26/7/07

Saturación

Estoy saturado. Apenas tengo tiempo para pestañear. Entre hoy y mañana he de finalizar textos para siglos. No debería ni siquiera entrar en internet. Sin embargo, es en estos momentos cuando no puedo dejar de escribir aquí, ver la tele, leer otras cosas, ordenar la habitación, cambiar los libros de sitio, salir de compras... es decir, todo aquello que me aparta de mis obligaciones.

Son demasiadas cosas. Y no puedo con todas. Además, tal y como está la unión ciclista internacional, he descartado el doping, al menos el ilegal (café que no falte). No escarmiento. Siempre me ocurre lo mismo: hasta el último momento. Algún día me cogerá el toro. Espero que no sea esta vez. Y si lo es, me confiaré al espíritu de Luis Francisco Esplá. Otro que no parece escarmentar.

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El tosedor

Me he tomado un momento de relax y me he escapado al concierto de Barbara Hendricks en el Auditorio de Murcia. Acabo de llegar fascinado con la señora Hendricks (no me esperaba menos) pero consternado con la cantidad de toses que he tenido que escuchar. Es algo que siempre me ha obsesionado. A veces pienso que hay gente que va a los conciertos sólo para hacerse notar, y espera a los pianísimos para tocar a los demás lo que no suena. Las toses de hoy me han recordado a un relato que escribí hace mucho y que tenía perdido en los archivos del antiguo ordenador. Es una cosa de juventud y está muy mal escrito. Pero al releerlo, he sentido que transmitía bien lo que ha sucedido esta noche. Como no tengo pudor alguno, y tampoco tengo tiempo ahora para ponerme arreglarlo, lo voy a colgar tal y como lo he encontrado. Ya me contáis qué os parece.

El tosedor

Nadie sabía la razón exacta que le impulsaba a toser en los conciertos, pero, al parecer, venía de largo. La primera vez que su madre lo llevó a un concierto, comenzó a toser con tal intensidad que el director tuvo que detener la pieza y rogar, por favor, a la madre que sacase al niño de la sala. Como es lógico, el sofoco de la mujer bastó para que el niño, durante toda su infancia, no volviera a pisar una sala de conciertos.

Él amaba la música y, por todos los medios, buscó una solución a su mal. Probó todo, absolutamente todo, pero ningún médico halló problema alguno que solucionar. Pero no hubo remedio que fuese convincente. Sólo encontró respuesta en el psicoanálisis, aunque los resultados no fueron de su agrado. Según el psicoanalista, esa pulsión tosedora ante el goce de la música se debía a un trauma infantil, una especie de variación auditiva de la escena primordial freudiana, producido por la continuada escucha, durante de sus primeros años de vida, de un rítmico gemir en la habitación de sus padres, lo cual había producido una traumática insatisfacción ante la imposibilidad de mediar en aquella jadeante melodía. Según Freud, la curación de dicho trauma, hasta el momento, no había sido posible. Así que debía acostumbrarse a vivir con esa cruz.

Estudió canto y tenía una voz prodigiosa, pero, siempre, antes de finalizar cada pieza tenía el impulso de estornudar y no podía aguantarlo. Como es lógico, nadie quería trabajar con él, y fue expulsado del conservatorio.

No pudo soportar un destino tan cruel. Así que decidió que si él no podía disfrutar de la música en vivo, nadie más lo podría hacer en paz. Y fue entonces cuando se forjó la leyenda del tosedor, cuando comenzó a repartir sus estornudos por todas las salas de conciertos de la ciudad.
Siempre actuaba con premeditación, en el instante más inoportuno. Calculaba el pasaje preciso de su intervención: habitualmente aprovechaba los silencios o los pianísimos, pero no hacía ascos a los solos –preferiblemente de sopranos– o a los recitativos, de los que le daba igual la figura con tal de poner nervioso al cantante.

