27/6/07

La coartada del diablo

Hace algunos años que sigo con interés la literatura de Manuel Moyano (Córdoba, 1963), murciano de adopción que, poco a poco, a través de unos libros de relatos sólidos y muy bien resueltos, se está haciendo en un lugar en el mundo de las letras nacionales. Ejemplos de esto son El amigo de Kafka (Pre-Textos) o El oro celeste (Xordica). La semana pasada acabé la lectura de su primera novela, La coartada del diablo (Palencia, Menoscuarto, 2007), obra ganadora del premio Tristana de Novela Fantástica. La recomiendo vivavemente. Pero advierto: causa ansiedad.

Desde sus inicios, la escritura de Moyano se ha caracterizado por bordear con una soltura y diligencia extremas lo fantástico. Y escribo ‘bordear’ porque lo fantástico, aquello que escapa a la razón –y a lo visible–, no aparece como un mundo aislado, diferente del nuestro, sino como algo que nos rodea y que no se presenta de modo explícito, sino que siempre parece estar agazapado en la realidad, velado, acechando en lo inesperado. La coartada del diablo supone quizá la culminación de esta suerte de literatura de “lo enrarecido”. En esta ocasión, un hombre llega a un pueblo para olvidar la muerte de su esposa. Sin embargo, lo que, en principio, parecía ser un pueblo tranquilo cualquiera, comienza poco a poco a mostrarse como un mundo asombroso y siniestro en el que la extrañeza es la moneda común. Un mundo irrespirable en el que, por desgaste y acumulación, algo está a punto de suceder. O está sucediendo ya.

La novela está planteada de forma epistolar. Una serie de cartas que el protagonista va enviando a su primo y en las que describe lo que tiene lugar en el pueblo. El uso de la epístola ­­­–a diferencia de lo que ocurre en otras obras, en las que resulta un recurso facilón– aquí está justificado y se convierte en un elemento clave para la acción. Además es esencial para el ritmo del texto. Elimina de un plumazo el problema de las elipsis. Y cuenta lo sustancial para la historia. Una historia en la que nada falta: todos los personajes son presentados. Todo queda planteado. Todo descrito. Todo resuelto a la perfección. En menos de 140 páginas, Moyano expone y resuelve una situación para la que otros habrían necesitado mucho más y, probablemente, no habrían contado ni la mitad. Es curioso, pero, aun sin introducir ninguna novedad sustancial en el género, ni en la escritura –no se trata de inventar nada–, el buen hacer del narrador hace que todos los elementos, ninguno nuevo o especialmente arriesgado, confluyan en la creación de un obra que, sin duda alguna, deberíamos calificar de “redonda”. No extraña, pues, que un jurado compuesto por reputados especialistas en literatura fantástica le concediera el premio Tristana.

Una de las cosas que llaman la atención de este ‘savoir faire’ del autor es el uso refinado y estilizado, casi retorizante, del lenguaje. Un lenguaje impostado que sube el nivel de la narración y que, sin embargo, no resulta en modo alguno pedante, sino que, más bien, recuerda el papel del contador de historias cuyo tono es imprescindible para que la historia tome sentido. En este libro, el tono culto y el lenguaje trabajado de las cartas que el protagonista envía a su primo es tal que, en un momento, al final de la novela, el protagonista tiene que pedir perdón por bajar de registro y perder el estilo por unos instantes. Moyano es consciente de la fuerza de las palabras y las expresiones. De las cultas y también de las populares. Un ejemplo excepcional es la denominación de una raza de enanos deformes que viven en las montañas: los bubos. He de confesar que esbocé una especie de sonrisa incómoda cuando lo leí por primera vez. Esa misma sonrisa que uno tiene mientras lee la novela, y que no es otra que la mueca perturbadora del enrarecimiento.

[Publicado en El faro de las letras, Murcia, 22 de junio de 2007]

25/6/07

Visitantes

A veces, por la noche, vienen a visitarme pequeños engendros malignos que se posan sobre mi cabeza. Son invisibles para los demás, pero yo puedo verlos con claridad. No tienen piel y huelen a podrido. Algunos me hacen matar. Otros, como el que ahora me muerde mi nuca, se contentan con obligarme a escribir sobre su existencia.

