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31/10/07

Luces y sombras

Violando los protocolos, me demuestro que puedo estar frente al ordenador aunque sea sólo unos segundos. Todo es nuevo ahora. Parece que realmente hubiese recuperado la visión total, como si en estos años no hubiese visto realmente. Me fijo ahora en todos los detalles. Los estímulos del mundo me saturan. Aunque la luz aún me incomoda un poco. Lo peor, sin duda, son las luces por la noche y los halos que desprenden. Es como si estuviera en una ensoñación continua. Aunque de momento estoy mejor en la oscuridad. Es lo que necesitaba para convertirme al fin en un escritor de sombras.

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30/10/07

Veo

Veo. Pero escribe womahn. Yo, hasta dentro de unos días, no podré sentarme frente a la pantalla. Aunque ahora no puedo abrir los ojos, he comprobado que la operación ha salido bien. Me he mirado en el espejo y por fin, tras quince años, he visto mi rostro sin gafas. Me he dado cuenta de que los cristales estaban trucados. Ya sé por qué me ladran los perros.

Ahora estoy como el ciego de Diderot, descubriendo el mundo de nuevo. Ya os contaré.

Nota de la transcriptora: me tengo el cielo ganado.

29/10/07

(Lá)Ser o no ser

Mañana me opero de los ojos. Una intervención láser en la que, si todo va bien, me quitarán la miopía y astigmatismo que me han hecho ver el mundo con la barrera de las gafas durante toda mi vida. No se trata de estética. Me gusta llevar gafas. Me dan el toque intelectualoide que necesito para ser moderno. Pero soy tan dependiente de ellas que últimamente me las tengo que poner incluso para cosas que mejor no digo. No es desconfianza, sino que me gusta ver con quién estoy. Y eso a veces no se entiende bien. El colmo es que ya me las pongo hasta para ir al baño con la luz apagada. Si no, me agobio y me orino encima. Así que ha llegado el momento. Me he armado de valor (y de unos cuantos miles de euros) y mañana me enfrento al láser. Dicen que es rápido e indoloro. Pero que la recuperación lleva su tiempo. Varios días sin ponerme frente a la pantalla del ordenador y sin ver la tele. Y lo que es más grave, varios días sin leer ni escribir. Eso sí que me va a matar. No sé si lo resistiré. Por si acaso, esta noche estoy leyendo El sabor del mundo (Una antropología de los sentidos), de David Le Breton. Y antes de acostarme, le echaré otra mirada al capítulo sobre el tacto.

El médico dice que la operación no es nada, un mero trámite. Diez minutos y ya está. Yo me lo creo. Pero siempre hay un come come que uno no se puede quitar de encima. Y el caso es ue ahora que me lo planteo en serio, comienzo a ponerme un poco cardiaco. Confieso que me da cosica. En fin, ya veremos. O al menos eso espero.

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Finde

Al menos una vez al mes, me toca quedarme un fin de semana en casa de mi madre. Es un momento de regresión a la más tierna juventud. La vida en la huerta, los tiempos lentos, pero también los dolores de cabeza y la completa anulación intelectual. No sé si será cuestión de energías encontradas o corrientes subterráneas, pero lo cierto es que cada vez que me quedo allí me entra hambre y sueño.

Son fines de semana en los que no puedo hacer otra cosa que comer y dormir. Comer, dormir y, por supuesto, ver la televisión con mi madre. Este fin de semana llegué a la bajeza más absoluta y me tragué una película de Marisol, incluyendo comentarios de Carmen Sevilla,una joven promesa del rejoneo y un fulano rubio con pinta de peluquero. Cabriola, obra maestra de Mel Ferrer, homenaje a la rejoneadora Conchita Cintron, sin duda una de las peores cosas que he visto en mi vida. Cosa mala de verdad.