Él soñaba a veces que era invitado formalmente a toser en los conciertos, que su nombre aparecía en los programas, que se sentaba junto al primer violín de la orquesta, que el propio director le daba la entrada y que, al final, salía a saludar, con el resto de los intérpretes.
Lo cierto es que el tosedor había actuado durante mucho tiempo. Había pasado toda su juventud y madurez interrumpiendo en los conciertos. Pero ahora ya estaba cansado. Además, tenía a la policía detrás del asunto. Los músicos salían nerviosos al escenario y en el público se había creado una sensación de ansiedad verdaderamente incómoda. En cierto modo, había conseguido su propósito: en su ciudad ya nadie podía disfrutar tranquilo de la música. Con lo cual, ya podía dejar de jugar.

Y fue entonces cuando se propuso hacer su última actuación. Sería en el concierto del día de la Nación, el sábado por la noche.

La preparó durante varias semanas. Sólo tosería una vez, en el punto culminante de la pieza. Todo estaba calculado. Su tos pasaría a la posteridad. Era lo único que le faltaba, una grabación. En un concierto conmemorativo, con un director afamado, con un gran discográfica, la sala a rebosar, todo era perfecto. Tan perfecto que, entre las piezas del programa, se encontraba su obra fetiche, la primera que interrumpió –en su infancia– y la última que boicotearía en libertad –porque estaba seguro que tras la intervención de esa noche no podría escapar a la policía. La obra: Caballería Rusticana, de Pietro Masgani, el segundo movimiento. Lo tenía claro: actuaría en el pianísimo, el momento más bello de toda la composición.

Lo había estudiado durante semanas, incluso con la partitura delante, llegando a señalar el momento exacto en el que debía producirse el estornudo. Definitivamente esa noche pasaría a la posteridad y su tos quedaría grabada para siempre.

La noche del concierto se sentó en la cuarta fila del patio de butacas, en el lugar donde, según todos sus cálculos, era más audible el estornudo. Comenzó la última obra. El momento de la gloria estaba a punto de llegar. Con sigilo, sacó de la chaqueta la partitura, y, cuando comprobó que apenas quedaban tres compases para su intervención, preparó la garganta para toser con fuerza, se aferró nervioso a la butaca. Ya se acercaba, poco a poco, cada vez más piano, cada vez más bello. Había llegado su hora.

En el momento en que los violines parecen surcar los mares con su suave pianísimo, el mas suave, casi imperceptible, el más bello de toda la historia de la música; en ese momento, en el que debía estornudar, en el que su tos debía quedar signada para siempre en un disco memorable; en ese preciso momento, por alguna misteriosa razón que no pudo comprender, no sintió la necesidad de estornudar. Su tos se contuvo por primera vez.

La belleza de la música lo había curado. Y en ése mismo momento, una extraña sensación azotó su pecho, una vibración súbita que lo estremeció de arriba abajo, algo que, asimismo, provocó un tremendo pitido que se escuchó por toda la sala. Fue entonces, en el momento en que su guturación debía haber pasado a la historia de la música, cuando el tosedor recordó que, con los nervios, no había desconectado su teléfono móvil.

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25/7/07

Nominalismo migratorio

Hoy me han vuelto a llamar José María. Ha sido en una reunión. Todo había empezado bien: saludos, parabienes, sonrisas. Pero hacia el final, un señor se ha vuelto hacia mí y me ha dicho: Porque tú José María, como director del Cendeac...

No es la primera vez que me pasa. Durante un tiempo nadie sabía mi nombre. En la prensa y en los textos que escribía, solían cambiármelo o, incluso, eliminarlo directamente. Así, he firmado textos como A. Martínez Navarro, Miguel Navarro, Ángel Hernández, Miguel Ángel H., Miguel Antonio Hernández, y, el más increíble, Mariángeles Hernández. Era siempre el ausente de las fotos. Ese señor que aparece de relleno pero cuyo nombre nunca se sabe.

Hoy, de nuevo, al escuchar que me llamaban José María, he decidido eliminar mi nombre. Comenzaré un proceso de nomadismo nominal y, en adelante, responderé a todos los nombres. Seré todos y nadie. Y si me llaman José María, diré: para servirle a Dios y usted. A estas alturas tendríamos que habernos acostumbrado. El nombre es lo de menos. Llámame Ismael.

