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28/2/07

Recuperado

Aunque en mi último post me refiriese a la alzheimerización de la sociedad, no me he olvidado del todo de escribir en el blog. Simplemente ha sido un periodo de ausencia. La sobreactividad me sobrepasa y, en ocasiones, me colapsa. La semana pasada, en Arco, creo que realicé una intervención bochornosa en la presentación del libro de un amigo. Este fin de semana, en una intervención Barcelona, la cosa, aunque no mejoró mucho, subió un poco de nivel, y, con las preguntas bienintencionadas del final, pude salir a flote. Ayer, aunque no estuve brillante, sí que más o menos mantuve el tipo en una conferencia sobre Malevich. Así que, poco a poco, recupero mi dignidad. Y también mi escritura.

21/2/07

Memoria

Estoy perdiendo la memoria. O, al menos, eso creo. No sé si será la edad o el exceso de actividad, pero el caso es que apenas recuerdo las cosas. Cada vez me parezco más al protagonista de Memento: apenas puedo crear nuevos recuerdos. Hoy me he sorprendido buscando con urgencia un bolígrafo para apuntar una cita. He corrido todo lo que he podido, pero se me ha olvidado el lugar, la hora y, lo más increíble, la persona. Ya no soy nada sin mi agenda, o, al menos, sin un trozo de papel.

Ahora escribo esto en el blog y no estoy tranquilo. Pienso que en el algún lugar que desconozco alguien me está esperando, alguien que, probablemente, me odiará por siempre jamás.

Lo único bueno de esta pérdida de memoria es que ya no soy rencoroso. El otro día en Arco saludé afablemente a alguien al que, en otro tiempo, odié. Y es que la memoria es un lastre que, en ocasiones, no nos deja movernos del sitio. A veces pienso que sería necesaria una “alzheimerización” de la sociedad. Quizá así pudiésemos caminar de nuevo, aunque tropezásemos otra vez con las mismas piedras. Prefiero los callos del camino a las llagas de la inmovilidad.

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16/2/07

Arco

Llevo tres días en ARCO y aún no he visto las galerías. Hoy me he dado una vuelta por un pabellón. Siempre hay cosas interesantes, pero la feria me satura. Aquí no soy espectador, sino flaneur, un caminante que a ritmo lento se deja el alma en la moqueta. Lo mejor es, como siempre, encontrarse con los amigos, lo cual, con la que está cayendo, no es moco de pavo. Por otra parte, la única pregunta metafísica que me he estado haciendo estos días tiene que ver con una cuestión terminológica: ¿cómo se denomina a la actividad de repartir folletos? ¿Folleteo? Esto es ARCO.

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12/2/07

Clavelitos II

Son las cuatro de la mañana y la señora no ha parado de cantar. La chica boliviana se ha dormido, pero la señora, a capella y sin acompañamiento, se ha aventurado con el repertorio de copla española de posguerra.

Lo peor es que no me las sé.

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Clavelitos

Aprovecho la wifi del vecino para escribir en el blog. Me había venido pertrechado con varios libros para acabar el eterno texto de estética migratoria. Me falta la última parte. Y es la que me disponía a acabar. Pero, de nuevo, constato que trabajar en el hospital es muy difícil. Esta noche no son los pies del búlgaro los que cantan, sino una señora de ochenta y ocho años con alzheimer que lleva desde las once rememorando melodías de su infancia. Ahora mismo, mientras escribo esto, la emisora se encuentra posicionada en radio tuna, al son de clavelitos de mi corazón. La cosa tiene gracia, sobre todo porque la chica boliviana la acompaña en sentido "levinasiano" de estar-con, pero también en el musical (tocar-las-narices-con). Y ahora, emocionada, le está haciendo los coros. No te creas que ya no te quiero, es que no te los pude traer. Chin pón.
A la una de la madrugada.

Nacionalidades

Me escapo un momento a tomar un café de la máquina y, en el trayecto a la sala de espera, me cruzo con siete sudamericanas que, seguramente, están trabajando acompañando a algún enfermo. De vuelta, miro con curiosidad en las habitaciones y observo que, al menos, el setenta por ciento de los enfermos, sobre todo las personas mayores, están acompañados también por sudamericanas.

Lo había he observado en otras ocasiones, pero nunca de modo tan palpable como hoy: el hospital, por las noches, parece cambiar de nacionalidad.

