31/1/07

Luz

A lo lejos, una cierta esperanza. Una pequeña luz con la justa luminosidad para hacer día la noche. Un esclarecimiento.
Estoy cansado. Sólo me apetece dormir.

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Lentitud

La espesura del tiempo doloroso... Todo sufrimiento acontece demasiado lento.
Salvo la muerte, todo se eterniza.

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29/1/07

Ya visto/ya sufrido

Mi madre se muere y yo no sé hacer otra cosa que escribir en este blog. Pocas son las esperanzas que nos da el médico, aunque, muy en el fondo, quizá alguna pueda existir. Me dicen que me aferre a eso último, a ese mínimo coeficiente de posibilidad. Pero ya hice eso una vez. Y me encontré con dos muertes, mi padre y mi utopía.

Ahora todo parece repetirse. Y sólo me vienen a la cabeza cosas vividas. El dolor como déjà vu. El eterno retorno de lo mismo, pero implementado por la consciencia.

De nuevo, la UCI. De nuevo, mi mano agarrada en el tránsito. De nuevo, el tiempo lento, espeso, el sufrimiento a cámara lenta. De nuevo, la espera. De nuevo, la distancia como único antídoto. De nuevo, la escritura como anestesia.

27/1/07

Crítica cuantitativa

Para desconectar de lo mi madre (que, por cierto, mejora ostensiblemente), anoche fui al cine a ver Apocalypto. En estos momentos, tolero las tonterías justas y, sin saber por qué, me vuelvo cuantitativo. A la película de Gibson le sobran:
- 90 kilómetros de carreras por el bosque.
- 20 litros de sangre.
- 50 litros de pintura para tatuaje.
- 30 kilos de piercings y escarificaciones.
- 120 páginas de guión.
- 2'30 horas de metraje.

26/1/07

Día feliz

Hoy es un día feliz, uno de esos que, nada más despertarte, notas que está hecho para tí. Me he levantado temprano para recibir el premio extraordinario de doctorado. Ha salido, por fin, mi libro La so(m)bra de lo Real. Y he encontrado la idea esencial que se me resistía para acabar dignamente el texto de estética migratoria.

Y para redondear, justo antes de entrar a la entrega de premios, me llama mi madre para decirme que no se encuentra bien del todo. Y yo, como siempre, le digo que eso no es nada, que es lo de siempre, y que tengo que entrar al paraninfo sin falta. Al terminar, la llamo a casa, pero no me lo cogen. Y me espero lo peor. Y lo peor, en efecto, casi sucede. Está en el hospital a punto del colapso. Cinco minutos más y no habría entrado con vida.

Y ahora, mientras escribo esto a la carrera, me dispongo a ir de nuevo a mi segunda casa. Como si lo hubiese invocado: de nuevo la sala de espera, de nuevo las batas blancas, de nuevo la máquina de café, de nuevo la cantina. De nuevo lo de siempre en este día que, sin embargo, ya había sido categorizado por mí, desde un principio y para siempre, como un día feliz.

Archivo

Siempre me ha fascinado la posibilidad de crear un archivo de tactos.
Algún día escribiré un relato titulado “El coleccionista de caricias”.

Comunidad

Reflexionando sobre el ensayo de Nancy sobre el tacto y su evitación en Occidente, pienso que, realmente, el tacto es la única medida de cercanía. Mientras nuestra sociedad se fundamente sobre la mirada, viviremos alejados, pues sólo es posible establecer com-unidad por medio del con-tacto.

Vivir juntos implica tocarse.

Cuando perdemos a alguien sólo podemos mantener una imagen suya y nunca un recuerdo táctil. Es decir, toda pérdida implica un alejamiento en tanto que un des-juntamiento. O lo que es lo mismo: toda pérdida es des-comunal.

25/1/07

Noli me tangere

Termino de leer Noli me tangere, el ensayo de Jean-Luc Nancy sobre el "levantamiento" del cuerpo en Occidente. Me gusta Nancy, y este texto no me decepciona del todo, aunque confieso que había puesto muchas esperanzas. De todos modos, el primer capítulo es excepcional. Me interesa especialmente el momento en que el filósofo francés aclara que "Mè mou haptou", el original griego del Evangelio de Juan, más que "no me toques", hay que leerlo como "no me retengas", como un déjame partir hacia el Padre. No me resisto a citar lo que Nancy pone en boca de Jesús en tal momento:

"No me toques, no me retengas, no pienses cogerme ni alcanzarme, pues parto hacia el Padre, es decir, todavía y siempre hacia la fuerza misma de la muerte y me alejo en ella, me fundo con su brillo nocturno en esta mañana de primavera. Parto ya, no soy más que en esta partida, yo soy el que parte del acto de partir, mi ser consiste en esa partida y mi palabra es ésta: 'Yo, la verdad, parto'" (p. 29).

Sin palabras.