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24/7/07

Más madera

Como si se tratase del retorno de lo reprimido, las estéticas migratorias vuelven a erigirse centro de mis preocupaciones intelectuales. He aparcado la literatura basura por unos días para acabar la segunda parte del trabajo que comencé a principios de año. El problema es que en verano las neuronas están saturadas y doy lo justo. Además, creo que mi dedicación basuresca a la literatura de estos últimos meses me ha dejado seriamente perjudicado. Después de leer al hijo de Stephen King, me cuesta 'horrores' ponerme con las cosas serias. Es un proceso lento, pero poco a poco parece que la cosa va arreglándose y volviendo a la normalidad. De momento, estoy disfrutando como un niño con un libro no demasiado conocido de Michel de Certeau, Historia y psicoanálisis. Con una prosa envidiable, de Certeau va poniendo como nadie las cosas en su sitio. Creo que he aprendido más sobre Freud y el psicoanálisis en las breves páginas de este libro que en toda la literatura parapsicoanalítica, alguna a la altura del mismísimo hijo de Stephen King.

En fin, que el best seller y la literatura de salón debe esperar hasta el fin de lo migratorio. En dos semanas, tengo que pergeñar más de cincuenta páginas de nuevo cuño. No sé cómo lo haré. Siempre me pasa igual. El inicio del verano no pinta demasiado relejado.

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20/7/07

Vila-Matas monumental (y portátil)

Vila-Matas Portátil. Un escritor ante la crítica
Edición de Margarita Heredia
Editorial Candaya

Sin duda alguna –al menos para quien escribe este texto–, Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es el escritor más sólido, lúcido, interesante e innovador de las letras españolas. Creo que es la primera vez que realizo una afirmación tan tajante. Y también la primera que estoy seguro de no equivocarme. Porque Vila-Matas es uno de los grandes. Una referencia en la historia de la literatura contemporánea, a la altura de Georges Perec, Italo Calvino o W.G. Sebald. Su literatura ‘transgenérica’, en la frontera del ensayo, la autobiografía y la ficción, se ha erigido en uno de los más brillantes ejemplos de eso que se ha dado en llamar ‘literatura posmoderna’. Una escritura que, a lo largo de los ochenta, apareció como una corriente de aire fresco en el rancio panorama literario español, y que ha ido creciendo y conformando un corpus textual que abarca ya veinticinco libros, entre novelas, ensayos y libros de relatos, traducidos a veintiséis idiomas y galardonados dentro y fuera de nuestro país.

Quizá el aspecto más relevante de su literatura es que ha sabido crear una ‘verdadera’ autobiografía textual, una identidad, compuesta por la suma de los personajes de sus novelas, a medio camino entre la ficción y la realidad. Es difícil deslindar entre autor y personaje. Todos los personajes de sus libros son, de algún modo, el autor, y, al mismo tiempo, el autor no llega a ser del todo la persona que escribe, ya que se encuentra tamizada por el rol y el mito del escritor moderno.

En pocos casos como en el de Vila-Matas está tan clara la presencia de un programa o discurso literario que subyace a prácticamente todas sus obras: la desconstrucción del mito del escritor moderno. En los libros del autor catalán, todo, incluso aquello que, en principio, nada tiene que ver con la literatura, se encuentra bajo la sombra de dicho mito, esa figura que comienza a forjarse en el simbolismo francés, y que va se va configurando a lo largo de todo el siglo XX a través del cine y la propia literatura. El escritor bohemio, atormentado, que vive entre alcohol y libros, que conoce la vida a través de la escritura, pero que, al mismo tiempo, es consciente de que la vida de los libros no es la vida real, que, en el fondo, es lo que anhela... O lo que es lo mismo: la enfermedad de la literatura. De eso, de un modo u otro, con modulaciones, trata toda la obra de Vila-Matas, de un trabajo sobre ese mito, una desconstrucción en el sentido derridiano del término, es decir, una extenuación, un llevar las cosas a los extremos, al lugar en el que comienzan a perder sentido y definición. Ahí, desde la ironía y el nihilismo, se hace trizas el mito, y se toma conciencia de que se trata tan sólo de un artificio, una estrategia; nada más.