Como no me pareció suficiente, me vi también todos los programas cutres de las televisiones autonómicas, incluso tres misas de popular tv, que según mi madre, es de lo mejor que se ha inventado. Y tiene razón. Las misas de popular tv son puro espectáculo: con una estética de resistencia que merece la pena ser estudiada, parecen hechas en plena persecución de los romanos. Con el alma en vilo estuve, esperando que en cualquier momento entrase alguien para interrumpir tan sublime acto y los llevase a todos a los leones.

Entre misa y misa, intentaba releer Las aventuras de la vanguardia, un libro de Juan José Sebreli sobre los orígenes irracionales del arte moderno. Pero no había manera. La otra opción era el renovado Babelia. Un despropósito: más grande, más fotos, peor. Así que decidí dormirme en la mecedora, con el murmullo del señor ten piedad.

Soñé que era un emperador chino que soñaba que era una mariposa. Y me desperté con un dolor de cabeza que aún me acompaña.

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El dolor de la contención

Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) es uno de esos escritores que, sin hacer demasiado ruido, poco a poco ha ido fraguando una obra sólida, seria e inteligente. Después de una serie de novelas y colecciones de relatos publicados en pequeñas editoriales, el salto a una editora como Seix Barral es sin duda un paso decisivo y necesario en la trayectoria de un escritor no convencional como es el caso de Menéndez Salmón. Un autor que, desde un principio, ha dado muestras de una escritura intelectual, plagada de referencias culturales, en el límite muchas veces del ensayo o la filosofía.

En La ofensa (Seix Barral, 2007), esta escritura inteligente y sutil configura una novela que pausadamente va creando un universo de sensaciones incómodas que hace que el lector, casi sin darse cuenta, acabe con un regusto amargo. Una sensación producida también por una escritura distanciada, que narra la catástrofe casi desde la ataraxia, con la misma indiferencia que el protagonista desarrolla ante el dolor. De ese modo, con una escritura no implicada o no empática, los hechos adquieren peso por sí mismos, y lo narrado se dota de un cuerpo físico y psíquico que hacen de un libro de menos de ciento cincuenta páginas un libro pesado, en el buen sentido de la palabra. Un libro que, bajo la apariencia de la liviandad que proporcionan los capítulos breves y la supuesta rapidez con la que uno lo lee, esconde un universo que vuelve al lector una y otra vez, durante y después de la lectura.

La ofensa es la historia de una resistencia, la de volver a ver la catástrofe. Cuenta la historia de un sastre alemán que, como otros muchos alemanes, durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo que presenciar de primera mano las más dramáticas atrocidades. Atrocidades que acaban por hacerlo insensible a las emociones. En un momento, el dolor que presencia es tal que su mirada parece saturarse. Lo que ve supera lo que espera ver, y su cuerpo no puede asimilarlo. En cierto modo, la historia es una metáfora de los desastres de la guerra, pero también de la responsabilidad de aquellos que los presencian. La responsabilidad del testigo.

La historia de Kurt Crüwell es extrapolable no sólo a sus contemporáneos, sino a cualquier persona que, ante el desastre, queda inmovilizado. Es, probablemente, extrapolable a todos nosotros, que mostramos muchas veces la misma insensibilidad que el sastre alemán cuando, mientras comemos, contemplamos escenas de decapitaciones, mutilaciones o asesinatos. Como si hubiésemos visto demasiado, parece que, de algún modo, nuestra mirada también se ha saturado y ya no podemos ver más. Del mismo modo que Kurt, se podría decir que hemos perdido la sensibilidad.

[Publicado en El faro de las letras, Murcia, 12-10-07]

26/10/07

Prodigios

A mi padre le abrieron la cabeza de un golpe seco. Por eso todos se extrañaron cuando comenzó a brotar agua de su cerebro. Yo sólo puedo contarlo en los días fríos; en los calurosos, me evaporo.