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24/6/07

Regreso

Vuelvo de Amsterdam con fuerzas renovadas. Mis anfitriones me han tratado como un señor. Mieke y Ernst se han desvivido en todo tipo de cuidados y detalles. Son, aparte de unos profesionales magníficos, lo que se dice muy buena gente. Además, he dormido rodeado de libros. Un sueño, literalmente hablando.

El viaje ha sido provechoso. Hemos adelantado trabajo para el II Encuentro “Estéticas Migratorias”, que se celebrará en la Universidad de Amsterdam y que esta vez se titulará “Políticas Migratorias”. Además, hemos dejado organizada la versión holandesa de la exposición 2move en el Zuiderzeemuseum, en Enkhuizen, un pueblo de pescadores que parece sacado de una postal. La exposición es en septiembre, pero mañana se comienza a trabajar en el montaje. Igualito que en España.

Amsterdam es un lugar para quedarse, aunque el circular continuo de las bicicletas llega por momentos a estresar, sobre todo si, como yo, te ves obligado a montar en una bici plegable que apenas se ve bajo tu cuerpo. De todos modos, no he tenido demasiado tiempo para ver la ciudad, a lo sumo dos tardes. Y lo único que he hecho ha sido perderme por las calles sin rumbo fijo y sentarme a tomar un café a la orilla de los canales mirando el paisaje. El viernes por la tarde, sin saber por dónde circulaba, aparecí en el famoso barrio rojo. Empecé a darme cuenta de eso por un tremendo olor a marihuana y sobre todo porque unas señoras en paños menores comenzaron a saludarme y mirarme con ojos lascivos desde los escaparates. Como no quería mirar el mapa, me perdí y pasé tres veces por la misma calle, y recordé entonces el célebre pasaje de Freud en su texto sobre “la inquietante extrañeza”. De pronto comenzó a llover con intensidad. No llevaba paraguas y estaba cansado. Y mi curiosidad antropológica me hizo entrar a una sala de masajes que regentaban unas tailandesas. Me preguntaron lo que deseaba. Y no tuve más remedio que pedir algo. Algo light y barato. Así que me dieron un masaje de pies. Todavía me duele.

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19/6/07

Amsterdam

Mañana salgo para Amsterdam. Apenas he planeado el viaje. Me voy casi con lo puesto. No es demasiado tiempo. Cuatro días. Tiempo suficiente para preparar el desembarco de las estéticas migratorias. Allí me espera Mieke Bal, que, cortésmente, me ha ofrecido su casa. Según dicen las buenas lenguas, es una de las más impresionantes de la ciudad.

Pero lo más importante de todo (al menos para mí) es que por primera vez en mucho tiempo no me llevo ningún libro de trabajo; sólo dos novelas, y no demasiado sesudas (La coartada del diablo, de Manuel Moyano y Zigzag, de José Carlos Somoza). Necesito ejemplos para mi thriller. Por cierto, ya hay conato de título: El libro de los durmientes. Creo que va bien la cosa. Poco a poco.

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Ancestros

En aquella tribu, nadie moría antes de los cien años. El antropólogo preguntó quién era el más viejo del poblado. Y todos, sin dudarlo, señalaron a un niño de orejas puntiagudas que correteaba entre las cabañas. Siempre ha estado ahí, dijo uno de los ancianos, antes incluso de que nacieran nuestros abuelos. No queremos que se vaya.

El antropólogo miró a su alrededor, pero no consiguió ver nada. Al menos, hasta que se hizo de noche.

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18/6/07

Thriller

Hoy, después de mucho de haberlo pensado y soñado, me he decidido a escribir un thriller. Es algo que siempre me ha atraído. Y, además, sería la solución a mi precaria situación económica. Un bestseller exitoso que me sacará de pobre. Además, al mismo tiempo, voy a escribir la adaptación cinematográfica. Esto va en serio. Ya vale de literatura íntima y de textos autorreflexivos. Me voy a dar a la perdición de la escritura comercial. Ya tengo el argumento. Y creo que es bueno. Me suena demasiado, como si lo hubiera visto o leído mil veces. Así que no debe de ser malo. También los personajes. Son típicos y superficiales. Es decir, perfectos. Y el final: inesperado e inverosímil. Es decir, sorprendente.