La escritura de Vila-Matas se ha caracterizado por alabar las virtudes de la levedad, la desaparición, el silencio y lo portátil. Sin embargo, el narrador se ha convertido ya en un escritor de peso, inamovible, monumental. De eso es de lo que, precisamente, da cuenta Vila-Matas Portátil, esta antología de textos críticos que pretende ofrecer por primera vez una visión comprensiva de su obra. El libro, editado por Margarita Heredia (México, 1966), se compone de una serie de textos críticos de 41 escritores y críticos entre los que se encuentran, por nombrar unos pocos, Roberto Bolaño, Javier Cercas, Rodrigo Fresán, Jorge Herralde, Mercedes Montmany, Sergi Pàmies, Ala Pauls, Sergio Pitol, José María Pozuelo Yvancos, Soledad Puertólas o Juan Villoro. Algunos textos son análisis excepcionales no sólo de la obra de Vila-Matas, sino del estado de las letras contemporáneas. Además, encontramos dos pequeños joyas ‘autobiográficas’ del propio autor, así como una larga entrevista con Juan Villoro, fruto de la película ‘Café con shandy’, obra de Enrique Díaz Álvarez, que se incluye en un DVD en el libro. Una película de treinta minutos en la que escuchamos la ironía de Vila-Matas, sus divagaciones, su timidez, vemos el lugar desde el que escribe, sus libros... He de confesar que este componente fetichista y aurático del escritor-como-figura me ha tenido ya varias veces delante de la televisión.

Vila-Matas portátil, por finalizar, constituye el documento más completo hasta la fecha para el estudio y ‘disfrute’ de la obra del autor de ‘Bartleby y compañía’. Para los vila-matianos –que afortunadamente cada vez son más– es un libro indispensable. Tras su lectura entran unas ganas tremendas de volver a leer todo Vila-Matas, desde ‘La asesina ilustrada’ y sus primeros experimentos narrativos hasta el reciente ‘Doctor Pasavento’. Pero también es una muy buena introducción para todos aquellos que todavía no se hayan adentrado en su fascinante obra. Una trampa. Después de la primera línea, ya no es posible escapar.

[Publicado en El faro de las letras, Murcia, 6-7-2007]

16/7/07

Historias inacabadas

De nuevo, al despertarme, he dejado a medio una historia de amor. Y no he podido evitar preguntarme qué ocurre con todas esas vidas que se cortan de repente en los sueños. Esas que quedan suspendidas para siempre. ¿Dónde van a parar las historias que se cierran? ¿Esperan acaso a ser recuperados en algún lugar del limbo de los sueños? ¿Aguardará mi amada a que regrese con la respuesta a sus preguntas o se habrá desvanecido para siempre? Lo único claro es que los sueños nunca acaban del todo, y que siempre son insufientes. Un drama. Como la vida misma, supongo.

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14/7/07

Noche de fiesta

El diario La Verdad me ha invitado a enviar un cuento de verano para la semana que viene. He intentado crear algo bonito y veraniego, pero, dado mi estado de ánimo, no ha habido manera. Antes de proceder al envío, os lo dejo aquí para que me ofrezcáis vuestras sabias opiniones. Esta vez las necesito como el comer.


Noche de Fiesta

Salí un poco mareado de la fiesta. Eran las cuatro de la mañana y no había un alma en las calles. Apenas podía tenerme en pie, pero quise regresar andando, para ver si se me pasaba la borrachera. De camino a casa no se me ocurrió otra cosa que pasar por un callejón largo y estrecho que siempre procuro evitar. Una decisión, sin lugar a dudas, equivocada, pues, nada más entrar, me encontré de bruces con lo que temía. Un grupo de adolescentes tenía acorralado a un mendigo al final del callejón. Observé cómo se reían de él, lo tiraban al suelo y comenzaban a darle patadas y puñetazos. Al ver aquella escena, se me revolvió el estómago. Pero sobre todo quedé completamente paralizado por el miedo. Nada odio más que la injusticia, pero en ese momento sufrí un colapso y no supe qué hacer. Así que intenté pasar desapercibido y volver por donde había venido. Pero uno de los jóvenes se dio cuenta de mi presencia y me gritó algo en un idioma que no pude entender. Luego, todos me miraron y se rieron de mí. Eso me descolocó y fue quizá lo que me hizo reaccionar de modo inesperado. Comencé a correr hacia ellos lleno de rabia, y, cuando llegué a su altura, en lugar de abalanzarme sobre alguno de ellos, proferí un grito cuyo significado aún me pregunto y, sin saber exactamente por qué, le di puntapié con toda mi fuerza al mendigo, que emitió un alarido que se me clavó en los oídos. Entonces empecé a darle patadas en el estómago con tal intensidad que los propios jóvenes se asustaron y salieron corriendo. Quise parar en ese momento, sobre todo porque me pedía clemencia llorando. Pero había algo dentro de mí que no me dejaba frenar.

