social iene que ser penado. No hay un más allá de la sociedad, ni siquiera para los artistas. Afortunadamente.

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1/3/08

S/T

Algo mejorado del catarro, me levanto escuchando en la radio los mensajes electorales. Nunca antes había tenido tan claro que no voy a ir a votar.