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Metáforas de la creación

Después de ‘Viajes por el Scriptorium’, vuelve Paul Auster a las librerías. Pero en esta ocasión no con una novela, sino con un guión. El guión literario de su primera experiencia como director de cine. Ya antes había realizado incursiones en el guión, algunas tan interesantes como ‘Lulu on the Bridge’ y sobre todo ‘Smoke’. Ahora, sin embargo, se embarca en una aventura en solitario que, a tenor de los muchas críticas recibidas, parece más que fallida.

No he visto la película, pero el guión es realmente decepcionante. Sin duda, los más austerianos disfrutarán de lo lindo, porque, igual que los inmediatamente anteriores viajes por el escritorio, el guión explora el propio universo creativo del autor. En este sentido, ‘La vida interior de Martin Frost’ retoma de nuevo la formación del mito del escritor con el que Auster ha trabajado desde un principio, reforzando esa idea heredada del escritor solitario que se enfrenta a sus miedos y sus recuerdos en una habitación, aislado del mundo, sólo con su máquina de escribir o su cuaderno rojo. De alguna manera, casi el total de la obra de Auster ha jugado con esta noción social del escritor, hasta el punto que se pueda decir que, más que sobre ninguna otra cosa, su obra es acerca de la escritura, y sobre todo del sujeto que escribe. O lo que es lo mismo: sobre él.

En este guión, Auster nos pone frente al escritor agotado tras la finalización de la novela. Un escritor, Martin Frost, el escritor fantasma de ‘El libro de las ilusiones’, que ahora se encuentra el propio origen de la creación literaria: la musa. En una casa de campo solitaria, la musa se le aparece como una bella admiradora de la que el escritor inmediatamente se enamora. Y su historia de amor es, al mismo tiempo, la historia de la creación literaria, hasta el punto que se pueda afirmar que la casa, la musa y lo que allí sucede es, de algún modo, una metáfora de lo que ocurre en la mente de Frost, y, en cierto modo, en la de Auster. Su vida interior. La vida interior de un escritor. Una representación del proceso creativo de un escritor.

Como digo, no he visto la película, y tampoco creo que llegue a nuestras pantallas. Pero la historia difícilmente da para más de un corto de quince minutos. De hecho, como explica el propio autor en la entrevista que precede al guión, ése fue el origen del guión, una microhistoria para un cortometraje. Y eso se nota demasiado. Sobre todo porque uno tiene la sensación de que la historia se alarga innecesariamente. Y realmente no pasa apenas nada.

Admiro profundamente a Auster. Es uno de los escritores más importantes de nuestros días, uno de los representantes más firmes de eso que se ha dado en llamar literatura posmoderna. Un escritor que conjuga a la perfección la reflexión culta sobre el propio acto de escribir y la creación de historias impresionantes, accesibles y contadas como nadie. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, se advierte en su obra un profundo agotamiento. Un agotamiento visible sobre todo en la repetición de clichés y en la vuelta una y otra vez a las mismas cosas, no ya con la pretensión de crear nuevos discursos o hacer evolucionar la narrativa sino con la de reiterar un universo que ya está creado e instituido.

Si ‘Viajes por el Scriptorium’ era un acto de onanismo radical, ‘La vida interior de Martin Frost’ lo supera de largo. Lo que pasa es que el universo de Auster es tan increíble y absorbente que enseguida nos incorpora al él, nos hace formar un mismo cuerpo, una misma carne, compartir un lenguaje y unas inquietudes. Por eso cuando Auster goza y se enamora de su propia escritura, nosotros también gozamos. Por eso cuando el autor se masturba, el placer que siente el lector –el lector ‘incorporado’, hecho cuerpo en el autor– no tiene límites. Me reconozco entre aquellos que gozan, pero no dejo de pensar si esta circularidad del placer sigue teniendo sentido.

[Publicado en El faro de las letras, Murcia, 19-10-2007]

23/10/07

Forclusión

Y nadie quiso nunca más volver a decir su nombre. Yo, en cambio, a veces se lo susurro al oído. Así sabe que al menos alguien recuerda que la muerte no queda tan lejos.

