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29/4/07

Bolaño Póstumo

En el marco de mi temporada de culpabilidad, me siento culpable por no haber leído antes nada de Roberto Bolaño. Al menos nada en profundidad, porque aunque leí algún que otro poema de Los perros románticos, por el período de mi vida en el que me cogió, no le hice demasiado caso. Desde hace una semana, sin embargo, no puedo parar de leerlo. He empezado por el final, sus dos últimos libros póstumos, El secreto del mal y La universidad desconocida. El primero cayó en un tarde. Y, aunque algunos son cuentos no pulidos del todo, me dio la impresión de que Bolaño podía hacer con la realidad y la ficción lo que le viniese en gana. El control y dominio de las situaciones narrativas me pareció fascinante. La ruptura de fronteras entre géneros y entre realidad y ficción me recuerda al mejor Vila-Matas.

Pero lo que más me ha impresionado del libro es la magia del non finito, esa idea de que todavía falta un pequeño repaso, un último toque. Confieso que las obras no acabadas me atraen mucho más que las completas. Hay una especie de no-estar-del-todo que te implica en la lectura hasta el punto de que, en ciertos momentos, tienes la sensación de estar más cerca de un confidente que de un ser ajeno al libro.

El secreto del mal es un libro que demuestra una potencialidad narrativa excepcional. Esa misma potencialidad que se observa en ciertos escritores noveles. Una promesa cumplida en su mismo prometer. Lo curioso es que esto ocurra con una obra póstuma. Una obra donde la potencialidad ya no puede ser cumplida. Y no puede serlo porque ya lo ha sido. Porque Bolaño ha prometido en sus textos finales algo que ya había sido cumplido en su obra anterior. Eso lo estoy comprobando ahora, mientras sigo leyendo La universidad desconocida, al comenzar con Los detectives salvajes, y, seguro, tendré la oportunidad de comprobarlo cuando lea 2666, su última gran obra, publicada tras su muerte.

Comenzar por el final quizá no sea el mejor modo de leer a un autor. Pero es posible que pueda ser una experiencia interesante. Sobre todo porque, de algún modo, al prometer algo que ya se ha cumplido, tiene lugar una especie de reactualización de la literatura como deseo, como búsqueda, aunque aquello que se busca se haya encontrado mucho tiempo atrás. Muchas veces tenemos que perdernos para buscarnos de nuevo. El problema es que no siempre es posible volverse a encontrar.

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25/4/07

Para aburridos y hambrientos

Por la presente entrada (101), quedáis invitados a la presentación de mi libro La so(m)bra de lo real: el arte como vomitorio.

El acto tendrá lugar el próximo jueves 26 de abril (es decir, mañana), a las 19'30 h. en el Museo de Bellas Artes de Murcia. Y en la presentación intervendrán: José Miguel Noguera (Director General de Cultura), Rosa María Rodríguez Magda (Directora de la Colección Novatores y de la revista Debats), Josep Carles Láinez (Escritor y artista), Higinio Marín (Ensayista y Vicerrector del CEU de Elche), Antonio Parra (Escritor y poeta) y un servidor (mahn, blogger).

Más allá de las cuestiones de alto vuelo intelectual que allí se profieran, lo importante es que a la salida podremos gorronear del cátering de la interesante exposición La belleza devuelta: 10 años de restauración en Murcia, que se inaugura en el mismo museo a las 20 h.

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22/4/07

100 [Posibilidades]

Celebro mi primer centenario. La entrada número cien. Aunque ha quedado claro que las paranoias numéricas no son lo mío, me gusta esa cifra; sobre todo porque, cuando hace poco menos de cuatro meses, comencé este blog, nunca pensé que durase más de una semana. Los que me conocen bien, saben que si algo me define es mi inconstancia, que comienzo las cosas con ilusión, pero luego las dejo abandonadas. Y lo cierto es que pensaba que esto me iba a ocurrir con el blog, pero, contra todo pronóstico, aquí sigo dando la murga. Y si lo sigo haciendo es gracias a todos los que os pasáis por aquí de vez en cuando.