Elección

Los recuerdos toman cuerpo y suplantan lo perdido.
Yo prefiero seguir añorándote.

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24/1/07

La cantina del hospital

Me llaman para decirme que un familiar está ingresado el hospital. No es nada demasiado grave, pero tengo que ir a visitarlo. Y la verdad es que no me apetece nada. Los hospitales me traen muy malos recuerdos. He pasado demasiado tiempo en ellos y no acabo de cogerles el gustillo. Sin embargo, hay algo que todavía me atrae de estos lugares patéticos, algo que, probablemente, y quizá sea triste afirmarlo, me anima a visitar a este familiar enfermo: la cantina.

Las cantinas de los hospitales siempre me han parecido lugares reconfortantes. De hecho, cuando recuerdo el tiempo pasado con mi padre en la UCI, la imagen de la cantina me relaja, e incluso me hace que la sensación no acabe de ser tan terrible como fue. La cantina parece el único lugar donde la tempestad amaina y todo se calma por momentos. Es como un pequeño abrevadero donde el agua vuelve a su cauce. Por muy destrozado que uno esté, allí se suspende por momentos la agonía y es posible llegar, hasta cierto punto, a desconectar con el desastre. Una pausa necesaria, incluso para el sufrimiento.

Al poco tiempo de la muerte de mi padre, por otras razones que nada tenían que ver con la enfermedad, volví a la cantina del hospital, y me ocurrió algo curioso. Mientras me tomaba un bocadillo de tortilla, y sin saber exactamente por qué, me comencé a sentir el hombre más dichoso del mundo. Comencé entonces a mirar a la gente e imaginar por qué estaban allí, a qué dolencias se enfrentaban sus seres queridos, qué enfermedad se encontraba detrás de cada taza de café. Fue en ese momento, al verme como un voyeur del sufrimiento, cuando empezó a rondar por mi mente el argumento para un relato que quizá escriba algún día. La historia de un hombre que, tras haberlo perdido todo, sólo pudo, en adelante, desayunar, comer y cenar en la cantina del hospital, reconfortándose, desde la distancia, con los momentos de sosiego del dolor de los demás. Recuerdo que estuve varios días pensando en esa historia. Varios días en los que sólo escribí una frase, no sé si principio, final o corolario:

“Nada me sorprende tanto como ver a un hombre, cuya esposa está a punto de morir, pidiendo, sin que le tiemble la voz, un café con leche y un donut de chocolate”.

23/1/07

Piano

Embobado como un niño, hoy he estado más de diez minutos frente a un escaparate mirando un piano Yamaha. No tengo ni el dinero, ni la excusa para comprarlo, pero por un momento me he imaginado en casa improvisando y dando la murga a los vecinos. Y ha sido entonces cuando, de nuevo, ha venido a mí la sensación de que, haga lo que haga, escriba lo que escriba, piense lo que piense, en el fondo, nunca seré más que un músico frustrado.

22/1/07

Arrabal

Con gran sorpresa me entero por un amigo que en la página web de Fernando Arrabal hay una alusión a mi blog. Se trata de uno de los arrabalescos y jaculatorias que publica los domingos en el Mundo, el día 7 de enero, para ser más exacto. La verdad es que no tiene la menor importancia, pero me hace bastante ilusión. Además, son muchos los que llegan aquí desde su página web, algo que agradezco enormemente.

A Arrabal lo conocí hace dos años en una conferencia en Murcia, y no me decepcionó en absoluto. Sus intervenciones, más que conferencias, son puras performances. Se sabe personaje, y ciertamente es historia viva de la cultura europea. Archivo de toda una época de la que, quizá, es el último representante.

Como literato es quizá más conocido en Francia que aquí, donde es famoso entre las masas por su episodio con Sánchez Dragó hablando del "mineralihmo (cojonehiaa)", uno de los momentos culminantes de la historia de la televisión. Pero, sin duda, es uno de los autores más interesantes que nos podemos echar a la cara. Aunque sé que es su teatro lo más conocido y aplaudido, me sigue gustando más su prosa, en especial un pequeño libro titulado "La piedra de la locura", repleto de microficciones surrealistas y geniales. Recomendado para los amantes de las distancias cortas, que, como rezaba el famoso anuncio, es donde un escritor se la juega.