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Indecisión

¿Por qué has dejado de escribir?, pregunta el hombre de gris. Yo no sé qué responderle. Entonces me levanto del fango, hago como que estoy vivo, me siento frente al ordenador y escribo estas líneas. Perfecto, dice el hombre de gris, no queda ya nada en tu mente digno de ser contado. Vuelve al lugar donde te escondes. Nadie irá allí a buscarte.

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22/10/07

Todo lo que no he escrito

El otro día, volviendo de Londres, el avión hizo un extraño giro y comenzó a caer en picado hacia al mar. Fue sólo un instante, pero lo suficientemente intenso para que se me pasaran por la mente toda serie de cosas. Sin embargo, y me pesa reconocerlo, no pensé en mi mujer, en mi madre, en mi amante o en mis dos hijos pequeños. Lo único que se me vino a la cabeza es que, al morir, mi obra literaria iba a quedar inconclusa, que apenas había escrito nada y que me quedaban muchas cosas por hacer.

Dicen que antes de morir, transcurre frente a uno toda la historia de su vida. Pero a mi mente no se acercó nada de lo que había vivido. En cambio, sí lo hicieron todas las historias que podía haber escrito, una tras otra, desarrolladas y estructuradas perfectamente. Cientos, quizá miles de historias, algunas de las cuales me habrían hecho seguro pasar a la posteridad. Me vi desbordado por todo aquello mientras el avión parecía caer sin control hacia el océano. La gente chillaba, rezaba e intentaba encontrar un medio de despedirse de sus seres queridos. Yo, sin embargo, buscaba lápiz y papel. Quería dejar constancia de esas historias que pasaban de modo cada vez más veloz por mi mente. Milagrosamente, entre el ajetreo pude encontrar el moleskine negro y un bolígrafo azul. Y como pude, con letra casi ininteligible, comencé a escribir lo que tenía ante mí. Pero era imposible, y desistí. El flujo eran tan rápido que hubiera necesitado varios años para trasladar al papel lo que me pasaba por la cabeza. Además, el avión se iba a estrellar. Así que tuve que sintetizar todo aquello de alguna manera. Y escribí entonces el más corto de mis cuentos, el más breve y al mismo tiempo el más intenso. El cuento por el que todos me tendrían que recordar, el que condensaba toda mi obra literaria. Apenas seis palabras antes de morir: “todo lo que no he escrito”.

Desafortunadamente el avión recuperó altura y todo volvió a la normalidad. Y con la normalidad se esfumaron también todas las historias. Ahora lo que escribí ya no tiene sentido. Y mi carrera de escritor diría que tampoco. No pude morir dejando mi obra acabada, condensada en aquellas seis palabras. Ahora estoy condenado a escribir todo lo que no he escrito. Pero no sé cómo hacerlo. Sólo de vez en cuando regresa a mí alguna historia de aquel día. Pero ya no aparece como una novela densa y estructurada, sino como un breve cuento que, como este, tengo que cazar al vuelo antes de que vuelva a desaparecer.

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20/10/07

Soy persona

Encuentro como puedo un wifi libre en Karlsruhe. Parece mentira que un centro de arte y tecnología como el ZKM no tenga una red en condiciones. Lo único importante es que ahora ya soy persona. Después de mi intervención en el congresos, vuelvo a la normalidad. Me pongo cardiaco cada vez que tengo que hablar en inglés. Y ante un público como este aún más. Pero parece que la cosa ha ido bien. Por lo que se ve, he conseguido indignar a todos los anglohablantes, desde Hans Belting a la comisaria del Guggenheim. Y eso no está mal. He hecho una crítica muy dura de eso que nos quieren vender como el arte global, y una defensa del español como lengua académica, que no ha gustado demasiado por estos lugares. Mientras decía que nos estaban dando gato por liebre, los comisarios orientales me miraban con los ojos inyectados en sangre, como si se les estuviera descubriendo el negocio que hay bajo este sistema global de las artes.