Durante estos primeros cuatro meses, el blog ha sido algo así como un diario privado-público que me ha servido como no(ha)lugar para liberar tensiones y obsesiones. Realidades, ficciones, comentarios, lecturas, momentos tristes y algunos no tanto, obsesiones, sueños con besos cuyo sabor aún conservo, deseos afortunadamente no satisfechos, temores, placeres... Me he desnudado tanto como he podido, en ocasiones sin ningún pudor, casi liberando por completo mi intimidad. Ha sido un striptease en toda regla. Y espero que lo siga siendo. Le he cogido el gustillo a esta suerte de barra americana de la conciencia.

Cuando me preguntan por qué sigo escribiendo, la única respuesta que se me ocurre dar es “para que me lean”. Y creo que no hay otra. Sólo escribo para eso. Para que me lean. Todos hablamos para que nos escuchen. Al final, lo único que queremos es no hablar en el vacío. Lo que ocurre es que, con la escritura-blog, ese “alguien” se convierte en un ser múltiple, y sobre todo en un ser-posible. Y esto es, para mí, sin lugar a dudas, lo más interesante de esta experiencia: el universo de lo posible. Qué paradoja, yo, que siempre he predicado la doctrina lacaniana de lo imposible, acudiendo, al fin, al lugar de lo posible.

¿Para qué sirve un blog? Para escribir. ¿Y para qué sirve escribir? Para ser leído. No por demasiado obvio me parece menos correcto. Escribo simplemente por la posibilidad de ser leído. Creo que ésa es la única razón. Estas primeras cien entradas, por encima de cualquier otra cosa, han sido cien posibilidades. Posibilidades de comunicar, de compartir, posibilidades de, por momentos, ser-con-el-otro. Posibilidades desplegadas en el momento de la lectura. Como ahora, en este preciso momento, no cuando yo escribo esta palabra, sino cuando tú, ahora, estás leyendo esta frase, esta frase que se concluye en un punto y seguido. Posibilidad desplegada. Desplegada. Aquí. Ahora. Contigo. Es en este momento cuando se establece la comunicación. Por este “tiempo-ahora” en el que se detiene tu mirada, por este puente posible, merece la pena la pena seguir escribiendo, aunque muchas veces tenga que hacerlo en las cimas de las desesperación.

Seguiré, si no son demasiados los que dicen lo contrario, en el no(ha)lugar de la posibilidad.

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Alejamiento

¿Y si al final no pudiera evitar amarla?, se preguntó minutos antes de alejarse para siempre. Cualquier respuesta posible lo hundiría aún más en la desesperación.

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21/4/07

23

Para paliar mi desesperación y complejo de culpa, anoche fui a ver al cine “El número 23”. Y la verdad es que por momentos pude evadirme de la realidad. Sobre todo porque sentí que mi culpa era compartida y que había mucha gente, como el director de la película, que tenía razones para sentirse culpable. Lo cierto es que yo había puesto demasiadas esperanzas en esta película. El argumento, a priori, parecía interesante: un hombre que lee un libro en el que parece reflejarse toda su vida. Y, enseguida, la obsesión del personaje de la novela se traslada al personaje real, el de la película, Jim Carrey (que no lo llega a hacer mal del todo).