En un momento, el hombre consiguió evitar una patada y me miró fijamente a los ojos implorando piedad. Fue en ese instante cuando descubrí que su rostro me era familiar. Demasiado familiar. Vi en él los ojos de mi padre. Mi anciano padre, que había desaparecido tiempo atrás. ¿Sería aquel mendigo el hombre que tanto había buscado? Me estremecí por completo. La formulación de esa pregunta me hizo pegarle aún con más fuerza. Y le pisoteé la cabeza hasta que conseguí desfigurarle el rostro. Lo extraño era que cuanto más le desfiguraba el rostro más se parecía a mí. Hasta que, al final, su rostro era como un espejo. Un espejo en el que comencé a verme reflejado. Tanto, que poco a poco comencé a sentir un tremendo dolor en el costado, y posteriormente en la cabeza. Entonces me detuve súbitamente, pero el dolor, en lugar de aminorar, se hizo más fuerte. Y la única solución para paliarlo fue seguir pegándole, haciéndome un daño terrible, sintiendo su dolor en todos los rincones de mi cuerpo. Hasta la extenuación. Hasta perder el sentido. Hasta no saber dónde acababa él y comenzaba yo. Hasta perderme.

No sé cuánto tiempo continuó aquella locura. Esta mañana, al salir el sol, me he sorprendido dando puntapiés a una pared, con las sandalias llenas de sangre y una masa de personas mirando fijamente hacia el lugar en el que yo estaba. He preguntado por el indigente. Pero nadie me ha contestado. Creo que ignoran mi presencia.

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13/7/07

Profecía

“¿Y si en el fondo todo esto no fuese más que una farsa?”, preguntó desesperado a su padre. No obtuvo respuesta alguna. Fue entonces cuando, tras mirar hacia el cielo, dijo “Se ha cumplido”.

11/7/07

Cansancio

Estoy tan cansado que no puedo dormir. Esta tarde, para desconectar del mundanal ruido, se nos ha ocurrido jugar un partido de fútbol. La semana pasada ya lo hicimos a las cinco de la tarde, con la solana. Hoy la cosa ha sido más humana, a las siete y media. Pero el caso es que en el primer lance del partido me he lesionado, y ahora tengo un puñetero dolor en el muslo que no me deja dormir.

Aunque, bien pensado, no sé si el dolor insomne es el físico. Desde anoche (aunque esto viene de largo) estoy bastante desilusionado con el sistema universitario español. Un sistema que me expele una y otra vez. Comienzo a tener cada vez más claro que mi futuro profesional no se encuentra en la universidad. Es cierto que, socialmente, la universidad es el lugar de legitimación del saber. Pero cada vez más se demuestra que, en realidad, es todo lo contrario. Quizá sea necesario pensar que hay otras vías para el conocimiento y el desarrollo intelectual. Desde luego, la universidad española (y no apunto a ningún caso concreto) no está pensada para eso. No se premia la excelencia, sino que, al contrario. Se castiga, y de qué modo. Aunque eso tiene más que ver con la tradición española de segar la cabeza de quien asoma demasiado.

Podéis comprobar que estoy cabreado. O, más que cabreado, me siento desilusionado, desesperanzado, extenuado. Es la bofetada de lo real, que la estoy recibiendo de lleno en la mejilla. Y la verdad es que no sé si poner la otra mejilla o sacar los puños. Aunque quizá lo mejor sea simplemente retirar la cara y el cuerpo. Dar media vuelta y regresar por donde he venido. Alejarme en cualquier caso. Posiblemente sea lo más sano. Y, quién sabe, a la larga, lo más productivo. Ya veremos. Mientras tanto, espero al menos conciliar el sueño.