21/1/07

Nanopolítica

Hay pequeños placeres que hacen que la vida tenga sentido. Pequeñas subversiones, pequeños actos de resistencia o simples alardes de incoherencia que se saborean como ningún otro. Después de una intensa semana, hoy he practicado uno de ellos: acostarme después de desayunar. Éste es uno de mis vicios secretos, que sólo puedo prácticar en ocasiones especiales. Es fantástico. Te levantas temprano. Miras el mail y los periódicos. Luego desayunas. Y después, sin lavarte los dientes (esto es esencial para estar rememorando el gusto de las tostadas), te vuelves a acostar al menos una hora. No estás cansado, pero te entra el sueño de la digestión del desayuno. Es uno de los sueños más placenteros, porque es como una pequeña siesta. Una siesta que, de algún modo, enlaza con el sueño de toda la noche. Incluso los sueños son como capítulos o segundas partes de los que han ocurrido por la noche. Una coda. O mejor, una especie de "bis" del sueño.
Reivindico este acto de nanopolítica como un intento de resistencia a los ritmos impuestos por la sociedad laboralista. Lo único que no sé es cómo llamarlo. En Murcia hay una siesta, imprescindible en verano, que se duerme a las 12 del mediodía y se llama siesta del borrego. Quizá otro animal deba inspirar el nombre del sueño postdesayunal. No sé, el marrano puede ser una buena opción.

Bajo la cama

Miró bajo la cama para ver de dónde provenía aquel extraño sollozo. Algo se movía allí debajo, aunque, en la oscuridad, no pudo saber de qué se trataba. Se introdujo un poco más, pero siguió sin ver nada. Y fue entonces cuando le susurraron al oído. Pudo gritar y salir corriendo. Sin embargo, se sintió cómodo. Tanto, que nunca más quiso moverse de allí.

20/1/07

Semana cendeac

Después de una intensa semana, hoy respiro por fin. Esta semana hemos comenzado la programación del CENDEAC y ha sido ciertamente extenuante:

1) El martes, la conferencia de Alberto Ruiz de Samaniego: fantástica. Alberto es uno de esos escritores e intelectuales que realizan su trabajo sin hacer demasiados alardes públicos, poco a poco, con profundidad, seriedad y brillantez. Ahora ha sido elegido comisario del pabellón español de la próxima Bienal de Venecia. Y yo me alegro muchísimo. Me alegro institucionalmente, porque esto siempre viene bien como reclamo para nuestra programación. Pero sobre todo, me alegro personalmente. Ya es hora que el trabajo intelectual, pausado, serio y sin concesiones ocupe un lugar así. El caso de Alberto es representativo de toda una generación de pensadores que, a la sombra de las lógicas espectaculares del comisario-estrella, realizan una labor de fondo que, a largo plazo, será la única capaz de sostener un mundo de apariencia en el que a lo único que se aspira es a citar sin sonrojarse a Deleuze, Foucault o Derrida.

2) El jueves y el viernes, el seminario-performance de Franko B.: increíble. El jueves, el italiano afincado en Londres hizo desnudarse uno a uno a más de treinta espectadores. La experiencia era interesante. Una sala de espera, como la consulta del médico, en la que cada espectador cogía un número. Después alguien (durante dos horas, mismamente yo) entraba para avisar y decía: "el siguiente, por favor". Lo hacía pasar a una habitación y le decía que se desnudase y que, cuando estuviese preparado, tocase un timbre que se había colocado allí. En ese momento entraba el artista, vestido, y le preguntaba: ¿por qué estás aquí? Las caras de los espectadores tras la acción eran sorprendentes: una sonrisa de oreja a oreja, la experiencia de haberse "desnudado" no sólo físicamente. Por supuesto, cada cual tuvo una experiencia distinta, pero en líneas generales creo que fue bastante positiva.

La performance del viernes fue completamente diferente. El artista estaba sentado desnudo sobre una silla en un pedestal, completamente inmóvil. Lo realmente impactante era el juego de luces y sonido. Entre una completa oscuridad y una luminosidad cegadora (no exactamente igual a la que aparece en la foto). Me pareció más interesante que la primera. Para mi ensayo sobre la antivisión y la ceguera en el arte contemporáneo, creo que es una obra fundamental: el espectador como expectador, ciego, expentante... esperando ver algo; algo que, cuando se muestra, es cegador, como esa verdad que quema a los ojos... Luego esa luz cegadora, estroboscópica, se queda en la retina (uno sale del espectáculo con las manos en los ojos y con la imagen en la mente). Allí no puedes verla con claridad. Sólo es posible verla en el recuerdo, en la imagen.

Es ciertamente curioso. En el post anterior escribía yo que los recuerdos no aparecen fijos en la mente y que es muy difícil hacer que se queden quietos. Aquí ocurría todo lo contrario. Durante los 11 minutos de la performance, la imagen que se ofrecía del cuerpo del artista nunca permanecía fija. Las luces hacían que pareciese borrosa y en completo movimiento, como si flotase en un espacio incierto. Sólo se fijaba cuando se iluminaba por completo. Y entonces no se podía mirar directamente, porque uno se quedaba ciego. Sólo al sesgo y en la distancia, cuando ya todo ha pasado, se puede rememorar el evento. Y, también, en cierto modo, darle sentido.

Franko B. es uno de los artistas que más al límite ha llevado su práctica. Se hiere, se corta, se desangra, está tatuado de la cabeza a los pies, tiene una dentadura de metal... acojona con sólo mirarlo. Ahora bien, es una de las personas más agradables que uno puede encontrar: generoso, cordial, simpático, cariñoso... vamos, lo que en esta tierra se conoce como "buena gente".