11/2/07

Un lugar en el mundo

Encuentro casi milagrosamente en el hospital conexión a internet. Es una conexión precaria que, sin duda, robo a algún vecino descuidado. No importa. Me sirve. Y, por primera vez aquí, me encuentro en el mundo.

La pantalla me llama y, por momentos, me aleja del gotero. Pienso entonces que hay momentos en los que uno agradece la ventana del simulacro. Momentos en los que, sin duda, uno opta por la pastilla roja que Morfeo ofrece a Neo. Momentos en los que es necesario mantener una distancia con el desierto de lo Real.

Le pese a quien le pese, aquí uno tiene nostalgia de la Matrix.

8/2/07

Cita

Colocando unos libros en la estantería, se me cae al suelo uno de Cioran. Lo abro y, cual tyché, me encuentro un aforismo que describe una convicción:

"Haber amado siempre las lágrimas, la inocencia y el nihilismo. Los seres que lo saben todo y los que no saben nada. Los fracasados y los niños".

Ahí seguimos.

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7/2/07

La peste

He pasado toda la noche acorralado por la peste a pies del marido de la búlgara que comparte habitación con mi madre en el hospital. El sinvergüenza ­–entiéndase el término simplemente en sentido descriptivo, pues no ha tenido vergüenza en hacer lo que ha hecho–, no contento con quitarse los zapatos, ha decidido que toda comodidad es poca y se ha quitado también los calcetines (o quizá haya sido la piel, porque yo he escuchado un ruido de resquebrajamiento, como si estuviese siendo despellajado). Una separación traumática, sin duda; pocas habrán sido las veces que el pie se haya visto desprotegido de sus compañeros habituales.

Hacía tiempo que no sentía un hedor tan intenso. De hecho, creo que nunca he olido algo así. De vez en cuando, como en broma, le he tenido que pedir prestado el oxígeno a mi madre para poder respirar algo de aire puro. Pero la pobre lo necesitaba más que yo, y no he querido propasarme demasiado.

Ahora son más de las tres de la madrugada y, antes de sucumbir, me decido a escribir la experiencia. Aquí no hay internet, pero lo escribo en word para subirlo al blog cuando llegue a casa.

Tras varios intentos de escribir algo con sentido, desisto. Lo siento. Imposible hacer nada así. Se me acaba el aire. Apenas puedo respirar. Me pican los ojos y comienzo a perder el sentido. Y lo peor es que no exagero un ápice. La ventana no se puede abrir. Envío a mi mujer un sms de socorro. Y ella me cree porque lo ha sufrido en sus carnes. Y yo no quiero dormirme; estoy seguro de no despertar jamás.

Pero se me cierran los ojos, y, en el duermevela, por primera vez en mi vida tengo la sensación de ser perseguido por un olor. Intento escapar, pero no puedo. Me pasan por la cabeza imágenes sin sentido. Recuerdo a Sísifo. Subo a la cima de una montaña huyendo de un hombre sudoroso que me persigue. Y, cuando llego a la cima en la que espero mi salvación aromática, me encuentro de bruces con un gigante pié desnudo posado sobre un calcetín acartonado. Un pie cuyos dedos se abren para acogerme en su seno. Escalo por una uña, pero casi me caigo dentro, en unas arenas movedizas que prefiero no pensar lo que son en realidad. Despierto. Pero todo es mucho peor.

Seguro que pocos me creerán, que todos dirán que exagero. Pero nada es más verdad que esto en este momento. Para mí es lo Real en su crudeza más absoluta. Lo inevitable, lo incontestable, lo intraducible. La Cosa. Das Ding. Un nauseabundo olor a pies que me rodea y que ya está en mí, que se ha convertido en algo interior. Yo ya soy ese olor. Ya estoy en ese olor. Soy uno-con-el-olor. Soy los pies del búlgaro. Sus dedos. Lo que hay entre sus dedos. El ser singular plural del que habla Jean-Luc Nancy tiene aquí su manifestación más radical. Una comparecencia. Yo comparezco aquí con el olor: no como una unidireccional salida del ser para llegar al mundo, sino como una concurrencia con los demás, pues comparecer, de algún modo, es “ser en la simultaneidad del ser-con, ya que no hay ningún ‘en-sí’ que no sea inmediatamente ‘con’”. Desvaríos.