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10/7/07

Huésped

A veces me cuesta trabajo quitármelo de encima. Se aferra tanto a la piel que, cuando logro sacarlo, puedo llegar a perder jirones de piel y algún que otro órgano. Sé que al día siguiente todo vuelve a su sitio. Pero paso unas noches terribles, dolorido y con náuseas. Entonces tengo pesadillas y sueño que habito un cuerpo que no me pertenece. Afortunadamente despierto. Y me reconcilio con el mundo.

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9/7/07

Episteme

Llevo unos meses en los que apenas leo ensayo. No sé si me he vuelto perezoso, pero lo cierto es que cada vez más me cuesta leer otra cosa que no sea narrativa. Estoy convencido de que se puede trabajar a partir de de ahí. De hecho, poco a poco voy encontrando en ese terreno más material a partir del cual pensar y reflexionar. Un pensamiento que (también cada vez más) tengo que llevarlo a cabo horizontalmente. Y es que me cuesta mucho pensar sentado, frente al ordenador, en la mesa de trabajar. Llevo un tiempo en que necesito tumbarme para reflexionar. Quizá cueste trabajo hacerse a la idea, pero lo cierto es que gran parte de la historia del pensamiento se ha hecho de ese modo, en la cama y boca abajo. Quizá haya que darle la razón a Bataille cuando observaba que la horizontalidad es la esencia a la que tenemos que volver, nuestra animalidad perdida, incluso para la reflexión.

Desde fuera parece otra cosa: leer novela y estar tumbado a la bartola. Pero es trabajo y del duro. Para evitar confusiones, me propongo la tarea de fundamentar una teoría del conocimiento para estas aficiones. Una epistemología transmoderna.

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7/7/07

Ravel: 'experimentos con la verdad'

En una entrevista reciente, decía Jean Echenoz (Orange, 1947) que prefería las vidas reales a las de ficción. Ravel, publicada en español por Anagrama, es precisamente eso: una vida real, construida por medio de la narración. Y es que el texto no es una biografía al uso, ni tampoco una novela histórica. Se trata más bien de una reconstrucción literaria de la biografía de Ravel, documentada históricamente, pero escrita desde la literatura. Con esta obra Echenoz habita un terreno ‘intergenérico’, claramente más cerca de la literatura que de la historia. Este tipo de escritura abre la historia, o las formas de construcción de la historia, para dar otros resultados. Es ciertamente curiosa la sensación que uno tiene al leer este libro. Por un lado está claro que no se trata de la objetividad de la historia. Es literatura, es creación. Hay un escritor, un autor, por decirlo en términos de Foucault, cuyo estilo pesa en la historia. Pero al mismo tiempo, el estilo de Echenoz se aproxima a una limpieza y pureza que bien podría ser propia de la historia.

‘Ravel’ es la historia de los últimos años de uno de los más grandes genios de la música del siglo XX, Maurice Ravel. Una historia, en los límites entre la realidad y la ficción, que relata el auge y declive del compositor (la creación del célebre Bolero y la enfermedad y posterior muerte), todo narrado con una suerte de ‘ataraxia’ descriptiva que mantiene al narrador en la ‘justa distancia’, una distancia que le permite estar ni demasiado cerca, ni demasiado lejos de los hechos. Y desde esta posición de cercanía distante, a medio camino entre la superficie y la intimidad, el narrador nos muestra un mundo fascinante por el que pululan personajes claves de la cultura del primer tercio de siglo, de Paul Wittgenstein a Charles Chaplin, pasando por Gershwin o Toscanini.

Como ha demostrado en otras obras recientes (especialmente en Al piano), Echenoz conoce a la perfección el mundo de la música, y son prolijos los pasajes dedicados a la descripción y análisis de obras e interpretaciones musicales. Pasajes en los que la escritura se hace por momentos musical y rítmica. Aun así, se podría decir que, más que un oído, Echenoz es un ojo. ‘Ravel’ es un cúmulo de impresiones visuales. Está narrada con un cinematógrafo. Pero no con el cinematógrafo tal y como lo entendemos hoy (el de la tradición de la elipsis y el montaje de Griffith), sino con la idea del cine ante el cual pasan las cosas. Las más célebres, pero también las más insignificantes. El cine de los pequeños detalles. En este sentido, la obra de Echenoz nos muestra al Ravel del Bolero, pero también al obsesionado por las toallas, las corbatas o los pijamas.