El problema es que la obsesión es una soberana gilipollez, el número 23. A medio camino entre un pitagórico retrasado y un cabalista paranoico, el protagonista de la ficción comienza a ver que todos los hechos importantes de su vida han sido protagonizados por ese número. Lo que no llegué a comprender del todo es por qué se obsesiona. ¿Qué mal puede hacer un número? Todo es número. ¿Y qué hay de malo en eso? Cualquier griego habría dormido perfectamente tranquilo y sin esas pesadillas en las que el protagonista llega a incluso a asesinar por la obsesión con el 23. Sin duda, aparte de la falta de interés, las incongruencias y lo lento que es Jim Carrey leyendo el libro (media película para una novelucha de menos de 100 páginas), lo peor son las paranoias numéricas, sobre todo cuando las deducciones se llevan al extremo para justificar la presencia del 23 el desarrollo de la humanidad. Entre otras muchas: "Existen 23 discos en la columna vertebral humana", "Julio César fue apuñalado 23 veces cuando fue asesinado", "segun el calendario maya, el mundo se acabara un 23 de diciembre de 2012 (20+1+2=23)", o, en resumen, "2/3=0’666", es decir, el número del diablo. Lo más indignante de la película es que se olvidan de lo mejor, la verdadera clave que hace del 23 algo semejante a la sección áurea y al número phi, algo que está en lo más profundo del modelo social falocentrista de Occidente (y perdón por la vulgaridad): “con los dedos de la mano y los dedos de los pies, los cojones y la polla todos suman... 23”.

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20/4/07

Represión

Paso del cielo a infierno, de la euforia al abismo, en cuestión de minutos. Ayer volví a sentir algo que creía completamente desterrado de mí, algo que había intentado por todos los medios alejar: la culpa. Durante los últimos años, me he esforzado en poner distancia con una sensación tan culturalmente cristiana como esa. Mis actos, la mayoría de ellos, y todos mis pensamientos, se han asentado en el sentido común, o en lo que yo creo que es lo “correcto”, más allá de la tradición, la historia, la cultura y no sé si también la moral. Ayer, sin embargo, cayó sobre mí el peso de la culpa, el peso de la equivocación, del error; el peso de una convicción equivocada.

En estos años, me he asomado sin pudor (ni temor) al abismo, he estado cerca de la abyección, pero siempre con un pie en el otro lado. Cada vez que en este blog he hablado de hundimiento, he tenido cerca de mí el bote salvavidas. Pero ayer sentí que perdía pie del todo. Y que me hundía en el fango, sin posibilidad de salir. Sentí que perdía por momentos las agarraderas de la vida, que el abismo se me iba de las manos. Y fue entonces cuando me golpeó la culpa, en el momento en el que tenía encharcados los pulmones. Un golpe que, más que hundirme, consiguió sacarme a flote. Pero a qué precio. La culpa nos saca del abismo, al precio de convertirnos en seres abisales. Al precio de partirnos. De partirnos entre nuestros deseos y nuestros actos, entre nuestro ser y nuestro decir. Al precio de transformarnos en abismo.

Siempre he abogado por un realismo casi fenomenológico. Ir a las cosas mismas. Para no sublimar, para no idealizar, he creído necesario cruzar todas las fronteras. Y siempre sin sentido alguno de la culpa. Pero ayer, muy a mi pesar, observé con claridad fronteras que era mejor no rebasar, idealizaciones y sublimaciones que era mejor dejarlas crecer en la mente... a riesgo de que me vayan consumiendo poco a poco. La culpa me llevó del exceso a la moderación, aunque creo que, al mismo tiempo, me conduce al más obsceno de los simulacros, el de la vida en sociedad.

Esta mañana, cuando apenas he podido ponerme en pie, me he visto reflejado en un párrafo de Cioran:

“Haber conocido la tentación de todas las dudas, haber sentido cómo te corroen los huesos y la carne lívida, complacerse en su infiltración mortífera y beber en ella delicias depravadas. ¡Y a pesar de todo, permanecer en pie, y llevar cada uno lo que toque! Cuando todo invita a la caída, perseverar sobre las dos piernas, implica un esfuerzo que va más allá del heroísmo. La vida no es más que una acrobacia peligrosa y la posición habitual es una cuestión de equilibrio, y todo acto no horizontal es un vértigo inminente”.

En este momento, tengo la sensación de ser un equilibrista borracho cruzando sobre un abismo infinito.

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18/4/07

Sin embargo

Hoy me han dicho que todas mis microficciones son iguales: presentan una situación entre cotidiana e incomprensible que, en el último momento, da un giro inesperado, resuelto con un manido y previsible “sin embargo”. Compruebo enseguida que tiene toda la razón. Sin embargo, no puedo parar de escribir así.