El título del encuentro era "Dónde es el arte contemporáneo?". Y mi intervención estaba situada en una sección titulada "Nuevos desarrollos del arte en Latinoamérica". Es decir, que la cosa prometía ya desde el principio. Pero al final no ha habido posibilidad de discutir. Y eso no ha estado mal del todo. Mi conferencia era la última, y después, Peter Weibel inauguraba exposición. Así que no ha habido posibilidad de réplica. Sin duda, algo ha quedado, aunque sea la indignación.

De todos modos, y fuera de estos desvaríos artísticos, de lo que tengo gana ya es de centrarme un poco y volver a Murcia durante una temporada. La verdad es que he encadenado una serie de viajes que me tienen ya casi desorientado. Entre viaje y viaje, necesito tiempo para recuperarme. Tiempo que no tengo, y que no sé si podré encontrar. De momento, voy a dormir, que ya va siendo hora.

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16/10/07

Vaya semanita

Esta es una semana de aupa. Después de la experiencia londinense, ayer parlamenté sobre Paul Auster y la muerte en el ciclo Lecturas sobre la Muerte, que organiza la Sociedad de Filosofía. Hoy, mañana y pasado, tenemos el Seminario de Judy Chicago en el CENDEAC. Y el jueves salgo para Karlsruhe a seguir parlamentando en un encuentro sobre arte y globalización en el ZKM. Con este ajetreo lo que no sé es cómo sigo engordando. Será porque como a deshoras (y no dejo de comer a horas).

14/10/07

Sublimación

Al ver que ya nada tenía remedio, hizo de tripas corazón y se comió todo el amor que sentía por ella.

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Come Back 2

Por cierto: La vida privada de Martin Frost, lo último de Paul Auster me dejó más que frío. No sé cómo será la película, pero el guión es flojo, flojillo. Quizá para un corto de no más de 15 minutos podría dar, pero no más. Uno tiene la sensación de que la historia (una tontería de las grandes) se alarga innecesariamente. Admiro profundamente a Auster. Leo absolutamente todo lo que publica. Me parece alguien que tiene mucho que decir. Pero aquí, y mucho más que en Viajes por el Scriptorium (que a los austerianos creo que nos gustó), se advierte un agotamiento difícil de sacar adelante. Le deseo, en cualquier caso, la mejor de las suertes con la película, aunque intuyo que no calará demasiado. Yo, de todos modos, ardo en deseos de verla. El universo del escritor me sigue fascinando.

Come Back

Regreso de Londres con ocho horas de retraso, las rodillas rotas (no voléis con Flymonarch si superáis el 1'20 de estatura) y el estómago destrozado (no se os ocurra comer en St. John's).

Frieze
no tiene nada que ver con Arco. Está a años luz. Allí uno tiene la sensación de estar viendo el arte en tiempo real. Además, es abarcable. Es un buen espejo para mirarse. Yo salí con la sensación de que todavía hay cosas interesantes en el mundo del arte. No tuve (al menos no demasiado) ese déjà vu que me asalta todos los años en Arco.

Luego, en la Tate pude ver la intervención de Doris Salcedo en la Sala de Turbinas. Sencillamente impresionante. Doris Salcedo es una de las artistas más serias del panorama actual, y lo que ha hecho allí (una serie de grietas en el suelo) me ha sorprendido muy gratamente. Todo lo contrario de la expo de Mathew Barney en la Serpentine Gallery, decepcionante a más no poder.

Aunque apenas he tenido tiempo de ver nada, sí he podido sacar unos minutos para dejar temblando mi bolsillo en librerias varias. No he comprado demasiados libros, menos de veinte, pero las libras valen lo suyo.

Lo mejor del viaje fue, como casi siempre, la gente. Los amigos encontrados y los nuevos conocidos. En ese sentido, sobre todo, las ocho horas de Gatwick y las dos horas y media de estrecho confinamiento han sido más que productivas.