Lo cierto es que estoy emocionado. La novela tiene todos los ingredientes para ser un éxito. Ya pienso en los actores para la versión cinematográfica. Y, por supuesto, el director. A mí me gusta Amenábar, pero también, por momentos, podría estar bien Ridley Scott. No sé, ya veremos cómo van las ofertas. En cualquier caso, el casting tendrá que pasar por mis manos.

Hoy, lunes 18 de junio, comienza mi verdadera andadura literaria. Y lo peor del caso es que va en serio. Ya veremos lo que dura. Daré cumplida información. De momento, sólo puedo adelantar que hay fotos, muertos y un profesor americano de estudios visuales que investiga un extraño libro en un pueblo perdido de Huesca. ¿El título? Eso quisiera yo saber.

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16/6/07

Zodiac

Anoche fui al cine a ver Zodiac, la última película de David Fincher. Unánimemente, todos los que me acompañaron dijeron que era un bodrio, un pestiño, una cagada o, en el mejor de los casos, un aburrimiento. No sé si fue porque tenía fiebre o porque me cogió con predisposición, pero a mí, sin embargo, me gustó. Y mucho. Es cierto que, probablemente, se hace demasiado larga y que las elipsisis podían haber sido más generosas. Pero si te metes en la investigación, la película te lleva de la mano donde quiere. Y eso es de agradecer. Además, hay varias escenas ciertamente increíbles, como el acuchillamiento de los amantes en el lago. No sé, quizá escribo esto porque sigo con fiebre y el dolor de garganta apenas me permite pensar. Mañana será otro día.

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14/6/07

Incógnita

Decía que yo tenía respuestas para todas las preguntas. Por eso estaba conmigo. Hasta que un día me preguntó por qué estaba yo con ella. Y no supe responderle.

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13/6/07

Mario Bellatin

Desde hace aproximadamente un mes, he comenzado a hacer crítica de libros en el suplemento cultural El faro de las letras. Como fuera de Murcia es díficil de conseguir, en adelante postearé algunas de las críticas que vaya realizando. Aquí va una de ellas.

Mario Bellatin, El Gran Vidrio, Barcelona, Anagrama, 2007.

Muchas son las obras que, en el ámbito de la literatura latinoamericana, han partido de la experiencia artística de Marcel Duchamp como herramienta de construcción textual. Octavio Paz, Cortázar y toda una larga tradición narrativa de la que, sin lugar a dudas, Mario Bellatin (México, 1960), uno de esos escritores que mejor se acomodan al término ‘raro’, es heredero. El Gran Vidrio, desde su título, homónimo de la obra maestra de Duchamp, hace explícitas las relaciones con el mundo del arte, que ya pudimos comprobarlas en una obra como Lecciones para una liebre muerta, que retomaba la experiencia de Joseph Beuys. Tales relaciones no tienen que ver con el contenido –ningún artista aparece en el libro–, sino con el modo de construcción, con lo que se encuentra en la base de la creación del propio texto: imágenes, momentos, contradicciones, lógicas aberrantes, etc.

Bellatin es escritor de recorridos cortos. Novelas breves, relatos, textos que se encuentran en terreno de nadie. Con Bellatin uno siente que se encuentra ante literatura pura, ante la escritura por el arte de la escritura. No importa lo que a uno le cuente, lo interesante es el modo de contarlo. En este sentido, se ha dicho en más de una ocasión que la unidad de significado más importante para Bellatin es la frase. Y es cierto. El texto se construye frase a frase, como diría Donald Judd, “una cosa detrás de la otra”, con pequeñas pinceladas, como es propio de la cultura posmoderna, partiendo de la solidez y autonomía del fragmento para llegar a un todo complejo y contradictorio que nunca puede sustituir a la trama fragmentaria. Literatura posmoderna en estado puro.