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17/4/07

Déjà vu

Cuando no pudo soportar más la náusea de la repetición, introdujo la pistola en su boca y apretó el gatillo. Tuvo, sin embargo, la sensación de haber muerto en otro momento.

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16/4/07

Estrechamiento

Como está visto que no hay manera de adelgazar, he cambiado de plantilla y he estrechado un poco el blog. Un pequeño cambio. Nada radical. Creo que así se lee mejor, aunque admito sugerencias. Lo que tiene que hacer uno para contentar a las masas...

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Caída

“Me gusta que nos miren”, me dijo mientras caía al vacío. Advertí entonces en sus ojos un placer perverso. Qué lástima que durase tan poco.

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15/4/07

Respiración

... y sin embargo, por momentos, toco el cielo sin respirar. El problema es que hay que tomar aire. En ese instante, la tierra se precipita sobre mí.

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Juego

El tren llegó a la hora prevista. Y, como siempre, ella estaba en el andén esperándome. Sin saber exactamente por qué, quise ver su reacción al comprobar que no bajaba. Ver su rostro de preocupación en la espera, su mirada ansiosa, y, como en las películas, salir en el último momento, justo cuando el tren comenzase a cerrar las puertas. Escondido tras una cortina, quise observarla buscar mi rostro entre los pasajeros que bajaban, mirar su reloj más de cien veces y quedarse sola en el andén. Pero nada de eso ocurrió. Ella permaneció inmóvil, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en la ventana del vagón en el que me ocultaba. Ahora, pasados los años, estoy convencido de que me vio. Quizá también estuviese jugando. Pero no me atreví a bajar para comprobarlo.

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14/4/07

Obsesión II

He vuelto a soñar con la mujer del beso. Esta vez he sido yo el que la ha besado. Pero ya no ha sido lo mismo. Aunque no recuerdo un beso tan intenso, esta vez no se ha parado el mundo. Ha sido un beso demasiado real, tanto que casi logra despertarme. Entonces, seguramente al ver mi cara de decepción, ella se ha abrazado a mí y ha comenzado llorar. Y ha sido en el abrazo donde he notado el mundo frenarse. En el abrazo, y en el contacto con sus lágrimas. Porque, al besar su mejilla, el sabor de sus lágrimas me ha recordado al beso del primer sueño. Entonces, emulando al protagonista de un relato que escribí hace tiempo, he intentado beber de sus lágrimas. Pero ni siquiera he tenido la oportunidad de saborearlas. En ese momento he despertado. O al menos eso creo, porque mientras ahora escribo esto todavía siento el contacto con su mejilla mojada, y no puedo parar de acariciar la mía, buscando algún rastro humedad que me conduzca a sus lágrimas.

Ciertamente, me está costando despertarme. Creo que me toca otro día de ensoñación. Y es que, cada vez más, estoy convencido de que los sueños producen realidad, que no son un mundo aparte, sino que actúan y median nuestro modo de ver el mundo. Y, sobre todo, cada vez más, estoy convencido de que aquello que sucede en los sueños, no es diferente de lo que sucede en la realidad. No creo que allí seamos más felices. Como aquí, estamos a merced de las cosas, dominados por nuestro inconsciente, y mucho más vulnerables que en la vida real. Sólo en escasas ocasiones podemos dominar la situación. En esos momentos de lucidez, somos conscientes de que estamos soñando, y de que aquello que vivimos y sentimos como la realidad, no es más que un sueño que puede ser manejado a nuestro antojo. Afortunadamente, esto no sucede muy a menudo. Y es que, si pudiéramos dominar los sueños, nunca más querríamos despertar.

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10/4/07

El azul del cielo

En mi intento de evasión a ninguna-parte, acabo El azul del cielo, de Georges Bataille. No sé si será por el estado de ánimo, pero lo cierto es que la narrativa de Bataille me ha vuelto a decepcionar. Me parece una novela fallida que no acaba de llegar a ninguna parte, aunque, desde luego, es interesante como documento prebélico.