3) El jueves por la noche, la fiesta: esto merece atención especial. Sucedieron tantas cosas que le tengo que dedicar una entrada.

17/1/07

Inmóvil

Cerraba los ojos intentando recordar su pasado. Lo hacía a menudo, pero sólo encontraba un carrusel de imágenes lejanas que se desvanecían cuando intentaba detenerlas. Un día, sin embargo, el rostro que tanto había deseado encontrar, el rostro borroso que creía olvidado, se presentó claro y fijo a su memoria. Intentó entonces no abrir los ojos. Sabía que la luz se llevaría su hallazgo. Necesitaba la oscuridad y el silencio. Y así quiso permanecer para siempre: inmóvil, quieto, en penumbra, respirando apenas lo justo para no morir. Lo justo para mantener allí aquel rostro. Lo justo para mantenerse frente a sus ojos. Aquellos en los que se había perdido.
Todo.
Allí de nuevo.
Frente a él.
Fijo.
Eterno.
Para siempre.
Fue en ese momento cuando sonó el móvil, y, con la melodía de paquito el chocolatero, todo lo que había anhelado se marchó para no volver jamás.
Entonó entonces el más dramático de los adioses:
¿Sí?
Sí, soy yo.
De acuerdo, mañana paso.
Vale.
No, gracias a ti.

Ese día decidió quitarse (de) la vida.

15/1/07

Bernhard

Termino de leer El imitador de voces, de Thomas Bernhard. Una decepción. Era de las pocas cosas que me faltaba por leer de lo traducido (magistralmente) al español. Una selección de microficciones y acontecimientos. Bernhard en estado puro. Pero por alguna razón, no me ha punzado como todo lo demás. Salvo algún que otro relato, no he encontrado lo que buscaba. No me he podido meter en el libro o, mejor, el libro no me ha podido "someter". Y ésa, creo, ha sido la decepción. Porque Bernhard somete, en el sentido corporal del término (soma), te aprisiona, te "sujeta" y te lleva donde quiere. Hoy tengo claro que mi Bernhard no es el de las distancias cortas, sino el de fondo, el Berhard que no te suelta, que no da tregua. El Bernhard de Helada, el de Maestros Antiguos y, sobre todo, el de El malogrado. Con estas obras me aprisionó y se quedó para nunca más volver a partir. Desde el momento en que las leí ya nunca más fui yo. Me fagocitó. Y toda mi vida comenzó a recubrirse de un manto bernhardiano. Como muestra, os dejo un relato, publicado en la revista Antaria, que forma parte de un próximo libro para el que, por cierto, busco editor, El padre de Thomas Bernhard.

14/1/07

... y todo lo demás

Vuelvo de un fin de semana en París. Apenas dos días y han vuelto todos los recuerdos. Recuerdos de una temporada hace algunos años. Recuerdos que creía olvidados. Pero, por lo que se ve, no estaban tan atrás. Ha sido muy extraño. Hace unos años, pasé un semestre allí. Ocurrieron muchas cosas, y fue una experiencia tremendamente enriquecedora. Pero todo eso se había borrado de mi memoria. Y en dos días todo ha vuelto de golpe. Es curioso el cruce de temporalidades que uno sufre en estos momentos. Cuando los recuerdos vuelven, el tiempo se ensancha, el presente se expande y en él irrumpen cosas que, aunque no pertenecen a este tiempo, de algún modo lo configuran, así que se vive una especie de presente en distancia. Aunque resulte paradójico, se produce un distanciamiento entre el lugar desde el que uno piensa y el lugar en el que uno está físicamente. Un pensar ausente. Ahora estoy aquí, escribiendo, pero ese "estar-aquí-escribiendo" no es un "estar-aquí" del todo. Mientras escribo, mientras pienso, mientras estoy, hay una fuerza que me sujeta, y que me enuncia, que lleva lejos sin llevarme a ningún lugar. Son momentos en los que el habitar la distancia de Nietzsche se hace patente. Aquí-París-ayer-París-hace-seis-años-aquí-allí-ahora-entonces... y todo lo demás.

11/1/07

Higinio

Llevo tres días sin escribir en el blog. Me prometí no entretenerme hasta terminar un texto que urgía. Y todavía no lo he hecho. Pero hoy, antes de acostarme, me puede la tentación, y, aunque sea de modo breve, me apetece dejar unas letras. Dejarlas, aunque sea unos pocos minutos antes de las doce.