El Gran Vidrio está compuesta por tres pequeñas novelas cortas. Tres textos en apariencia inconexos pero que, al final, parecen confluir en lo que podría ser una biografía inventada del autor. En el primer fragmento, compuesto a partir de frases autónomas, una especie de niño-reliquia de grandes genitales cuenta su extrañamiento ante un mundo que no llega a comprender del todo, un mundo, sin embargo, en el que él es el centro aglutinador de la vida de un gran número de personas. Sin lugar a dudas, se trata del texto más brillante del libro. En el segundo, mucho más flojo, ‘La verdadera enfermedad de la sheika’, Bellatin construye una identidad en torno a la fe musulmana y a las contradicciones que esta religión puede tener al enfrentarse a los tiempos modernos. Y, por último, en ‘Un personaje en apariencia moderno’, nos encontramos con una historia cotidiana donde las fronteras entre el autor y el protagonista se vuelven difusas. Quizá sea este último texto donde con más claridad se observa ese arte de la ocultación que tanto nos podría recordar a autores como Enrique Vila-Matas.

El autor desaparece en la ficción, pero al mismo tiempo se construye a partir de ella. El autor se oculta y, a la vez, muestra algo de sí. Sus construcciones autobiográficas mantienen una interesante tensión en la que el autor aparece por momentos para luego desaparecer, como ese juego que Freud reconoce en su nieto, el fort/da, el ahora estoy/ahora no estoy de los niños, que nos habla de la tensión entre ausencia y presencia, entre perder y recuperar. Se podría decir que en la literatura de Bellatin uno tiene esa sensación: nadar en medio del océano avistando tierra de vez en cuando, tierra que no siempre es cierta y que, muchas veces, es producto de un espejismo.

[Publicado en El faro de las letras, Murcia, 8 de junio de 2007]

11/6/07

Meme (nto)

Me dice Ángel que Ginger está enfadada porque no cogí el testigo del meme que me lanzó para escribir el segundo párrafo de la página 139 del libro que estoy leyendo. Simplemente: se me olvidó. Pero me pongo ahora mismo con ello. Y no creas que es tan fácil, al menos cuando, como a mí, te gustan los libros breves, aunque lleves varios al mismo tiempo.

Miro sobre la mesita de noche: cinco posibilidades.

Primer intento: Ravel, de Jean Echenoz (Anagrama). Imposible: 124 páginas.

Segundo: Lo real de Freud, una compilación de Jorge Alemán (Círculo de Bellas Artes). Tampoco: 94 páginas.

Tercero: La pereza, de Kassimir Malevich (Maldoror). Menos: 61.

Algo más grande: El principio de la oscuridad, de Inka Parei (El acantilado). Mierda: 139 páginas. He leído el final. Me abstendré de fastidiarlo a los demás.

Y la última oportunidad: Extraña forma de vida, de Enrique Vila-Matas. Vale. Esta sí: 156 páginas.

“Salió en ese momento el barbero a ver qué pasaba, y nunca olvidaré de ese día memorable la cara de estupor del maldito Guedes al ver a Camilo en el suelo –loco de remate tras el golpe y musitando mareado boogie-woogie– y al verme a mí todavía con el gesto amenazante y la expresión muy agresiva”.

Y paso el testigo (que no el confidente) a Antonio Rentero, Galder y Trelawney.

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10/6/07

30

Tal día como hoy, hace treinta años, un servidor venía al mundo. No sabía lo que me esperaba. De haberlo sabido me lo habría pensado mejor. Pero no para no salir, como podrían pensar mis lectores habituales, sino todo lo contrario, para salir cuanto antes. Y es que, al volver hoy la vista atrás, a pesar de todo (a pesar de todo) puedo afirmar que esto ha merecido la pena. La vida merece “la pena” –en el sentido literal de la frase.

La clave es no dar nada por sentado, cuestionarlo todo, incluso aquello que parece inamovible. Intentar por todos los medios vivir según nos dicta el sentido común, según sentimos que hay que vivir. Así podremos equivocarnos, caernos, herirnos, rompernos, pero nunca nadie será el responsable. Nadie más que nosotros. Porque vivir es una responsabilidad. Una responsabilidad que tenemos que asumir desde un principio.