No puedo más. Y, para poder acabar esta frase, tengo que quitarme el zapato y ponérmelo como mascarilla. No es aire puro, pero al menos es mío. Espero ahora que cualquiera de las personas de la habitación ventosee. Cualquier olor disuasorio, por nefasto que sea, sería una liberación para mí. Es en estos casos cuando el interrogante popular (que, por otra parte, es una de las grandes preguntas sin respuesta de la metafísica) se hace, muy a mi pesar, inevitable: ¿es que no se huele el sinvergüenza –de nuevo, etimológicamente hablando?

Y ahora tengo miedo. He bebido agua y me estoy orinando. No me aguanto. Iría al baño. Pero allí me esperan educadamente los zapatos con sus correspondientes calcetines nostálgicos. En fin, que Dios reparta fuerzas.

6/2/07

Lecturas finalizadas

Este fin de semana he terminado de leer algunos libros que tenía enquistados. Uno lo llevaba desde noviembre y lo había cogido sólo en pequeños ratos: Husos. Notas al margen, de Chantal Maillard. Una especie de diario-filosófico escrito a lo Beckett que está a medio camino entre un existencialismo cioraniano y un orientalismo heideggeriano. A pesar de que tenía menos de cien páginas, he tardado mucho en leerlo. No por la densidad o la complicación. Sino porque es uno de estos libros que sólo te llaman en determinados momentos. Un libro que se saborea en soledad. A media tarde, con luz artificial, en el sofá, parándose en cada frase –en cada palabra, porque apenas puede decirse que haya verbos; tan sólo palabras, pero preñadas de significado–. Este fin de semana ha sido el momento para acabar. Me he encontrado en el sufrimiento de la autora. Cada palabra me punzaba, como ese punctum barthesiano de los ojos que miraron al Emperador. Y, al terminar, he sentido unas terribles ganas de ponerme a escribir. A escribir como ella. Realmente, esos son los únicos libros que me hacen sentir bien. Los que me dan pie a escribir. Los que abren puertas. Los libros imperfectos. En esos me reconozco.


He acabado otro, Las intermitencias de la muerte, de Saramago. También estaba en la mesita desde noviembre. Pesado. Mucho. Cada vez más. Me sorprendió y deleitó el Ensayo sobre la ceguera. Creo que es su mejor libro (creo que es su libro bueno). Los demás me han cansado demasiado, como si los hubiera leído en portugués; El hombre duplicado ni siquiera lo pude acabar. Me espera ahora el Ensayo sobre la lucidez, aunque creo que irá para largo. Un señor pesado, sí. Pero, sin saber por qué, me merece un respeto.

4/2/07

Frase lúcida

Hoy, en el hospital, me ha hecho sonreir una frase de mi madre: "algún día, si me acuerdo, escribiré mis memorias".

3/2/07

Despertar

Se despertó en medio de ningún lugar. No había nadie. Ni rastro de persona o animal. No había árboles, ni ríos, ni siquiera la arena de un desierto. Nada se veía. Nada se podía escuchar. Ni claro ni oscuro, ni alto ni bajo, ni estrecho ni ancho. Era sin duda ese ningún lugar inhabitable que tantas veces lo había atormentado en sus pesadillas. Sin embargo, en ese momento, al abrir los ojos, al verse rodeado por aquella masa informe, se sintió reconfortado. Y nunca más quiso volver de allí.


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Episodios clínicos

Leo con voracidad Travesía nocturna, el diario de Clement Rosset sobre un periodo oscuro de su vida en el que un trastorno del sueño lo hace despertar cada día más cansado que antes de acostarse. Relata el pensador francés toda una serie de sueños no reparadores que lo hacen sumirse poco a poco en un profundo estado de depresión. Comparo sus sueños con los míos, y encuentro algunas concomitancias. Sobre todo con los sueños que tengo en el hospital cuando me quedo por las noches. Imágenes inconexas y fugaces que no llegan a representar ninguna historia. Yo los llamo “sueños de superficie”, porque realmente no llego a estar dormido del todo. El estado de semi-vigilia hace que nunca pueda descansar, con lo que, al final de la noche, estoy mucho más cansado que al principio. Y el cansancio se acumula.