Hoy, casi ya no, es San Higinio. Y desde aquí, aunque sé que él no lee estas cosas, tengo que felicitar a Higinio Marín. Él fue mi mentor en la universidad y mi maestro cuando comencé mi vida intelectual. De él aprendí muchísimo, aunque no lo hago responsable del fantoche en que me he convertido. Me ayudó cuando lo necesité, me increpó cuando lo necesité, y estuvo ahí cuando no le di las gracias. Estuve seis años en la universidad en la que él era vicerrector. Y, aunque tuve el honor de compartir mis días con unos inmejorables compañeros, algunos de ellos grandísimos amigos, he de decir, pasado algo de tiempo, que sólo había una cosa que me mantuvo pegado a aquella universidad católica: Higinio Marín. Yo creía en aquella Universidad. Pero en realidad creía en Higinio, creía en todo aquello que él representaba, el espíritu de la universidad, del trabajo, del compañerismo, del saber, de la investigación, del sentido común... el espíritu del "maestro". Pero cuando Higinio se tuvo que ir, todo cambió. Todo lo que él había soñado se desvaneció. Con él también marcharon todas las esperanzas. Tras su partida, todos los que habíamos creído en un sueño, despertamos. Y allí encontramos algo que (sin querer ahora pronunciarme) simplemente no era lo que habíamos ido buscando o, mejor, lo que nos había encontrado. Higinio, al que tengo el gusto de contar entre mis amigos más admirados, siempre será para mí el recuerdo de aquella esperanza, de aquel digno propósito que, por razones en las que no merece la pena abundar, no pudo llevarse a cabo. Cuando pienso en el sentido de lo que es una universidad, sólo se me viene a la cabeza la imagen del profesor Marín en sus seminarios científicos, rebatiendo hasta los argumentos de los micrófonos. Un universitario, un intelectual, un magnífico escritor, un filósofo de los que quedan pocos... un amigo de los que quedan pocos.

8/1/07

Silogismos de la UCI

Acabo de terminar la relectura de La invención de la soledad, el texto que Paul Aster escribe tras la muerte de su padre. Junto con los pequeños relatos de Experimentos con la verdad, en especial, "El cuaderno rojo", me parece de lo mejor del escritor. No encuentro mejor modo de novelar la experiencia, de contar y contarse cómo fueron las cosas. Me gusta Paul Auster en general, pero creo que estos "Libros de la memoria" siguen siendo lo mejor.

Esta relectura me ha hecho recuperar una serie de microficciones y poemas que escribí durante la muerte de mi padre y que titulé "Silogismos de la UCI" y que ahora he subtitulado "El regusto amargo que precede al vómito". El argumento era el de siempre: qué coño puede hacer la literatura frente al sufrimiento. Aquí dejo un ejemplo.


...Puntos de suspensión

En la espera muerta de la muerte, quiere escribir y distanciarse de todo. Para dar cuenta del dolor de una noche aciaga, intenta imaginar los versos más tristes, las estrofas más amargas. Sin embargo, al abrir el cuaderno negro de páginas rugosas, al disponerse a plasmar para siempre la desolación de una certidumbre imposible de evitar, al querer dejar constancia de la fugacidad de la existencia... una leve tortícolis le impide la melancolía.

Allí se da cuenta de la inutilidad de la poesía. Y entonces la tela rasgada de los sillones, la mujer de ojos caídos marcando el número de la funeraria, el insoportable olor a sudor del abuelo que ha perdido a su familia en un accidente de tráfico… escriben el más espantoso
de los poemas, el de la realidad de un embarcadero que lleva directamente al infierno.

7/1/07

Pensamiento débil

Ya tengo primera frase para mi texto. Como siempre, no es nada especial. Sólo un "En 1983, Vattimo y Rovatti publicaban El pensamiento débil". A partir de aquí ya se construye el texto. La verdad es que no sabía cómo articular la idea de "doble movimiento" que va implícita en la exposición "Estética migratoria". Buscando entre las estanterías de mi biblioteca doméstica, este libro me ha llamado la atención. Hacía muchos años que no le hacía caso alguno, pero, lo que son las cosas, ahora me viene que ni pintado. Tras veinticinco años, el texto de Rovatti ("Transformaciones a lo largo de la experiencia") se mantiene con una gran dignidad. De hecho, es el único que todavía tiene fuerza y sentido. La idea de la experiencia móvil, de la razón poética y sobre todo de un núcleo de resistencia en el mismo seno de la experiencia me van a servir para crear todo el texto. Peter Handke y Lacan. No es mala apuesta.

La verdad es que, releyendo a Rovatti, me parece que su pensamiento está infravalorado, quizá a causa de la excesiva presencia de la filosofía francesa, que parece ser la única que entra en el contexto anglosajon. He vuelto, pues, de nuevo a sus estudios sobre filosofía y metáfora (Como la luz tenue) y a un libro que considero magistral: Abitare la distanza; la paradoja y la contradicción.