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11/10/07

Frieze

Salgo hacia Londres con la intención de ver Frieze, el ARCO inglés (eso sí, con algo más de glamour y conciencia real de lo que es el mundo del arte). Pero lo importante es que, por primera vez en mucho tiempo, me dejo el ordenador en casa. Son sólo tres días, pero aún así es algo inaudito. Como diría Andrés Montes, algo está cambiando Salinas. Ya me reservo para la vuelta eso de ¡la vida puede ser maravillosa!

PD. Me llevo como equipaje de mano La vida privada de Martin Frost, el guion con el que dicen que Paul Auster ha dado el patinazo del siglo. Ya veremos.

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10/10/07

Hace tiempo que me fui

Hace tiempo que me fui. A veces regreso a buscarme. Entro a mi casa, me siento frente a mi mesa, copulo con mi mujer. Pero al mirarme al espejo, compruebo que hace tiempo que me fui.

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9/10/07

En condiciones

Termino, como siempre, a la carrera, el texto sobre Mabel Martínez para el Centro Puertas de Castilla. Siete páginas, pero me hubiese gustado escribir más. Y sobre todo, mejor. Mabel es amiga, y además su obra me parece interesante. Pero, como siempre ocurre en estos casos, uno va con la lengua fuera y no puede hacer nada en condiciones. Al menos en las condiciones ideales de trabajo. Ya me voy acostumbrando (qué remedio) a este sistema, pero también tengo gana algún día de disponer del tiempo (sobre todo psíquico, de concentración) suficiente.
Pienso a veces ingenuamente en cometer un delito y que me encarcelen. Allí, una vez acostumbrado a la sodomización, podría escribir con tranquilidad.

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8/10/07

Series de poderes

Entre texto y texto, mientras tomaba algo de aire para recuperarme, ayer acabé de ver la primera temporada de Héroes. Esta noche me pondré al día con la nueva, que ya lleva tres capítulos. Creo que lo he dicho en más de una ocasión: las series son uno de los lugares en los que la narrativa visual puede transformarse para sobrevivir. Perdidos, Prison Break o Héroes han sido (y siguen siendo) tres interesantes experiencias en este sentido. Es lo único que veo en la tele. Perdón, lo único de la tele que veo, porque lo visiono en el ordenador, calentito de Internet. La pantalla de la tele se ha quedado para el telediario, y a veces ni eso.

Con Héroes ha vuelto ha salir mi lado infantil y soñador. Y por las noches vuelvo a soñar que vuelo y que tengo poderes extraordinarios. Invisibilidad, telequinesia, parar el tiempo... nunca sé qué elegir. La invisibilidad me haría cumplir mi sueño de voyeur fisgón, y ver las intimidades de los demás. Lo de parar el tiempo siempre me ha fascinado. Y ahora, con esta sobrecarga de trabajo, me vendría de perlas. Podría terminar todo a tiempo y que no vencieran los plazos. Tendría incluso tiempo para leer con sosiego y tranquilidad. Pero sin duda pienso que, si tuviera que elegir, me quedaría con la telequinesia. Y ahí me sale mi alma de gandul. Eso de mover las cosas sin levantarse de la silla es el poder que siempre he anhelado. Con el mando a distancia se dio un gran paso, pero aún queda mucho por andar.

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7/10/07

La extimidad del abismo

Exploradores del abismo es un libro de Enrique Vila-Matas. Decir esto, ciertamente, no es mucho. O quizá sí, según se mire. Y es que un buen número de críticas y comentarios recientes parecen situar este retorno del autor catalán al cuento como una suerte de brecha en el coherente y compacto ciclo narrativo de compuesto por sus últimas obras. Sin embargo, como el propio Vila-Matas afirma, este es, si no su libro más genuino, sí al menos uno de los más vilamatianos.