Pero la noche pasada, a eso de las cuatro, he dado una cabezada de media hora, y he tenido, por primera vez en mis estancias nocturnas, un sueño con historia. Un sueño de profundidad. Llevaban a mi madre a un hospital de Bilbao que luego resultaba ser un crucero médico, que llegaba Murcia después de haber pasado por Venecia. Un auténtico disparate. Pero me ha llamado la atención, por la intensidad y veracidad de las imágenes, el momento en que he visto a mi hermano vestido de carnaval en los canales junto a un gondolero, y a mi mujer recriminándome porque no la había acompañado a una tienda de material de esgrima en la que vendían unos pantalones de talla XXL. Luego había una especie de karaoke dj en una montaña, en un acto parecido a la secuencia de las bienaventuranzas de Jesús de Nazareth de Franco Zefirelli. Y todo para llegar al final a Murcia por el río Segura hasta la puerta del hospital real. Luego me he despertado. He mirado a mi alrededor. He visto a mi madre en proceso de recuperación, y a la señora búlgara, cuyos lamentos sin duda han aparecido en el sueño, intentando llegar hacia el gotero para ir al aseo. Mientras, en la calle, llovía. He pensado un poco. Y la verdad es que, con distancia, mirado al sesgo, no sé qué me parece más sorprendente, si el sueño o la realidad.


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Paideia tanatológica

Me han dicho que el blog se me ha ido de las manos y que tiene ya un carácter tanatológico insoportable. Y ciertamente mirando los últimos post, la verdad es que esto parece un valle de lágrimas. Pero no lo puedo remediar, aunque prometo poner de mi parte para arreglarlo y volver a la normalidad. Ahora bien: ¿qué es la normalidad sino un perpetuo estado de excepción a la catástrofe? De hecho, creo que esto que vivo es la normalidad. Es la realidad real, no otra. El desierto de lo real. Lo inevitable, la certidumbre.

Mi sabia amiga Ariadna, que nunca se equivoca y a la que nunca dejaré de querer, me dijo una vez que intentase disfrutar de la muerte. Aprender de ella. Afrontarla sin miedo y con la distancia justa del observador que contempla lo que es ineludible. Y, bien visto, la muerte es lo único que tenemos claro desde que nacemos. Sin embargo, siempre nos pilla con el paso cambiado. No sabemos hacerle frente. Nuestra cultura se ha basado en la puesta en extrañeza de un hecho que debería ser normal. Aún más necesaria que una educación para la ciudadanía sería, sin duda, una educación para la muerte. La de los demás, la que duele, y la nuestra, la que libera.

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Inconsciente burgués

Seguro que no soy el primero en pensar que las habitaciones de los hospitales deberían ser individuales. Bastante tiene uno ya con lo suyo para tener que implicarse con las historias de los demás. Es, lo sé, una postura egoísta. Pero no puedo evitarlo. Se trata de una reclamación burguesa, purista y, en cierto modo, estética: la búsqueda de un sufrimiento puro, concentrado, sin distracciones, sin contaminaciones. Un sufrimiento “autónomo” en el sentido en el que Clement Greenberg entendió el término al hablar de la pintura moderna. La pureza del dolor. El ensimismamiento del malestar.

Pero, claro está, la vida real de la clase media dista bastante de eso. La noche que he pasado acompañando a mi madre, me ha tocado hacer de “asistente” de una señora mayor búlgara que no tenía a nadie. No sé cómo me las arreglo, pero cada vez que me quedo por las noches, me toca hacer de buen samaritano. Y realmente no importa demasiado. Pero reconozco que estas cosas me hacen trizas el arquetipo de intelectual moderno que llega preparado para ser-uno-con-el-cuerpo-del-dolor.

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Extrañamiento

¿Por qué esa extraña sensación de no llegar a reconocer del todo al que regresa de la muerte? Miro ahora a mi madre y me parece un ser extraño. Hay algo en ella que ya no es traducible. Es, creo, la experiencia de la muerte. El ravenant, con su alteridad radical, que ya no hace posible la empatía. Como dije en el post anterior: lo que no regresa del todo...

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1/2/07

Lo que (no) recuperamos

Todo va mejor. Lenta e inesperadamente, mi madre se recupera. Muy poco a poco, las esperanzas van aumentando. Y yo, sin embargo, sigo teniendo miedo. En mi alegría, sigo sintiendo la pérdida. Y recuerdo en este momento la idea de Freud según la cual nunca se recupera del todo lo que se creía perdido, puesto que, en la alegría del recuperar, siempre se encuentra acechando el temor por la pérdida futura.

Hay algo que perdemos para siempre en lo que recuperamos. Algo que no volvemos a encontrar en lo que encontramos. Algo que no vuelve, que tira hacia abajo de nosotros y nos nombra desde el lugar en que quedó. Algo que nos llama desde el abismo. En lo que recuperamos, en lo que vuelve, hay siempre una puerta entreabierta a eso “otro” que no ha podido regresar.

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