La ficción de Bataille, incluso una obra tan célebre como Historia del ojo, no acaba de parecerme interesante. Quizá porque espero más de alguien capaz de escribir ensayos tan lúcidos como La parte maldita, o La literatura y el mal. No me decepciona, sin embargo, Maurice Blanchot, cuyos textos narrativos, como Thomas el oscuro, no sólo están a la altura de sus textos ensayísticos, sino que, a mi modo de ver, incluso los superan. Es lo que se espera de él. No así Bataille, que, por mucho que intente escapar, es atrapado por la tradición de la forma-novela convencional.

Siempre me han interesado las obras narrativas de los pensadores que admiro. Y siempre me ha intrigado lo que podría haber escrito mi querido Cioran. Una pena. Me quedaré con las ganas.

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Un trabajo incómodo

Fernando Castro realizó el otro día, en ABC, una crítica demoledora de 2Move, la exposición que he comisariado, junto a Mieke Bal, en la Iglesia de Verónicas. No estoy de acuerdo con nada de lo que dice en su texto. Una crítica superficial, facilona y llena de lugares comunes; aplicable prácticamente a cualquier exposición que pretenda acercarse a lo migratorio desde el estéril mundo del arte.

De todos modos, lo encajo con deportividad. O eso creo. Los amigos tienen que decir lo que piensan, y, afortunadamente, no siempre piensan lo mismo que uno. El problema son siempre los demás. Todos aquellos que no entienden eso. Y sobre todo los que, sin ver la exposición, y, por supuesto, sin entenderla (porque se trata de algo complejo), ya han comenzado a juzgar. Y, más aún, los que no dejan de tocar lo que no suena.

Es en estos momentos cuando considero que Nueva Zelanda es un destino demasiado cercano para perderse.

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9/4/07

Ejercicios negativos

Esta tarde he comprado Ejercicios negativos, las notas marginales y preparatorias a Breviario de podredumbre, el primer libro que Cioran escribió en francés. Ni siquiera he tenido que mirar a la estantería de novedades; el libro me a visto a mí. Antes de comprarlo, he abierto una página al azar, y no he resistido la tentación de marcarla:
"¡El viento, locura del aire! ¡La música, locura del silencio! Este mundo, a
través del tiempo, traicionó a la nada, como nosotros traicionamos al mundo a
través del deseo..."
¿Qué más se puede pedir a un lunes lluvioso en medio de ninguna parte? Una única respuesta: quizá algo de cordura. Pero sigo leyendo y me reencuentro retratado en lo peor:

"Quise ser un sabio como nunca lo ha habido y sólo soy un loco más entre
los locos."

Amén.

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5/4/07

Google

Hoy, después de consultar las estadísticas de blogger, he descubierto que un sujeto ha encontrado mi blog tras escribir en Google gente fea del espectáculo. Por una combinación de palabras y factores, si uno escribe eso en Google, lo primero que se encuentra es "No(ha)lugar". Cuanto menos, resulta curioso, y, ahora, tras haberlo escrito todo seguido (gente fea del espectáculo), también inevitable.

Lo que no acabo de tener claro del todo es qué pretendía encontrar el individuo que tecleó eso en Google. ¿Acaso planeaba un "Cambio Radical VIP"? Si así fuera (y no quisiera morirme el día en que se perpetre un programa así), se debería llamar "Recambio radical". Ése sería el eslabón que falta para dar el paso de la cultura del tunning a la del taller de recauchutados.