El ojo de Echenoz es impresionista. Es una mirada que se detiene, que toca, que es empática con el contexto. Una mirada afectiva que ilumina lo que ve. Y que da pistas sobre lo invisible. Llama la atención que por momentos Echenoz deja incluso espacios vacíos. Espacios a los que su ojo no puede tener acceso. Y dice: ‘no es seguro que esto ocurriera así’, o ‘no se tiene constancia de lo que ocurrió durante ese período’. Estos momentos sacan al lector de la ficción y lo sitúan en la realidad: no es una ilusión, hay una historia. Pero una historia a la que no es posible tener acceso del todo.

Una de las máximas del pensamiento histórico es que los hechos siempre se nos escapan. Echenoz parece consciente de que la supuesta reconstrucción de éstos siempre es una ‘construcción’ de los mismos. Por eso opta directamente por construir, por crear una vida a través de los datos. Quizá los historiadores deban tomar ejemplo. Quizá la única salida a la historia sea tomar conciencia de la construcción que implica todo relato. Y trabajar a partir de ahí.

[Publicado en El faro de las letras, Murcia, 29-6-2007]

6/7/07

El traje del muerto

Llevo varios días intentando leer El traje del muerto, la ópera prima de Joe Hill. Bazofia de la buena. Hill es el hijo del padre de la literatura basura, Stephen King, así que de casta le viene al galgo. Pero, aun así, no hay color. King tiene historias originales, algunas escritas muy dignamente. Pero de El traje del muerto sólo se salvan las primeras 10 páginas, el momento en que un aficcionado al esoterismo compra un fantasma por internet. A partir de ahí, la historia se le va de las manos, y, disparate tras disparate, no sé dónde querrá conducirla.

Son trescientas páginas y pico. Llevo casi doscientas, pero hoy he decidido no seguir. He hipotecado demasiado tiempo de mi vida con esto. Me pongo a compararlo con José Carlos Somoza, cuya lectura tengo fresca, y la verdad es que, más que nunca, la comparación no admite lugar. Lo más grave del asunto es la campaña de la que viene precedida la novela, que sale ya con los derechos de cine y los derechos de traducción a no sé cuantos paises vendidos. Y con una web y un trailer que ya 'media' la lectura de la obra. Y un blog en español por si alguien se había despistado.

Este tío sí que es listo. Tomaré ejemplo.

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4/7/07

Tiempo de Planck

Ultimamente, y no sé a ciencia cierta por qué, todo va muy rápido. Apenas tengo tiempo de sentarme a escribir, ni siquiera de responder los comentarios que amablemente me hacéis en el blog. Acabo de leer 'Zigzag' (thriller científicio más que recomendable, de José Carlos Somoza), y parece que me sucede lo que a algunos de los personajes de la novela: estoy en una cuerda temporal rápida. En un tiempo de Planck, una manifestación infraleve del tiempo, un tiempo mínimo en el que aún las cosas no han acabado de formarse. La mínima expresión del tiempo, el instante justo para ser considerado tiempo. Pues eso: algo semejante pero de modo continuo. Una sucesion inacabable de temporalidades mínimas que no logran acabarse del todo. Ahí estoy. Espero salir en estos días (quizá no más que unas milésimas de segundo).

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2/7/07

Documenta

Me envía Eduardo Cortills un mensaje para preguntarme qué me parece la presencia de Ferran Adriá en la Documenta de Kassel. Una vergüenza, le respondí. El Bulli, más allá de las virtudes de la alta cocina (que no niego que pueda ser arte), representa la tradición elitista, burguesa e inaccesible del arte occidental. Al principio me daba igual, pero, cuanto más lo pienso, más me indigno. En un momento como el presente, con la que está cayendo, apostar por un arte de la alta cocina para unos pocos elegidos, es un disparate tremendo. Pero, en fin, como siempre digo, otras cosas hay peores.

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