Esta vuelta me ha hecho recordar los simpáticos días pasados con el autor en Murcia, cuando estuvo invitado a un curso de arte contemporáneo. Fuera del estrado, en las comidas, las cenas o la playa, no había manera de sacarle nada sobre filosofía. Sólo parecía interesarle el ciclismo y el juego. La verdadera filosofía, decía, se aprende de las cosas cotidianas, especialemente en el entretenimiento. Quizá por eso, para tomar fuerzas, y mientras escribo esto, estoy viendo al Murcia empatar con el Real Madrid Castilla, mientras que el Barça cae en Getafe. No sé cómo acabará (espero que gane mi Murcia). Y espero también, que me sirva este pensamiento débil.

6/1/07

Costuras del Olimpo

Al "hilo" de un sugerente comentario: siempre me ha llamado la atención la figura de la "costurera" en la mitología clásica. Las tres parcas, que rigen el destino de la humanidad; Penélope, que no cesa de tejer y destejar mientras espera la llegada de su extraviado Ulises; Atenea y Aracne, que compiten por tejer el mejor tapiz; y, por último, Ariadna, que con su bobina de hilo blanco a la entrada del laberinto consigue salvar la vida Teseo. Bien pensado, el hilo de los cuatros casos parece ser el mismo, el hilo de la vida. Si en algún momento se rompe, nos perdemos para siempre. O lo que es lo mismo: la vida como un extravío que pende de un hilo que siempre está a punto de romperse y que, en ocasiones, está roto antes de comenzar el tejido.

Y hablando de hilos, tejidos, pérdidas y memorias, confieso que algún día me gustaría contar la verdadera historia del laberinto. Mientras tanto, aquí os dejo un fragmento de un cuento más extenso sobre esto. Leer la historia.

Reyes Magos

Desde hace algunos años, en lugar de juguetes, los Reyes Magos me traen recuerdos de otros tiempos. Con la que está cayendo, me doy por satisfecho.

5/1/07

Damnificados y preguntas sin respuesta

Leo con enorme curiosidad en el periódico que el Gobierno va a conceder la nacionalidad española a los familiares directos (ascendientes y descendendientes) de los ecuatorianos asesinados por ETA en el atentado de Barajas. Aunque, claro está, esta medida no los devolverá a la vida, al menos sí que podrá paliar algo el desamparo ecónomico de las famila que los ecuatorianos sustentaban con su trabajo en España. Por otro lado, algunas instituciones ya han encontrado trabajo a los hermanos de las víctimas, para que sigan manteniendo a sus familias.

Esta excepción a las leyes de extranjería que, por un lado, muestran la aparente "bondad" de un sistema que restituye el sufrimiento "directo" o "evidente", por otro lado es un hecho de gran desazón, puesto que se reconoce de modo implícito la incoherencia de un modelo de pensamiento en torno a la frontera. Con todo el respeto para ellos y las familas (todo lo que se les dé es poco), la pregunta que me hago, y sé que es llevar las cosas al extremo, es la siguiente: ¿cuál es el grado de sufrimiento para que entre en juego la excepción? ¿No estamos, por utilizar la terminología de Agamben, en un continuo Estado de Excepción? ¿No sufren cada día otros muchos las penurias de un sistema que es incapaz de seguir sosteniéndose? Sólo son preguntas sin respuesta.

¿Qué hacer? ¿Cómo obrar? Yo no lo tengo nada claro. No podría responder. Sólo sé que hoy me asalta de nuevo el complejo de culpabilidad. ¿Qué se espera de un mundo en el que la concesión de una nacionalidad puede ser restituyente del dolor? Ciertamente, más allá de partidismos y convicciones políticas, hoy es necesario preguntarse por la dignidad de un mundo en el que como premio a la muerte se ofrece la esclavitud.

4/1/07

Inspiración

Sigo sin poder escribir el texto para la exposición "Estética migratoria". Como dije en un post reciente, era para hace un mes. Me falta inspiración. Mientras, desesperado, escribo esto, en la tele estoy viendo, casualmente, "La musa", una película muy, pero que muy mala. Machista, sexista y tonta. Pero la idea de fondo siempre me ha obsesionado: ¿necesitamos realmente una musa, una inspiración, o es simplemente una idea tan arraigada en la cultura occidental que dificilmente podemos sacarla de la cabeza? Es cierto que Picasso decía que le gustaría que cuando la inspiración llegara le cogiese trabajando. El trabajo, pues, y no la inspiración. Pero está claro que hay algo más. Algo que, por lo que se ve, a mí se me resiste. Y, además, me coge viendo la tele, o escribiendo en este blog.

Junto a mi sien izquierda

Un amigo me pide que postee un relato del libro Infraleve. Vulnerando todos los derechos de reproducción, voy a colgar "Hay una pistola apuntando a mi sien izquierda" (cuyo título he modificado a fin de que se pueda considerar diferente). La verdad es que la pantalla no es el mejor lugar para leerlo, pero, en fin, más ya no puedo hacer. Además, como el relato es algo largo y no quiero que quite demasiado espacio a la bitácora, lo he puesto al final de todo, de modo que hay que pinchar en el siguiente vínculo. Leer relato

NYC Poetry

Buscando esta mañana entre los artículos que fotocopié este verano en Nueva York, he encontrado un poema escrito pocos días antes de volver. He vuelto a recordarlo todo.