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4/4/07

Melcancolía

Es curioso lo fácil que resulta invocar la melancolía. Hace un momento, para escribir un pequeño relato, he sentido la necesidad de hacerlo. Y sólo me ha hecho falta una música. Apenas tres acordes y ya estaba en otro lugar. Apenas tres acordes y me ha pellizcado en la nuca. Porque la melancolía aparece siempre en el mismo sitio. Una pequeña punzada en la nuca, con un alfiler infraleve, que recorre toda la columna. Y es que la melancolía es lo que habitamos detrás de nosotros y no podemos volver a vivir. Aquello que nos recorre pero que no podemos mirar de frente. Porque ya no estamos-de-frente, porque de-frente sólo fuimos una vez. Porque ya no es posible darse la vuelta. Y porque, si fuera posible, también lo que una vez habitamos la daría con nosotros. Y siempre estaría detrás, siempre en el otro lado. Siempre en la distancia.

Un alfiler en el cuello. Ése es el indicador de la melancolía. Melancolía tejida a la piel. Por eso nunca se va del todo. Por eso es tan fácil evocarla. Por eso es tan fácil despertarla. El problema es que, una vez despierta, ya estamos a su merced, y no es tan fácil hacer que vuelva a reposar. Una vez que hemos sentido el pellizco en la nuca, algo comienza a perderse. Despertar el pasado es siempre perder pie. Es sumergirse por momentos. Quien pudiera manipular sus recuerdos y dominar por completo su melancolía, sería capaz de salir a flote sin agua en los pulmones. Yo, sin embargo, apenas consigo respirar.

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Obsesión

Últimamente, al levantarme, me cuesta mucho separar el sueño de la realidad. Algunos sueños me dejan casi una hora intranquilo, otros me duran prácticamente toda la mañana. Pero nunca ninguno me había durado tanto tiempo como el de la semana pasada. Si no he escrito aún de eso es porque esperaba quitármelo de la cabeza. Pero se ve que no puedo.

Soñé que abrazaba a alguien y que ese alguien (mujer cercana, cuya identidad no desvelaré) me besaba. Me besaba de un modo que jamás hubiese imaginado que existiese. Un beso como nunca antes había experimentado. Era un beso intenso, tanto que, en el propio sueño, me dejó paralizado. Un beso que condensaba todos los besos, como si en un momento todos los besos de la historia, no sólo los míos, se hubiesen concentrado en aquel beso. Por eso, quizá, no era un beso apasionado, sino un beso que colmaba el deseo. Un beso fuera de toda sexualidad, al menos de la sexualidad tal y como la entendemos, es decir, como un camino hacia el orgasmo. No. Aquel beso, a diferencia de todos los besos, no era un beso que incrementase el deseo. En el sueño, el beso paraba el mundo. Y yo no necesitaba nada más. Pero sobre todo, el beso del sueño tenía un sabor particular. Un sabor del que todavía, pasada una semana, no me he podido desprender. Un sabor que, de vez en cuando, vuelve a mi boca.

Y ahora no sé qué hacer. El beso era pleno, abstracto, condensado. Un beso que colmaba todo deseo, que pacificaba. En teoría, no necesitaría nada más. Pero me obsesiona el hecho de que un beso así pueda existir. Y sobre todo me obsesiona que pueda morar en la boca de esa mujer del sueño. Sé que si la besara, el misterioso sabor se desvanecería. Pero necesito experimentarlo. ¿Y si no fuera así? ¿Y si ella tuviese el secreto de la pacificación del deseo? O, peor: ¿y si, tras besarla, el deseo se acrecentase en lugar de desaparecer? Así que no sé lo que haré. De momento, se lo he dicho a mi mujer. Y ha sido comprensiva; el inconsciente juega malas pasadas. Pero lo peor es que, como dije en el post anterior, yo no soy distinto a mi inconsciente. Si Ortega decía que el hombre era de acuerdo a sus circunstancias, tendré que decir aquí que yo soy yo y mi inconsciente. Mi yo es tanto el que escribe, el que habla amistosamente con vosotros, como el que desea con todas sus fuerzas besar a esa mujer prohibida.