A mi modo de ver, más que como una ruptura, Exploradores del abismo puede ser entendido como una vuelta de tuerca más al largo y profundo proceso de deconstrucción efectuado por Vila-Matas en la ficción contemporánea. Una vuelta de tuerca operada ahora desde el cuento, si bien no creo que podamos hablar de un regreso sin más a este género. La clave es que Vila-Matas no vuelve al cuento, sino que el cuento vuelve a Vila-Matas. A Vila-Matas en tanto que autor en sentido barthesiano, es decir, como productor de discursividad. Los cuentos de este libro están creados desde el edificio narrativo construido por el autor. No están fuera de las paredes del Doctor Pasavento o del Mal de Montano, no son una exterioridad, sino que constituyen más bien una “habitación”, un planta más, quizá un rellano. Un espacio para seguir mirando hacia arriba, y no sólo hacia atrás, como podría intuirse de las propias palabras del autor, que dice sentirse heredero y guardián del legado de un Vila-Matas ‘autre’.

Pululan por este libro personajes extraños. Personajes convalecientes, preocupados por los vacíos interiores y exteriores. Personajes que de algún modo están impregnados y constituidos por la discursividad del autor, de una presencia abismal que, como un Dios que vive en la casa de al lado, amenaza y atenaza las acciones y el pensamiento. Son sujetos sujetados. Sujetados por el abismo. Un abismo que los constituye, pero que al mismo tiempo los pone en marcha hacia otro lugar. Un abismo que, en cierto modo, se presenta bajo el rostro de aquello que Lacan llamara extimidad. Y en varios sentidos. En primer lugar, como algo que está al mismo tiempo dentro y fuera. Todos los personajes persiguen un vacío que nunca acaba de llenarse. Algo que nunca se consigue porque es parte de la propia estructura del sujeto, porque se halla inscrito –a veces de modo literal– en el propio cuerpo. Son, pues, personajes abisales, que buscan el abismo, pero que son abismo en sí.

El otro sentido de la extimidad tiene que ver con la identidad de los personajes y el modo en el cual son habitados por Vila-Matas. De alguna manera, las intimidades a las que nos vemos confrontados son construidas desde fuera, desde una exterioridad que configura el interior. Es el propio autor, diluido y expandido, el que se muestra en estos exploradores. Un autor que ahora es más que nunca múltiple. La intención de desaparecer mostrada en obras anteriores parece confirmarse aquí. La escritura, como diría Deleuze, como una pérdida del rostro, como una disolución del yo, que, sin embargo, acontece en cada historia, en cada frustración, en cada imposibilidad.

Pero más allá de estos desvaríos filosóficos pseudoparanoides, lo que conviene tener claro es que ‘Exploradores del abismo’ es un libro, como cabía esperar, magistral. Un libro de Enrique Vila-Matas. Diecinueve intervenciones donde la cita, el microrrelato, el ensayo y el cuento ‘degenerado’ constituyen un universo fronterizo, incómodo y por momentos desolador. Aunque no todas las intervenciones tienen la misma fuerza –o al menos no la comunican del mismo modo–, algunos relatos casi poseen el estatus de obra insuperable. Pienso por ejemplo en ‘Porque ella no lo pidió’, el relato sobre la artista Sophie Calle y su perversión de la identidad y la voluntad, donde Vila-Matas vuelve a fracturar cualquier distancia entre ficción y realidad. Distancia que está puesta en suspenso incluso en aquellos cuentos más cercanos a lo fantástico o a lo increíble. La realidad, el más potencial de los abismos, bordea la ficción en todo momento. Y eso hace que uno tenga una sensación de intranquilidad durante la lectura. Una sensación de familiaridad extraña, siniestra, en el sentido freudiano del término. Y es que quizá el abismo esté más cerca de lo que cabría esperar.