Después. Siempre, después.
Después. Algún día, después.
Después borró sus fotos. Después lavó sus sábanas. Y, después, sólo después, encontró un pedacito de jabón que ella había dejado en la ducha.
Como en una historia leída hace algún tiempo, quiso deshacer el pequeño resquicio de su tacto. Deshacerlo como él se deshizo en los brazos de ella.
Y como no le quedaban lágrimas, lo puso bajo el grifo, y, muy lentamente, gota a gota, lo contempló desmaterializarse, hasta desaparecer sin dejar rastro alguno.
Muy lentamente, gota a gota.
Ocho años y cuatro días.
Lentamente, gota a gota.
Mientras, seguía lloviendo en Central Park, como si las nubes se
hubieran aliado con su ausencia.
Algún día dejará de llover, escuchó. Algún día, quién sabe.
Cesará la lluvia y sonará un piano.
Volverá una música.
Un puente.
Una historia.
Una ciudad.
Una avenida.
Una ventana.
Dos manos.
Después de la lluvia.

3/1/07

Conocimiento

No sé por qué, quizá porque releo La invención de la soledad, me vienen ahora a la mente los días que pasé con mi padre en el hospital antes de su muerte. Recuerdo perfectamente aquella habitación. Cada rincón, cada silla, cada toalla dejada en el suelo. Llegué a poder moverme a oscuras sin tropezarme con nada.

Hoy pienso que ésa es la medida del conocimiento, la oscuridad. De hecho, podemos decir que conocemos una casa cuando, en la noche, somos capaces de caminar a oscuras por sus pasillos, evitar la silla que corta el paso, intuir la manilla de la puerta o encontrar el interruptor de la luz del dormitorio.

Conozco bastante bien mi casa, mejor que el hospital. Sin embargo, cuando cierro los ojos me extravío.

Catóptrica bloggista

Al revés: post espejo.
Pantalla, Lacan, Post sujeto: post caído. Desujetado.
No me hagáis caso.

Elogio de la poligamia promiscua

Algún día, con tiempo, fuerza y ganas de perder amigos, escribiré un post interesante sobre la cuestión. De momento, el sólo hecho de titular así una entrada me causa una enorme excitación (intelectual, por supuesto).

Lo que yo te diga

Acabo de consultar el blog de Fernando Castro. Casualidades de la vida: lo comenzó justo dos días antes que yo. Creo que el turrón nos ha creado una compulsión bloggista preocupante. Fernando es, aparte de un grandísmo amigo, una de las personas más inteligentes que he conocido. Inteligencia que, por lo que se ve, es genética, pues su hijo Ernesto ya tiene un blog de poesía envidiable (Se dice poco). Mi admiración por él no tiene más límites que los impuestos por mi mujer (y la suya). A Fernado le debo tanto que cualquier cosa que diga está de más. Seguro que su blog, construido a la manera de un cuaderno de campo, nos dará la medida de su pensamiento (y de su hiperactividad). De momento, ya he cogido tres referencias bibliográficas indispensables. Gracias, Fernando, por comenzar. He aquí el maestro: fernandocastroflorez.blogspot.com

Primera frase

Llevo más de un mes de retraso con un texto y no hay manera. Como siempre, no sé cómo empezar. Ya he leído todo lo que tenía que leer para el texto, lo tengo todo más o menos claro y estructurado, pero no tengo la menor idea de por dónde comenzar. Y esto me imposibilita mucho más de lo imaginable. De hecho, creo que esa ha sido la razón por la que he comenzado este blog.

Me viene a la cabeza en estos momentos el personaje de Hormigón, la novela de Thomas Bernhard, que pasa todo el libro intentando comenzar la biografía de Mendelssohn. Tiene miles de páginas escritas, pero no puede encontrar la primera frase. Es una novela prodigiosa, como casi todo lo de Bernhard, pero me angustia pensar lo a menudo que esto me sucede, mucho más de lo que cabría esperar.

Algunos me tranquilizan diciendo que es simplemente el miedo a la página en blanco, otros que la primera frase no importa, que ya se cambiará más adelante. Pero yo no puedo hacer nada si no la encuentro, sobre todo porque todo el texto se construye a partir de ese momento. Aunque lo tenga todo pensado, el argumento crece a partir de las propias palabras, que ya prácticamente se reproducen solas. Pero la primera frase es casi como una creación ex nihilo, un crear de la nada que condiciona todo lo demás. Bien visto, casi un milagro. Y en ocasiones uno no está demasiado católico. Como en esta noche. He comenzado más de quince folios, pero no hay manera. Comienzo con una hipotética primera frase y luego la sigo, como una fuga. Pero si el tema de la frase no es bueno, al párrafo y medio ya he cortado, y tengo que comenzar de nuevo, en otro folio y con otra intención. Cada vez más estoy convencido de que la escritura se parece demasiado a dar el tono correcto en canto. Hasta que no lo coges, no puedes comenzar a cantar, aunque sepas la letra.