Han pasado muchas cosas. Unas buenas y otras no tanto. Pero si tuviera la oportunidad, volvería a vivirlo todo de nuevo. Si me dieran la oportunidad de reencarnarme, volvería a nacer como nací, a vivir lo que he vivido, exactamente igual, con las alegrías y las penas, con la salud y la enfermedad... todos los días de la vida.

No sé si treinta años son muchos. Para mí ha sido un instante. Un instante en el que no me ha dado tiempo a nada. Un instante en que el todo ha ocurrido demasiado rápido. Y eso ha sido, sin duda alguna, lo peor. Eso es lo que más me desconsuela. Que viva el tiempo que viva, la vida nunca será suficiente. Porque la vida nos sobrepasa y nos excede.

Somos la sobra del tiempo, su resto, la parte que queda fuera. Esto, sin embargo, con la que está cayendo (la que siempre ha caído), no es moco de pavo.

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6/6/07

Memento

Después de más de veinte años de búsqueda surcando los mares más lejanos, encontró al fin el ansiado cofre del tesoro. Con lágrimas en los ojos y esbozando una leve sonrisa, pudo comprobar su contenido. Ni oro, ni reliquias, ni diamantes, ni siquiera monedas de plata, sino algo mucho más valioso y extraño al mismo tiempo, un papel amarillento que, tiempo atrás, alguien había puesto en aquel lugar: el mapa de regreso.

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4/6/07

Vigilia

Pasaba las noches en vela rezando frente a aquella tumba solitaria. Al salir el sol, volvía a meterse en ella. Le costaba horrores volver a acomodar su cuerpo al ataúd.

Cada vez menos, afortunadamente.

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3/6/07

El archivo escotómico

Con el lío de estos días, he olvidado colgar la información de mi nuevo libro, El archivo escotómico de la modernidad. Es una reflexión sobre la construcción de la mirada en la modernidad y sobre el papel de las prácticas artísticas tras el nacimiento de la sociedad de la imagen democrática. De momento no se vende, aunque pronto estará disponible on-line en Diego Marín. Os dejo el índice y la introducción.


El archivo escotómico de la Modernidad. Pequeños pasos para una cartografía de la visión

Alcobendas, Colección de Arte Público & Fotografía, Ayuntamiento de Alcobendas, 2007. 123 págs.


Índice


0. Introducción [La visión pulverizada]

1. La configuración del ver [Del ojo de la época al régimen escópico]

2. Modos de ver de la Modernidad [De la perspectiva a la cámara oscura]

3. Archivos de visualidad [Ver, saber y poder en Foucault]

4. El descrédito de la visión [Paisaje urbano, fotografía y verdad]

5. El archivo escotómico [Docilidad y desconfianza]

6. Conclusión [Hegemonía y resistencia]



Leer la Introducción

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2/6/07

A pesar de todo

Esta semana ha sido muy dura. Recuerdo pocas así. Incluso mi organismo se ha resentido y he tenido que estar tres días en cama con fiebre y vómitos. Pero creo que, al final, consigo levantar cabeza. En mi mente siguen resonando las calumnias (que no cesan), pero creo que ya no las escucho. Sé que hay un rumor, pero ya no pongo atención a él. Ya no pueden decir nada más. Hay un momento en el que todo llega a su punto más bajo, y ya no puede seguir cayendo. Y con esto creo que está sucediendo.

Así que ahora toca salir adelante, seguir, como dice Badiou, a pesar de todo. Continuar. Volver. Sin mirar atrás, y sobre todo, como si nada hubiese ocurrido. Como diría la gran pensadora Isabel Pantoja (otra mártir del cotilleo): "dientes, dientes, que es lo que les jode". Sin llegar a eso, sí que parece necesario levantar la mirada. Sobre todo porque no hay nada por qué bajarla. Sino todo lo contrario.

Seguir a pesar de todo. En esta vida ésa parece ser la única solución. Hacer las cosas a pesar de todo. Amar, a pesar de todo. Odiar, a pesar de todo. Vivir, a pesar de todo. Escribir... a pesar de todo.

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