[Publicado en El faro de las letras, Murcia, 28-9-2007]

6/10/07

Gente vil

El presidente de cierta universidad ha vuelto a hacer de las suyas. De nuevo, y como siempre, de modo rastrero y vil, ha herido a mis amigos. Lleva tiempo haciéndolo. No contento con echarlos de la universidad, los persigue allá donde van, con la única intención de hundirlos y machacarlos. Una actitud digna de un indeseable, de alguien que, aparte de perder el juicio, ha perdido todo sentido de la moralidad y de la ética. La actitud de un ser malvado. Persecución y venganza parecen ser los únicos términos que entiende. Curiosa versión de la caridad cristiana y del perdón que tanto predica.

Al volver a saber de esto, inmediatamente he tenido que escribir esta microficción:

"El domador descorrió el velo y mostró la bestia a los asistentes. Damas y caballeros, amigos y enemigos, he aquí un hombre malvado. Contémplenlo y absténganse de escupir en su rostro. No merece nuestra saliva".

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5/10/07

Novela

Llevo unos días de aupa, de un lado para otro, cargando con las agujetas esgrimeras y acabando textos a la carrera, sin apenas tiempo ni para decir lo saturado que estoy. Esta noche, hablando sobre la necesidad de escribir a deshoras para llegar a cumplir plazos, el maestro Shushi de anguila me ha comentado que Idefonso Falcones, el autor de La catedral del mar, escribió su novela levantándose todos los días una hora antes. Robando horas al día. Así salió, es lo primero que he pensado. Pero luego de camino a casa me ha ido surgiendo el gusanillo y he tomado una determinación para emprender mi novela, que la voy posponiendo día tras día. He pensado que la única manera de obligarme es ir publicándola online, capítulo a capítulo, o fragmento a fragmento. De esa manera, irá creciendo poco a poco, y también, de modo progresivo, podré ir viendo si va o no por buen camino.

Mi problema mayor es la impaciencia. Soy incapaz de emprender proyectos a demasiado largo plazo. Ponerme ahora con una novela y publicarla al acabarla implicaría mucho tiempo en blanco. Meses, quizá años. Sin embargo, la publicación fragmentaria en un blog cambia mucho las cosas. Deja de ser un trabajo a largo plazo, para convertirse en algo casi inmediato. Así que lo que haré, cuando saque un minuto para hacerlo, es crear un blog e ir subiendo capítulos poco a poco. El título de la novela ya lo di en otra ocasión, y ahora me cercioro: El libro de los durmientes.

1/10/07

El noble arte

Vuelve la esgrima. Primer día del nuevo curso. Pedro Merencio, el cubano más rápido a este lado del Segura, nos ha preparado una buena bienvenida: festival de sentadillas y marchares por doquier. Me duelen hasta las pestañas. No estoy para nadie. Los muslos se me caen a trozos. Y los brazos los he perdido a media clase. De hecho, y gracias a la habilidad aprendida de Héroes, escribo ahora con la mente, lo único que aguanta con vida esta noche. No quiero pensar en mañana.

Uno de mis más ilustres comentaristas decía que esperaba que, a pesar del colapso de trabajo de estos meses, supiera decidir bien entre la pluma y la espada. Y la verdad es que, por mucha saturación que tenga, no pienso desistir del noble arte del hierro. Sé que nunca llegaré demasiado lejos. Pero, por primera vez en mi vida, no me importa lo más mínimo. Y es que -lo he escrito ya más de una vez- pocas cosas me divierten tanto como la esgrima. Concentración, intuición, simulación, seducción... empuñar la espada te conecta con algo más allá de la estricta racionalidad, pero también más acá de la pura animalidad. Un punto a medio camino entre el instinto y la razón. Un lugar que merce la pena ser habitado y experimentado. Y eso aunque hoy, como digo, esté hecho fosfatina y aún no tenga claro si podré arrastrarme hacia la cama o directamente me tendré que quedar tirado en el suelo del despacho, desparramado junto a los libros, pero satisfecho.

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