Son más de las dos de la madrugada y no hago más que desafinar mi escritura. Y, ahora que lo pienso, estoy utilizando esta entrada del blog para afinar y demorar lo imposible, pero parece ser que hoy no tengo buen oído.

2/1/07

Principios y finales

Acaba de ser publicado el ranking de espada masculina de la federación murciana de esgrima. Me cabe el honor de ser el último. Confieso que hay momentos en los que la caballerosidad me puede.

Estética migratoria

Hace unos meses, ayudé a unos amigos holandeses a rodar un documental sobre la inmigración en Murcia. Otro amigo, policía para más señas, nos dijo que si queríamos ver una “estampa” típica de documental nos acercásemos cualquier día a las seis de la mañana a una gasolinera cercana al lugar donde trabajo. Allí encontraríamos a más de cincuenta ilegales, mochila en mano, dispuestos a trabajar en lo que sea.

La estampa, en efecto, era terrible, y también curiosa. Como curioso fue lo que nos ocurrió. Nos acercamos a ellos para intentar hacerles algunas preguntas, y al creer que íbamos a ofrecerles trabajo, corrieron todos hacia mi coche e intentaron meterse dentro. De los cincuenta, entraron al menos ocho. No sé cómo, pero entraron. Y sólo después de más de diez minutos de malentendidos y negociaciones, y tras saber que no iban a trabajar, logré convencerlos para que bajaran. A todos, menos a un senegalés con una cazadora azul que se había aferrado al asiento del conductor, y que imploraba que lo llevase a trabajar en lo que fuese y al precio que fuese, sin llegar siquiera a comprender, en su desesperación, que estaba sentado al volante, impidiendo todo aquello que solicitaba.

La situación fue muy tensa y dramática, pero, también bastante absurda y –lo confieso, aunque me pese– humorística. Irónicamente pensé entonces que a la afirmación de Rilke según la cual lo bello es el comienzo de lo terrible que podemos soportar, habría que añadir otra que rezase algo así como que lo terrible es el comienzo de lo absurdo que estamos dispuestos a aguantar.

Al final, logré bajarlos del coche, y precisamente el chico que no quería –o no sabía– bajar, accedió, por unos cochinos veinte euros, a contestar unas preguntas sobre su situación. Era un traductor de francés de 19 años que había decidido venir a España a esperar otra regularización del gobierno. Durante el tiempo de la entrevista, recuperó su dignidad y se situó por primera vez en el lugar de la enunciación. Dijo, en lugar de ser dicho. Sus respuestas eran inteligentes, y aún más sus preguntas. La verdad es que en ese momento me sentí como una gran mierda. Un sentimiento que fue in crescendo. Y es que, tras alejarnos a nuestro mundo intelectual y progresista, al día siguiente, volví a verlo. Pasé en la moto hacia el trabajo y pude distinguirlo entre la multitud por su llamativa cazadora azul. Y así durante tres meses. Todas las mañanas, en el mismo lugar –ya no el de la enunciación– con la misma cazadora y con la misma expresión. En ocasiones nos cruzamos las miradas, y no sé si me reconoce o simplemente me mira porque hay un lugar libre en la moto.

Hoy, como si nada hubiese ocurrido en el mundo, el senegalés seguía apoyado a un depósito de la gasolinera. Al verlo, he aminorado la marcha de la moto, y creo que ha sido entonces cuando me ha reconocido. He querido parar. Pero no he sido capaz de desearle un buen año. No he tenido la paradójica valentía del cínico.

1/1/07

Recién nacidos

¿Por qué otro año los telediarios nos fustigan con las imágenes de los primeros bebés del año? ¿Qué ocurre con aquellos que, por incontinencia uterina, se han visto obligados a nacer apenas unos minutos o segundos antes de las campanadas? ¿Han nacido demasiado pronto o demasiado tarde? ¿Deberán vivir para siempre con el peso de la impaciencia o con el de la demora? ¿A qué puede aspirar alguien que nace cuando ya nadie lo espera? ¿Acaso no sería conveniente crear una especie de zona horaria franca reservada para estos casos, y que todos los niños nacidos a partir de las 12 del mediodía del día 31 (hora en la que entra el año en Australia), consten en el registro civil como nacidos el 1 de enero?

Con estas preocupaciones comienzo el año. Se infiere, pues, que todo va bien.

Año de bienes

Por primera vez en mucho tiempo, no tengo resaca postnochevieja. Creo que esto, junto a la convicción de que el nuevo año traerá, como poco, doce meses, me ha hecho despertar con un inusitado optimismo.