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3/4/07

Día en blanco

Ayer fue un día improductivo. Por la mañana, en el cendeac, de trámites. Toda la tarde en la sala de armas, haciendo esgrima. Por la noche, no se me ocurrió otra cosa que ver Piratas del caribe 2, cuyo comentario me ahorro. Y Antes de dormir, casi acabo la lectura de Silencio de Blanca, de José Carlos Somoza. Es decir, no hice nada. Y, sin embargo, tuve la sensación de que así podría ser feliz, trabajando lo justo, y dejando mucho tiempo al ocio. Pasando tiempo con mi mujer, en casa, en mi sofá. Por momentos, me replanteé mi vida. Tuve la sensación de que había emprendido el camino equivocado. Y me acosté con la intención de cambiar, de dejarme arrastrar por una vida sin complicaciones (sin más que las de la vida misma, que no son pocas). Pero esta convicción ha durado bien poco. Esta misma noche, he soñado que, en un jornada en la que apenas me levantaba de mi scriptorium, leía a Heidegger para escribir un texto que se me avecinaba, que preparaba un curso sobre el tiempo y el arte contemporáneo, y que comenzaba a pensar en un proyecto expositivo. Sin duda, mi subsconsciente está lastrado. Ya lo decía Freud, el Yo no es el amo en su morada. Y es cierto. Ya no soy dueño de mi tiempo, ni de mi vida. Ayer constaté que me gustaría tener días en blanco, tiempos muertos, pero intuyo que no puedo hacer nada para remediarlo. No puedo matar el tiempo.

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1/4/07

Nocilla Dream

Hace una semana que acabé la lectura de Nocilla Dream, el libro de Agustín Fernández Mallo. Y, si he esperado hasta ahora para siquiera mencionarlo, es porque no tenía nada claro qué decir de esta obra, que ha sido nombrada mejor novela del año 2006 por varias revistas literarias y elogiada por gran parte de la crítica española. La verdad es que, como digo, cuando terminé de leer Nocilla Dream no tenía ni idea de qué había leído. Llamar novela a este texto es, desde luego, una convención. Yo preferiría simplemente llamarla "texto". Un texto sin estructura narrativa, compuesto por medio de la suma de fragmentos, que muchos han notado como influencia de la escritura blog. Posts o fragmentos textuales, algunos de ficción y otros derivados de la realidad, todos ellos unidos por la presencia casi espectral de un árbol repleto de pares de zapatos colgados. Un árbol que pone de manifiesto casi literalmente lo que Deleuze llamaba el rizoma, esa estructura de tubérculos ramificada, con caminos que no se acaban y que no tienen una evolución lineal y lógica.

El libro de Fernández Mallo es, sin duda, rizomático. Y presenta un universo particular, lleno de referencias al cine serie B americano, a ciertos elementos de la generación beat, incluso al arte conceptual (con un conocimiento amateur, pero, en cualquier caso, de agradecer) y, por supuesto, a la cultura científica contemporánea. Pero, a pesar de todo, tras reconocer lo que el libro tiene de apertura a un nuevo universo, a una literatura blog, no es un libro que me haya gustado especialmente. Lo reconozco contemporáneo, extremadamente contemporáneo, me reconozco en algunos pasajes de la escritura, pero, aún así, le falta algo para enganchar, y no sé qué es. Es cierto que en mi cabeza está la imagen del árbol y la de toda esa gente que va al desierto de Nevada a vivir en micronaciones. Pero hay un elemento, y vuelvo a decir que no sé cuál es, que hace, pese a todo lo anterior, no sea un libro redondo. De todos modos, y esto lo pienso después de una semana, que la redondez y la literatura vayan de la mano tampoco es algo que esté escrito en lugar alguno. Es más, la genialidad y la perfección no suelen ir unidas. Lo genial es lo que no llega a ser perfecto del todo. Siempre me ha gustado la escritura genial, y es la que tiene mucho que corregir, la que te hace completar, la que no cierra y deja satisfecho. En este sentido, Nocilla Dream me ha dejado insatisfecho; lo que todavía no acabo de saber del todo es si quiero, o no, más de lo mismo.

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